JESÚS CONSOLADOR

JESÚS CONSOLADOR

Tomado del libro “El Sagrado Corazón y el Sacerdocio” de la Venerable Madre Luisa Margarita Claret de la Touche

El dolor no había sido creado para el hombre, sino que debía ser la porción exclusiva de los ángeles rebeldes y caídos que, mediante un acto libre y abusivo de la voluntad, se separaron del Amor eterno y se condenaron para siempre al odio eterno.

El plan divino establecido por el Amor Infinito para felicidad de su amada criatura, se convulsionó y destruyó cuando el hombre pecó, y el dolor, rompiendo sus compuertas, se precipitó sobre la humanidad como un torrente devastador.

Desde aquel instante, el hombre comenzó a sufrir en todo su ser. Sufrió en el cuerpo: el trabajo con sus fatigas, las inclemencias del tiempo, las molestias de las enfermedades y los accidentes fortuitos se unieron para hacerle experimentar el dolor. Después del pecado, la estructura maravillosa de su cuerpo, la delicadeza de sus órganos y la perfección de sus sentidos, que debían servir para multiplicar sus alegrías, no sirvieron más que para aumentar sus tormentos. En efecto, no hay uno solo de sus miembros, una sola fibra de su ser que no pueda, tarde o temprano, llegar a ser sensible al dolor.

Sufrió en su corazón. Este armonioso instrumento de amor, que tan solo debía vibrar al toque delicado de la mano de Dios, se vio atormentado por las manos inhábiles de las criaturas. Sus frágiles y melodiosas cuerdas se destrozaron una tras otra ante el choque de las ingratitudes, odios y abandonos, por la separación de la muerte, por dolorosos desengaños y amargas desilusiones.

Sufrió en su alma. Creada a imagen y semejanza de Dios, había sido dotada de facultades admirables, cuyo ejercicio pleno y perfecto debía proporcionarle alegrías sublimes. Pero el pecado, al cubrirla de sombras y al paralizar sus impulsos, dio entrada al dolor. La inteligencia del hombre sufrió por su impotencia para conocer y penetrar en los misterios que vislumbraba. Su memoria sufrió ante el recuerdo de los dolores pasados o de las alegrías perdidas. Su voluntad sufrió por sus propias rebeldías, incertidumbres, inconstancias. El hombre sufrió en su imaginación por la aprehensión del porvenir; sufrió, en fin, en todo su ser y durante todas las épocas de la vida.

En la cuna, derramó lágrimas, sin duda inconscientes, pero lágrimas reales, y dejó oír lastimosos gemidos. La infancia, la adolescencia, la virilidad, tuvieron sus lutos y dolores. La vejez llegó con su soledad, sus enfermedades y sus pesares. Luego, la muerte con sus angustias, agonía y las postreras lágrimas vertidas en los umbrales del sepulcro.

Durante siglos, este dolor humano se elevó hacia el cielo como un fuerte grito, invocando un Consolador, pues el hombre, cuando sufre, necesita ser consolado. Es demasiado débil para soportar solo el peso del dolor; necesita socorro y sostén; necesita una mano que enjugue sus lágrimas y vende sus heridas, un brazo que lo sostenga; una voz que le dé ánimo y le conforte; un corazón amigo en el que pueda desahogar el suyo.

Desde el seno del Amor Infinito, un eco respondió a esta suplicante invocación: ¡el Verbo se hizo carne![1] Jesús, divino Cordero, lleno de mansedumbre y ternura, apareció en nuestra desolada tierra. Vino no sólo a traer al hombre ignorante la luz de la verdad, al pecador el perdón de sus culpas, sino también a procurar el bálsamo celestial de la consolación al hombre dolorido y abandonado.

¿Y quién mejor que el Verbo encarnado hubiera podido cumplir aquí el oficio de consolador? ¿Acaso no conoce todos los dolores que viene a mitigar y no posee amor y poder suficientes para poder y querer aliviarlos?

El es Dios. Con su inteligencia infinita conoce todas las debilidades de sus criaturas y sabe cuánta turbación ha traído consigo el pecado. Sigue con la clarividencia de su mirada divina sus luchas íntimas y sus dolores más secretos.

Él es Hombre. Ha experimentado en carne propia todos los sufrimientos de la humanidad. Durante la Pasión, su carne sagrada, bañada por la sangre de la agonía, destrozada por los azotes, taladrada por las espinas y clavos, sufrió el más doloroso martirio. Su Corazón, rebosante de amor, fue lacerado por las ingratitudes, celos, odios y abandonos más indignos. Su alma conoció la tristeza y el temor, indecibles torturas y angustias mortales.

El conoce nuestros dolores… ¿querrá mitigarlos? Escuchemos las palabras del Maestro: “Venid a Mí todos los que estáis cansados y agobiados y Yo os aliviaré”[2]. ¡Venid a Mí, dice Jesús, a Mí, vuestro Consolador! ¡Venid, los que sufrís en este mundo, los doloridos, los que os sentís aplastados, vosotros todos que lleváis en el cuerpo, en el corazón o en el alma una herida sangrante que ha de ser cicatrizada!

¿Y cómo hará este adorable Maestro para consolarnos? ¡Nuestros sufrimientos son tan numerosos, nuestros dolores tan profundos y a veces parecen tan irremediables! Su Corazón, vaso sagrado en el que está encerrado el Amor Infinito, derramará en el mundo oleadas de divinos consuelos.

En el transcurso de su vida mortal, veremos a Jesús, tierno como una madre, inclinarse hacia la humanidad doliente y verter en su corazón el bálsamo que alivia y cura. Y cuando vuelto a la gloria, no pueda ya bajo apariencia humana continuar su misión de Consolador, ¡no dejará a los suyos en el abandono! Enviará al Espíritu Santo, al Espíritu de Amor que procede del Padre y del Hijo, que ejercerá por sí mismo su acción consoladora en las almas, mediante el conocimiento de las verdades eternas que infundirá en las inteligencias[3] y la unción sobrenatural del Amor Infinito que derramará en los corazones.

Pero esta acción consoladora se pondrá de manifiesto sobre todo por medio de la Iglesia y, en la Iglesia, mediante el sacerdote. Este es el gran don que Jesús Consolador hará a sus fieles en el correr de los siglos: ¡La Iglesia y el sacerdote!

La Iglesia, realmente madre, siempre pronta para enjugar las lágrimas, siempre dispuesta a tomar en sus brazos y acunar junto a su corazón a los hijos que sufren. Y el sacerdote, representante de Jesús, lleno de la virtud del Espíritu Santo que, como el Maestro, se inclina sobre todos los dolores humanos y derrama consuelo en los corazones heridos y en las almas llagadas.

[1] Jn 1,14

[2] Mt, 11,28

[3] Cf. Jn 16, 7-14

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