¿ES POSIBLE AMAR A LOS ENEMIGOS?

3 ES POSIBLE

Fr. Benjamín Monroy Ballesteros, Ofm


http://www.espirituyvidaofm.wordpress.com

«Han oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pero yo les digo: Amen a sus enemigos y rueguen por los que los persigan» (Mt 5, 43-44).

El amor a los enemigos es, quizá, la más revolucionaria y exigente de las enseñanzas de Jesús, el amor más desconcertante y difícil de practicar. Nos puede dejar «sin aliento»[1]. Llevarlo a la práctica es difícil no sólo para los individuos concretos, por ejemplo, amar al vecino poco amable, al competidor en lo profesional, en la economía, en la política, etc.

Ha sido difícil también para la Iglesia. El cardenal Walter Kasper escribe:

«A la Iglesia le ha costado y le cuesta llevarlo a la práctica. Pues ¿cómo se ha portado el cristianismo en las persecuciones a judíos y herejes, en las cruzadas, en las guerras de religión? ¿Cómo ha tratado la Iglesia a sus adversarios en las polémicas y controversias, que muchas veces eran todo menos objetivas y limpias? Así mismo, muchas homilías bélicas causan una macabra impresión. Por consiguiente, no sólo los cristianos individuales, sino también la Iglesia misma fracasa muy a menudo en la observancia del mandamiento del amor a los enemigos. En este terreno, entre el ideal y la realidad suele existir una gran distancia»[2].

A primera vista, amar a los enemigos parece un absurdo. ¿Cómo entenderlo? Para la mente humana es muy difícil. Va en contra de los sentimientos y de la lógica. El amor a los enemigos es, en último término, revelación de Dios. Sólo desde aquí podemos entenderlo. Hagamos un esfuerzo para entender lo que Dios nos ha revelado.

  1. UN AMOR UNIVERSAL

Digamos primero algunas palabras sobre el amor a los que nos hacen el mal a partir del evangelio de san Juan, quien a diferencia de los sinópticos, no habla expresamente de amor a los enemigos. ¿Por qué? Para Juan, el cristiano no tiene enemigos, aunque muchos merezcan serlo. «Puesto que Juan contempla el mundo a través del prisma del amor cristiano, no hay lugar para el enemigo, en su mentalidad»[3]. Para él, todos los hombres son amados por Dios. Jesús dio su vida por todos los seres humanos para que se amaran como hermanos. En el término «hermano» Jesús incluye a los que llamamos «enemigos». El enemigo, querámoslo o no, es un hermano. Un hermano incómodo, pero finalmente un hermano.

El discípulo de Cristo está llamado a ser el lugar donde se manifiesta el amor universal de Dios. Cuando un hombre se siente amado por Dios y llamado a manifestar ese amor permite «que Jesús ame, por medio de él, a todos los hombres sin excepción alguna»[4]. Solamente cuando dejamos que Cristo ame en y a través de nosotros, es posible amar a los enemigos. El gran reto que plantea san Juan es dejarse amar por Dios. Lo demás viene por añadidura.

En la Biblia el amor está siempre referido a Dios. «Dios es amor». En palabras de san Juan, el amor no nace «de sangre, ni de deseo de hombre, sino de Dios» (Jn 1,13). Amamos al prójimo, al cónyuge, al enemigo no con nuestras propias fuerzas espirituales, sino con el amor de Dios. El fracaso en el amor al cónyuge, al prójimo, al enemigo se debe, en último término, a no amar en/con el amor de Dios.

Desde la perspectiva Joánica del amor universal a todos los seres humanos, intentemos precisar el amor a los enemigos. Entender es un presupuesto básico para cumplir el «mandamiento» de Jesús.

2. EL LENGUAJE (ES) DEL AMOR

Álvarez cree haber encontrado una clave para entender qué quiso decir Jesús cuando pidió amar a los enemigos: el lenguaje del amor. No se necesita haber leído muchos libros sobre el amor para darse cuenta que el lenguaje del amor no es unívoco. Más que lenguaje del amor hay que hablar de lenguajes. Dentro de ciertas características comunes, existe una amplia gama de significados. Por ejemplo, a través de la historia el amor cristiano se ha manifestado de diferentes maneras, algunas nada nada cristianas.

«En ocasiones, el amor ha sido utilizado o invocado para justificar acciones que hoy no tendríamos inconveniente de calificar de crímenes más o menos atroces: en nombre del amor hasta no hace mucho tiempo se castigó a los niños con diversos tipos de maltrato personal. Como justificación bíblica de la práctica se citaba el texto de Proverbios 13,24: “Quien escatima la vara odia a su hijo, quienes lo aman lo corrigen temprano”. A los infieles se les persiguió y mató por amor a la verdad. Las brujas fueron quemadas por amor a las almas»[5].

Las diversas formas de manifestar el amor no es un hecho exclusivo del cristianismo. Pensemos en las culturas. En la expresión del amor influye la cultura. Por ejemplo, el afecto no lo expresan de la misma manera los japoneses que los mexicanos. Para un japonés el abrazo amistoso del mexicano puede ser visto como un exceso que no se puede permitir. La expresión amorosa también tiene matices diferentes según se trate de un hombre o una mujer. Existen estudios sobre el amor paterno y materno que revelan las diferentes formas como ama un papá y una mamá. «El amor paterno tolera una mayor distancia del hijo que el amor materno»[6]. El pastor protestante G. Chapman, asesor matrimonial, ante el problema de las diversas maneras como el esposo y la esposa expresan el amor, propone buscar un lenguaje común[7]. Volviendo al lenguaje bíblico, en griego -el idioma en que fueron compuestos los evangelios- existen cuatro verbos distintos para expresar lo que en español expresamos con un solo verbo: amar[8].

1º.       Erao, de donde se derivan eros y erótico, significa amar en sentido sexual, erótico. «Se emplea para referirse a la atracción mutua del hombre y la mujer»[9]. Estamos ante el amor de la pareja. Esta forma de amor se usa, por ejemplo, en el libro de Ester: «El rey Asuero erao (amó) a Ester más que a las otra mujeres» (2,17).

2º.       Stergo expresa el amor entre los miembros de una familia, concretamente el cariño entre padres e hijos, entre hermanos. San Pablo usa este verbo cuando hace una petición a los cristianos de Roma: «Como buenos hermanos sean stergo (cariñosos) unos con otros, rivalizando en la estima mutua» (Rm 12,10). Este amor brota de los lazos de parentesco.

3º.       Fileo expresa el afecto entre amigos. El evangelista Juan lo usa cuando las hermanas de Lázaro le mandaron un recado a Jesús: «Señor, aquel a quien tú fileo (quieres) está enfermo» (Jn 11,2).

4º.       Agapao se usa para expresar el amor desinteresado, altruista. En esta forma de amor «no importa lo que una persona pueda hacer o hacernos ni la forma como nos trate. Siempre tendremos la posibilidad de amarle, que no consiste en sentir algo por ella, sino en hacer algo por ella»[10]. De este verbo se deriva ágape. Es el amor de caridad. El amor total. Es el que usa Jesús en la cena del adiós: «Sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo agapao (amado) a los suyos, los agapao (amó) hasta el extremo» (Jn 13,1).

Esta distinción nos ayuda a entender mejor el amor en los textos bíblicos. Tomemos un ejemplo, el texto de Juan 21,15-19:

«Cuando terminaron de comer, Jesús dijo a Simón Pedro: Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos? Contestó: Sí, Señor, tú sabes que te quiero. Jesús le dijo: Apacienta mis corderos. Le preguntó por segunda vez: Simón, hijo de Juan, ¿me amas? Pedro volvió a contestar: Sí, Señor, tú sabes que te quiero. Jesús le dijo: cuida de mis ovejas. Insistió Jesús por tercera vez: Simón Pedro, hijo de Juan, ¿me quieres? Pedro se puso triste al ver que Jesús le preguntaba por tercera vez si lo quería y le contestó: Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero. Entonces Jesús le dijo: apacienta mis ovejas. En verdad, cuando eras joven, tú mismo te ponías el cinturón e ibas a donde querías. Pero cuando llegues a viejo, abrirás los brazos y otro te amarrará la cintura y te llevará a donde no quieras. Jesús lo dijo para que Pedro comprendiera en qué forma iba a morir y dar gloria a Dios. Y añadió: Sígueme».

Después de la comida, Jesús resucitado pregunta tres veces a Pedro si lo ama. En las dos primeras preguntas usa el verbo agapao y Pedro responde con un fileo. Jesús le pregunta si lo ama con un amor total, el amor que compromete toda la vida. Pedro recuerda su traición, su debilidad, y por eso responde con un fileo, menos pretencioso que el agapeo.

En la tercera pregunta se produce un cambio. Jesús no usa ya el verbo agapeo, sino fileo. Jesús no exige a Pedro más de lo que puede dar. Como gran pedagogo, espera pacientemente a que uno madure. La pregunta es ahora: «Pedro, ¿me amas como un amigo? ». Con esta pregunta Pedro se siente en su lugar, identificado con el fileo (el amor de amistad) y responde en los mismos términos: «Tú sabes que te amo como un amigo». Jesús acepta la respuesta de Pedro y le anuncia que su amor de amigo madurará hasta llegar al amor total que le llevará a dar la vida por el Maestro.

Después de estas precisiones de lenguaje, vayamos a la enseñanza de Jesús sobre el amor a los enemigos. En la frase donde Jesús manda amar a los enemigos, el evangelio usa el verbo agapeo. ¿Qué significa esto? Significa que Jesús no exige amar a los enemigos «del mismo modo que amamos a nuestros seres queridos o a nuestros amigos […] El amor que Jesús exige aquí es otro. Es el ágape que no consiste en un sentimiento. Si se tratara de un afecto, no sólo sería un mandato imposible de cumplir, sino también absurdo: nadie puede obligarnos a sentir afecto. El amor que Jesús exige consiste en una actitud, una determinación que pertenece a la voluntad. Invita a amar incluso en contra de los sentimientos que experimentamos instintivamente. El amor que nos exige no obliga a sentir afecto por quien nos ha ofendido ni a devolver la amistad a quien nos ha defraudado. Lo que sí pide es la capacidad para ayudar y prestar un servicio a aquél que un día nos ofendió»[11].

Jesús precisa en que consiste amar al enemigo en tres frases claves:

1ª. «Hagan el bien a quienes los odien» (Lc 6,27). La respuesta al mal no es el mal. Hay que devolver bien por mal. San Pablo lo dirá así: «Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; y si tiene sed, dale de beber; haciéndolo así, amontonarás ascuas sobre su cabeza. No te dejes vencer por el mal; antes bien, vence al mal con el bien» (Rm 12,20-21).

2ª. «Bendigan a los que los maldicen» (Lc 6,28). Aunque hablen mal de ustedes (los maldigan) ustedes hablen bien de ellos. Pero es obvio que no se trata de decir mentiras, alabar a quien no se lo merece. Lo que Jesús pide es no responder con la misma moneda, hablando mal de ellos.

3ª. «Recen por los que los injurien» (Lc 6,28). Orar por quien nos ha ofendido es sano, en primer lugar, para a nosotros. No se puede rezar por alguien y seguir alimentándose del veneno de los resentimientos que esa persona ha despertado en nosotros. Orar por quienes nos injurian alivia nuestras propias heridas interiores. El amor a los enemigos es, en último término, fruto del el amor a nosotros mismos y fruto del amor a Dios. Amor a Dios porque hago lo que Él me pide. Amor a mí mismo porque el perdón me libera, me cura. El odio, el deseo de venganza, el resentimiento enferman. Amar a los enemigos es tener compasión de mí, buscar la salud del cuerpo y del alma, ser libre de los sentimientos destructivos. En último término, el cristiano perdona a su enemigo no sólo porque es bueno para la salud, sino «para ser hijos del Padre celestial» (Mt 5,45).

Una antigua leyenda judía corrige la manera como el pueblo celebraba el éxodo, la salida de la esclavitud en Egipto. Cuando los egipcios que perseguían a los israelitas se hundieron en las aguas del Mar Rojo y perecieron, el pueblo y los ángeles cantaron de alegría. Pero Dios los hizo callar. Les dijo: «La obra de mis manos acaba de perecer ahogada en el mar, ¿cómo cantan un himno de júbilo? »[12]. Los cantos de victoria de los ángeles y del pueblo judío es fruto de la mente humana. El amor de Dios por todos, amigos y enemigos, creyentes y ateos, buenos y malos es revelación divina.

  1. LAS ACTITUDES DE JESÚS DE NAZARET

Vayamos más allá de los conceptos sobre el amor. Entendamos el amor a los enemigos a partir del comportamiento de Jesús. Los evangelios recogieron muchos encuentros de Jesús con los que podíamos considerar «sus enemigos». ¿Cuál fue la actitud del Señor frente a ellos? Pongamos atención a tres actitudes.

3.1 Perdona

En la cruz, Jesús pide al Padre que perdone a sus verdugos. ¿Por qué perdonó? ¿Cuál fue su secreto? Entenderlo nos ayuda a perdonar. Desde el punto de vista psicológico, el secreto para perdonar es comprender. Jesús fue más allá del comportamiento de sus enemigos. Un psiquiatra escribe: «Como excelente conocedor de la psicología y de la filosofía, (Jesús) comprendió que los hombres que lo juzgaron y crucificaron estaban anestesiados por el sistema social, político y religioso»[13]. El sistema opresor del tiempo de Jesús impedía a la gente pensar y, por consecuencia, ser libre para decidir. Estaban en una cárcel que no se puede ver con los ojos del cuerpo y de la mente. Jesús dirá a sus discípulos: «Llegará la hora en que todo aquel que los mate, creerá dar culto a Dios» (Jn 16,1). Los sacerdotes y los piadosos que condenaron a Cristo creían que estaban haciendo algo agradable a los ojos de Dios. Los soldados que lo crucificaron creían que estaban sirviendo al imperio romano. Tanto los sacerdotes como los soldados pensaban que estaban haciendo lo correcto. No podían darse cuenta que el sistema los controlaba. No eran libres. A. Cury exhorta: «Sea libre para pensar. Sea crítico en cuanto al fundamento de sus actitudes porque a veces, queriendo agradar a Dios, podemos estar haciendo cosas absurdas, hasta actos inhumanos. En nombre de la defensa de la moral y de la ética social se pude destruir personas»[14].

Al cristianismo le puede pasar -y le ha pasado- lo mismo que al pueblo judío del tiempo de Jesús: convertirse en un sistema alienante y opresor que entorpece la mente. Sobran ejemplos. Generalmente, cuando se casa la política con el cristianismo se produce un maridaje peligroso. En el edicto mediante el cual el emperador Teodosio el Grande (379-395), elevó la cristiandad a religión oficial del Estado, el año 380 se dice: «Mandamos que cuantos siguen dicha ley (cristiana) conserven el nombre de cristianos católicos, mientras que los demás, a quienes consideramos enajenados e insensatos, los que cargan sobre sí con la marca infamante de la doctrina herética, así como sus conciliábulos, no retengan el nombre de la Iglesia; antes deberán alcanzar el perdón divino y después recibir el castigo de nuestra autoridad, que hemos recibido por beneplácito celeste»[15]. El emperador mezclaba la política y religión. Como dice san Pablo: «Juzgando a ti mismo te condenas» (Rm 2,1). En realidad, el enajenado e insensato era el emperador.

  1. Cury identifica algunos hechos de nuestro tiempo que esclavizan el alma y entorpecen la mente: «Cuando pasamos horas escuchando a los personajes de la televisión pero no dedicamos tiempo a hablar con nuestros hijos […] Cuando trabajamos obsesivamente, cuando nuestro interés se concentra en el dinero, cuando reaccionamos reflexionando superficialmente sobre el sentido de la vida, estamos dejando que el sistema nos entorpezca»[16]. También hoy podemos decir lo mismo que dijo Jesús: «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen».

Comprender la situación y comprender a las personas ayuda a perdonar. «Sin la psicología del perdón, las personas que nos decepcionan se van volviendo ‘monstruos’ en el suelo de nuestro inconsciente»[17]. ¡Cuidado! Nos hace mucho daño llevar monstruos dentro. Arruinan el encanto de la vida, la paz, el desempeño social e intelectual. Si la película Durmiendo con el enemigo nos aterra, cuando no sabemos perdonar estamos literalmente viviendo y durmiendo con el enemigo que llevamos dentro. «Si lo perdona, él morirá dentro de usted y no renacerá como enemigo. Caso contrario, dormirá con usted, robará su sueño, comerá con usted y destruirá su apetito»[18]. Para Cury, la mayor venganza contra el enemigo es perdonarlo.

Cury explica, desde su perspectiva psicológica, por qué Jesús disculpó lo inexcusable: «Comprendió el papel del sistema en el proceso de construcción de los pensamientos y en la producción de reacciones humanas»[19]. El sistema termina por volvernos muñecos programados. Para Jesús -y para todos- el perdón fue un refrigerio para el alma. Murió sin guardarle rencor a nadie, sin cicatrices en el inconsciente. Fue libre. El perdón contribuyó a su impresionante salud emocional. Al dar el perdón, Jesús no permitió que el veneno del odio se alojara en su corazón. El alma de Jesús permaneció hasta el final sana, limpia de sentimientos de venganza, rencores, resentimientos.

Como ya hemos señalado, más allá de que el perdón protege a quien lo otorga del veneno del odio, el perdón de Jesús para sus verdugos muestra, sobre todo, su amor al Padre. Las palabras de Jesús «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen», revelan la intensidad de la relación entre el Padre y Jesús.

3.2 Llama a cuentas

«Al que te abofetee en la mejilla derecha preséntale también la otra; al que quiera pleitear contigo para quitarte la túnica déjale también el manto; y al que te obligue a andar una milla vete con él dos» (Mt 5,39-41)

La expresión «poner la otra mejilla» ha sido, con frecuencia, mal interpretada. Se interpreta como dejar que el otro me agreda cuanto quiera, como le dé la gana. Pero, ¿realmente Jesús nos pide esto?

Si interpretamos la enseñanza de Jesús a partir de sus reacciones frente a los agresores, nos daremos cuenta que dejarse agredir impunemente no es una enseñanza cristiana. La única vez que los evangelios reportan un golpe contra Jesús, el Señor no puso la otra mejilla sino llamó a cuentas al que lo hizo: « ¿Por qué me pegas? » (Jn 18,23). Incluso en la Pasión -donde aparece como un manso cordero llevado al matadero- el evangelio de san Juan lo presenta dueño de sí mismo, confrontando a sus verdugos. Pilato lo reta: « ¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo poder para soltarte y poder para crucificarte?». Jesús le responde: «No tendrías contra mí ningún poder, si no se te hubiera dado de arriba; por eso, el que me ha entregado a ti tiene mayor pecado» (Jn 19,10-11). En estas actitudes de Jesús hay una enseñanza de fondo muy valiosa e importante que debemos grabar bien en nuestra mente y nos ayuda a practicar el amor a los enemigos: en estas actitudes, Jesús está manifestando su amor.

3.3 Enfrenta

Sin perder el control de sus emociones, Jesús enfrenta a sus adversarios. No es dulce y tierno, sino más bien firme, crítico y a veces duro. No adopta una actitud sumisa. Puede ser a veces irónico. Cuando lo acosan, se defiende, polemiza y da respuestas brillantes. Los evangelios están llenos de las controversias de Jesús con sus adversarios. Recogemos algunos pasajes.

A los saduceos, Jesús les tapa la boca, los «deja callados» (Mt 22,34). A los enviados de Herodes les dice: «Díganle a ese zorro» (Lc 13,32). A los escribas y fariseos les llama hipócritas, sepulcros blanqueados: «Así son ustedes, los fariseos. Ustedes limpian por fuera las copas y platos, pero el interior de ustedes está lleno de rapiñas y perversidades. ¡Estúpidos! ¡Pobres de ustedes, fariseos, que les gusta ocupar el primer puesto en las sinagogas y ser saludados en las plazas! ¡Pobres de ustedes!, porque son como esas tumbas que apenas se notan: uno no se da cuenta sino cuando ya las ha pisado» (Lc 11,39-44). Cuando un doctor de la ley se siente «ofendido» por sus palabras, Jesús le contesta: «¡Pobres de ustedes también, maestros de la Ley, porque imponen a los demás cargas insoportables, y ustedes ni siquiera mueven un dedo para ayudarles! ¡Pobres de ustedes, que construyen monumentos a los profetas! ¿Quién los mató sino los padres de ustedes? » (Lc 11,45-46).Con frecuencia, los enemigos de Jesús le reprochan que no cumple la Ley. Pero Jesús no se deje condicionar por ellos. Cura a pesar de la acusación de violar le Ley y de las terribles consecuencias de su práctica:

«Jesús entró nuevamente en una sinagoga, y había allí un hombre que tenía una mano paralizada. Los fariseos observaban atentamente a Jesús para ver si lo curaba en sábado, con el fin de acusarlo. Jesús dijo al hombre de la mano paralizada: Ven y colócate aquí delante. Y les dijo: ¿Está permitido en sábado hacer el bien o el mal, salvar una vida o perderla? Pero ellos callaron. Entonces, dirigiendo sobre ellos una mirada llena de indignación y apenado por la dureza de sus corazones, dijo al hombre: extiende tu mano. El la extendió y su mano quedó curada. Los fariseos salieron y se confabularon con los herodianos para buscar la forma de acabar con él» (Mc 3,1-6).

CONCLUSIÓN

Puede ser que, en un primer momento, el amor a los enemigos parezca absurdo; pero, ¿no es más absurdo el espectáculo de una sociedad y una persona atrapada en la espiral de la violencia y la venganza, en la ley del ojo por ojo y diente por diente? Basta ver las consecuencias devastadoras del veneno de la violencia y la venganza para considerar que el amor a los enemigos es mucho más razonable que la irracionalidad de estos flagelos humanos.

«Solo si los bandos enfrentados se tienden mutuamente la mano por encima de viejas trincheras y unos a otros se piden perdón y se lo conceden, solo entonces es posible poner fin a conflictos sangrientos y traumáticos, iniciar un proceso de sanación de las ofensas recíprocamente infligidas y romper la espiral de violencia y el círculo vicioso de culpa y venganza»[20].

Ciertamente que amar a los enemigos tiene un alto grado de dificultad. La dificultad crece si le sumamos los malos entendidos. Me parece que cuando entendemos mejor lo que Jesús pide y experimentamos que amar a los enemigos contribuye al bienestar de la sociedad y, en primer lugar, de nosotros mismo, es más accesible su práctica. Espero que estas reflexiones contribuyan a ello.

[1] W. Kasper, La misericordia. Clave del Evangelio y de la vida cristiana, Sal Terrae, Santander 2012, p. 136.

[2] Ibid, p. 139.

[3] S. Vergés, Dios es amor, Secretariado Trinitario, Salamanca 1982, p. 313.

[4] Ibid.

[5]  W. G. Jeanrond, Teología del amor, Sal Terrae, Santander 2013, p. 30.

[6]  Ibid, p. 42.

[7]  Cf. G. Chapman, Los cinco lenguajes del amor. Cómo expresar devoción sincera a su cónyuge, Unilit, Miami 1996.

[8]  A. Álvarez, «¿Mandó Jesús amar a los enemigos? », en Selecciones de Teología 141 (1997), p. 38-42.

[9] Ibid, p. 38.

[10] Ibid, p. 39.

[11] A. Álvarez, ¿Mandó Jesús amar a los enemigos?, p. 40-41.

[12]   Cf. A. Álvarez, ¿Mandó Jesús amar a los enemigos?, p. 42.

[13]   A. Cury, El Maestro del amor, Grupo Nelson, México 2009, p. 115.

[14]   A. Cury, El Maestro del amor, p. 116.

[15]   Fichero bíblico Mercabá, en http://www.mercaba.org/FICHAS/BIBLIA/Jn-Ev/JUAN_16.htm (Consulta 25.07.2015).

[16]   A. Cury, El Maestro del amor, p. 116.

[17]   A. Cury, El Maestro del amor, p. 117.

[18]   Ibid, p. 118.

[19]   Ibid, p. 116-117.

[20] W. Kasper, La misericordia, p. 140.

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