LOS TRES TIPOS DE AMOR

LOS TRES TIPOS DE AMOR

Tomado de “La Oración del Corazón” de Un Cartujo (autor anónimo)

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Nos queda la última de las virtudes teologales, la más grande según san Pablo, la caridad, el amor. Ella ejerce en tres registros: el amor al Señor, el amor hacia el de al lado, el amor por nosotros mismos. Esos tres amores no son iguales pero crecen sobre la misma raíz: los tres juntos son la imagen del amor eterno que une al Padre y al Hijo en el Espíritu. Es el mismo Espíritu que nos ha sido dado en Pentecostés el que nos permite amar como aman el Padre y el Hijo.

Este amor divino tiene, por supuesto, puntos en común con el amor humano que es un reflejo de Dios en nuestros corazones porque Dios es amor. Cualquier amor verdadero, sean cuales sean sus límites, nos remite a Dios aunque muchas veces lo hace de manera lejana. Pero el amor divino que nos interesa aquí, más todavía que la fe y la esperanza, es un don nuevo, salido directamente del corazón de Dios. No es una técnica a pesar de tener que aprenderlo paso a paso para introducirlo en nuestra vida real. No es una técnica, es el mismo ímpetu que viven las personas divinas y del que participamos para poder vivir a su imagen.

La realidad del amor en ti se reconoce por la calidad de la mirada que diriges a una persona; es decir, si eres incapaz de condenarla, de no respetarla, de no admirarla, vivirás en una pobreza completa ante ella sin retener nada de lo que le puedes dar. Al mismo tiempo, aspiras a recibir lo mismo de su parte no como un derecho que podrías exigir sino como un cumplimiento de tu amor.

No hay que confundir el amor teologal con los grandes impulsos pasionales que despiertan los estratos del fondo del corazón o de nuestra sensibilidad. No se oponen necesariamente al verdadero amor pero están situados a otro nivel. La verdadera caridad no se acaba en este mundo ni en el otro. Las grandes pasiones se parecen a las olas del mar, violentas, a veces poderosas pero cambiantes y que pueden dar lugar a la tranquilidad absoluta.

Parece enseñarnos la experiencia que el amor más difícil de desarrollar en nuestro corazón y sobre todo al principio, es el amor hacia nosotros mismos que no tiene nada que ver con el egoísmo, el amor propio o el repliegue sobre uno mismo. Es un don del Todopoderoso que nos llega porque somos sus hijos: cualquiera que sean las miserias que podamos descubrir en nosotros mismos casi no cuentan al lado de esta divinización. Esto no puede por menos que provocar nuestra admiración, alegría, respeto y amor, en la luz y la transparencia. No dejes jamás de cuidar este amor en ti, porque si fuera demasiado deficiente toda la comunión con Dios lo padecería.

Hay que leer de nuevo el discurso de Jesús en la última Cena y la primera carta de san Juan si queremos escuchar lo que nos dice el corazón de Dios sobre el amor a los demás. Todos tenemos la oportunidad de practicarlo en la vida cotidiana pero hay que desarrollarlo y profundizarlo sin descanso en la oración abriendo cada vez más nuestro corazón al del Padre y del Hijo.

Hablando del amor a Dios llegamos al único fin de esas paginas. Un fin cuyas arras hemos recibido desde el principio de la vida espiritual, pero que no podremos llevar a su plenitud antes de la segunda llegada del Señor cuando, en cuerpo y alma, en la comunión de todos los santos, veremos a Dios que se nos entrega y seremos capaces de acogerle

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