¿EN QUE CONSISTE LA ESPIRITUALIDAD BÍBLICA?

 

¿EN QUE CONSISTE LA ESPIRITUALIDAD BÍBLICA?

Tomado del libro “Espiritualidad Bíblica” del Mons. Dr. Juan Straubinger

I

El corazón del hombre -el mío también- es una tecla desafinada. ¡Ay del que está confiado creyendo que a su tiempo sonará la nota justa, verdadera, necesaria! Le esperan las caídas más terribles, tanto más dolorosas cuanto más sorpresivas.

Sólo en estado de contrición permanente puede vivir el hombre que heredó la condición de Adán. “Si no os arrepentís pereceréis todos”, dijo Jesús (Luc. XIII, 3). La vida espiritual es siempre, necesariamente, un renacer en que el hombre viejo muere para revestirse del otro, del creado según Dios en Cristo, en la justicia y santidad de la verdad (Ef. IV, 24), es decir, para adquirir conciencia de la Redención, o sea para aplicarse, mediante la gracia, esa justicia y esa santidad que procede solamente de Cristo, de su verdad y de sus méritos, sin los cuales nada nuestro puede existir (Juan I, 16), y que no se nos aplican de un modo automático, maquinal, como a una cosa muerta, sino cuando adquirimos conciencia de ello, renovándonos en el espíritu de nuestra mente (Ef. IV, 23). Este es el verdadero sentido de la observación de S. Agustín: “Dios que te creó sin ti, no te salvará sin ti”.

El salvarse es, pues, siempre vida nueva, “novedad de vida” (Rom. VI, 4) que se produce sobre la muerte del yo anterior. El que no nace de lo alto no puede ver el Reino de Dios” (Juan III, 3). Sólo puede salvarse el mortal después de despojarse del hombre viejo y convertirse a nueva vida. ¿No es esto lo que dice Jesús cuando enseña a renunciarse a sí mismo para poder ser discípulo de El?

Ahora bien, todo el problema teórico y práctico está en esto: nadie renuncia a una cosa mientras cree que ella vale algo; y en cambio está muy contento de librarse de ella en cuanto se convence de que no vale la pena. Todo es, pues, cuestión de convicción. Nadie quiere convertirse si se cree santo.

II

Con frecuencia se oye repetir que el hombre está creado a la imagen y semejanza de Dios… Pero, ¿acaso nuestra madre Eva y nuestro padre Adán fueron fieles y nos transmitieron aquella noble herencia y no fuimos al contrario propiedad del príncipe de las tinieblas (Col. I,13) como botín de la batalla que él ganó en el paraíso? Se dirá, con toda razón, que Cristo lo venció en la Cruz (Col. II, 15; I Juan III, 8) y nos compró por un precio (I Cor. VI, 20) y que hemos sido bautizados en su sangre.

Ojalá lo creyéramos de veras. ¡Ahí está el punto! También dice S. Pablo que los bautizados en Cristo lo hemos sido en su muerte y en El hemos muerto al pecado (Rom. VI, 2 ss.) y San Juan dice que el que permanece en Dios no peca (I Juan III, 6). Inmensas, estupendas verdades para el que vive esa Redención de Cristo, es decir, para el que no busca su propia justicia sino la que nos viene de El (Rom. III, 26-27; IX, 30; X, 3-4; Filip. III, 9).

Pero ¿acaso el Bautismo es un mecanismo que transforma nuestra carne? ¿Acaso no seguirá flaca y débil hasta la muerte? El hombre nuevo la vence maravillosamente, como enseña San Pablo en los dos últimos capítulos de la Epístola a los Gálatas: la vence por el espíritu, es decir, viviendo estas verdades sobrenaturales de la fe. Pero esta fe no se nos incrusta de un modo material y pasivo. El que creyere y fuere bautizado se salvará, dice Jesús, y el que no creyere se condenará (Marc. XVI, 16), esto es, se condenará aunque hubiese sido bautizado.

Con esto volvemos al pensamiento inicial: esta vida de fe sólo la vive el hombre nuevo. Y el hombre nuevo no existe mientras no muere el viejo. Y el hombre viejo no quiere morir y no muere mientras no le deseamos la muerte, convencidos de que es nuestro peor enemigo.

Por ello y para gozar de inmediato la gratuita Redención de Cristo, viviendo la vida nueva del espíritu según la “ley del espíritu de vida” (Rom. VIII, 2), no basta -pero es indispensable-, admitir la caída del hombre, el cual, lejos de conservar esa imagen y semejanza de Dios con que fué creado Adán, tiene que reconquistarla en estado de contrición, aplicándose permanentemente los méritos de Cristo y “salvándose” de un mundo en que Satanás reina, como lo dice no solamente San Pablo en II Cor. IV, 4, sino el mismo Cristo, en Juan XIV, 30.

El día en que nos persuadimos de esta verdad, tan trágica como elemental, adquirimos el verdadero concepto de nosotros mismos, y del mundo, y de todo lo humano, y entonces sí proclamamos con inmenso gozo esas verdades espirituales infinitamente dichosas, que antes nos parecían raras o duras, como éstas: “Muertos estáis y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando Cristo, que es nuestra vida, aparezca, entonces vosotros también apareceréis con El en la gloria” (Col. III, 3-4).

Foto de Michael Ledesma.
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