MARÍA ES NUESTRA MADRE

MARÍA ES NUESTRA MADRE

Tomado del libro “Jesucristo, Ideal del Sacerdote” del Beato Dom Columba Marmion O.S.B.

Por firme que sea este primer cimiento que hemos puesto a nuestra devoción mariana, vamos a considerar ahora otra de las razones que tenemos para honrar a Nuestra Señora: es nuestra Madre. El culto que le tributamos como hijos suyos nos hace más semejantes a Jesús, que tanto ama y venera a su Madre.

«No somos hijos de Dios sólo de nombre, sino con toda verdad» (I Jo., III, 1); pues de la misma manera somos hijos de la Santísima Virgen, ya que este apelativo no es una metáfora ni una figura, sino la expresión de lo que nos enseña la fe.

¿En qué nos fundamos para tener la dichosa certeza de que somos hijos de la Reina del cielo?

Sobre todo, en el dogma de nuestra incorporación a Cristo como miembros de su Cuerpo Místico. Una mujer se hace madre desde el punto mismo que comunica a otro su misma vida. Ahora bien, ¿de dónde nos viene en el orden sobrenatural esta vida divina que está destinada no a terminar con la muerte como nuestra vida corporal, sino a revestirse de gloria en la eternidad? Eva nos dio la vida natural contaminada con el pecado original; pero la vida de la gracia nos vino por María. María es la nueva Eva que, por su predestinación, está asociada al nuevo Adán. ¡Cuán eficaz fue su cooperación a la obra de la redención! Como acabamos de ver, el día de la Anunciación Dios quiso, en cierta manera, subordinar la venida de su Hijo al consentimiento de María. Desde entonces, la Virgen es la criatura privilegiada que comunica a todos los hombres este gran don de Dios que es la vida sobrenatural, ya que aceptó la dignidad de la maternidad plegándose enteramente a los designios de Dios que desde toda la eternidad la había elegido para que fuera madre de Cristo y madre de todos sus miembros.

Por eso, la liturgia canta, transportada de júbilo: «Pueblos redimidos, cantad a la vida que se os ha dado por la Virgen»: Vitam datam per Virginem, gentes redemptæ plaudite.

San Agustín expresa la misma idea: «Madre de Cristo en el sentido natural de la palabra, María se ha convertido espiritualmente en «madre de todos los miembros del cuerpo de su Hijo»»: Plane Mater membrorum ejus, quod nos sumus. ¿Y por qué así? «Porque, por su amor, ha cooperado [con su Hijo] a que nazcan en la Iglesia los fieles, que son sus miembros»: Quia cooperata est, caritate, ut fideles in Ecclesia nascerentur qui illius membra sunt [De santa virginitate, VI. P. L., 40, col. 399].

Pero será al pie de la cruz, en medio de los dolores de su compasión, cuando María será plenamente consagrada madre del género humano. Allí es donde puede decirse que la Santísima Virgen cumplió el último objetivo de su vida, allí es donde realizó en toda su plenitud el fiat de la encarnación y la misión que le había confiado la divina Sabiduría. Asociada a la inmolación de su Hijo y confundida con Él en la llama de un mismo amor, participaba de su misma voluntad de sumisión al Padre y de la misma intención de sufrir y de cumplir los designios eternos. En virtud de esta unión moral, puede decirse que María fue corredentora, aunque con entera subordinación al que es el único Mediador. Así es como ella nos ha engendrado a la vida sobrenatural y se ha convertido con toda verdad en Madre nuestra.

El mismo Jesús ha querido mostrarnos estas grandes verdades. Trasladémonos en espíritu al Calvario. Desde lo alto de la cruz, donde Él agoniza, ha pronunciado una palabra sublime, que sólo después de muchos siglos se ha llegado a comprender en todo el alcance de su significado. Para el corazón de una madre siempre son sagradas las palabras que pronuncia su hijo en el trance de la muerte. Y María amaba a Jesús como nadie le ha amado. Como madre suya que era y madre adornada y enriquecida con todos los dones de la gracia, amaba a su Hijo con toda la intensidad de su inmenso cariño.

¿Cuáles fueron las últimas palabras que Jesús dirigió a su madre? María estaba junto a Él al pie de la cruz, mirando de hito en hito al rostro de su Hijo y recogiendo todas sus palabras: «Padre, perdónalos…» (Lc., XXIII, 34). «Hoy estarás conmigo en el paraíso…» (Ibid., 43). Luego que hubo dicho esto, Jesús fijó sus ojos en ella y en el discípulo amado y pronunció estas palabras: «Mujer, he aquí a tu hijo» (Jo., XIX, 26).

Estas solemnes palabras de Jesús constituyeron para María un testamento de incomparable valor.

Nosotros podemos ver representadas en San Juan a todas las almas fieles que desde aquel punto iban a tener por madre a la Virgen María. Pero no debemos olvidar que el Apóstol San Juan fue ordenado sacerdote el día anterior en la última Cena y que, por este título, San Juan representaba de una manera especial a todos los sacerdotes de todos los tiempos. ¡Qué cosa más grata es para nosotros pensar que, en la hora de su muerte, la más solemne de todas, Jesús se dirigió a nosotros y nos confió a su madre en la persona de su discípulo amado!

Al aceptar nuestra condición de hijos de María, entramos plenamente en los designios misericordiosos del Señor. ¿No es verdad que el Padre nos «predestinó a ser conformes con la imagen de su Hijo?: prædestinavit nos conformes fieri imaginis Filii sui (Rom., VIII, 29).

Estas palabras se refieren a todos los cristianos, pero de un modo especial a los sacerdotes. En virtud de la ordenación, la perfección sacerdotal consiste en que reproduzcamos en nuestra vida, con mayor perfección que el resto de los fieles, la imagen de Jesucristo.

Jesucristo es esencialmente Hijo de Dios e Hijo de María. Si no fuera el Verbo consustancial al Padre, no sería Dios; y si no fuera el fruto de las entrañas de la Virgen, consubstantialis matri, como dice San Beda, no sería el mediador que, en nombre de sus hermanos, satisfizo por los pecados y nos mereció todas las gracias. No podemos imitar enteramente a Cristo si no somos, como Él, hijos de Dios, aunque adoptivos, al mismo tiempo que hijos de María. Como veis, Jesús desea compartir con nosotros todo cuanto Él tiene de más sublime y aún todo cuanto es.

Puesto que hemos sido asimilados a Cristo por el bautismo y más aún por la ordenación, confirmemos esta gracia llenando nuestro corazón de respeto, de confianza y de devoción a la Santísima Virgen y esforzándonos por mostrarnos siempre como buenos hijos de tan buena madre, aprendiendo del ejemplo que Jesús nos dio el primero.

Nada más consolador para un alma sacerdotal que saber que la veneración y el amor que profesamos a la Virgen María es un excelente medio para llevar hasta su última perfección nuestra asimilación a Jesús.

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