LA PRESENTACIÓN DE LA VIRGEN MARÍA EN EL TEMPLO

LA PRESENTACIÓN DE LA VIRGEN MARÍA EN EL TEMPLO, o sea la «dedicación» que María Santísima hizo de Sí misma a Dios, ya desde su infancia, movida por el Espíritu Santo, cuya gracia la llenaba plenamente.

La festividad de la Presentación de María al Templo que procede de una antigua tradición está históricamente ligada a la consagración de una basílica en honor de Santa María, -el edificio fue deseado por Monseñor Elías, obispo de Jerusalén, y fue terminado bajo los auspicios del emperador Justiniano (527-565)- al lado de la zona del templo de Jerusalén, ahí donde la Virgen pasó su infancia dedicada al servicio divino. Esta iglesia fue consagrada el 21 de noviembre del año 543, y fue llamada Nueva Iglesia, para distinguirla de la antigua, dedicada a la Natividad de María. En el transcurso del siglo VIII la festividad se extendió por todas las Iglesias orientales, y, con el favor del pueblo de Dios, pasa a ser parte de las grandes doce festividades del año. Todavía hoy se celebra en Oriente con una vigilia preparatoria y algunos días de post-festividad, hasta el 25 de noviembre.

Esta memoria litúrgica constituye una buena oportunidad para que hagamos un examen hondo sobre nuestras actitudes más íntimas para ser completamente hombres y mujeres de Dios. Esforcémonos más para ser muy fieles a la vocación cristiana que hemos recibido en el Bautismo. Y, para eso, consideremos con qué amor recibimos, con la frecuencia necesaria, el Sacramento de la Reconciliación.

En la meditación antes del rezo del Ángelus del 19 de noviembre de 2006, San Juan Pablo II expresó.

El 21 de noviembre, con ocasión de la memoria litúrgica de la Presentación de María Santísima en el templo, celebraremos la Jornada pro orantibus, dedicada al recuerdo de las comunidades religiosas de clausura. Es una ocasión muy oportuna para dar gracias al Señor por el don de tantas personas que, en los monasterios y en los eremitorios, se dedican totalmente a Dios en la oración, en el silencio y en el ocultamiento.

Algunos se preguntan qué sentido y qué valor puede tener su presencia en nuestro tiempo, en el que hay numerosas y urgentes situaciones de pobreza y de necesidad que se deben afrontar. ¿Por qué “encerrarse” para siempre entre las paredes de un monasterio y privar así a los demás de la contribución de las propias capacidades y experiencias? ¿Qué eficacia puede tener su oración para la solución de los numerosos problemas concretos que siguen afligiendo a la humanidad?

Sin embargo, de hecho también hoy, suscitando con frecuencia la sorpresa de amigos y conocidos, muchas personas abandonan carreras profesionales a menudo prometedoras para abrazar la austera regla de un monasterio de clausura. Sólo las impulsa a un paso tan comprometedor el haber comprendido, como enseña el Evangelio, que el Reino de los cielos es “un tesoro” por el cual vale de verdad la pena abandonarlo todo (cf. Mt 13, 44). En efecto, estos hermanos y hermanas nuestros testimonian silenciosamente que en medio de los acontecimientos diarios, a veces bastante turbulentos, el único apoyo que no vacila jamás es Dios, roca inquebrantable de fidelidad y de amor.

“Todo se pasa, Dios no se muda”, escribió la gran maestra espiritual santa Teresa de Ávila en uno de sus célebres textos. Y ante la necesidad generalizada que muchos sienten de salir de la rutina diaria de las grandes aglomeraciones urbanas en busca de lugares propicios para el silencio y la meditación, los monasterios de vida contemplativa se presentan como “oasis” en los que el hombre, peregrino en la tierra, puede beber mejor en las fuentes del Espíritu y saciarse a lo largo del camino. Por tanto, estos lugares, aparentemente inútiles, son en realidad indispensables, como los “pulmones” verdes de una ciudad: hacen bien a todos, incluso a quienes no los frecuentan y tal vez ignoran su existencia.

Queridos hermanos y hermanas, demos gracias al Señor, que en su providencia ha querido las comunidades de clausura, masculinas y femeninas. No les privemos de nuestro apoyo espiritual y también material, para que puedan cumplir su misión: mantener viva en la Iglesia la ardiente espera de la vuelta de Cristo. Para ello, invoquemos la intercesión de María, a quien, en la memoria de su Presentación en el templo, contemplaremos como Madre y Modelo de la Iglesia, que reúne en sí ambas vocaciones: a la virginidad y al matrimonio, a la vida contemplativa y a la activa.”


La Virgen es conducida hoy a la Casa del Señor.

«El Templo purísimo del Salvador, la preciosa habitación nupcial, la Virgen, Tesoro sagrado de la gloria divina, es conducida hoy a la Casa del Señor y lleva con Ella la gracia del Espíritu divino; los ángeles la alaban: Ella es el Tabernáculo celeste» (de la Liturgia oriental.)

Oh María sin pecado concebida,
ruega por nosotros que recurrimos a Vos.

Esta es la oración que tú inspiraste, oh María, a Santa Catalina Labouré, y esta invocación, grabada en la Medalla la llevan y pronuncian ahora muchos fieles por el mundo entero.

¡Bendita tú entre todas las mujeres! ¡Bienaventurada tú que has creído! ¡El Poderoso ha hecho maravillas en Ti! ¡La maravilla de tu Maternidad divina! Y con vistas a ésta, ¡la maravilla de tu Inmaculada Concepción! ¡La maravilla de tu fiat! ¡Has sido asociada tan íntimamente a toda la obra de nuestra redención, has sido asociada a la Cruz de nuestro Salvador!

Tu Corazón fue traspasado junto con su Corazón. Y ahora, en la gloria de tu Hijo, no cesas de interceder por nosotros, pobres pecadores. Velas sobre la Iglesia de la que eres Madre. Velas sobre cada uno de tus hijos. Obtienes de Dios para nosotros todas esas gracias que simbolizan los rayos de luz que irradian de tus manos abiertas. Con la única condición de que nos atrevamos a pedírtelas, de que nos acerquemos a Ti con la confianza, osadía y sencillez de un niño. Y precisamente así nos encaminas sin cesar a tu Divino Hijo.

Te consagramos nuestras fuerzas y disponibilidad para estar al servicio del designio de salvación actuado por tu Hijo. Te pedimos que por medio del Espíritu Santo la fe se arraigue y consolide en todo el pueblo cristiano, que la comunión supere todos los gérmenes de división que la esperanza cobre nueva vida en los que están desalentados. Te pedimos por los que padecen pruebas particulares, físicas o morales, por los que están tentados de infidelidad, por los que son zarandeados por la duda de un clima de incredulidad, y también por los que padecen persecución a causa de su fe.

Te confiamos el apostolado de los laicos, el ministerio de los sacerdotes, el testimonio de las religiosas.

Dios te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo, bendita Tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

(Oración de San Juan Pablo II. 31-mayo-1980)

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