DEL USO SANTO DE LA ARIDEZ Y AFLICCIONES DEL ESPÍRITU

DEL USO SANTO DE LA ARIDEZ Y AFLICCIONES DEL ESPÍRITU

Tomado del libro “Vida y Reino de Jesús” de San Juan Eudes

La vida entera de Jesucristo Nuestro Señor, nuestro Padre y cabeza, estuvo colmada de trabajos, amarguras y sufrimientos, tanto exteriores como interiores; no es, pues, justo ni razonable que sus hijos y miembros sigan sendas diferentes. Nos otorga una gracia inmensa, sin que tengamos derecho a quejarnos, cuando nos concede lo que para sí mismo escogió al hacernos dignos de beber con El el cáliz que de su Padre con amor tan grande recibiera y que El, con idéntico amor nos brinda con las penas y contrariedades de la existencia. Es esta la señal infalible de su amor de predilección para con nosotros y la prueba más segura de que los insignificantes servicios cine le hacemos le son agradables y dignos de su aprecio. Por esto San Pablo nos enseña que «los que piadosa y santamente quieren vivir en Jesucristo, han de sufrir persecuciones y amarguras»: Omnes qui pie volunt vívere in Christo Jesu, persecutiónem patiéntur». IIa Tim. 111,12. Y el ángel Rafael dice aSanto Tobías: «Porque eras grato a Dios, fue preciso, (notad bien sus palabras), que fueras probadocon tentación y aflicciones»: Quía accéptus eras Deo, necesse fúit ut tentatio probáret te». Tob.X113. El Espíritu Santo, por boca del Eclesiástico, nos habla en los terminus siguientes: «Hijo, si teacercares a servir al Señor Dios, prepara tu alma a la tentación. Gobierna tu corazón y muéstratefirme y no te apresures en tiempo de invasión. Pégate a El y no te alejes, para que crezcas en los últimos momentos. Todo cuanto te aconteciere, recíbelo, y en las vicisitudes de tu humillación, ten paciencia. Porque en fuego se prueba el oro, y los hombres aceptos, en el horno de la humillación». EccIi. 11,1-6. Palabras divinas quenos enseñan que la verdadera piedad y devoción se caracterizan invariablemente por alguna prueba o sufrimiento, sea de parte del mundo o del demonio, sea de parte de Dios mismo, que aparenta a veces retirarse de las almas predilectas para probar y ejercitar su fidelidad. No os engañéis, por consiguiente, imaginándoos que en el sendero del Señor no hay sino rosas y delicias.

Hallaréis, y muy a menudo, espinas y penalidades; mas, suceda lo que sucediere, amad siempre a Nuestro Señor con fidelidad y su amor trocará en mieles las hieles de la vida y sus amarguras en dulzuras inefables. Mejor aún: tomad la firme resolución de fincar toda vuestra felicidad y contento en el peregrinaje de la existencia, en las cruces y penas, seguros de que así glorificaréis mejor a Dios y le testimoniaré¡s mejor vuestro amor, imitando a Jesús, vuestro Padre, esposo y cabeza, quien, mientras vivió entre nosotros, amó el sacrificio y el dolor y consideró el día de su pasión como el más feliz de su vida: «In díe laetitiae cordis ejus». Cant. 111,12.

Tal es el uso que debéis hacer de las aflicciones del cuerpo y del alma. No quiero, sin embargo hablaros ahora de las penas corporales y externas; pretendo, más bien, enseñaros a utilizar los sufrimientos espirituales e interiores, como la aridez, las tristezas y hastíos, los temores y turbaciones interiores, el aburrimiento de la vida espiritual y las demás penas que sufren a menudo las almas consagradas al servicio de Dios. Efectivamente, es de capital importancia saber servirnos de todo ello para permanecer fieles a Nuestro Señor. Para lograrlo, hé aquí algunos medios muy apropiados:

1e) Adorad a Jesús en los sufrimientos, privaciones, abatimientos, turbaciones, tristezas y abandono que más de una ocasión experimentó su alma santísima, según estas palabras: «Repleta est malis ánima mea»: Llena de males está mi alma. Ps.LXXXVII, 4.; «Nunc ánima méa turbata est». Ahora se ha conturbado mi espíritu: «Tristis est ánima méa usque ad mortem»: Triste está mi alma hasta morir. Joan.XII, 27 y Math.XXI1,38. Adorad las disposiciones de su alma divina en estos momentos angustiosos y el buen uso que supo hacer de ellos para la gloria de su Padre. Entregáos a El para abundar en los mismos sentimientos e imitarlo en las horas dolorosas de la vida, ofreciéndoselas en honor de sus dolores infinitos. Suplicadle junte vuestras penas con las suyas, y así unidas, las bendiga y santifique, supliendo vuestras deficiencias.

2e) No perdáis vuestro tiempo en averiguar ansiosamente la causa de la situación en que os véis, ni en examinar vuestras faltas; humillaos, más bien, a su vista, y adorad lo, justicia divina, ofreciéndoos a Dios para soportar todas las penas que en castigo quiera enviaros, considerándoos indignos sobremanera de que esa misma Justicia soberana se digne pensar en vosotros para castigaros. Porque, reconocedio, cristianos, el menor de nuestros pecados bien merece que seamos totalmente abandonados por Dios. Y, cuando nos veamos en este estado de sequedad y de hastío por las cosas de Dios, en que apenas seamos capaces de pensar en El para orar, y ello con mil distracciones, recordad que somos infinitamente indignos de toda gracia y de cualquier consuelo; que mucho es que Nuestro Señor permita que aún la tierra nos pueda soportar y que miles de veces hemos merecido ser como los réprobos que por toda la eternidad no podrán abrigar sino blasfemos pensamientos de odio a Dios, Nuestro amable Salvador. Así hemos de humillarnos ante Dios en medio de la aridez espiritual.

Tales son los designios del Señor sobre nosotros y El espera que en manera alguna nos opongamos a ellos. Quiere que reconozcamos lo que somos, abandonados a nuestras propias fuerzas y que nos convenzamos de nuestra miseria, de nuestra nada. Así, al experimentar por su Divina Misericordia algún buen pensamiento o piadoso afecto, nuestro orgullo o insensata vanidad no se lo atribuirán como fruto de personales esfuerzos, meritoria vigilancia o decidida cooperación, sino que todo lo referiremos a Dios y a su infinita Bondad y pondremos siempre en El toda nuestra confianza.

3e) Cuidaos mucho de no afligiros y desalentaros; por el contrario, debéis alegraros por las siguientes razones:

1a) Alegraos de que Jesús sea siempre Jesús, es decir, siempre Dios, siempre grande y admirable, siempre glorioso, siempre feliz y dichoso, sin que nada pueda disminuir su felicidad y gozo soberano: «Scitóte quóniam Dóminus ipse est Deus»: Sabed que el Señor es el mismo Dios. Ps. XCI X, 3 ., y decid: «Oh Jesús! bástame saber que eres siempre Jesús! i iOh Jesús! sed siempre Jesús y yo viviré siempre feliz, suceda lo que sucediere!»…

11a) Alegraos de que Jesús sea vuestro Dios y vuestro todo y de que pertenezcáis a un Señor tan bueno y amable, recordando las palabras del Profeta: «Beátus pópulus, cujus Dominus Déus ejus»: Feliz la nación cuyo Señor es su Dios. Ps. CXLIII,15.

111a) Alegraos con el pensamiento de que es entonces cuando con mayor pureza podéis servir a Nuestro Señor y manifestarle que le amáis tan sólo por su amor y con desinterés, sin tener en cuenta los celestes consuelos que antes os dispensaba. Y para probarle en efecto la verdad de estos sentimientos, procurad ejecutar todas vuestras acciones con la delicadeza y perfección posibles. Y mientras mayor frialdad, pereza y debilidad sintáis con mayor confianza y seguridad acudiréis a Quien es vuestra fuerza y vuestro todo, abandonándoos sin reserva a su querer y ofreciéndole a menudo vuestro espíritu y vuestro corazón atormentados. No dejéis entonces de hacerle repetidas protestas de vuestro amor, aun cuando no experimentéis en ello el acostumbrado fervor y el consuelo de otras veces; porque, ¿qué importa que seáis o no dichosos, si Jesús lo es? Ahora bien, a menudo cuanto hacemos en estado de aridez y desolación espiritual le agrada mucho más, con tal que procuremos ejecutarlo con ánimo de honrarlo, que lo que realizarnos con intenso fervor y sensible devoción, pues estos actos de ordinario están viciados de amor propio, mientras que los otros se caracterizan por su amor y desinterés.

Finalmente no os desalentéis por vuestras faltas y debilidades del momento, humillaos ante nuestro Señor, suplicadle las repare con su gran misericordia, confiad en El, pues ciertamente así lo hará; sobre todo conservada siempre una firme resolución y un ánimo decidido de servirle, pase lo que pasare, y de amarlo perfectamente, permaneciéndole fiel hasta el último suspiro, seguros de que, en su benignidad infinita os concederá esta gracia a pesar de todas vuestras infidelidades e ingratitudes.

 

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