LA PAZ INTERIOR

LA PAZ INTERIOR
Tomado de la carta de San Francisco de Sales a la abadesa de Puits d’Orbe (1605)

Hay que vivir con paz siempre y en todo. Si tenemos una pena interior o exterior, debemos recibirla con paz. Si nos llega una gran alegría, hay que recibirla con paz, sin estremecernos por ello. Si hay que huir de un mal, que sea con paz, sin turbarnos; de no hacerlo así, podríamos caernos al huir, dando facilidad al enemigo para matarnos. Si hay que hacer el bien, hagámoslo con paz, pues si nos apresuramos, cometeremos muchas faltas. Hasta la penitencia hay que hacerla con paz; decía un penitente: mi amargura se me volvió paz…Hagamos tres cosas, mi queridísima hija, y tendremos paz: tengamos la recta intención de querer en todo el honor de Dios y su gloria, hagamos de nuestra parte, con este fin, lo poco que podamos, según el consejo de nuestro padre espiritual, y dejemos que Dios cuide de lo demás. Quien tiene a Dios por objeto de sus intenciones y hace lo que puede, no tiene por qué atormentarse, ni turbarse, ni temer. ¡No, no! Dios no es tan terrible para con los que ama. Se contenta con poco porque sabe bien que no tenemos mucho. Sabed, mi querida hija, que en la Escritura se llama a nuestro Señor Príncipe de la Paz, y, por tanto,.allí donde Él es el dueño absoluto, todo está en paz. Pero también es cierto que antes de traer la paz a un lugar, trae la guerra, separando al corazón y al alma de sus más queridos, cercanos y ordinarios afectos, como son el desmesurado amor de sí mismo, la confianza en sí mismo, la complacencia en sí mismo y otros afectos semejantes.

Cuando nuestro Señor nos separa de estas pasiones tan queridas y acariciadas, parece que nos desuella el corazón en vivo, por lo que sentimos mucha amargura y casi no se puede impedir que se resista uno con toda el alma, porque esa separación es dolorosa. Sin embargo, esa resistencia del espíritu es con paz, y, aunque agobiados por la pena, nuestra voluntad sigue resignada ante la de nuestro Señor y la tenemos allí, clavada a su divino beneplácito y sin dejar nuestra tarea y nuestros trabajos, sino haciéndolos con mucho ánimo

 

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