LA COMUNIÓN Y EL DON DE SI

LA COMUNIÓN Y EL DON DE SI

Tomado del libro “Las Tres Edades de la Vida Interior” del Rev. Padre Réginald Garrigou Lagrange O.P.

Nuestro Señor nos ordenó: ‘Amaos los unos a los otros como yo os he amado’ (Joan., XIII, 34). Pues bien, él nos amó hasta morir por nosotros en la Cruz y hasta dársenos en manjar en la sagrada Eucaristía. En la comunión debe, pues, el cristiano aprender la donación de sí mismo, a fin de imitar a Ntro. Señor.

El Corazón Eucarístico de Jesús, que nos dio y cada día vuelve a darnos la Eucaristía, es el ejemplar eminente del perfecto don de sí mismo. Y nos enseñó que es cosa más perfecta dar que recibir, amar que ser amado.

Por eso, después de haber recibido tanto, debemos, a ejemplo de nuestro Salvador, darnos a los demás ofreciéndoles paz y luz de vida. Un alma que vive incorporada a Cristo por la santa comunión debe ser a su vez pan de los que viven en su derredor, a ejemplo de nuestro Señor. A los que tienen menos luces, a los débiles y a los que se alejan del altar, esa alma debe darse sin medida, sin importársele nada de las ingratitudes, frialdades y malos pagos. Mediante ese proceder esté segura que ha de traer a no pocos descarriados al Corazón Eucarístico de Jesús, a ese ‘Corazón olvidado, despreciado, ultrajado e ignorado por los hombres.’ Que es, sin embargo, el Corazón que nos ama siempre, y es paciente para esperarnos, está presto para escucharnos, ansioso de que le pidamos, y es centro de gracias siempre renovadas; Corazón silencioso que anhela hablar a las almas, refugio de la vida oculta, maestro en los secretos de la divina unión’, Corazón de Aquel que parece dormido, pero que vela siempre, y del que sin cesar desborda la caridad.

Es el modelo eminente del perfecto don de sí. Por eso un santo sacerdote de Lión, amigo del Cura de Ars, el P. Chevrier, solía decir a sus hijos espirituales: ‘A ejemplo de nuestro Señor, el sacerdote debe morir a su cuerpo, a su espíritu, a su voluntad, a su familia, al mundo entero; hase de inmolar por el silencio, la oración, el trabajo, la penitencia, los sufrimientos y la muerte. Cuanto uno está más muerto, más vida tiene y la da en mayor abundancia. El sacerdote es un hombre crucificado. También debe, por la caridad, a ejemplo de su maestro, dar su cuerpo, su espíritu, su tiempo, sus bienes, su salud y su vida; ha de dar la vida por su fe, doctrina, palabras, oraciones, autoridad y ejemplos. Débese convertir en buen pan. El sacerdote es un hombre comido’.
Pues bien, todo lo que aquí se dice del sacerdote, se debe aplicar en cierto modo al cristiano perfecto, que en cualquier momento ha de estar dispuesto a sacrificarse sobrenaturalmente, a fin de conducir las almas que le rodean hacia el fin de nuestra peregrinación, que es Dios. Este celo de la gloria de Dios y de la salvación de las almas es la respuesta que todos deben dar al precepto del Señor: ‘Amaos los unos a los otros, como yo os he amado’

(Joan., XIII, 34). En la comunión ferviente aprenderemos esta generosidad que hace que irradie sobre los demás el don de Dios que nosotros hemos recibido, y que tan bien hace comprender el valor y frutos de la Eucaristía. Recibamos, pues, con docilidad el don de Dios, y repartámoslo generosamente entre nuestros semejantes.

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