PERDÓNANOS NUESTRAS DEUDAS, ASÍ COMO NOSOTROS PERDONAMOS A NUESTROS DEUDORES

QUINTA PETICIÓN DEL PADRENUESTRO:
PERDÓNANOS NUESTRAS DEUDAS, ASÍ COMO NOSOTROS PERDONAMOS A NUESTROS DEUDORES

Tomado del “Catecismo Romano” del Concilio de Trento

I. SIGNIFICADO Y VALOR DE ESTA PETICIÓN

Todo cuanto nos rodea en la vida y en la creación nos habla a gritos de la omnipotencia, sabiduría y bondad infinitas de Dios; pero nada testimonia y demuestra tan profunda y luminosamente su infinita misericordia para con nosotros como el misterio inefable de la pasión de Cristo, de donde brotó la fuente perenne de la gracia que purifica nuestros pecados (1). Ser sumergidos y purificados en esta divina fuente es lo que pedimos cuando rezamos en el Padrenuestro Perdónanos nuestras deudas.

Comprende esta petición el conjunto de todos los bienes que Cristo nos mereció. Así se expió el crimen de Jacob -escribe Isaías-y éste será todo su fruto: el perdón de su pecado (Is 27,9). Y David llama bienaventurados a quienes logren obtener este perdón: ¡Bienaventurado aqud a quien le ha sido perdonado su pecado, a quien te ha. sido remitida su iniquidad! (Ps 31,1). En este perdón se resume el espíritu y valor de esta petición, que todos debemos conocer y repetir con el más cuidadoso interés.

Hasta aquí hemos pedido al Señor los bienes espirituales y eternos y los necesarios para la vida terrena. Ahora rogamos a Dios que aparte de nosotros los males: los del alma, los del cuerpo y los de la vida futura.

II. DISPOSICIONES NECESARIAS PARA HACERLA CONVENIENTE

Y puesto que la eficacia de la oración depende en gran parte del modo con que se ora, convendrá señalar las disposiciones con que debe acercarse el alma al Señor para pedir el perdón de sus culpas.

1) Ante todo, con conciencia de tus propios pecados y humilde arrepentimiento de los mismos y pleno convencimiento de que Dios quiere siempre perdonar a quien se acerca con estas disposiciones. Jamás, por consiguiente, con la desesperación que atormentó a Caín (2) y a Judas (3), sino con sincero reconocimiento de pecadores que buscan remedio en el corazón paternal de Dios y le suplican les trate no como Juez inexorable, sino como Padre misericordioso.

La meditación de tantos pasajes escriturísticos despertará fácilmente en nosotros esta conciencia de los propios pecados. En ella nos recuerda frecuentemente el mismo Dios nuestra condición de culpables: Todos van descarnados, todos a una se han corrompido, no hay quien haga el bien, no hay uno solo (Ps 13,3); No hay justo en la tierra que haga sólo el bien y no peque (); ¿Quién puede decir: He limpiado mi corazón, estoy limpio de pecado? (Pr 20,9). San Juan escribe a su vez: Si dijéramos que no tenemos pecado, nos engañaríamos a nosotros mismos y la verdad no estaría en nosotros (1Jn 1,8). Y Jeremías: Y dices: soy inocente, su cólera se ha apartado ya de mí. ¡Ahí Ya te juzgaré yo por decir no he pecado ().

Afirmaciones bíblicas confirmadas por el mismo Cristo cuando nos manda en esta petición del Padrenuestro pedir el perdón de nuestras culpas. El Concilio de Milevi declara que sólo en este sentido deben entenderse sus palabras: “Si alguno dijere que las palabras del Padrenuestro: Perdónanos nuestras deudas, son pronunciadas por los santos por humildad y no por verdadera convicción, sea anatema” (4). ¿Quién puede, en efecto, tolerar que uno mienta cuando ora, pidiendo con los labios el ser perdonado y creyendo en su corazón que no ha cometido pecados?

2) Ni basta simplemente recordar los pecados; es necesario que nuestra memoria de ellos sea dolorosa: un recuerdo que punce el corazón y excite el alma al arrepentimiento. La memoria de nuestros pecados debe ir siempre acompañada de este dolor y arrepentimiento, que nos harán recurrir con ansiedad y angustia a Dios, nuestro Padre, para que Él nos saque, con la gracia de su perdón, las espinas que llevamos clavadas en el alma.

Esta ansiedad y angustia brotará espontáneamente no sólo de la consideración de la fealdad del mal cometido, sino también de la indignidad y audacia con que nosotros, pobres gusanos, osamos levantarnos y ofender la majestad e infinita santidad de Dios, que nos había colmado de tantos y tan inmensos beneficios (5).

Y todo ello, ¿para qué? Para alejarnos de un Padre tan bueno-el Sumo Bien-y vendernos por un precio miserable a la vergonzosa esclavitud del demonio. Dios nos puso un yugo suave de amor, un lazo dulce y amable de infinita caridad; mas nosotros lo rompimos para pasarnos al enemigo, al príncipe de este mundo (), al príncipe de las tinieblas (Ep 6,12), al rey de todos los feroces (Jb 41,25). De estos pobres esclavos de Satanás escribió Isaías: ¡Oh Y ave. Dios nuestro!, otros señores, que no tú, se enseñorearon de nosotros (Is 26,13).

Por lo demás, si no nos conmueve la miserable traición que hicimos al suave yugo de Dios, conmuévanos al menos el espectáculo de las miserias y desventuras causadas por el pecado. Con él queda violada la santidad del alma, esposa de Cristo, y profanado el templo del Señor, acerca de lo cual escribió San Pablo: Si alguno profana el templo de Dios, Dios le destruirá. Porque el templo de Dios es santo, y ese templo sois vosotros (1Co 3,16-17). David nos habla igualmente de los inmensos males que el pecado engendra en el hombre: Nada hay sano en mi carne, a causa de tu ira, nada íntegro en mis huesos, a causa de mi pecado (Ps 37,4).

Plenamente lo había entendido el profeta: el pecado es una peste que corrompe la carne y penetra los huesos, envenenando la misma tazón y voluntad. La Sagrada Escritura declara la extensión y efectos de esta peste espiritual cuando dice que los pecadores son cojos, sordos, mudos, ciegos y paralíticos en todos los miembros (6).

Al dolor de su propio estado infeliz se añadía en el salmista el sentimiento doloroso de la ira de Dios contra sus pecados; porque hay guerra viva entre el Dios ofendido y el pecador. San Pablo dice: Ira e indignación, tribulación y angustia sobre todo el que hace el mal (Rm 2,8-9).

Es verdad que el acto del pecado es transitorio; pero la mancha y la culpa que él engendra permanecen, y Dios les va persiguiendo constantemente con su ira, como la sombra sigue al cuerpo.

Hay en la Biblia un salmo de David (el 50) profundamente animado de todos estos sentimientos. Su asidua meditación y recitación provocará en las almas de los fieles el dolor y arrepentimiento, la penitencia y la esperanza, la vergüenza y la confianza. Y así comprenderán perfectamente aquellas palabras de Jeremías: Reconoce y advierte cuan malo y amargo es para ti haberte apartado de Yave, tu Dios, y haber perdido mi temor, palabra de Yavé, tu Dios ().

Los profetas Isaías, Ezequiel y Zacarías designan con los nombres de corazón duro, corazón de piedra, corazón de diamante, a quienes carecen de este necesario reconocimiento y humilde compunción de sus pecados: como a las piedras, nada les ablanda ni conmueve en orden a su vida espiritual y a su conversión (7).

3) Debe animarnos, por último, un profundo sentimiento de esperanza. En modo alguno pretende ni quiere Dios nuestra desesperación. Por medio de Cristo concedió a la Iglesia el poder de perdonar los pecados (8), y en el Padrenuestro nos exhorta a acudir a su infinita misericordia y liberalidad con confianza de ser escuchados. De no estar dispuesto el Señor a perdonarnos, no nos mandaría invocarle con esta petición: Perdónanos nuestras deudas. Precisamente porque es bueno y misericordioso quiere que le pidamos así, con plena confianza de que hemos de ser escuchados (9).

Cierto que nuestros pecados de pensamiento, palabra y obra van directamente contra Dios, a quien negamos obediencia, turbando, en cuanto nos es posible, el orden establecido por su infinita sabiduría; pero no es menos cierto que imploramos perdón a un Padre inmensamente bueno, a un Padre que puede y, según ciertamente declara, quiere perdonarlo todo; a un Padre que nos insta a buscar su misericordia y hasta nos enseña las palabras con que hemos de hacerlo. ¿Quién se atreverá, pues, a dudar de la posibilidad de nuestra reconciliación con Él?

Este pensamiento, que tanto sostiene nuestra fe y tan profundamente alimenta esperanzas e inflama caridades, puede documentarse y probarse con innumerables pasajes escriturísticos que demuestran la compasión de Dios para con el hombre y su benigna concesión de perdón a los culpables arrepentidos (10). Sobre este tema puede consultarse, por lo demás, cuanto dejamos ya dicho en el artículo del Credo “Creo en la remisión de los pecados”.

III. “LAS DEUDAS”

Y para evitar posibles errores o confusiones, veamos cuáles son las deudas que el hombre tiene contraídas con Dios. Son de varias especies, y no pedimos ni podemos pedir nos sean remitidas todas.

1) En primer lugar, no podemos pedir que nos sea perdonada la deuda de amor que tenemos obligación de profesar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas. Deuda que necesariamente hemos de saldar, si queremos conseguir nuestra eterna salvación (11).

2) Tampoco podemos pedir, ni pedimos aquí, que el Señor nos libre de las deudas de obediencia, culto, veneración y otros deberes semejantes que tenemos hacia Dios, nuestro Creador y Señor.

3) Pedimos a Dios que nos libre de nuestros pecados. San Lucas interpreta la palabra “deuda” por la palabra “pecado” (12). Y con razón, porque por el pecado nos hacemos reos delante de Dios y quedamos sometidos al débito de la pena que hemos de pagar o satisfaciendo o sufriendo. Por esto dijo Cristo de sí mismo por el profeta: Tengo que pagar lo que nunca tomé (Ps 68,5). Esto demuestra no sólo que el hombre es deudor, sino también que es un deudor insolvente, incapaz de satisfacer por sí mismo (13).

De aquí la necesidad de recurrir a la misericordia divina. Mas no nos exime este recurso del deber de la satisfacción en la justa medida que exige la justicia divina, de la que Dios es igualmente celosísimo. Y esto nos exige acudir a los méritos de la pasión de Cristo, sin los que nos sería absolutamente imposible alcanzar el perdón de nuestros pecados. Sólo en ellos radica y sólo de ellos puede derivarse hasta nosotros la esencia y eficacia de toda posible satisfacción (14).

Sobre el ara de la cruz pagó Jesús el precio debido por nuestros pecados; precio que se nos comunica por medio de los sacramentos recibidos de hecho o al menos con el deseo (in re vel in voto); precio de tan extraordinario valor, que nos alcanza y obra realmente lo que imploramos en esta petición: la remisión de nuestros pecados.

Y no sólo de los pecados veniales y culpas fáciles, sino también de los más graves y monstruosos delitos, que la plegaria consigue purificar en la sangre de Dios por medio del sacramento de la penitencia, recibido igualmente de hecho o al menos con el deseo.

IV. ‘”NUESTRAS”

“Nuestras” son las deudas, pero en sentido bien distinto del pan, que también llamamos “nuestro”. Éste es nuestro porque nos lo dio como don la misericordia de Dios; aquéllas, en cambio, son nuestras por residir en nosotros su culpa y haber sido contraídas por nuestra libre y consciente voluntad.

Por consiguiente, esta petición es un reconocimiento y una confesión de nuestra culpabilidad y una necesaria imploración de la misericordia divina.

No hay en ella atenuantes ni excusas; nosotros solos somos los culpables, sin que podamos inculpar a los demás, como pretendieron hacerlo Adán y Eva (15). Con el profeta hemos de orar: No dejes que se incline al mal mi corazón, a hacer impías maldades, pretextando excusas en mis pecados (Ps 140,4).

V. “PERDÓNANOSLAS”

Y no decimos Perdóname a mí, sino Perdónanos a nosotros. Es exigencia de la ley de la caridad que une a todos los hombres delante de Dios y entre sí; ley de caridad que obliga a sentir una preocupación viva por la salud de los prójimos y a rogar por ellos como por nosotros mismos.

Así nos lo enseñó Cristo y asi lo predicaron y practicaron los apóstoles (16). La Iglesia ha conservado santísimamente esta tradición.

En uno y otro Testamento tenemos luminosos ejemplos de este espíritu de admirable caridad hacia el prójimo. Moisés oraba así: Perdónales su pecado o bórrame de tu libro, del que tú tienes escrito (Ex 32,31). Y San Pablo: Desearía yo mismo ser anatema de Cristo por mis hermanos (Rm 9,3).

VI. “ASÍ COMO NOSOTROS PERDONAMOS A NUESTROS DEUDORES”

A) El perdón de las ofensas

Las palabras “así como” pueden entenderse de una doble manera: en un sentido de semejanza o en un sentido de condición.

En el primer caso pedimos a Dios que nos perdone del mismo modo con que nosotros perdonamos las injurias y ofensas recibidas del prójimo.

En el segundo rogamos a Dios que nos perdone a condición de que nosotros perdonemos a los demás.

Y en este segundo sentido las interpretó Cristo cuando dijo: Porque, si vosotros perdonáis a otros sus ¡altas, también os perdonará a vosotros vuestro Padre celestial. Pero, si no perdonáis a los hombres las faltas suyas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestros pecados (Mt 6,14-15).

En uno y otro caso es evidente la necesidad de perdonar las ofensas ajenas: si queremos que Dios nos perdone, es preciso saber perdonar. Tanto exige el Señor este olvido de las injurias recibidas y esta mutua caridad, que rehusa y desprecia las ofrendas y sacrificios de quienes previamente no se hayan reconciliado con sus prójimos (17). Además, es ley de la misma naturaleza que nos portemos con los prójimos como queremos que ellos se porten con nosotros (18). Sería un arrogante descaro pedir a Dios el olvido y remisión de nuestras culpas, manteniendo en el corazón resentimientos y deseos de venganza contra el prójimo.

Nuestro ánimo, pues, debe estar siempre pronto y dispuesto al perdón. Tenemos bien explícito el precepto divino: Si peca tu hermano contra ti, corrígele, y si se arrepiente, perdónale. Si siete veces al día peca contra ti y siete veces se vuelve a ti diciéndote: me arrepiento, le perdonarás (Lc 17,3-4); Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen (Mt 5,44); Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber (Pr 25,21 Rm 12,20); Cuando os pongáis en pie para orar, si tenéis alguna cosa contra alguien, perdonadlo primero, para que vuestro Padre, que está en los cielos, os perdone a vosotros vuestros pecados (Mc 11,21).

B) Su necesidad

Por ser este mandamiento del perdón uno de los más difíciles para el hombre, dada la corrupción de su naturaleza, convendrá insistir con especial interés en las razones que nos le hacen necesario.

Recordemos una vez más que Dios nos manda explícitamente en la Sagrada Escritura perdonar a los enemigos (19). Pensemos que ésta es una exigencia imperiosa de nuestra común condición de hijos de Dios y que en esta caridad fraterna resplandece nuestra semejanza con el Padre celestial, el cual se reconcilió con nosotros, que tan gravemente le habíamos ofendido, y nos libró de la muerte con el sacrificio de su Hijo unigénito (20). No olvidemos que se trata de un expreso y vigoroso mandato de Jesús: Orad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre, que está en los cielos (Mt 5,44-45).

Y para que su misma e inevitable dificultad no nos lleve a la desesperación, precisemos y valoremos más exactamente tan estricto deber. Hay cristianos que están dispuestos a perdonar y olvidar las ofensas recibidas; cristianos que quieren, y no escatiman esfuerzos por conseguirlo, amar a sus enemigos; sin embargo, sienten que no saben ni pueden olvidar del todo, quedándoles siempre en el alma algún resto de aversión. En semejante situación padecen grandes angustias de conciencia, temiendo no estar del todo sometidos al precepto divino por no haber depuesto sinceramente todo resto de enemistad.

A estas almas hay que recordarles que unos son los sentimientos de la carne y otros muy distintos los del espíritu (21). Aquéllos nos inclinan con espontánea facilidad a la venganza aunque el alma quiera el perdón; entre una y otra hay una lucha continua. Por esto jamás debe desesperar de su salvación ni creerse formalmente rebelde al mandamiento divino quien mantiene en el corazón la voluntad sincera de amar al prójimo y perdonar sus injurias, aunque las bajas pasiones sigan agitándose y pretendan reclamar sus derechos.

Tanto más cuanto que oramos en nombre y en unión de toda la Iglesia. Y es innegable que entre todas las almas unidas a nosotros en la misma plegaria habrá muchas que han perdonado y perdonan las injurias recibidas. En atención a éstas, Dios escuchará las invocaciones de todos.

Además, cuando hacemos esta petición intentamos pedir también y alcanzar de Dios todo lo que necesariamente hemos de poner de nuestra parte para conseguirlo; con el perdón de nuestros pecados y con los sentimientos de íntima penitencia, dolor, detestación y confesión humilde de nuestras culpas, pedimos también al Señor-como condición esencial para lo primero-nos conceda las fuerzas necesarias para perdonar a nuestros enemigos.

Están muy equivocados, por consiguiente, y hemos de procurar por todos los medios disuadirles de su error, quienes se resisten a hacer esta petición por el infundado temor de provocar más contra sí la ira de Dios. Al contrario, cuanto más insistan en la plegaria, más fácilmente les concederá el Señor también la gracia de saber y poder perdonar a sus enemigos.

VII. EFICACIA DE ESTA PETICIÓN

1) Para que esta petición sea fructuosa hemos de pensar ante todo que pedimos a Dios una gracia de perdón, que sólo puede concederse a quien primeramente se arrepiente de sus pecados.

De aquí la necesidad de poseer, si queremos ser escuchados, sentimientos de caridad y devoción, unidos a una profunda eonciencia de dolor y compunción. De aquí también la necesidad de un propósito sincero de no volver a buscar las ocasiones y circunstancias peligrosas que puedan hacernos recaer en las ofensas a Dios. Esto procuraba David cuando escribía: Mi pecado está siempre ante mí (Ps 50,5). Y en otro lugar: Consumido estoy a fuerza de gemir; todas las noches inundo mi lecho y con mis lágrimas humedezco mi estrado (Ps 6,7).

Sírvanos de ejemplo el profundo fervor con que oraba en el fondo del templo aquel publicano del Evangelio, hiriéndose el pecho y con los ojos clavados en tierra: ¡Oh Dios!, sé propicio a mí, pecador (Lc 18,13). O el de aquella mujer pecadora que, arrodillada a los pies de Cristo, los bañaba con lágrimas y los enjugaba con sus cabellos (22); o el de Pedro, quien-después de haber negado al Maestro-salió fuera u lloró amargamente (Mt 26,75).

2) Hay que unir además a la plegaria las medicinas, tanto más necesarias cuanto mayor es nuestra debilidad y más fuerte la propensión al pecado.

Medicinas del alma son la Penitencia y la Eucaristía. Es necesario intensificar su frecuencia.

Medicina es también, y muy apta-según testimonio de la Sagrada Escritura-, para sanar las .heridas espirituales, la limosna. El arcángel San Rafael dijo a Tobías: La limosna libra de la muerte y limpia de todo pecado. Los que practican la misericordia y la justicia serán colmados de felicidad (). Y Daniel a Nabucodonosor: Redime tus pecados con justicia, y tus iniquidades con misericordia a los pobres (Da 4,24) (23).

3) Pero entre todas las limosnas y entre todas las obras de misericordia, la mejor es el olvido de las ofensas recibidas y el perdonar con buen ánimo a quien de cualquier modo-en tu persona, parientes o cosas-te ultrajó.

Si quieres que Dios tenga misericordia de ti, regálale tus enemistades, perdona toda ofensa, ruega con amor por tus enemigos y hazles siempre el bien que puedas. Porque nada hay más injusto ni descarado que querer a Dios manso y benigno con nosotros y no querer usar nosotros indulgencia alguna con el prójimo.

 

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