EN LUGAR DE ESTAR COLÉRICO

Nuestra cólera es quizás un subproducto de la amargura que ha invadido nuestra alma y nos estrecha el corazón. La solución no consiste en agarrarla con los que nos rodean; es hora de que la llevemos al Señor en la oración y que dejemos que nos fortalezca el corazón para curarnos. Eso debe comenzar en nuestro interior antes de exteriorizarlo. Exige pasar tiempo con DIOS para que le permitamos que nos perdone nuestro rencor, que alivie nuestros dolores y en definitiva, que nos dejemos amar, como sólo ÉL puede amar. Es el trabajo de DIOS: NO LO INTENTEMOS NOSOTROS MISMOS. Podríamos rezar una oración como esta: “PADRE, QUIERO ACTUAR CON AMOR Y NO REACCIONAR CON LA CÓLERA. EN LUGAR DE ESTAR COLÉRICO, ELIJO SER PACIENTE. QUE TU AMOR GOBIERNE MI VIDA HOY. AMÉN”. Orando así, DIOS nos dará un corazón con la capacidad de recibir sus bendiciones. En este sentido, los invito a leer y meditar la siguiente narración:

“Cuentan que un día, muy temprano, salió a pescar una persona con mucho ánimo y contento, ya que presentía que pescaría mucho. Tenía todas las condiciones perfectas para hacer una gran pesca. Se monta en su bote, comenzó a remar y llegando no muy lejos de la orilla, allí lanzó el ancla. Prepara el hilo y la carnada, pero antes de comenzar a pescar se puso en pie y comenzó a hacer una oración a DIOS dando gracias por un día tan precioso y por la gran pesca que tendría ese día. Acto seguido, comenzó a pescar. Mientras pescaba, a pocos metros de distancia había una persona observándolo con mucha atención. Esta persona notaba que cuando el pescador cogía un pez, lo media y decía: “Este mide 15 centímetros”; lo sacaba y lo colocaba en una cesta donde acomodaría toda la pesca del día, y continuaba pescando. Luego saca otro pez, y haciendo lo mismo dijo: “Este mide 16 cm.”; lo echa en la cesta y continúa su pesca. El observador nota que el próximo pez que el pescador saca era bien grande, más del triple de los que había sacado anteriormente, y se sorprende cuando le oye decir: “ESTE MIDE MUCHO”, al tiempo que lo devuelve al agua. Este patrón fue repetido en varias ocasiones, lo que llamó la atención de tal manera al observador, que decidido, comenzó a remar acercándose sutilmente al bote; saludando al pescador le pregunta: He visto que ha tenido muy buena pesca, pero he notado que los peces bien grandes los devuelve al agua. ¿Por qué siendo tan grandes los devuelve y no hace esto con los de menor medida?

El pescador contestó: LO QUE SUCEDE ES QUE LOS PECES GRANDES NO CABEN EN MI SARTÉN QUE SOLO MIDE 16 CENTÍMETROS”.

Queridos hermanos y hermanas en nuestro Señor JESUCRISTO, a veces pedimos a DIOS grandes bendiciones y no estamos preparados para recibir todo lo bueno que ÉL tiene para nosotros. Debemos ensanchar nuestra mente y nuestro corazón para poder recibir las cosas grandes que DIOS nos tiene preparadas. ¿Cuánto mide nuestro sartén? Pidamos con fe, y esperemos con la certeza de que DIOS nos escucha y que somos sus hijos muy amados. Recordemos que nada es mucho para el que AMA y una buena manera de expresar nuestro gran amor a DIOS, es a través de la vivencia de Su Palabra. Toda la Sagrada Escritura es Palabra de DIOS. Las palabras humanas en que está escrita la Biblia son como sonidos que llegan a nuestros oídos, entran dentro de nosotros y a través de ellos escuchamos la Palabra de DIOS, su mensaje de verdad, de amor, de auténtico humanismo cristiano. Es una Palabra dirigida a todos, porque todos la podemos entender y a todos nos puede abrir las puertas de la salvación. Pero sobre todo es una Palabra dirigida personalmente a cada uno de nosotros. Puede suceder que, cuando leemos un texto de la Biblia, haya otras personas leyendo el mismo texto en algún otro lado del planeta, pero es seguro que el mensaje será absolutamente personal, dirigido a nosotros, con nuestro nombre y apellido.

Cuando en la liturgia de la Palabra, en la misa, se hacen las tres lecturas, todos los presentes escuchan los mismos textos, pero en cada uno resuena de modo diferente y a cada uno envía mensajes particulares. Para la Palabra de DIOS no cuenta el número, sino la persona, cada persona en su carácter único, irrepetible y diverso de todas las demás.

Un Padre de la Iglesia decía que la Escritura es como una carta que DIOS escribe a cada persona. No una carta protocolaria o puramente administrativa, sino una carta de un Padre a su hijo, una carta donde el Padre habla de sí mismo con gran sencillez, pero al mismo tiempo manifestando sus pensamientos y deseos más íntimos. Escuchemos esa Palabra de DIOS para nosotros, en ella nos va la vida y la felicidad, en ella se nos da la clave para vivir dando sentido a nuestra existencia. No nos asuste la levedad de la Palabra. Parece frágil y leve, pero posee la solidez del acero. ¡ES PALABRA DE DIOS!

“ESCUCHEMOS LA VOZ DEL SEÑOR, NUESTRO DIOS, GUARDANDO SUS PRECEPTOS Y MANDATOS, LO QUE ESTÁ ESCRITO EN EL CÓDIGO DE ESTA LEY; CONVIRTÁMONOS AL SEÑOR, NUESTRO DIOS, CON TODO EL CORAZÓN Y CON TODA EL ALMA” (Deuteronomio 30, 10). Amén.

Tito Armando Pérez

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