EL SACERDOTE: LA OBRA DE LA SANTIFICACIÓN SACERDOTAL

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EL SACERDOTE: LA OBRA DE LA SANTIFICACIÓN SACERDOTAL
Tomado de “Jesucristo Ideal del Sacerdote” del Beato Dom Columba Marmion O.S.BB) IN IIS QUAE SUNT AD DEUM
XI
«Haced esto en memoria mía»La obra de nuestra santificación se consolida a medida que nos aplicamos a la práctica de las virtudes que son propias de nuestra condición de mediadores, es decir, cuando cumplimos las obligaciones que nos imponen los actos del culto y de la vida espiritual. Esta es la doctrina del Apóstol: «Todo Pontífice tomado de entre los hombres, a favor de los hombres es instituido para las cosas que miran a Dios»: Constituitur in iis quæ sunt ad Deum (Hebr., V, 1).

Estos actos ya de por sí son santos. Y por eso decimos: la santa Misa, la santa comunión. Y la razón de ello es que estos actos nos ponen en contacto inmediato con la fuente de toda santidad. Lo mismo se puede decir, aunque en menor escala, del oficio divino, de la oración privada y de las acciones ordinarias que practicamos diariamente.

En los capítulos siguientes veremos cuáles son las acciones que, como ministros de Cristo, debemos ejecutar todos los días. Un conocimiento más profundo de su naturaleza y de los beneficios sobrenaturales que nos proporcionan nos ayudará eficazmente en la obra de nuestra perfección.

San Pablo coloca el santo sacrificio en el primer plano de Ea quæ sunt ad Deum.

Y con sobrada razón.

El sacramento del orden ha sido instituido para conferir a los hombres el poder de consagrar el cuerpo y la sangre de Cristo. La comunicación de este poder constituye la razón de ser de la imposición de las manos.

Cuando el sacerdote celebra el mysterium fidei, no solamente ejecuta una de las múltiples funciones que son inherentes a su elevada dignidad, sino que realiza el acto esencial de ésta. Este acto sobrepuja en poder a cualquier otro ministerio, bien sea ritual, bien sea pastoral. Por eso es por lo que toda la vida del sacerdote debiera ser un eco o una prolongación de su Misa.

Para poder hablar como conviene a la dignidad del santo sacrificio, sería preciso ser no ya hombre, sino ángel, y aún ni un ángel sabría explicar toda la sublime grandeza de los misterios del altar, porque sólo Dios puede apreciar en su justo valor la inmolación de todo un Dios. «Si llegáramos a comprender lo que es la Misa, dice el santo Cura de Ars, moriríamos de amor».

A pesar de todo, nos es de gran utilidad meditar en la grandeza de la santa Misa, porque es el centro de toda la vida de la Iglesia y la fuente de innumerables gracias: aquella fuente mística que describe San Juan en el Apocalipsis, cuyas aguas fecundan la ciudad celestial (XXII, 12).

Los efectos que estos misterios divinos obran en nuestras almas dependen en gran parte de «nuestra fe y de nuestra devoción»: Quorum tibi fides cognita est et nota devotio.

Con objeto de ilustrar vuestra fe, voy a proponeros las enseñanzas de la Iglesia, dejando a vuestra piedad el cuidado de profundizar estos mismos pensamientos en la oración.

Cuando se trata del sacrificio de la Misa, es mucho mejor acudir a las fuentes auténticas para tomar de ellas la doctrina en toda su pureza que detenerse en la consideración de las opiniones teológicas de los autores. No olvidemos nunca que, en las cosas que dependen de su libre voluntad, Dios pudo haber concebido y realizado un plan completamente distinto del actual. Y para conocer lo que en realidad ha querido, necesitamos acudir a la revelación, porque Él es el único que nos puede descubrir sus pensamientos y sus designios. En esta materia, nada podemos saber con certeza por nuestras propias fuerzas.

Hay dos fuentes para conocer lo que Dios nos ha revelado: la Escritura y la Tradición. Estas fuentes no siempre son fáciles de interpretar; y por eso los protestantes, que las interpretan cada uno a su manera, caen con tanta facilidad en el error. Pero si el Soberano Pontífice o un Concilio definen un dogma, estamos seguros de poseer la verdad, porque el Espíritu Santo es el Maestro de la Iglesia. La enseñanza de la Iglesia es la norma inmediata de nuestra fe: Regula proxima fidei.

También la sagrada liturgia nos manifiesta cuál es el pensamiento de la Esposa de Cristo. La Iglesia refleja sus creencias en la oración, indicándonos al mismo tiempo cuál es el sentido genuino de las palabras de la Escritura y la tradición auténtica con respecto a la Eucaristía. En la escuela de la liturgia, somos como niños pequeñitos que aprenden a orar al tiempo que escuchan cómo ora su madre. Y esto se realiza principalmente en la Misa, que es el sol del culto cristiano. Las fórmulas y los ritos con que la Iglesia rodea la celebración del divino sacrificio sirven a maravilla para hacernos comprender cuál es su grandeza.

El Concilio de Trento es el que, entre todos, ha fijado con mayor amplitud y precisión la doctrina tradicional sobre el santo sacrificio.

Los principios establecidos por el Concilio fueron, principalmente, éstos: la Misa es «un sacrificio verdadero y real»: verum et propium sacrificium [Sess. XXII, can.1]. Saliendo al paso de lo que enseñaban los reformadores del siglo XVI, definió que la Misa es algo más que un recuerdo de la Cena del Señor, que no es un simple rito en el que se ofrece a Cristo oculto bajo las especies sagradas, ni solamente una representación simbólica de su muerte, sino «un sacrificio verdadero y real».

En segundo lugar, la oblación de la Misa es la misma que la del Calvario. La única diferencia que existe entre ambos sacrificios consiste en la diversa manera en que se ofrecen: sobre nuestros altares, declara el Concilio, «el mismo Cristo se ofreció en el altar de la cruz de una manera sangrienta, se hace presente y se ofrece incruentamente» [Sess. XXII, cap. 2].

Es verdad que la Misa no renueva la redención, pero también es cierto que, por medio de la inmolación sacramental, perpetúa a través de los tiempos la oblación de este único sacrificio y «nos aplica ubérrimamente sus frutos»: Oblationis cruentæ fructus per hanc incruentam uberrime percipiuntur [Ibid.].

 

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