Dos mujeres excepcionales

En la Europa de inicios del siglo XVII, la mujer prácticamente no tenía acceso a la educación viéndose impedida de aportar a la ciencia la calidad de su pensamiento, y a la sociedad la valía de sus emociones. Son contados los casos en que la mujer logró salir de aquellos encierros intelectuales para brillar tanto como lo consiguieron Hildegarda de Bingen o Teresa de Jesús. La Nueva España no fue la excepción, pues las formas de vida europea se extendieron por el territorio donde, de suyo, la mujer no tenía voz.

Tuvo de emerger de aquel confinamiento de lo femenino la figura excepcional de una mujer francesa que emprendió acciones decididas para lograr que la mujer tuviese acceso a la educación; una mujer, que con valiente determinación, pudo concretar faenas tan grandiosas como ser esposa, madre de familia, monja cisterciense, religiosa contemplativa, fundadora de una Orden profusa en conventos, instauradora de infinidad de colegios, beata y santa.

 

Pero aquella oscuridad femenina requería del impulso de una mujer más, también de personalidad excepcional, para que se extendiera a México aquella misma determinación; una mujer mexicana que, siendo criolla, hija de marqueses y heredera de una fortuna, se hizo monja en España para luego regresar a la Nueva España a fundar el primer colegio dedicado a ofrecer educación a la mujer.

Es paradójico que estas dos mujeres, que salieron al rescate de la mujer de su tiempo y de los tiempos por venir, sean hoy poco conocidas y nada reconocidas.

Juana de Lestonnac nació en Burdeos, Francia en 1556. A los 17 años se casó con Gastón de Montferrant, con quien tuvo siete hijos en un matrimonio que duró 24 años hasta que llegó el dolor con las muertes de su esposo, su hijo mayor y su padre. Ya viuda, luego de formar a sus hijos, a los 46 años ingresó al monasterio cisterciense de las monjas Fuldenses en Toulouse, donde tomó el nombre de Juana de san Bernardo y donde una visión mística le mostró a una multitud de jóvenes en peligro por causa de la ignorancia, revelándole que su entrega a Dios no sería en el monasterio sino en vivir, como vivió la Virgen María, tendiendo la mano a las jóvenes. Al salir del monasterio, se retiró a la localidad de Le Mothe para entregarse al discernimiento que la arrojó a fundar un instituto que llenaría la carencia de la educación femenina. En 1605, la epidemia de Burdeos la hizo prestar ayuda a los pobres y encontrarse con varias jóvenes que se comprometieron con su apostolado. En 1606 presentó la solicitud de aprobación y en 1607 fundó la Compañía de María -primera Orden femenina al servicio de la educación de la mujer- bajo la guía de la espiritualidad ignaciana. Murió en 1640, a los 84 años, luego de fundar 30 casas de la Compañía de María en Francia. Tres siglos después, el 15 de mayo de 1949, la canonizó el papa Pío XII.

María Ignacia de Azlor y Echeverz nació el 9 de octubre de 1715 en la hacienda de San Francisco de los Patos, en lo que hoy es Coahuila, México. Viajó a España e ingresó como religiosa, en 1742, al Convento de la Compañía de María y Escuela de La Enseñanza, de Tudela, Navarra. En 1744 solicitó al Rey Carlos III que concediese la fundación de la Compañía de María en la Nueva España a fin de concretar su propósito de fundar en México un monasterio, que bajo la misma Regla, se empleara en la instrucción de niñas pobres que carecían de enseñanza. Nueve años después, el 12 de octubre de 1753, se embarcó con un grupo de religiosas hacia la Nueva España con la encomienda en sus manos. Al año siguiente, en 1754, inauguró la primera escuela pública femenina de la Nueva España -iniciando así la presencia educativa de la Compañía de María en el continente americano- y destinó toda la fortuna de su herencia para edificar la iglesia, dedicada a Nuestra Señora del Pilar, entre 1772 y 1778; luego el convento, entre 1789 y 1795; y después el colegio, entre 1803 y 1805, en el número 12 de la calle de Donceles de la ciudad de México. Desde 1755 y hasta su muerte, ocurrida el 5 de abril de 1767, María Ignacia sirvió como Superiora del convento. Sus restos se encuentran en un sepulcro al frente del comulgatorio de la iglesia de la Enseñanza.

Dos mujeres excepcionales -una francesa, la otra, mexicana- que siendo dóciles a Dios, asentaron las bases en Europa y en América, para que las mujeres tuviesen acceso a la educación.

WRITTEN BY ROBERTO O´FARRILL

Un comentario

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s