EL MARTIRIO DE MARÍA

EL MARTIRIO DE MARÍA

Tomado del primer capítulo del libro “Al Pie de la Cruz o Los Dolores de María” del Rev. Padre Federico G. Faber, Cong. Orat. (1814-1863), Doctor en Teología, Superior del Oratorio de San Felipe Neri, en Londres

4. Inagotable es la hermosura de Jesús, varia siempre, y, sin embargo, siempre una misma como la vista de Dios en el cielo; grata siempre, como un gozo habitual y bien experimentado; y, sin embargo, causa siempre de sorpresa y regocijo, como si fuera realmente nuevo. Jesús se nos muestra en todo lugar y a toda hora hermoso, ora cuando le vemos desfigurado por los tormentos de su Pasión, ora en los esplendores de su resurrección gloriosa, y lo mismo al mirar sus miembros dilacerados por los azotes, que al contemplarle en las inefables dulzuras de Bethleem. Pero, sobre todo, Jesús es hermoso en su madre. Amando, pues, a Jesús, no podemos menos de amar a María. Necesario nos es conocer a la Madre para conocer al Hijo. Así como sin fe en la divinidad del Salvador no existe verdadera devoción a su humanidad sacratísima, así también sería incompleto nuestro amor al Hijo si, prescindiendo de la Madre, la considerásemos como un mero instrumento de quien Dios su hubiese servido, como lo pudiera de cualquier criatura inanimada, extraña a todo concepto de santidad y de moral conveniencia.

5. Obligación tenemos de amar a Jesús más y más cada día. Los años, en su curso sucesivo, van reproduciendo la antigua serie de festividades que celebra la cristiandad, dejándonos en cada cual determinadas impresiones, que pasan como ellas mismas, y como los años que nos las traen sucesivamente. ¡Cuántas Navidades, Semanas Santas, Pentecostés hemos visto pasar, respectivamente, señaladas por algún acontecimiento que las ha grabado como otras tantas fechas célebres de nuestra vida! De esas festividades, la una nos halló en tal sitio, la otra en tal otro, y, todas ellas en varias y distintas circunstancias. ¡Dichosos nosotros si hemos aprovechado algunas por singulares efusiones de piedad en nuestra vida íntima, que hayan reformado o fortalecido nuestro celo, e influido notablemente en nuestra secreta comunicación con Dios! Durante esas solemnidades se han asentado quizá, y sin advertirlo nosotros, los cimientos de numerosos edificios que hasta mucho tiempo después no se han levantado del suelo. Pero en medio de todas las transformaciones acaecidas durante esas festividades, o a causa de ella, una sola e idéntica ha sido nuestra ocupación, a saber: esforzarnos en amar cada día más a Jesús; y, sin embargo, a despecho de tanta reforma interior y de tanto perseverar en nuestra tarea única, la propia experiencia nos enseñaba que nunca progresamos tanto en nuestro amor al Hijo como cuando llegamos a El por la Madre, y que todo cuanto sólidamente hemos edificado en Jesús, no lo hemos logrado sino con María y por María. Si queremos, pues, aprovechar el tiempo que empleamos en buscar a Jesús, comencemos por buscarle en María; pues El siempre está con Ella, y con Ella mora siempre. La oscuridad de los misterios de nuestro Salvador se torna en claridad cuando los miramos a la luz de María, porque esa luz es la viene de su Hijo. María es el atajo para llegar a Jesús, porque. ella es siempre puerta franca para entrar en su palacio: es la Esther, cuyas súplicas son siempre favorablemente despachadas con mano presta y generosa.

6. Pero María es todo un mundo que no podemos abrazar con una sola mirada, sino que debemos ir escudriñando minuciosamente sus arcanos; mundo de gracia, cuyas regiones debemos ir recorriendo una por una con exquisita diligencia y describiéndolas puntualmente; pues sólo así sabremos algo de ella, mientras que una vaga ojeada nos impediría conocerlas bien y sacar de ellas para nuestras almas, riquezas espirituales, tesoro a un mismo tiempo de sabiduría y de amor, que perpetuamente nos acercará más a nuestro Jesús por unión cada vez más estrecha con El. Si la santa voluntad de Dios quiere conservarnos la vida, y en sus designios de misericordia nos retiene bajo el agobio de la triste posibilidad de pecar, resolvámonos siquiera a no tratar sino de Dios, pues por larga experiencia sabemos ya que no hay ciertamente mejor empleo de nuestra vida. Ello es verdad que aun en medio de esta región tenebrosa de los tristes desiertos del mundo, hay miliares de edenes en donde podemos trabajar al rumor de aguas vivas, y conversar con Dios en las horas frescas de la jornada, y aun pasar de un edén a otro según nos solicite la flaqueza o la fuerza de nuestro amor. Mas, por de pronto, encerrémonos en el jardín de los dolores de María, pues es uno de los paraísos más agradables a Dios, y en él no podemos trabajar sino a la sombra de su presencia y cuando el amor de Jesús haya tomado maravillosamente posesión de nuestras almas. Porque el amor de Jesús es quien embalsama el aire puro de esa mansión; le respiramos en las emanaciones del suelo laboreado, en el perfume de las flores en el murmullo del follaje, en el gorjeo de las aves, en los esplendores del sol, en el suave rumor de los arroyos que brotan de las peñas. Teniendo el amor del Señor, allí es donde debemos retraernos como en una celda, y allí cesará de mortificarnos, durante algún tiempo, ese mundo para el cual somos tan poca cosa, y que en rigor quizá lo es menos para nosotros.

7. La ley de la Encarnación es ley de padecimiento. Nuestro Señor fue varón de dolores, y padeciendo redimió al mundo; su Pasión no fue solamente un acaecimiento de su vida, sino todo el fin de ella y su desenlace propio y conveniente. El Calvario no se diferenció de Bethleem ni de Nazareth; los sobrepujó en grado, no en naturaleza. Los treinta y tres años todos fueron duración de un padecimiento perpetuo, bien que vario en especie y en intensidad. Pues bien; esta misma ley de padecimiento, a que Jesús quiso someterse, comprende a todos cuantos le siguen, y aun los abraza y rodea, tanto más, cuanto son más santos, hasta querer dominarlos en absoluto. Los Santos Inocentes no eran, en los designios de Dios, sino meros contemporáneos de Nuestro Señor; pero esta sola semejanza bastó para sepultarlos en un piélago de padecer. Por eso hubieron de morir tan prematuramente en brazos de sus madres desesperadas, para recibir en premio las coronas y palmas eternas. ¡Dichoso cambio, por cierto; magnífico tesoro, tan prontamente hallado y tan maravillosamente asegurado! La propia ley veremos aplicada a todos y cada uno de los Apóstoles escogidos por la inefable vocación del Verbo Encarnado: para Pedro y su hermano, la cruz; para Pablo, la espada; para Santiago, la lapidación; degollación para Bartolomé, y para Juan aceite hirviendo y largos años de expectación dolorosa. Y para todos, bajo estas formas diversas de padecimientos externos, un interno y .perpetuo padecer, que irá con ellos a todas partes; cubriéndolos con su sombra en todas sus vicisitudes, siguiéndolos por los caminos de Roma como si fuese su ángel custodio, y con ellos surcando en sus galeras las tempestuosas olas del Mediterráneo. Por su calidad de Apóstoles, era menester que se asemejasen a su Maestro, que los envolviese la nube, que los rodeasen las tinieblas del eclipse que los aguardaba en la cima de su Calvario, en Roma, en Bactres, en España, en las Indias. Todos los mártires de todo tiempo y lugar han tenido que someterse a esa misma ley; sus respectivos padecimientos han sido vivas sombras de la gran Pasión, y la sangre de sus venas se ha confundido con el raudal de la preciosísima sangre de su Redentor, Rey de los mártires. Idéntico ha sido el destino de todos los santos, obispos o doctores, vírgenes o viudas, seglares o religiosos; signo y prenda de todos han sido un amor extraordinario y una gracia extraordinaria, adquiridos por virtud de pruebas extraordinarias y de extraordinarios padecimientos. Todos han tenido que ser envueltos en la nube y salir de ella con rostro radiante, porque todos han visto, y visto de cerca; la faz del Crucificado. Por aquí han tenido que pasar todos los elegidos, cada cual a su modo y con su medida propia; para asegurar la salvación de sus almas, haciéndose, en lo posible, semejantes a su Maestro, preciso ha sido a todos no apartarse, cuando menos, de las orillas de la negras nube que al pasar ha tenido que cubrirlos, y acaso más de una vez, con su sombra. ¿Cómo, pues, había de eximirse de esta ley la Madre de Jesús, que entre todas las criaturas ha sido la más estrechamente unida con El?

8. No es, por tanto, de maravillar si María ha padecido más que nadie después dé Jesús. La inmensidad de sus dolores no, tiene por qué sorprendernos ni chocarnos; antes bien, nos parecerá un resultado propio de todo cuanto sabemos acerca del gran misterio de la Encarnación. Medida de los padecimientos de la Madre no será otra sino la grandeza del amor que su Hijo le tiene; así como la profundidad misma de los dolores de la Madre será la mejor medida del amor que ella profesa al Hijo. El inmenso océano de sus penas será medida de la grandeza de su santidad, y en la alteza de su maternidad divina veremos el nivel que levanta sus padecimientos a la altura de los de la divina Pasión. No obstante ser ella exenta de culpa, verémosla casi sometida a la misma ley vivificante de la expiación; y a despecho de las mil diferencias que tan manifiesta distinción ponen entre la Compasión de María y la Pasión de Jesús, comprenderemos por qué la unión de la Madre con el Hijo las hace inseparables. Aquella mujer que las Sagradas Escrituras nos muestran vestida de sol, se nos mostrará totalmente envuelta en la espléndida oscuridad del terrible fallo que Jesús quiso primero dictar y después aplicar a su misma sacratísima persona como ley fundamental de su Encarnación. Dispongámonos pues, a ver cómo estos dolores de María son superiores a cuanto de ellos podamos imaginar y encarecer. Sólo con ayuda de la fe y del amor podríamos contemplarlos, y percibir algo de la hermosura y singularidad de tantas maravillas. A favor de esta contemplación podemos también acrecentar singularmente nuestra devoción a la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, penetrando momentáneamente algunos de sus misterios con la luz que nos llegue de los dolores de María; así, cuando el planeta Júpiter, al ocultar su disco luminoso, toca en la región oscura de la Luna, proyecta, a modo de revelación, una línea fugaz de luz en la extensión del borde invisible del astro de la noche, mostrando en seguida, por su desaparición, la realidad de lo que nos es dado ver.

9. Pero antes de pedir a San Juan Evangelista que, teniéndonos en su mano, penetre con nosotros en lo profundo de aquel corazón traspasado (que él, como el Santo por excelencia del Sagrado Corazón, conocía mejor que los demás), forzoso nos es echar una ojeada sobre el conjunto de los dolores de la Santísima Virgen, a la manera que antes de explorar por menor una región desconocida, procuramos formar una idea general de su plano topográfico. En la región que ahora vamos a visitar hay siete puntos acerca de los cuales necesitamos alguna noticia, si hemos de explorar con provecho los distintos misterios de sus eminentes dolores. Forzoso nos es conocer, a menos en cuanto de nosotros dependa, la inmensidad de los dolores de Maria, y que sepamos porqué Dios los ha permitido, cuáles son las fuentes de donde nacen, sus notas características; cómo María ha podido regocijarse en ellos; cómo la Iglesia nos los define y explica, cuál debe ser nuestra devoción respecto de ellos. Todos estos son puntos que se necesitan examinar, y nuestras consideraciones, bien que imperfectas acerca de ellos servirán como de introducción al presente tratado.

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