LOS SECRETOS DE LA VIDA ESPIRITUAL: NECESIDAD DE LA VIDA INTERIOR

LOS SECRETOS DE LA VIDA ESPIRITUAL: NECESIDAD DE LA VIDA INTERIOR

Tomado del la segunda parte del libro “Vida Espiritual” del Siervo de Dios Mons. Luis María Martínez, Arzobispo Primado de México

Nada tan importante en el orden sobrenatural como tener una profunda una intensa vida interior.

Porque a las veces incurrimos en el error de subordinar la vida interior a la práctica de las virtudes, como si nuestro trato con Dios no fuera sino un medio para perfeccionarnos Romanos 13,10.

Este error es más común de lo que parece. Un autor, muy recomendable por cierto, en una obra dirigida a sacerdotes, tiene sin embargo, frases como éstas: «Todo en la oración debe converger hacia la resolución y definitivamente hacia la reforma o perfeccionamiento de la vida» «La resolución es el término inmediato de la oración: su último fin es la reforma efectiva o el perfeccionamiento de la vida por el cumplimiento de la resolución.» «La oración es el laboratorio de la resolución del alma». «En la oración no se trata de hacer el arte por el arte, sino de trabajar para resolverse y finalmente para mejorar la vida», etcétera, etc.

¿No se puede llamar a esto utilitarismo espiritual?

La enmienda de la vida es medio para hacer mejor la oración y al mismo tiempo es su fruto y feliz resultante; pero el fin inmediato de la oración es nuestra unión con Dios, y su fin último, la gloria de Dios.

Un artista, un pintor, por ejemplo, necesita dinero para ejercer su arte, a lo menos para adquirir los materiales, colores, pinceles, tela, etcétera; y con su arte puede ganar dinero, y aun mucho dinero. Pero quién va a decir por eso que el arte tiene un fin comercial lo mismo debemos pensar tratándose de la oración y de la vida interior.

Y no es así. Sin duda que la oración y todos los demás actos de la vida interior tienen un influjo eficacísimo en la adquisición de las virtudes; de nuestro trato con Dios sacamos la fortaleza para rechazar las tentaciones, el conocimiento propio para ser humildes, la dulzura para tratar a nuestros prójimos y la luz y la fuerza para practicar todas las demás virtudes; más aún: se puede asegurar que las virtudes que no tienen su raíz en la vida interior no son sólidas ni profundas.

Pero eso no quiere decir que nos acerquemos a Dios únicamente para adquirir las virtudes, sino, al contrario, la vida activa y todas las virtudes que tenemos que practicar con relación al prójimo y a nosotros mismos, más que premio a nuestros esfuerzos, son medios para conseguir la vida contemplativa, la vida interior perfecta.

En otros términos: la vida contemplativa no es el medio o escalón para llegar a la vida activa; al contrario, trabajamos, luchamos, nos sacrificamos para amar a Dios para tener con Él relaciones intimas y amorosas.

La verdadera vida espiritual consiste en nuestras relaciones con Dios; las relaciones con el prójimo y con nosotros mismos son algo secundario: o se ordenan a alcanzar la vida interior o son un desbordamiento de ella.

Pero el punto central para la vida espiritual es la vida contemplativa. ¿Por qué? Porque para eso nos hizo Dios; nos hizo para El, para que lo conozcamos, para que lo amemos, para que le sirvamos. De manera que si nos sacrificamos por lograr que nuestra vida y conducta vayan mejorando, es únicamente para hacernos dignos de tratar con Dios. De suerte que nuestra vida interior es la cumbre, es el ideal, es la meta donde deben converger todos nuestros esfuerzos.

La vida contemplativa es la vida del Cielo: allá desaparecerán todos los trabajos de la vida activa. En el Cielo no habrá pasiones que combatir, ni prójimos que ayudar, ni miserias que sufrir. La vida de los bienaventurados es una contemplación eterna; miran a Dios, le aman y se unen a Él con un abrazo indisoluble. Esa es la verdadera vida.

Y Dios en su bondad ha querido que desde este mundo nos ensayemos en lo que constituirá nuestra vida eterna; ya desde aquí podemos contemplarle, aunque entre las sombras de la fe; ya desde aquí podemos amarle y con el mismo amor del Cielo, aunque todavía no produzca en nosotros los mismos efectos que en los bienaventurados. Esta es la verdadera vida; todo lo demás es pasajero y transitorio.

Por eso Nuestro Señor decía a Marta que se inquietaba por muchas cosas cuando una sola era necesaria; en tanto que María había elegido la mejor parte y no se la quitarían jamás. De manera que Nuestro Señor mismo nos enseña que la vida contemplativa es mejor que la vida activa y que no le será arrebatada al alma que la haya elegido.

Es la mejor parte, porque es la más elevada. Vivir con Dios, conocerle y amarle es lo más elevado que puede hacer una criatura; ni los mismos serafines pueden aspirar a cosa más alta. Es la mejor parte, porque es la más excelente; ¿qué cosa más excelente que tratar con Dios y ser como familiares e íntimos de Dios?

Y nadie nos la puede arrebatar. La vida activa es sólo del tiempo; la vida contemplativa es eterna. La vida de mortificación de los grandes penitentes, la vida apostólica de los grandes apóstoles, el ministerio sacerdotal, por santo y fecundo que sea, se acaba con la muerte; sólo hay una cosa que no se acaba: es la vida contemplativa. Continúa en el Cielo, es eterna.

En un artista por ejemplo, la vida consiste en contemplar y reproducir la belleza según su arte propio; podrá hacer otras cosas, por ejemplo, cuando va de camino, pero sólo de una manera transitoria. Terminado el viaje, cambiadas las circunstancias anormales, volverá a su arte, que en él es lo principal; todo lo demás es secundario y transitorio.

 

Así acontece con nosotros; hemos sido elevados al orden sobrenatural para contemplar a Dios y amarle. Dios nos creó para el Cielo; sin duda que mientras peregrinamos por la tierra tenemos que hacer otras muchas cosas, combatir nuestras pasiones, ayudar al prójimo, etc.; pero esto no es lo propio de nuestro oficio, son cosas del camino que pasan.

Nuestro Señor quiere que nuestra ocupación principal en la tierra sea ejercitarnos en lo que ha de ser nuestra ocupación eterna en el Cielo: contemplarle y amarle. No lo podremos hacer con la plenitud y perfección con que lo hacen los bienaventurados; pero, a lo menos, en medio de las preocupaciones de esta vida, debemos dar la mejor parte a la vida interior.

Es, pues, la única vida verdadera. De manera que todo lo demás que hagamos en tanto vale en cuanto que está penetrado por la vida interior, por la savia de la contemplación.

Los que tenemos un ministerio exterior como los sacerdotes, los miembros de la Acción Católica, no podemos hacer bien a las almas si no poseemos una intensa vida interior, como lo ha demostrado ampliamente Don Chautard en su obra El alma de todo apostolado. Somos el buen olor de Cristo, dice San Pablo, y para difundirlo por todas partes es indispensable que estemos profundamente impregnados de El y unidos a El, es decir, que tengamos una intensa vida interior.

Las almas que no pueden ejercer una acción inmediata en los prójimos deben, desde el fondo de su recogimiento, derramar las gracias de Dios sobre ellos, pero sólo podrán hacer esto en la medida en que posean una intensa vida interior.

La verdadera eficacia de nuestras obras depende de nuestra vida interior, y el verdadero valor de un alma vale más cuanto más intimas y estrechas son sus relaciones con Nuestro Señor.

La vida interior es lo principal, lo más importante, lo más eficaz en la vida espiritual, lo único necesario.

Por consiguiente, para toda alma que trata de perfección, el gran problema es éste ¿Cómo haré para que mi vida interior sea más profunda y más intensa?

Sin duda que todos mis lectores poseen en su alma la vida interior; pero ningún alma puede conformarse con la vida espiritual que tiene; en este orden siempre se necesita más y nunca se puede decir basta.

¿Qué digo? En todos los órdenes pasa lo mismo; es muy humano el no saciarnos nunca de lo que amamos… ¿Cuándo el artista se sacia de belleza? ¿Cuándo el sabio se siente harto de verdad?

Es que en nuestro corazón llevamos algo infinito: nuestros deseos. Las cosas materiales cansan; el goloso puede comer mucho, pero llega un momento en que le repugna seguir comiendo: está satisfecho, no puede más.

En la tierra, el que ama quiere amar más, y el sabio no se cansa de investigar la verdad ni el artista de contemplarla y reproducirla. Toda vida humana noble y elevada es insaciable. Con más razón la vida espiritual.

Por consiguiente, por intensa que sea la vida interior de un alma, necesita más y aspira a más.

Y como la vida interior no es otra cosa que nuestras relaciones con Dios, que nuestro trato íntimo y amoroso con Él, el problema se convierte en éste: ¿cómo haremos para que nuestro trato con Dios sea más intimo y nuestras relaciones con El sean más estrechas?

Tal es el objeto de estos capítulos: resolver este problema, y estudiar con la luz del Espíritu Santo qué se necesita para que nuestra vida interior sea más intensa y profunda

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