VENGA A NOSOTROS TU REINO

LA SEGUNDA PETICIÓN DEL PADRENUESTRO: VENGA A NOSOTROS TU REINO

Tomado del “Catecismo Romano” del Concilio de TrentoI. SIGNIFICADO Y VALOR DE ESTA PETICIÓN

El reino de Dios que pedimos en esta segunda petición aparece en el Evangelio como el objeto al que tiende todo el anuncio de la Buena Nueva.

El Bautista empezó predicando: Arrepentios, porque el reino de los cielos está cerca (Mt 3,2), Jesucristo inicia su predicación apostólica afirmando la misma exigencia: Arrepentios porque se acerca el Reino de Dios (Mt 4,17).

En el Sermón del monte, cuando nos habla de los caminos de la bienaventuranza, su argumento fundamental será también el reino de los cielos; Bienaventurados los pobres de espíritu, porque suyo es el reino de los cielos (Mt 5,3). Y cuando las turbas quieren detenerle, da de nuevo como razón de su partida el anuncio del reino: Es preciso que anuncie también el reino de Dios en otras ciudades, porque para esto he sido enviado (Lc 4,43).

Más tarde dará como misión a los apóstoles la predicación de este reino (1); y a aquel que quería detenerse para sepultar a su padre muerto, le dirá: Deja a los muertos sepultar a sus muertos y tú vete y anuncia el reino de Dios (Lc 9,60). Después de la Resurrección, en los cuarenta días que permaneció aún en la tierra, no habló con los Doce más que del reino de Dios (2).

Todo esto nos dará idea del cuidadoso interés con que debe explicarse el valor y necesidad de esta petición. Tanto, que Jesucristo quiso no sólo que la repitiéramos con las demás peticiones reunidas en el Padrenuestro, sino sola y por separado: Buscad, pues, primero el reino y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura (Mt 6,33).

Con su reino pedimos a Dios, en último análisis, todas las cosas necesarias para la vida material- y espiritual (3). No merecería nombre de rey quien no se preocupase de las cosas necesarias para el bien de su pueblo. Y, si los monarcas terrenos, celosos de la prosperidad de sus reinos, se preocupan atentamente del bien de sus estados, ¿cuánto más no se cuidará Dios, Rey de reyes, con infinita providencia, de la vida y salud de los cristianos?

Deseando, pues, y pidiendo “el reino de Dios”, pedimos todos los bienes necesarios para nuestra existencia de peregrinos en el destierro; bienes que Dios ha prometido darnos con aquellas palabras llenas de bondad: Todo lo demás se os dará por añadidura. Y, en realidad, Dios es Rey que provee con infinita generosidad al bien del género humano. Es Y ave mi pastor-canta David-; nacía me falta (Ps 22,1).

Pero no basta pedir con ardor el reino de Dios; es preciso añadir a nuestra plegaria el uso de todos los medios que han de ayudarnos a encontrar y poseer este reino. Las cinco vírgenes fatuas del Evangelio supieron pedir con ahinco: ¡Señor, Señor, ábrenos! (Mt 25,12); y, sin embargo, fueron justamente excluidas del banquete por no haber hecho lo que debían. Es palabra de Cristo: No todo el que dice: ¡Señor, Señor!, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre (Mt 7,21).

II. Su NECESIDAD

Premisa necesaria de esta petición es el deseo y búsqueda del reino de los cielos; deseo y búsqueda que brotan espontáneamente de la consideración de nuestro estado de pecadores. Si miramos, en efecto, nuestra mísera condición y levantamos los ojos a la felicidad y bienes inefables de que rebosa la casa de Dios, nuestro Padre, el corazón se encenderá en ardoroso deseo de ser admitido en ella.

Somos desterrados y moradores de una tierra infectada de demonios que nos asedian terrible e implacablemente (4). Añádanse a esto las trágicas luchas que intervienen entre el cuerpo y el alma, entre la carne y el espíritu (5); luchas que maquinan nuestra caída en cada momento, y la consiguen apenas dejamos de apoyarnos en el brazo de Dios. San Pablo gemía y gritaba: ¡Desdichado de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? (Rm 7,24).

Condición la del hombre mucho más dolorosa si se la compara con las demás criaturas. Éstas, aunque privadas de inteligencia y aun de sensibilidad, siguen inexorablemente, y sin posible desviación, las leyes de su naturaleza y por ellas consiguen su fin. Las bestias del campo, los peces, las aves, obedeciendo su instinto, llenan su misión; los mismos cielos, obedientes a las leyes fijas, llenan su fin sin desviaciones: Tu palabra, ¡oh Y ave!, es eterna, persiste tanto como el cielo (Ps 118,89). A cada uno de los astros señaló Dios su órbita y su revolución, y ninguno de ellos se desvía; la tierra tiene igualmente su ley y su camino (6).

El hombre, en cambio, cae y se desvía; puede perderse. Ve el bien, piensa rectamente, pero raramente se conforma con él. Se le presentan ideas buenas; las aprecia y de momento las secunda; pero pronto se cansa, si es que no se arrepiente y las abandona. ¿Por qué esta inconstancia y miseria? Porque desprecia al Espíritu Santo; porque no presta oídos a las voces de Dios, ni escucha los mandatos divinos, ni levanta la mirada a la luz que está en la alto (7).

Semejante condición de miseria y de pecado, de fragilidad e inconstancia, sólo podía curarse con la invocación y actuación del reino de Dios en nuestros corazones. Las admirables páginas de San Agustín, de San Juan Crisóstomo y de otros Padres (que pueden consultarse con provecho ) ilustran profundamente esta doctrina (8). Bien instruidos en ella y ayudados siempre por la gracia divina, se levantarán los fieles-por pecadores que sean-y esperarán, como el pródigo de la parábola, reanimados por la nostalgia de la casa del padre (9).

III. “VENGA A NOS TU REINO”

A) Diversos significados de la palabra “reino”

Reino es una palabra de amplio significado. Para precisarle mejor convendrá analizar las distintas expresiones con que frecuentemente aparece en la Sagrada Escritura.

1) En su sentido más obvio y común, el “reino de Dios” significa el poder que tiene el Señor sobre todo el qénero humano v sobre toda la creación y la admirable providencia con que rige y gobierna a todas las criaturas. Tiene en sus manos-escribe el profeta-las profundidades de la tierra, y suyas son también las cumbres de los montes (Ps 94,4). “Las profundidades de la tierra” equivale a decir todo lo creado, todo lo que en el mundo se contiene, aun lo más oculto y desconocido para el hombre. ¡Señor, Señor-exclama Mardoqueo en el libro de Ester-, Rey omnipotente, en cuyo poder se hallan todas las cosas, a quien nada podrá oponerse si quisieres salvar a Israel!… Tú eres dueño de todo y nada hay, Señor, que pueda resistirte (Est 13,9-11).

2) Se usa también, y de modo especial, “el reino de Dios” para significar el gobierno y providencia con que Dios rige y se cuida del hombre en la tierra, particularmente de los justos y santos: Es Y ave mi pastor; nada me falta (Ps 22,1); Y ave es nuestro Rey, él nos salva (Is 33,22).

B) El reino de Dios no es de este mundo

Y aunque ya en la vida terrena los justos viven sometidos a la ley de Dios, no obstante, según explícita afirmación de Cristo, su reino no es de este mundo (Jn 18,36). Es un reino que no tuvo su principio en el mundo ni acabará con él.

También los reyes, emperadores y jefes de Estado tienen su reino en el mundo; pero su soberanía tiene su origen en los hombres por medio de elecciones, de violencias o injusticias. Cristo, en cambio, fue constituido Rey y Señor por Dios (10); y su reino es el reino de la justicia: Porque el reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia y paz y gozo en el Espíritu Santo (Rm 14,17).

Reina en nosotros Cristo por las virtudes de la fe, de la esperanza y de la caridad; por medio de ellas participamos de su reino, nos hacemos de modo singular súbditos de Dios y nos consagramos a su culto y veneración. Como San Pablo pudo escribir: Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí (Ga 2,20), también nosotros podemos afirmar: Reino yo, mas no soy yo el que reino; reina en mí Cristo.

C) El reino de la Gracia y el reino de la Gloria

Llámase a este reino justicia (“el reino de la Gracia”) porque es fruto de la justica de Cristo nuestro Señor. Él mismo dice: El reino de Dios está dentro de vosotros (Lc 17,21). Porque aunque Jesucristo reina por la fe en todos los que pertenecen a la Iqlesia, su reino se actúa de manera especial en quienes, animados por la fe, esperanza v caridad, son sus miembros puros, santos y vivos: miembros en los que se puede decir que reina la gracia de Dios.

Hay aún otro reino: el de la gloria de Dios. A él se refería Cristo en el Evangelio: Venid, benditos de mi Padre; tomad posesión del reino preparado para vosotros desde la creación del mundo (Mt 35,24). Éste es el reino que pedía sobre la cruz el buen ladrón: Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino (Lc 23,42). A este reino aludía también San Juan en el Evangelio: Quien no naciere del agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de los cielos (Jn 3,5). Y San Pablo: Ningún fornicario, o impuro, o avaro, que es como adorador de ídolos, tendrá parte en la heredad del reino de Cristo y de Dios (Ep 5,5). Es el reino anunciado por el Maestro en varias de sus parábolas (11).

El reino de la gracia precede necesariamente al reino de la gloria, porque es imposible que reine en el de la gloria quien no hubiera reinado antes en el de la gracia de Dios. Cristo nos dijo que la gracia es fuente de agua que salta hasta la vida eterna (Jn 4,14).

La gloria, por lo demás, no es más que la gracia perfecta y absoluta. Mientras el hombre-durante la vida terrena-camina en el cuerpo débil y mortal lejos de la patria, tropieza y cae si rechaza el apoyo de la gracia; pero cuando, iluminado por el esplendor de la gloria, entre en la bienaventuranza del reino eterno y en la perfección del cielo, desaparecerá todo pecado y debilidad, sustituido por la plenitud perfecta de la vida (12), y después de nuestra final resurrección reinará Dios en el alma y en el cuerpo. (Cf. art. del Credo “Creo en la resurrección de la carne”).

 

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