EL JUICIO

EL JUICIO Tomado del libro ” “Conozca la Religión” del Mons. Fulton J. Sheen

Si algo caracteriza nuestra vida, es cierta intolerancia ante cualquier limitación. Anhelamos lo infinito. Por eso nos sentimos tan a menudo desilusionados; advertimos una desproporción enorme entre el ideal que hemos concebido y la realidad que hemos logrado. De todos modos, seguimos buscando, simplemente porque tenemos una capacidad infinita para el anhelo. No podemos, en absoluto, imaginarnos incapaces de anhelar más y más.

La naturaleza establece ciertos límites para el anhelo de nuestros cuerpos. La gula de un niño es siempre mayor que su estómago. Hay un límite para todos los placeres del cuerpo. Llegan a un punto en que se convierten en dolor, cuando nos sentimos nauseados por su exceso. Pero no hay límites para los anhelos de nuestro espíritu. No alcanzan jamás el punto del hartazgo. No hay límites para la verdad que podemos conocer, para la vida que podemos vivir, para el amor que podemos gozar, ni para la belleza que podemos percibir.

Si esta vida fuera todo, pensemos de cuántas cosas nos veríamos defraudados. Estaríamos tan decepcionados como una mujer loca por la moda, encerrada en una habitación donde hubiera mil sombreros, pero ni un solo espejo.

Como tenemos un cuerpo y un alma, podemos hacer de cualquiera de ellos el amo; podemos hacer que el cuerpo sirva al alma, que es lo propio del cristiano, o podemos hacer que el alma sirva al cuerpo, que es lo propio del desdichado. Esa elección es la que hace tan seria la vida.

No habría ningún placer en jugar a un juego si no existiera la posibilidad de perder. No habría ningún interés en la lucha, si la corona del mérito fuera siempre dada a los que no luchan. No habría interés en el drama, si los personajes fueran muñecos. Y no habría ningún sentido en la vida, a menos que en ella se jugaran los más grandes destinos, si no se nos presentara el dilema de contestar sí o no a nuestra salvación. “Y no temáis a los que matan el cuerpo, y que no pueden matar el alma; mas temed a aquel que puede perder el alma y cuerpo en la gehenna” (Mateo 10, 28). “Porque ¿de qué sirve al hombre, si gana el mundo entero, mas pierde su alma? ¿O qué podría dar el hombre a cambio de su alma?” (Mateo 16, 26).

Llegará alguna vez el momento, en toda vida, en que este proceso tocará a su fin. Sé que éste es un tema del cual la mente moderna prefiere no oír hablar. El hecho de la muerte ha sido tan disfrazado y encubierto hoy día, que los enterradores pretenderían hacernos creer, si pudieran, que en cada ataúd se encierra la felicidad. La mente moderna se siente incómoda frente a la muerte. No sabe cómo dispensar su simpatía; no siente ningún escrúpulo cuando lee las novelas policiales, donde se mueren docenas de personas, pero eso es porque se concentra en las circunstancias que preceden la muerte, más bien que en los problemas eternos que la muerte suscita. No se pregunta nunca: “¿Salvado o perdido?”, sino sencillamente: “¿Quién mató al ratón Pérez?”

San Pablo nos dice, y no de modo áspero y estoico, que si queremos vivir en Cristo, debemos “morir diariamente”. Una muerte feliz es una obra de arte, y ninguna obra de arte puede completarse y perfeccionarse en un día. Dubois se pasó siete años creando el modelo en cera de su famosa estatua de Juana de Arco. Un día terminó con el modelo, y entonces vaciaron el bronce. La estatua es hoy un ejemplo de perfección asombrosa del arte de la escultura. Del mismo modo, nuestra muerte, al final de nuestra existencia natural, debe aparecer como la perfección asombrosa de los muchos años de labor que hemos dedicado, muriendo diariamente, a la realización cotidiana de su previo modelo.

La gran razón que nos hace temer la muerte es el hecho de que no estemos preparados para ella. La mayor parte de nosotros muere una sola vez, cuando deberíamos haber muerto mil veces; es más, cuando deberíamos haber muerto una vez por día. La muerte es una cosa terrible para aquel que muere solamente cuando se va de este mundo; pero es una cosa hermosa para aquel que muere antes de morir.
Hay una interesante inscripción en la tumba de Escoto Erígena en Colonia, que dice: Semel sepultus bis mortuus : una doble muerte precedió su entierro. No hay un viajero sobre cien que entienda el misterio de amor que ocultan estas palabras.

Después de la muerte no hay remedio para una vida malvada. Pero antes de la muerte hay remedio; consiste en morir para nosotros mismos, con lo cual seguimos la ley de la inmolación que es la ley del universo entero. No hay otra forma de penetrar en una vida superior, salvo morir en la inferior; no hay posibilidad de que el hombre goce de una existencia ennoblecida en Cristo, a menos que se arranque a sí mismo de su antiguo Adán. Para aquel que vive una vida de mortificación en Cristo, la muerte no llega nunca como un ladrón subrepticio en la noche, porque es él el que la toma de sorpresa. Morimos diariamente para aprender a morir, y también para poder morir.
Nos guste o no, no hay forma de eludir esta verdad, “así como fue sentenciado a los hombres morir una sola vez, después de lo cual viene el juicio” (Hebreos 9, 27). Así como nuestros parientes y amigos se reúnen alrededor de nuestro ataúd y se preguntan: “¿Cuánto dinero dejó?”, se preguntarán los ángeles: “¿Cuánto se llevó consigo?”

El juicio será doble. Seremos juzgados en el momento de nuestra muerte, lo que constituye el Juicio Particular, y seremos juzgados en el último día del mundo, lo que constituye el Juicio General. El primer juicio se debe a que somos personas, y por lo tanto, individualmente responsables de nuestros actos no compelidos; nuestra obra nos seguirá. El segundo juicio se debe a que hemos trabajado por nuestra salvación dentro del contexto de cierto orden social y el Cuerpo Místico de Cristo; por lo tanto, debemos ser juzgados por nuestra repercusión dentro del mismo.
¿Cómo será el Juicio? Nos referimos al Juicio Particular. Será una valuación de nuestra persona tal como hemos sido en realidad. En cada uno de nosotros existen varias personas; hay la persona que los otros nos creen, la persona que nosotros creemos ser,y la persona que realmente somos.

Durante la vida nos es fácil creer en nuestra propia propaganda, y aceptar nuestros elogios de publicidad, tomarnos en serio, juzgarnos más por la opinión pública que por la verdad eterna, y en consecuencia podemos creernos (y nos creemos) buenos, porque nuestros vecinos son malvados. Hasta podemos llegar a juzgar nuestras virtudes de acuerdo con los vicios de los que nos abstenemos. Si hemos hecho fortuna bajo el capitalismo, pensamos que las organizaciones sindicales son malvadas; si nos hemos hecho ricos organizando sindicatos, pensamos que el capitalismo es malvado; si provenimos de la ciudad, pensamos con desdén en la gente del campo; creemos que porque una persona tiene cierto acento es menos importante, o que tiene menos valor porque es negro, o moreno, o amarillo.

Quizá nuestro mismo entusiasmo por los pobres se deba al odio que sentimos por los ricos; nuestras filiaciones políticas afectan nuestro juicio moral y nos hace defender un partido, tenga o no tenga razón. San Pablo dice que es como ir por la vida con anteojos ahumados. “Porque ahora miramos en un enigma, a través de un espejo; mas entonces veremos cara a cara. Ahora conozco en parte, entonces conoceré plenamente de la manera en que también fui conocido” (I Corintios 13, 12).

Cuando llegue el momento definitivo del juicio nos quitaremos los anteojos negros y nos veremos tales como somos. Ahora bien, ¿qué somos realmente? Somos lo que somos, no por nuestras emociones, nuestros sentimientos, nuestros gustos y repulsiones, sino solamente por nuestras elecciones. Las decisiones de nuestro libre albedrío formarán el contenido de nuestro juicio.

Para cambiar la imagen: estamos todos en la carretera de la vida, en este mundo, pero viajamos en diferentes vehículos; algunos en camiones, algunos en jeeps , algunos en ambulancias; otros en coches de doce cilindros, otros en camionetas. Pero cada uno de nosotros se encarga de conducir su vehículo.

El juicio en el momento de la muerte es algo así como si nos cortara el paso un policía de seguridad; salvo que, por la merced del Cielo, nuestro Dulce Señor no es tan cruel como los de la policía. Cuando nos corta el paso, Dios no nos dice: ¿qué tipo de vehículo maneja? No hace diferencias entre las personas, sólo pregunta: ¿Condujo bien? ¿Obedeció las leyes?

Al morir dejamos atrás nuestros vehículos, es decir, nuestras emociones, prejuicios, sentimientos, nuestra posición social, nuestras oportunidades, los accidentes del talento, de la belleza, inteligencia y posición. Por lo tanto, no le importará nada a Dios que seamos o no inválidos, superignorantes u odiados por la gente. Nuestro juicio no se basará en nuestro ambiente ni en nuestra posición social, sino en la forma en que hemos vivido, las decisiones que hemos tomado, y sobre todo, si hemos obedecido la ley.

No debemos pensar, por lo tanto, que en el momento del juicio podremos defender nuestra causa. No podremos alegar circunstancias atenuantes; no podremos pedir que nos cambien de jurisdicción, ni un nuevo jurado, ni podremos alegar que han sido injustos con nosotros. Seremos nosotros nuestro propio jurado; nos dictaremos nosotros mismos la sentencia que nos corresponde. Dios se reducirá a certificar nuestro veredicto.

¿Qué es el juicio? Desde el punto de vista de Dios, el Juicio es un reconocimiento. Dos almas aparecen ante la vista de Dios en ese segundo mismo de la muerte. Una se encuentra en estado de gracia, la otra no. El Juez mira hacia el interior del alma en estado de gracia, y ve en ella un parecido con su naturaleza divina, porque la gracia es una participación de la Naturaleza Divina.
Así como una madre reconoce a su hijo por medio del parecido natural, así también Dios reconoce a sus propios hijos por el parecido de su naturaleza. Si somos nacidos de Él, Él lo sabe. Al ver en esa alma su parecido, el Juez Soberano, Nuestro Señor y Salvador Jesucristo le dice: “Venid, benditos de mi Padre. Os he enseñado a rezar el Padrenuestro. Soy el hijo Natural, vosotros sois Sus hijos adoptivos. Venid al Reino que os he preparado desde toda la eternidad.”

La otra alma, que no posee los rasgos de familia de la Trinidad, ni ningún parecido con ella, encuentra en el Juez una recepción totalmente distinta. Así como una madre sabe que el hijo de una vecina no es su hijo, porque no participa en nada de su naturaleza, así también Jesucristo, al ver el alma pecadora que no participa de Su naturaleza, sólo puede decir esas palabras que significan el no reconocimiento: “No te conozco”, y es algo muy terrible no ser reconocido por Dios.

Tal es el juicio desde el punto de vista de Dios. Desde el punto de vista humano, es también un reconocimiento, pero un reconocimiento de aptitud o ineptitud. Anuncian que en la puerta me espera un visitante muy distinguido, pero estoy vestido con mis ropas de trabajo, tengo la cara y las manos sucias. No estoy en condiciones de presentarme ante un personaje tan augusto, y por lo tanto me niego a verlo hasta haber mejorado mi aspecto.

Un alma manchada por el pecado obra de una manera bastante similar cuando aparece frente al trono augusto donde lo juzgará Dios. De un lado ve su Majestad, su Pureza, su Brillo, y del otro lado su propia bajeza, su pecaminosidad, su indignidad. No discute ni suplica, no defiende su caso; ve, y del fondo de su ser surge el propio veredicto: ¡Oh Señor, soy indigno!

El alma manchada con los pecados veniales se arroja por sí misma al purgatorio para lavar sus vestiduras bautismales, pero el alma irremediablemente manchada, el alma muerta a la Vida Divina, se arroja a sí misma en el infierno, con la misma naturalidad con que una piedra que levanto en mi mano cae al suelo.
Tres destinos posibles nos esperan al morir:

El Infierno: Dolor sin Amor.
El Purgatorio: Dolor con Amor.
El Paraíso: Amor sin Dolor.

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