DEL ADMIRABLE SACRAMENTO DEL ALTAR

DEL ADMIRABLE SACRAMENTO DEL ALTAR

Tomado de “Del Santísimo Cuerpo de Cristo” de San Buenaventura

La misericordia divina ha multiplicado en todo tiempo y momento sus exquisitos cuidados sobre las numerosas miserias del hombre. De esta consideración debe brotar de nuestros corazones un ininterrumpido hacimiento de gracias por la liberalidad de Dios en curar y prevenir tanta deficiencia de nuestra naturaleza caída con tantos y tales dones que de sus manos nos han venido y nos vienen continuamente.

Seis grandes defectos aquejaban a la naturaleza humana, que fueron subsanados adecuadamente por otros tantos beneficios divinos. Estaba el hombre despojado de todo don sobrenatural, y Dios le enriqueció con su propia inhabitación. Estaba hambriento, y se le dio El mismo como alimento restaurador. Se hallaba rodeado de densas tinieblas, y se le comunicó El mismo como luz en su propio corazón. Yacía en sombras de muerte por el juicio divino que sobre él pesaba, y se ofreció Dios mismo como víctima para su reconciliación. Estaba vencido, con espantosa impotencia para todo lo sobrenatural, y se le dio El mismo como principio de operación en orden a la vida eterna. Obstinado y cautivo su corazón con vínculos férreos, fue El quien se ofreció para relajar estas ataduras.

Estas seis profundas dolencias de la naturaleza humana y las seis misericordias divinas que son su remedio se encuentran anunciadas en la sagrada Escritura por otras tantas figuras de la Eucaristía. Estas son: la grosura, el pan, la miel, el cordero pascual, el tesoro celestial y el maná.

Las propiedades de estos elementos que figuran los efectos de la Eucaristía en el alma son: la grosura, liquidada al fuego, se difunde y empapa los cuerpos que toca; así la Eucaristía entra en los senos del alma y la hinche con sus celestiales dones. El pan alimenta y restaura las fuerzas: del mismo modo la Eucaristía calma el hambre espiritual del hombre. La miel (según se pensaba entonces) es medicina para curar los ojos; de igual manera la Eucaristía es luz que disipa las tinieblas que nos rodean. El cordero pascual era víctima que debía ser inmolada: como él, la Eucaristía es sacrificio de reconciliación del hombre con Dios. El tesoro enriquece al que nada poseía; de modo semejante la Eucaristía llena de bienes al alma despojada de todo don celestial. El maná se derretía bajo la influencia del calor solar; en modo parecido se ablanda la dureza férrea y obstinada de los corazones al contacto con el calor divino de la Eucaristía

La primera figura de la Eucaristía es la grosura (Gen 49,20). En sus propiedades naturales podemos vislumbrar los efectos sobrenaturales de la Eucaristía en el alma. La grosura es condimento en los alimentos que los hace gustosos para quien los come; así, la Eucaristía es sabroso manjar que deleita grandemente al alma que devotamente la recibe. La grosura suaviza y dilata la piel que unge; la Eucaristía dilata igualmente al alma, que saliendo de sí misma, la proyecta, con amor sobrenatural, al prójimo. La grosura, derramada sobre el fuego, excita las llamas, elevándolo a lo alto. La Eucaristía es sacrificio de oblación que conserva y fomenta la piedad y devoción. Recibida dignamente en el alma, la arrebata y eleva a Dios.

La segunda figura con que se representa la Eucaristía es el pan. El mismo Cristo dijo de sí: “Yo soy el pan vivo que he descendido del cielo..El pan que yo daré es mi misma carne para la vida del mundo” (Juan 6,51-52.) En el Antiguo Testamento se halla igualmente figurada la Eucaristía en el pan que dio el ángel al profeta Elías (III Reyes 19,6). Efectos, pues, propios de este Sacramento son: robustecer el alma para la obra dificultosa y continuada de la propia santificación durante todo el tiempo de su destierro; capacitar y elevar el alma a las alturas de la contemplación con la comunicación de luces divinas en el entendimiento y ardorosos afectos de amor en el corazón; disponerla para recibir la comunicación de los arcanos de los divinos secretos; elevada el alma a las alturas divinas que, por misterioso modo, contempla, las bellezas y esplendores infinitos de las divinas perfecciones que se le descubren la estimulan, con bríos renovados, a desprenderse de todo lo creado y tender con vivos anhelos a la bienaventuranza que columbra.

La tercera figura de la Eucaristía es la miel, de la cual se habla en la Escritura: “Come la miel, hijo mío, porque es buena y el panal es dulcísimo para tu garganta” (Prov 23,13.) La miel es deleitosa para el gusto, y, según el decir de los médicos, es medicina para la vista. He aquí los dos grandes efectos de la Eucaristía: deleite y suavidad sabrosa que alimenta nuestros afectos, y claridad celestial que envuelve nuestro entendimiento en fulgores divinos. La solícita abeja que laboró la miel sabrosísima de la Eucaristía, fue la bienaventurada Virgen María.

La cuarta figura de la Eucaristía es el cordero pascual, del cual se habla en el Éxodo (12,35.) De las disposiciones requeridas para comer el cordero pascual, se deducen las que deben acompañar al alma que se alimenta de este sagrado manjar. Pero conviene declarar cómo debe aparejarse el alma antes de allegarse al Sacramento, el atavío que la debe adornarla en el momento de la recepción del mismo y la copia de frutos que redunda en ella después de la comunión.

En el primer lugar, antes de allegarse el sacerdote al Sacrificio del altar, debe estar poseído de un sentimiento de universalidad, por cuanto que no obra entonces como persona privada, sino en nombre de la Iglesia universal. Por lo tanto, en nombre de todos los vivientes debe ofrecer el Sacrificio por los que expían en el purgatorio; en nombre de los que viven y murieron en el Señor, lo ofrece para gloria y alabanza de los santos ángeles y de los bienaventurados del cielo; y en nombre de toda la universalidad de los justos, lo ofrece en honor de la Santísima Trinidad. Debe hacerse apto e idóneo para recibir tan alto Sacramento, lo que conseguirá si antes da entrada a Dios en su corazón, al cual viene por la parte racional como luz y claridad, por la parte afectiva como dulzura y bondad, y por la irascible como vigor y fuerza con que vence los obstáculos que le impiden unirse con El. Además de esto debe el alma procurar la caridad, en cuyos ardorosos afectos ha de andar envuelta como en encendida túnica de amor para tratar dignamente este sacramento. Finalmente, debe acompañarle la integridad y pureza de la fe, que traspasa las fronteras de la razón. Según esto, ha de creer que está allí el verdadero cuerpo de Cristo, nacido de la Santísima Virgen, en virtud y por obra de la transubstanciación; la presencia del alma de Cristo se explica allí por la natural concomitancia con su cuerpo; juntamente con esto, está también la Divinidad, inseparable de la humanidad en fuerza de la unión hipostática; ambas naturalezas, divina y humana, residen en el Sacramento con los profundos misterios que las acompañan.

En segundo lugar, en el momento de la recepción del Sacramento, debe presentarse el hombre ataviado con estas santas disposiciones: primera, una pureza angelical, con la represión y pleno dominio de todo movimiento levantisco de las pasiones; segunda, esta pureza debe extenderse a todos los afectos del alma, que deben estar limpios de todo lo que sabe a terreno y caduco; tercera, ha de acompañar al alma el recuerdo vivo de la pasión de Cristo, ya que este Sacramento es memorial de ella. Cuarta, debe aspirar con sus deseos a la plenitud de la felicidad eterna, cuyos primeros sabores y vislumbres se le comunican en este Sacramento.

Finalmente, y en tercer lugar, se manifiestan los frutos o inefables beneficios que vienen al alma después de recibir la Eucaristía, que son los que a continuación se indican. Con la comunión Cristo da entrada en nuestra alma a sus secretos y misteriosos consuelos, estableciendo en ella su mansión, la cual debemos preparar con el humilde conocimiento de nosotros mismos, con dulces transportes de amor, con el sosiego y la paz exenta de toda turbación y con la contemplación de las cosas celestiales. Disminuye la inclinación al mal, que, si bien no la extingue absolutamente, la tiene como reprimida. Da, finalmente, al alma la seguridad de la bienaventuranza eterna.

La quinta figura es el tesoro celestial que promete el Espíritu Santo en Isaías:“te daré tesoros ocultos y las riquezas escondidas; yo soy el Señor” (45,3.) Y en verdad, en Cristo se hallan los tesoros de todo cuanto es o existe, porque todas las cosas son de El, y todas son para El, y todas existen en El (Rom 11,36). En El están los tesoros de toda sabiduría, porque no sólo conoce todas las cosas con conocimiento perfectísimo y cabal, sino porque El es el principio o la luz por la que conoce todo entendimiento creado cuanto conoce. El es el depositario de los tesoros de todas las gracias según todas sus clases y géneros. En El se cifran los tesoros de toda la gloria, porque todo cuanto hace bienaventurados a los ángeles y a los hombres de El procede.

La sexta figura que representa la Eucaristía es el maná, del cual se habla en el Exodo (cap. 16.) El cuerpo de Cristo en el Sacramento es manjar nobilísimo por su origen, suavísimo por su sabor, dignísimo por su contenido y maravillosísimo por su eficacia.
Es nobilísimo este manjar por su origen. Y en verdad fue cocido por la Santísima Trinidad en el seno virginal de María con el fuego del Espíritu Santo, y por obra de la misma beatísima Trinidad fue hecho este mismísimo Cuerpo del pan material en virtud de la transubstanciación. Es también nobilísimo porque seres nobilísimos, como son los ángeles, lo comen, sin el salvado de las especies sacramentales, en cuanto es Verbo increado, el mismo que comemos nosotros oculto bajo la corteza de los velos eucarísticos, en cuanto es Verbo encarnado.

Es de sabor suavísimo, que satisface cumplidamente los deseos todos de las milicias angélicas en el cielo y estimula nuestros anhelos al logro del premio eterno en la plenitud de estas suavidades divinas.

Encierra un contenido dignísimo, porque en este Sacramento reside toda la Santísima Trinidad por presencia y asistencia, pero sin circunscribirla. Allí está el Hijo por la encarnación, y el Padre, y el Espíritu Santo por la comunicación invisible de una misma substancia.

Posee una eficacia maravillosísima, por su celestial y misteriosa operación en las almas. Cristo viene a las almas, en este Sacramento, con la plenitud de su dones, de suyo poderosos para toda obra de santificación. Sin embargo, esta acción divina está condicionada al aparejo y atavío de una voluntad buena, santidad de vida y virtudes adquiridas que deben acompañar al alma al acercarse a recibir el cuerpo de Jesucristo en la Eucaristía. De ahí que en los grandes santos son altas y maravillosas las operaciones que obra en ellos la Eucaristía; en las almas medianas obra con acción mitigada; en los pequeños en la virtud, con operación muy limitada; en los malos, con operación dañina. Siendo una y poderosísima la gracia de la Eucaristía para obrar cumplidamente las divinas maravillas en las almas, sin embargo, cada cual participa de ella según la capacidad receptiva con que se allega al Sacramento.

Los que anhelen participar de estas operaciones misteriosas de la Eucaristía en la medida colmada que Jesús desea, deben concertar su vida con arreglo a estas disposiciones: primera, han de despojarse de todo hábito vicioso, que les incapacitaría para percibir las dulzuras divinas; segunda, juntamente con esto’ deben producir frutos dignos de penitencia; tercera, deben igualmente desprenderse de todo lo terreno: riquezas, placeres, honores; cuarta, a imitación de Cristo, deben abrazarse a su cruz con voluntad libre, serena y alegre, de tal modo que la amargura de los sufrimientos, que tanto aterra a los mundanos, la trueque en suavidad y dulzura por la eficacia divina que en ellos descubre.

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