LAS TRES ETAPAS DEL DOLOR

LOS SENDEROS DE LA VIDA ESPIRITUAL: LAS TRES ETAPAS DEL DOLOR

Tomado del libro “Vida Espiritual” del Siervo de Dios Mons.Luis María Martínez

Una de las cosas más importantes de la vida espiritual es comprender a fondo las íntimas relaciones que existen entre el amor y el sacrificio.

Que el amor es el fondo de la perfección, fácilmente se entiende y aun el alma se complace en comprobarlo; porque el amor corresponde maravillosamente a algo muy hondo que el alma lleva en su seno, a una aspiración vital, vehemente y en cierto sentido único.

Y cuando el alma llega a palpar lo efímero, lo superficial, lo vacío de los afectos de la tierra, se lanza impetuosa hacia ese amor divino, tan profundo, que llega hasta el fondo del alma, hasta regiones que no tocan jamás los afectos terrenos; tan perfecto, que llena siempre sin fastidiar jamás; y tan duradero, que es inmortal, que es inamisible, que nada ni nadie lo puede arrancar cuando ha echado sus raíces en el corazón.

Pero es comunísimo que se tenga un concepto inexacto del amor; que se sueñe en un amor que no es de este mundo, que fue quizá el amor del paraíso de la tierra, que será, sin duda, el del paraíso del Cielo; un amor que es fiesta perenne, que es gozo sin mezcla, y cuando el alma entrevé la cumbre de ese Tabor delicioso, exclama como San Pedro, sin saber lo que dice: “¡Bueno es permanecer aquí!”

No se comprende que en esta vida amar sea sufrir, que el símbolo eterno del amor en la tierra sea la cruz de Cristo; que para llegar al amor sea preciso subir por las pendientes ásperas y ensangrentadas del Calvario; que para unirse con el amor haya que clavarse en la misma cruz con Cristo, y que para embriagarse de amor sea necesario hundirse en el océano de amargura que Jesús esconde en su amoroso corazón.

Cuando se llega a entender que la perfección es amor, y que este amor ni se alcanza, ni se conserva, ni se consuma, sino por el sacrificio, se ha encontrado el camino de la santidad, porque se ha entrado en la región luminosa de la verdad.

El dolor acompaña al amor en todas sus etapas, y no como compañero que le sostiene y guía, sino como parte de su ser, como el aspecto terreno de esa divina realidad que es el amor.

Hay en la vida del amor tres grandes etapas: la primera prepara la unión, la segunda es la unión misma, la tercera contiene las prodigiosas consecuencias de esa unión que persevera y se consuma. Y a cada una de esas etapas corresponde un dolor, o más bien un género de dolores.

1. El dolor que purifica

En la primera etapa, el amor arranca al alma de todas las cosas, aun de sí misma, y la pone en inefable y magnífica soledad. En la Escritura se dice que el amor es fuerte como la muerte, la cual arranca implacablemente al alma de todo lo terreno y aun la separa de la envoltura natural con la que forma una sola naturaleza; pues así el amor, poderoso e implacable como la muerte, va arrancando al alma de todo lo terreno, y después de haberla desprendido de las cosas exteriores, penetra, como espada de dos filos, en los profundos senos del alma, hasta las divisiones del alma y del espíritu, según el lenguaje del Apóstol, y consuma esa muerte mística que deja al alma en inmensa e inefable soledad.

Hasta el amor humano arranca y separa, hasta el amor humano es muerte, hasta él requiere para consumarse la soledad del corazón. Siempre el amado es elegido entre millares, como se dice en el Cantar; para encontrarlo, ha sido preciso al corazón aislarse de todo y prescindir de todo.

De ordinario no acertamos a darnos cuenta de la soledad que el amor realiza en nuestro corazón, sino cuando la separación o la muerte viene a arrebatarnos aquel objeto amado en quien concentró el amor nuestra vida y nuestro ser después de aislarnos de todas las cosas. ¿Quién no lo ha sentido?.

El mundo no ha cambiado, la vida sigue su curso, el cielo está azul, las flores difunden sus perfumes, las aves cantan, el sol calienta y vivifica, nos rodean las mismas cosas y nos acompañan las mismas personas; pero, ¡ay!, falta una, una sola, y basta eso para sentirnos solos en medio de una multitud, para llevar en el alma un vacío inmenso, para que el mundo todo nos parezca un desierto.

Dijo, profundamente, Lamartine. Un solo ser nos falta, y nos parece que se ha despoblado el mundo. Es que el amor nos había vaciado el corazón de todo y lo había llenado con aquel que habíamos elegido entre millares, y al desaparecer el amado, nos sentimos solos, con la hondísima soledad de corazón…

No cabe, sin embargo, comparación entre la soledad producida por el amor humano y la que exige el divino amor; porque tampoco cabe comparación entre estos dos amores.

El amor humano es superficial, el divino es profundo; el primero es parcial y fragmentario, no abarca nunca totalmente al corazón; el segundo es total, absorbente, único; el amor humano tiene su propio matiz y excluye, a lo sumo, todos los afectos de aquel matiz; el amor divino encierra todos los matices y excluye, por consiguiente, todos los amores

Los celos del amor divino son universales e implacables; por eso, la Escritura, después de decir que el amor es fuerte como la muerte, añade: sus celos son terribles como el infierno.

Tan honda y perfecta soledad no puede realizarse sin dolor, sin un dolor constante y terrible. Primero, los sacrificios de la ascesis, que desprenden de todo, que arrancan del hombre todo lo perverso, todo lo humano, que contrarían todas nuestras inclinaciones, que dominan o moderan todas nuestras tendencias; la obra grandiosa de la mortificación interior y exterior que realizan en el hombre las virtudes morales, obra que desconcierta y aterroriza a los mundanos, porque no conocen el secreto del amor.

Nosotros mismos nos iniciamos, somos al mismo tiempo sacerdotes y víctimas, y en las aras sangrientas del amor sacrificamos todas las cosas y nos sacrificamos a nosotros mismos en holocausto terrible y dulcísimo al mismo tiempo, en holocausto a Aquel que elegimos entre millares, a Aquel que quiere ser nuestro único, y que nosotros libre y amorosamente queremos que lo sea.

Después, cuando nuestra obra está terminada, dejamos de ser sacerdotes para hundimos en profundas inmolaciones de víctimas.

El amor mismo es el sacerdote que nos inmola; sutil y penetrante, como espada de dos filos, llega hasta donde nosotros no podríamos penetrar jamás; hunde sus saetas, ardientes y dolorosas, en los senos profundos del alma, en regiones que ni siquiera sospechábamos que existieran en nuestro ser, y allí quema, y allí corta, y allí arranca y va dejando por todas partes huellas hondísimas de dolor desconocido y va estableciendo por todas partes la inmensa, la inefable soledad del amor.

No hay facultad que no toque ni repliegue del alma a donde no penetre, y victorioso y terrible, el amor se pasea en todo nuestro ser, desde nuestros sentidos exteriores hasta nuestras altísimas facultades espirituales, desde nuestra carne grosera que nos asemeja a las bestias, hasta aquel misterioso centro de nuestra alma que nos asemeja a Dios, porque allí brilla la imagen inmaterial y espléndida de la Trinidad

Se comprende que toda esta primera etapa está llena del dolor que purifica.

2. El dolor que une

Limpia el alma y desnuda de todo lo terreno, encuentra al Amado en la insondable soledad. Al contemplarlo a través del velo que lo cubre siempre en la tierra, pero que se ha hecho transparente para que el alma vislumbre la divina hermosura, el alma, temblando de amor y de dicha, se lanza hacia Él con el ardor del deseo que va a colmarse, con la impetuosidad de su ser que toca su felicidad.

¿Quién podrá describir el abrazo inefable, la dicha cumplida del alma que encuentra al fin a quien ha amado? Es como un trasunto del Cielo, como una irradiación del gozo eterno… ¿Cómo entonces puede caber el dolor en este misterio dulcísimo?

Por íntima, por perfecta, por estrecha que sea la unión de Dios y del alma, no es la unión consumada de la eternidad, y todo lo que le falta a la unión de la tierra para alcanzar la perfección de la del Cielo, se convierte forzosamente en dolor, en un dolor mezclado misteriosamente de gozo, algo dulcísimo y amarguísimo a la vez, pero dolor al fin, de un temple especial que supera por su intensidad a los demás dolores; más intenso por mas puro, por más espiritual, por más profundo.

El amor es insaciable, no queda satisfecho sino con el Infinito, y poseído de aquella manera perfectísima propia del Cielo; todo lo demás no logra sino excitar el deseo y convertirlo en martirio.

Cuanto más se posee a Dios, más se le desea, y cuanto más íntima es la posesión, más terrible es el martirio del deseo. Todos los místicos han hablado de este torturante deseo que pareció a Santa Teresa de Jesús más doloroso que todas las penas que había sufrido, con haber sufrido tantas.

Mas no es el deseo de la unión eterna el único dolor que acompaña a la unión; hay otros dolores, o, si se quiere, otros aspectos de este dolor que parece confundirse con el mismo amor.

Es ley del amor establecer cierta igualdad, cierto equilibrio amoroso en los que se aman; por su propia naturaleza, el amor exige que se devuelva don por don, entrega por entrega, amor por amor; y cuando tal equilibrio no se logra, el ansia de alcanzarlo se torna en dolor y martirio.

Y en el amor de Dios, el desequilibrio es inevitable, pues ¿que puede la criatura, pobre y miserable, para competir con un amor infinito en intensidad, espléndido en sus dones y divinamente rico en ternura?

Abrumada bajo el peso del amor infinito, el alma anhela, como San Agustín, ser Dios para endiosar al Amado, y en la impotencia cruel y dulcísima al mismo tiempo, como todo lo del amor- de competir con el Amor soberano, el alma pretende igualar el Infinito riquísimo de Dios con el infinito suyo, con el infinito de la miseria, y en su audacia quiere colmar con dolor lo que falta a su amor para ser infinito.

Más aún: hay en el alma que ha llegado a la unión como un secreto y divino instinto que la hace presentir que la entrega suprema del amor no puede realizarse en la tierra sin que la pobre criatura se deshaga y consuma por el dolor.

Dios se da en el gozo; los ángeles se dan sin sufrir; quizá en el paraíso de la tierra el hombre conocería el secreto de darse en medio de una alegría Purísima; pero en el estado actual, en la donación suprema del amor, se enlazan el gozo más intenso con el dolor más profundo, como en el divino Corazón de Jesús se mezclaron misteriosamente el gozo de la visión beatifica con crueles dolores que la Escritura llama proféticamente dolores del infierno.

Y aunque pudiera realizarse en la tierra el misterio del amor sin que el alma se convirtiera en víctima y en holocausto para transformarse en el Amado, bastaría que Jesús hubiera realizado la suprema donación del amor en la cruz bendita para que las almas que le aman sintieran la imperiosa necesidad de sufrir por Él, de entregársele en el dolor, de deshacerse dolorosamente y ser trituradas como el trigo y exprimidas como la uva en el lagar para convertirse en alimento y bebida de amor, en eucaristía viviente para el dulce Amado.

El mundo lo creerá o no, lo explicarán o no los sabios; el hecho gigantesco y elocuentísimo que veinte siglos han presenciado, está ahí: el de una legión no interrumpida de almas delicadamente enamoradas de su Dios que buscan el dolor con una pasión divina, con una avidez con la que no se ha buscado jamás el gozo, que tienen por único anhelo la cruz y que encuentran en ella gozo tan arcano, dulzura tan celestial, dicha tan exquisita, que todos proclaman, con el apasionado Francisco de Asís, que en sufrir por Cristo bendito consiste la perfecta alegría.

3. El dolor que redime

Réstanos considerar la última etapa del dolor.

Propio del amor es transformar a los que se aman, el uno en el otro, hasta unificarlos en cierto modo. Las expresiones: tener un solo corazón y una sola alma no son meras hipérboles, sino que expresan un misterio de unidad que realiza todo amor, pues hace que los que se aman tengan unos mismos pensamientos y unos mismos afectos, que sus alegrías y sus penas sean comunes. La Escritura nos enseña que esta ley del amor humano se realiza en el divino, pues San Pablo, con su audacia proverbial, nos enseña: “Quien se adhiere a Dios es con Él un solo espíritu”.

Y Jesús, en los momentos más solemnes de su vida, expresa al Padre celestial como su deseo supremo y su suprema plegaria:

“Que todos sean una sola cosa, como nosotros somos una sola cosa. Yo en ellos y Tú en mí, para que sean consumados en la unidad ” Juan 17, 22-23.

El fruto divino de la unión es, pues, la transformación, la consumación de la unidad, Jesús vive en nosotros y nosotros en Él. Todo lo suyo es nuestro y todo lo nuestro es suyo; sus alegrías son nuestras alegrías y sus dolores son nuestros dolores. Nuestros actos se hacen divinos, y Jesús renueva en nosotros los misterios de su vida.

Entre todo lo que Jesús nos comunica y participa cuando nos transformamos en El, descuellan sus dolores, su sacrificio; porque sus dolores le son muy queridos, porque el sacrificio fue el acto supremo de su vida.

Ávido de sufrir, porque sus sufrimientos glorifican al Padre y son fuente de vida para las almas, no quedó Jesús satisfecho con los sufrimientos de su vida mortal, sino que quiere continuarlos hasta la consumación de los siglos en la Eucaristía y en las almas.

A las almas dichosas, con las que une por amor y que transforma en El, les participa sus sufrimientos divinos, sus sufrimientos íntimos para seguir sufriendo en ellas, como lo exigen sus insaciables deseos, y para que aquellas almas tengan sufrimientos divinos que en la debida proporción sean glorificadores del Padre y redentores de las almas.

Y aquí tocamos el supremo secreto del dolor, para entrever el cual es preciso abandonar la tierra y hundir el espíritu en el seno de Dios.

Cuando plugo al Padre darnos a su propio Hijo, al Hijo de sus eternas complacencias, al Hijo que ama con un amor infinito y personal, con el Espíritu Santo, le dio -¿quién podrá comprenderlo?- como la prueba suprema de su amor, como el regalo más exquisito de su ternura, la cruz: con todos los dolores, las ignominias y las amarguras que encierra.

Lo sacrificó, lo inmoló, lo entregó: dice la Escritura. ¿Qué será el dolor que fue el don supremo del amor infinito del Padre a su Hijo encarnado? ¿Qué será el dolor que es el don supremo de Jesús a su Padre celestial?…

Y como Jesús nos Ama a la manera que es amado por el Padre: Juan 15,9. El don supremo del amor de Jesús a las almas es el dolor, es la cruz; como el don supremo del amor de las almas es esa misma cruz que encierra todos los tesoros del Cielo y de la tierra, porque encierra todas las riquezas del amor.

En la primera etapa, el dolor que purifica, sin dejar de ser sobrenatural, es humano; en la segunda etapa, el dolor unitivo es celestial por su pureza, por su sublimidad pero el dolor de la tercera etapa, glorificador y redentor, es divino; es la participación del dolor de Jesús y el reflejo del amor del Padre.

El primero me parece simbolizado por la subida al Calvario; el segundo, por la cruz: exterior de Jesús, en la que las almas con Él sacrificadas se unen con Él en abrazo estrechísimo de amor y de dolor; y el último tiene por emblema la cruz: íntima del divino Corazón de Jesús por la que se sube al Espíritu Santo, amor infinito y personal de Dios y fuente inagotable de todo amor doloroso y de todo dolor amoroso.

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