ELEVACIÓN A DIOS PARA DISPONERNOS A RECIBIR LA SAGRADA COMUNIÓN

ELEVACIÓN A DIOS PARA DISPONERNOS A RECIBIR LA SAGRADA COMUNIÓN

Tomado del libro “Vida y Reino de Jesús en las Almas Cristianas” de San Juan Eudes

Oh Jesús!, mi luz y mi santificación, abrid los ojos de mi mente y llenad mi alma con vuestra gracia para que comprenda la importancia de la acción que voy a hacer, y para que la ejecute santa y dignamente por vuestra gloria.

Oh alma mía!, considera atentamente cuánta es la grandeza y maravilla del acto que va a realizar , la santidad y dignidad de Aquél a quien vas a recibir. Vas a ejecutar la acción más grande, la más importante, la más santa, la más divina que puedas realizar. Vas a recibir en tu boca, en tu corazón, en tu pecho y en lo más íntimo y recóndito de tu ser a tu Dios, a tu Creador, a tu Salvador, a tu Rey, a tu Jesús. Sí, vas a recibir en tu pecho y en tus entrañas, real y verdaderamente, a este mismo Jesús, que es la vida, la gloria, el tesoro, el amor y las delicias del Eterno, a este mismo Jesús a quien tantos Patriarcas, Profetas y Justos del Antiguo Testamento anhelaron ver, sin lograrlo, a este mismo Jesús, que moró nueve meses en las entrañas sagradas de la bienaventurada Virgen María, al mismo que ella alimentó a sus pechos, llevo en su regazo y cargo amorosa en sus brazos benditos, a este mismo Jesús, a Quien se vio caminar y vivir sobre la tierra, beber y comer con los pecadores, a este mismo Jesús que fue colgado de una cruz; vas a recibir su mismo cuerpo que fue maltratado, desgarrado e inmolado por tu amor; vas a recibir su misma sangre que fue derramada sobre la tierra; vas a recibir su mismo Corazón, que fue atravesado por la lanza de Longinos, en el tuyo; vas a recibir el alma misma de Jesús, que El moribundo en la cruz, entregó en manos de su Padre, en tu propia alma! Qué de maravillas, Dios mío! que yo recibe dentro de mí al mismo Salvador que subió glorioso y triunfal a los cielos, que está sentado a la diestra del Altísimo y que ha de venir con poder y majestad al fin de los tiempos a juzgar al Universo?

Oh admirable Jesús!, los Ángeles más puros que el sol se creen indignos de miraros, alabaros y adoraros, y, hoy, no sólo me permitís hacer esto, sino que deseáis ardientemente alojaros en mi corazón y en mi alma, trayéndome así con vuestra Persona adorable, toda la Trinidad Beatísima, toda la Divinidad y todo el Paraíso. Ah, Señor!, cuánta bondad! De dónde a mí tanta dicha que el Soberano Señor de cielos y tierra se digne fijar su morada en mí, que soy un abismo. de miserias y de pecados, para transformarme en paraíso de gracias y bendiciones? Oh Dios mío!, cuán indigno soy de semejante favor! Reconozco a ‘¡a faz del cielo y de la tierra que merezco más bien ser sepultado en lo más profundo del infierno antes que recibiros en mi corazón tan lleno de vicios e imperfecciones.

Mas, Ya que os Place, oh Salvador mío!, entregaros así a mí, deseo recibiros con toda la pureza, amor y devoción posibles. Con este fin, os doy mi alma, para que la preparéis Vos mismo en la forma conveniente; destruíd en ella cuanto os desagrade y colmadla de vuestro amor divino, y de todas las gracias y disposiciones con que queréis que os reciba.

Oh Padre de Jesús!, aniquilad en mí cuanto ofenda y desagrade a vuestro Hijo, y hacedme participar del amor inmenso que vosotros le profesasteis y conen vuestro seno paternal el día de su Ascensión a la gloria. Oh Espíritu Santo de Jesús!, os entrego mi alma para que la adornéis con todas las gracias y virtudes requeridas para recibir a su Salvador. Oh Madre de Dios!, hacedme partícipe, os lo pido, de la fe y devoción, del amor y humildad, de la pureza y santidad con que comulgasteis tantas y tantas veces después de la Ascensión de vuestro Hijo. Oh Santos Ángeles!, oh Santos y Santas del Cielo!, os ofrezco también mi alma para que se la entreguéis a mi Jesús, rogándole que la prepare El mismo y me conceda la gracia de participar de vuestra pureza y santidad y del amor inmenso que vosotros le profesasteis y continuáis manifestándole por toda la eternidad bienaventurada.

Oh mi amado Jesús!, os ofrezco toda la humildad y devoción, toda la pureza y santidad, todo el amor y todas las dignas disposiciones con que habéis sido recibido por todas las almas santas que ha habido y hay en todo el mundo. Oh!, y cómo deseara yo poseer todo su amor y todas sus virtudes y bellas disposiciones para recibiros en mi alma! De buena gana me apropiaría el fervor y amor divino de todos los Ángeles, de todos los Serafines, de todos los Santos de la tierra y del cielo, si estuviera a mi alcance, para recibíros más santa y dignamente. Oh mi dulce Amor!, Vos sois todo amor hacia mí en este sacramento de amor y Vos bajáis a mi corazón con un amor infinito; y yo, ay de mí!, no sé amaros como lo merecéis y no puedo recibiros en mi alma fría y miserable, insensible a los carismas y gracias del fuego de vuestro amor. Mas, oh Salvador mío!, no hay lugar digno de Vos fuera de Vos mismo; no hay amor con que dignamente podáis ser recibido con excepción del vuestro. Por ello, a fin de recibiros, no en mí, ya que soy indigno en demasía, sino en Vos mismo, y con todo el amor que Vos mismo os tenéis, yo me anonado a vuestros pies lo más que puedo, y con todo lo que soy me doy a Vos, suplicándoos me aniquiléis y os establezcáis en mí a fin de que, viniendo a mí por la Santa Comunión, seáis recibido, no ya en mí sino en Vos mismo y con el mismo amor que os tenéis. Amén.

Notad bien este último párrafo de la anterior oración, puesto que encierra la verdadera disposición con que se ha de comulgar. Es ésta la mejor preparación que podamos llevar a tan sublime acto de nuestra vida, pues comprende todas las demás y por tal motivo la he puesto al final para uso de las almas de mayor cultura espiritual y más enamoradas de Dios.

Observad igualmente que desear para si toda la devoción y todo el amor de las almas santas es algo en extremo grato a Nuestro Señor y de mucho provecho para nuestra perfección. Dijo, en efecto un día Nuestro Señor a Santa Matilde, religiosa de la Orden de San Benito, que cuando se dispusiera a comulgar Y no sintiera mayor devoción para hacerlo, debía desear vivamente toda la devoción y todo el amor de las almas justas que comulgaran dignamente, para en tal forma, suplir la imperfección de sus disposiciones con lo cual El se contentaría y daría por satisfecho.

Algo parecido leemos en la vida de Santa Gertrudis, religiosa de la misma Orden, del mismo monasterio Y hasta contemporánea de Santa Matilde. Un día que se preparaba para comulgar y como no experimentaba la devoción conveniente para tal acto, se le ocurrió dirigirse a Nuestro Señor Para Ofrecerle la devoción y el amor de todos los Santos y de la Virgen Santísima para suplir la deficiencia de sus disposiciones, y entonces se le apareció JESÚS y le dijo: «Has logrado con esta oración comparecer ante mis ojos y a los de los Santos de mi reino con los atavíos y adornos que deseabas»

 

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