Meditaciones de San Alfonso María de Ligorio para los días de Adviento

Meditaciones de San Alfonso María de Ligorio para los días de Adviento

MEDITACIÓN I

(para rezar 28 de noviembre)

 

Y se encarnó por obra del Espíritu Santo, y se hizo hombre.

Considera como habiendo criado Dios al primer hombre para que le sirviese y amase en esta vida, y después conducirle a la vida eterna,  a reinar en el paraíso;  a este fin le enriqueció de luces y de gracias.  Pero el hombre ingrato se reveló contra Dios, negándole la obediencia que le debía de justicia y por gratitud,  quedando de esta suerte el miserable privado con toda su descendencia de la divina gracia y excluido por siempre del paraíso.  Mira después de esta ruina del pecado perdidos a todos los hombres.  Todos vivían ciegos entre las tinieblas, en las sombras de la muerte.  Mas Dios, viéndolos reducidos a este miserable estado, determina salvarlos.  Y ¿cómo?  No manda ya a un ángel o a un Serafín; si que para manifestar al mundo el amor inmenso que tenía a estos gusanos ingratos,  envío a su mismo Hijo a hacerse hombre y a vestirse de la misma carne de los pecadores,  para que satisficiese con sus penas y con su muerte a la justicia divina por los delitos de ellos,  y así los librase de la muerte eterna;  y reconciliándolos con su divino Padre,  les alcanzase la Divina Gracia,  y los hiciese dignos de entrar en el reino eterno.  Pondera aquí de una parte la ruina inmensa que trae el pecado,  privándonos de la amistad de Dios y del paraíso,  y condenándonos a una eternidad de penas.  Pondera de la otra el amor infinito que Dios mostró en esta grande obra de la Encarnación del Verbo,  haciendo que su Unigénito viniese a sacrificar su vida Divina por manos de verdugos sobre la cruz en un mar de dolores y vituperios,  para alcanzarnos el perdón y la salvación eterna.  ¡Ah! Que al contemplar este gran misterio y este exceso de amor cada cual no debería hacer otro que exclamar:  ¡Oh Bondad Infinita! ¡Oh Misericordia Infinita!  ¡Oh Amor Infinito! ¿Un Dios hacerse hombre,  para venir a morir por mi?…

Afectos y súplicas

Pero ¿cómo es,  Jesús mío,  que aquella ruina de pecado,  que Vos habéis reparado con vuestra muerte,  yo tantas veces he vuelto después a renovármela voluntariamente con tantas injurias como os he hecho?  ¡Vos a tanta costa me habéis salvado,  y tantas veces yo he querido perderme,  perdiéndonos a Vos,  bien infinito!  Pero me da confianza lo que vos habéis dicho:  que cuando el pecador que os ha vuelto la espalda,  se convierte después a Vos,  no dejáis de abrazarlo:  “Volveos a mí,  y yo me volveré a vosotros”  decís por el Profeta Zacarías. Za 1, 3.

Habéis también dicho:  “Si alguno me abriere la puerta,  yo entraré a el” Ap. 3, 20.  He aquí  Señor yo soy uno de éstos rebeldes,  ingrato y traidor,  que muchas veces os he vuelto las espaldas y os he desechado de mi alma;  mas ahora me arrepiento con todo el corazón de haberos de tal manera maltratado,  y despreciado vuestra gracia.  Me arrepiento y os amo sobre todas las cosas.  Ved la puerta de mi corazón ya abierta;  entrad,  Señor,  pero entrad para no salir jamás.  Yo sé que Vos nunca saldréis,  si yo no vuelvo a desecharos;  pero entrad para no salir jamás.  Yo sé que Vos nunca saldréis,  si yo no vuelvo a desecharos;  pero ¡ah! Este es un temor,  y esta es también la gracia que os pido,  y espero siempre pediros: hacedme morir,  antes que yo use con Vos esta nueva y mayor ingratitud.  Amable Redentor mío,  por la ofensa que os he hecho no merecería ya amaros;  pero os pido por vuestros méritos el don del santo amor.  Para esto hacedme conocer cuán gran bien es el amor que me habéis tenido,  y cuánto habéis hecho para obligarme a amaros.  ¡Ah! Mi Dios y Salvador,  no me hagáis vivir mas tiempo ingrato a tanta bondad vuestra.  Yo no quiero dejaros mas,  Jesús mío.  Basta cuanto os he ofendido.  Razón es que estos años que me están de vida los emplee todos en amaros y daros gusto.  Jesús mío,  Jesús mío,  ayudadme;  ayudad a un pecador que quiere amaros.    ¡Oh María,  madre mía! Vos todo lo podéis con Jesús, sois su Madre.  Decidle que me perdone;  decidle que me encadene con su santo amor.  Vos sois mi esperanza,  en Vos confío.

 

 

 

MEDITACIÓN II

Y EL Verbo fue hecho carne

(29 de noviembre)

 

El Señor envió a San Agustín para que escribiera sobre el corazón de santa María Magdalena de Pazzis las palabras Verbum caro factum est.  Por lo que nos interesa, pidamos también nosotros al Señor que nos ilumine el entendimiento,  y nos haga conocer qué exceso y prodigio de amor ha sido el que el Verbo eterno,  el Hijo de Dios,  se haya hecho también hombre por amor nuestro. 

La santa Iglesia se llena de admiración contemplando este misterio, según aquellas palabras; Consideré tus obras y me pasmé.

 Si Dios hubiese criado mil mundos mil veces más grandes y más bellos que el presente, es cierto que esta obra sería infinitamente menor que la Encarnación del Verbo. Fecit polentiam in bracho suo.  Para ejecutar la obra del a Encarnación se ha necesitado toda la omnipotencia y sabiduría infinita de un Dios,  haciendo que la naturaleza humana se uniese a una persona divina,  y que una persona divina se humillase a tomar la naturaleza humana;  de manera,  que Dios se hizo hombre y el hombre se hizo Dios;  y habiéndose unidos la divinidad del Verbo al alma y al cuerpo de Jesucristo,  se hicieren divinas todas las acciones de este hombre-Dios:  divinas sus oraciones,  divinos los padecimientos,  divinos los vagidos,  divinas las lágrimas,  divinos los pasos,  divinos los miembros,  divina aquella sangre,  para hacer de ella un baño de salud destinado a lavar todos nuestros pecados,  y un sacrificio de infinito valor,  para aplacar la justicia del Padre justamente indignado con los hombres.

 Miserables criaturas, ingratas y rebeldes. 

Y ¡por ellas hacerse un Dios hombre!  ¡Sujetarse a las mismas miserias humanas! ¡Padecer y morir por salvar a estos seres indignos!   Se humilló a si mismo,  dice san Pablo,  hecho obediente hasta la muerte,  y muerte de cruz Flp 2, 8.

¡Oh fe santa!  Si tú no nos asegurases de esto,  ¿quién podría creer jamás que un Dios de infinita majestad se haya abajado hasta hacerse pasible y mortal como nosotros,  para salvarnos a costa de tantas penas e ignominias,  y de una muerte cruel y vergonzosa? ¡Oh gracia! ¡Oh fuerza de amor! Exclama san Bernardo.  ¡Oh gracia! que ni aun podrían imaginársela los hombres si Dios mismo no hubiera pensado hacérsela! ¡Oh amor divino, que no podrá jamás comprenderse!   ¡Oh misericordia!  ¡Oh caridad infinita, digna solamente de una bondad infinita!

 

Afectos y súplicas.

¡Oh alma! ¡Oh cuerpo! ¡Oh sangre de mi Jesús!

Yo os adoro,  y os doy gracias.  Sois mi esperanza.  Vosotros sois el precio pegado para rescatarme del infierno,  que vida tan infeliz y desesperada aguardar debería en la eternidad,  si Vos,  Redentor mío, no hubieseis pensado en salvarme con vuestra muerte! Mas ¿cómo las almas redimidas por Vos con tanto amor,  sabiendo esto,  pueden vivir sin amaros,  y despreciar vuestra gracia,  que con tantos trabajos les habéis procurado? ¿Por ventura ignoraba yo todo esto?  ¿Cómo,  pues,  he podido ofenderos,  y ofenderos tantas veces?  Pero repito,  vuestra sangre es mi esperanza. 

Conozco,  Salvador mío,  el grande agravio que os he hecho.        ¡Oh hubiese yo muerto mil veces antes! ¡Oh si os hubiese siempre amado! Mas os doy gracias,  porque me dais tiempo de verificarlo aun.  Espero en lo que me resta de esta vida,  y después en la eternidad alabar por siempre la misericordia que conmigo habéis usado.  Después de mis pecados,  yo merecía más tinieblas,  y me habéis dado más luz.  Merecía que mi corazón quedase más endurecido,  y Vos lo habéis enternecido y compungido.  Así es que por vuestra gracia siento ahora un gran dolor de las ofensas que os he hecho;  siento en mí un gran deseo de amaros;  siento en mí una firme resolución de perderlo todo antes que vuestra amistad;  siento un amor hacia Vos que me hace aborrecer todo lo que os desagrade;  y este dolor,  este deseo,  esta resolución y este amor,  ¿quién me lo da?  Me lo dais Vos por vuestra misericordia.  Luego es,  Jesús mío,  señal de que ya me habéis perdonado;  es señal de que ahora me amáis,  y queréis salvarme a todo trance.  Si;  Vos queréis salvarme,  principalmente por daros gusto.  Vos me amáis,  y también yo os amo;  pero os amo poco,  dadme más amor:  Vos merecéis más amor de mi,  a quién habéis dispensado gracias más especiales que a los demás.  Ea,  pues aumentad la llama.

María santísima,  alcanzadme que el amor de Jesús consuma y destruya en mi todos los deseos que no son para Dios,  Vos oís a todos,  oídme también y alcanzadme amor y perseverancia.

 

 

 

 MEDITACIÓN III

Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna.

(30 de noviembre)

 

Considera como el Eterno Padre, dándonos al Hijo por Redentor, por víctima, por precio de nuestro rescate; no podía darnos motivos más poderosos de esperanza, de amor para inspirarnos confianza, para obligarnos a amarle. Dándonos el Padre al Hijo, dice San Agustín.

Quiere que nosotros apreciemos este inmenso don, a fin de adquirirnos la salvación eterna y toda gracia que nos sea necesaria para conseguirla, mientras que en Jesús hallamos cuanto podemos desear: luces, fortaleza, paz, confianza, amor y gloria eterna.

Siendo cierto que Jesucristo es un don que contiene todos los otros dones, ¿qué podemos buscar y desear? ¿Cómo no nos donó con él todas las cosas? dice san Pablo. Habiéndonos Dios dado a su amado Hijo, que es la fuente y tesoro de todos los bienes, ¿quién puede temer que quiera negarnos alguna gracia que le pidamos? Jesucristo, dice el mismo Apóstol, ha sido hecho por Dios, sabiduría, y justificación,  santificación, y redención.

Dios le ha dado a nosotros ciegos e ignorantes, como luz y sabiduría, para caminar por la senda de la salvación a nosotros reos e ingratos, como justicia, para satisfacer por nuestras culpas, a nosotros pecadores, para santificarnos. Finalmente, Dios le ha dado a nosotros esclavos del demonio, como rescate, para adquirir la libertad de hijos de Dios.

En suma, concluye el Apóstol, con Jesucristo nosotros somos enriquecidos en todas cosas, de manera que no nos falte cosa alguna en ninguna gracia’. Y este don que nos ha hecho Dios de su Hijo, es un don hecho a cada uno de nosotros; pues que él le ha dado todo a cada uno, como si a él solo fuese donado; así es que cada uno de nosotros puede decir: Jesús es todo mío; mío es su cuerpo y su sangre: mía es su vida, sus dolores, su muerte: míos son sus méritos.

Por esto decía san Pablo: Me amó y se entregó a sí mismo por mí’. Y lo mismo puede decir cada uno: Mi Redentor me ha amado, y por el amor que me ha tenido, se ha entregado todo a mí.

Afectos y súplicas.

¡Oh Dios eterno! y ¿quién jamás podía hacer este don que es de infinito valor, sino Vos que sois un Dios de amor infinito? ¡Oh Criador mío! y ¿qué más podíais hacer para darnos confianza en vuestra misericordia y ponernos en la obligación de amaros?

Señor, yo os he pagado con ingratitudes; pero Vos habéis dicho por vuestro Apóstol, que a los que aman a Dios todas las cosas les contribuyen al bien: omnia cooperantur in bonum.

No quiero, pues, que el gran número y enormidad de mis pecados me hagan desconfiar de vuestra bondad; quiero que me sirvan para más humillarme, cuando reciba alguna afrenta. Muchas merece quien ha tenido el atrevimiento de ofenderos, bondad infinita: quiero que me sirvan para mejor resignarme con las cruces que me enviéis  para ser más diligente en serviros y honraros, a fin de compensar las injurias que os he hecho.

Quiero, sí, acordarme siempre, o Dios mío, de los disgustos que os he causado, para alabar más vuestra misericordia, y para encenderme siempre más en el amor hacia Vos, que me habéis acercado cuando huía de Vos, y me habéis hecho tanto bien, después que yo tanto os he maltratado.

Espero, Señor, que ya me habréis perdonado. Me arrepiento, y quiero siempre arrepentirme de los ultrajes que os he hecho. Quiero seros agradecido, compensando con mi amor la ingratitud que con Vos he usado. Pero Vos debéis ayudarme, y a Vos pido la gracia de cumplir esta mi voluntad. Haceos amar mucho de un pecador que os ha ofendido también mucho.

Dios mío, Dios mío, y ¿quién podrá jamás dejar de amaros, y separarse nuevamente de vuestro amor?

¡Oh María, reina mía  socorredme; Vos sabéis mi debilidad. Haced que yo me encomiende a Vos, siempre que el demonio pretenderá separarme de Dios. Madre mía, esperanza mía, ayudadme.

 

 

 

MEDITACIÓN IV

Cuando vino el cumplimiento del tiempo, envió Dios a su Hijo.

Ubi venit plenitudo temporis, misit Deus Filium suum. (Galat. IV, 4).

(1 de diciembre)

 

Considera como Dios, después del pecado de Adán, dejó pasar cuatro mil años antes de enviar a la tierra su Hijo para redimir al mundo. Y mientras tanto ¡oh! ¡Qué tinieblas de ruina ocupaban la tierra! El verdadero Dios no era conocido ni adorado sino en un ángulo del mundo apenas. Por todo reinaba la idolatría, siendo adorados por dioses los demonios, las bestias y las piedras. Pero admiremos en esto la sabiduría divina, qué difirió la venida del Redentor para hacerla al hombre más digna de agradecimiento; la difirió, para que se conozca mejor la malicia del pecado, la necesidad del remedio y la gracia del Salvador. Si luego de haber pecado Adán hubiese venido Jesucristo, se habría estimado poco la grandeza del beneficio.

Agradezcamos, pues, la bondad de Dios por habernos hecho nacer después que ya se ha cumplido la grande obra de la Redención. Ved llegado ya el tiempo dichoso que fue llamado la plenitud de todos ellos, por el lleno de la gracia que el Hijo de Dios vino a comunicar a los hombres por medio de la Redención. El Ángel embajador es enviado a la ciudad de Nazaret a la Virgen María, para anunciarle la venida del Verbo, que quiere encarnarse en su seno; la saluda, la llama llena de gracia y la bendita entre las mujeres.

Ella, la elegida por Madre del Hijo de Dios, la humilde Virgen se turba al oír estas alabanzas; mas el Ángel la anima, y le dice que ha hallado gracia delante de Dios, esto es, aquella gracia que traía la paz entre Dios y los hombres, y la reparación de la ruina ocasionada por el pecado. Le advierte después el nombre de Salvador, que debe imponerle a este su Hijo, y que era al mismo tiempo Hijo de Dios, que debía redimir al mundo y reinar sobre los corazones de los hombres.

Miremos finalmente como María acepta el ser Madre de tal Hijo al pronunciar aquellas palabras: «hágase en mí según tu palabra.» Fiat mihi secundum verbum tuum. «El Verbo eterno toma carne y se hace hombre:» et Verbum caro factum est. Demos gracias a este Hijo, y démoslas también a esta Madre, que al aceptar serlo de un tal Hijo, acepta al mismo tiempo ser madre de nuestra salvación, y juntamente Madre de dolores, resignándose desde luego al anuncio de los que había de padecer, por ser madre de su Hijo, que venía a padecer y morir por los hombres.

Afectos y suplicas

¡Oh Verbo divino hecho hombre por mí! aunque os vea tan humillado, y formado pequeño infante en el vientre de María, yo os confieso y os reconozco por mi Señor y Rey, pero Rey de amor. Mi amado Salvador, ya que habéis venido a la tierra a vestiros de nuestra carne para reinar sobre nuestros corazones, venid a establecer vuestro reino sobre mi corazón, que algún tiempo ha estado dominado por vuestros enemigos. Pero ahora es vuestro, como lo confío; y quiero que siempre lo sea, y que de hoy en adelante seáis Vos su único Señor.

Domina en medio de tus enemigos, os diré con David: Dominare in medio inimicorum tuorum. Los otros reyes reinan con la fuerza de las armas; pero Vos venís a reinar con la fuerza del amor, y por esto no venís con pompa regia, no vestido de púrpura ni de oro, no adornado de cetro ni de corona, ni rodeado de ejércitos y soldados.

Venís a nacer en un establo, pobre, abandonado, y a ser colocado en un pesebre sobre un poco de heno, porque así queréis comenzar a reinar en nuestros corazones. ¡Ah! mi Rey niño! y ¿cómo he podido yo rebelarme tantas veces contra Vos, y vivir tanto tiempo enemigo vuestro, privado de vuestra gracia, cuando para obligarme a amaros habéis depuesto vuestra majestad divina, y os habéis humillado tanto, hasta comparecer ahora de niño en una gruta, luego de adulto en un taller, y después reo sobre la cruz? ¡Feliz de mi si ahora que he salido, como espero, de la esclavitud del pecado, me dejara dominar siempre de Vos y de vuestro amor!

 ¡Oh mi rey Jesús! que sois tan amable y tan amante de nuestras almas, tomad posesión total de la mía, a Vos la entrego toda. Aceptadla, para que os sirva por siempre, pero por amor. Vuestra majestad merece ser temida; pero más merece ser amada vuestra bondad. Vos, Rey mío, sois y seréis mi único amor; y el único temor que tendré en esta vida, será el de disgustaros. Así lo espero. Ayudadme con vuestra gracia. Amada Señora mía María, Vos me habéis de alcanzar el ser fiel a este amado Rey de mi alma.

 

 

 

Meditación V

Formam servi accipiens

Tomando forma de siervo.

(2 de diciembre)

 

Sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre Flp. 2, 7

Baja a la tierra el Verbo eterno para salvar al hombre;  y ¿de dónde desciende?  Del seno de su Divino Padre,  en el que desde la eternidad fue engendrado entre los resplandores de los Santos.  Y ¿A dónde desciende?  Al seno de una Virgen,  hija de Adán,  que respecto al seno de Dios no es sino un lugar de horror,  de donde canta la Iglesia;  Non horruisli virginis uterum.  Si,  porque el Verbo,  estando en el seno del Padre,  es Dios como el Padre,  inmenso,  omnipotente,  felicísimo y supremo Señor,  en todo igual al Padre.  Mas en el seno de María criatura,  pequeñito,  débil,  afligido,  siervo y menor que el Padre.

Cuéntase por prodigio grande de humildad que un san Alejo,  hijo de un señor romano,  quiso vivir de criado en la casa de su padre;  pero ¿qué tiene que hacer la humildad de un tal Santo con la de Jesucristo?  Entre hijo criado del padre de aquel,  había alguna diferencia de condición;  mas entre Dios y siervo de Dios,  hay una diferencia infinita. 

Por otra parte este Hijo de Dios,  habiéndose hecho siervo de sus criaturas,  esto es,  de María y José;  pues,  como nos dice San Lucas,  “estaba sujeto a ellos” Lc.  2,  51.  Además se hizo siervo de Pilatos,  que lo condenó a muerte,  la cual aceptó obediente;  se hizo finalmente siervo de los verdugos que quisieron azotarle,  coronarle de espinas y crucificarle,  obedeciendo Jesús humildemente a todos,  sometiéndose a sus manos. 

¡Oh Dios! Y ¿nosotros rehusaremos después sujetarnos al servicio de este amable Salvador,  que por redimirnos se ha sujetado a tantas servidumbres,  tan penosas e indecorosas?  Y por no ser siervos de este tan grande y tan amante Señor,  ¿querremos hacernos esclavos del demonio que no los ama,  sí que los odia y los trata  cual tirano,  haciéndoles infelices y miserables en esta vida y en la otra?  Pero,  si hemos cometido esta gran locura,  ¿Por qué no salimos presto de este infeliz esclavitud?  Ea,  pues,  ya que hemos salido por la gracia de Jesucristo de la servidumbre del infierno,  abracemos prontamente y estrechemos con amor aquellas dulces cadenas que nos hacen siervos y amantes de Jesucristo;  las cuales nos obtendrán después la corona del reino eterno entre los bienaventurados del paraíso. 

Afectos y súplicas

Amado Jesús mío,  Vos sois el monarca del cielo y de la tierra;  más por amor mío os habéis hecho súbdito hasta de los verdugos,  que os han despedazado las carnes,  traspasado la cabeza,  y os han dejado finalmente enclavado sobre la cruz a morir de dolor.  Yo os adoro por mi Dios y Señor,  y me avergüenzo de comparecer en vuestra presencia,  acordándome que tantas veces por cualquier mísero gusto he roto los santos vínculos,  y os he dicho en vuestro rostro no querer serviros.  Sí,  justamente,  pues Vos me echáis en cara: Rompiste mis ataduras,  y dijiste no serviré.  Pero me animan a esperar el perdón o Salvador mío,  vuestros méritos y vuestra bondad,  que no sabe despreciar un corazón que se arrepiente y humilla: Cor contritum el humiliatum,  Deus,  nos depicies.  Confieso,  Jesús mío,  que sin razón os he disgustado;  confieso que merezco mil infiernos por las ofensas que os he hecho;  castigadme como queréis,  más no me privéis de vuestra gracia y amor.  Me pesa sobre todo mal de haberos despreciado.  Os amo con toda mi alma.  Propongo de hoy en adelante querer solamente servir y amar a Vos.  ¡Ah! Por vuestros méritos ligadme con las cadenas de vuestro santo amor;  no permitáis que yo me vea suelto de ellas.  Os amo sobre todas las cosas. 

¡Oh liberador mío!  Yo estimo mas ser vuestro siervo que dueño de todo el mundo.  Y ¿de qué sirve todo el mundo a quien vive privado de vuestra gracia?  Jesús dulcísimo,  no permitáis que me separe de Vos.  Esta gracia os pido,  y esta gracia propongo buscar siempre;  y os suplico que me concedáis hoy la de repetiros en toda mi vida: Jesús mío,  no permitáis que yo me separe más de vuestro amor.  Lo mismo os pido a Vos ¡Oh María! Madre mía,  ayudadme con vuestra intercesión,  a no separarme más de mi Dios. 

 

 

 

Meditación VI

Creavit Dominus novum super terram

El Señor ha criado una cosa nueva sobre la tierra.

(3 de diciembre)

 

Antes de venida del Mesías,  el mundo estaba sepultado en una noche tenebrosa de ignorancia y de pecados.  Apenas el verdadero Dios era conocido en un solo ángulo de la tierra,  a saber,  en Judea.  En lo restante reinaba la más espantosa idolatría.  Todo lo ocupaba la noche del pecado,  el cual ciega a las almas y las llenas de vicios,  y las priva de ver el miserable estado en que viven,  enemigas de Dios,  condenadas al infierno;  pudiendo decir con el Salmista: Pusiste tinieblas,  y fue hecha la noche;  en ella transitarán todas las bestias de la selva.

 De estas tinieblas,  pues,  vino Jesús a libertar al mundo.  Lo libró de la idolatría,  dando a conocer al verdadero Dios,  y lo libró del pecado con la luz de su doctrina y de sus divinos ejemplos;  pues como dice san Juan: Para esto apareció el Hijo de Dios,  para deshacer las obras del diablo.  Predijo el profeta Jeremías,  que Dios debía crear un nuevo niño,  para ser el Redentor de los hombres: Creavit Dominus novum super terram. 

Este nuevo niño fue Jesucristo;  él es el Hijo de Dios,  que enamora al paraíso,  y es el amor del Padre,  el cual habló de esta manera: Este es mi Hijo el amado,  en quién yo mucho me he complacido.

 Y este Hijo es aquel que se ha hecho niño,  habiendo dado más gloria y honor en el primer momento que ha sido criado,  que le han dado y estarán para darle todos los Ángeles y Santos juntos por toda una eternidad.  Por esto en el nacimiento de Jesús cantaron los ángeles: Gloria a Dios en las alturas.  Ha dado,  repito,  a Dios más gloria Jesús aun niño,  que le quitaron todos los hombres. 

Cobremos,  pues ánimo nosotros pobres pecadores,  ofrezcamos al eterno Padre este Infante,  presentémosle las lágrimas,  la obediencia,  la humildad,  la muerte y los méritos de Jesucristo,  y recompensaremos a Dios las injurias que le hemos hecho con nuestras ofensas.

Afectos y súplicas

¡Ah mi Dios eterno! yo os he deshonrado posponiendo tantas veces vuestra voluntad a la mía,  y vuestra santa gracia a mis viles intereses y miserables satisfacciones…

¿Qué esperanza de perdón habría para mí,  si Vos no me hubieseis dado a Jesucristo precisamente a este fin,  para que fuese la esperanza de nosotros pecadores?

 Él es, dice el Apóstol,  propiciación por los pecados nuestros.  Sí,  porque Jesucristo sacrificándoos la vida en satisfacción de las injurias que nosotros os hemos hecho,  os ha dado más honor   que nosotros deshonra con nuestros pecados.  Recibidme,  pues,  o Padre mío,  por amor de Jesucristo.

 Me arrepiento,  o bondad infinita,  de haberos ultrajado:   He pecado contra el cielo y en vuestra presencia;  no soy digno de llamarme hijo tuyo.

 Ciertamente yo no soy digno de perdón,  pero es digno Jesucristo de ser oído de Vos.  Él os rogó por mí un día en la cruz:  Pater ignosce,  y ahora en el cielo os está diciendo,  que me recibáis por hijo:  Tenemos por abogado con el Padre a Jesucristo,  que intercede por nosotros Jn 2, 1,  dice san Juan. 

Recibid un hijo ingrato que antes os dejó,  más ahora vuelve resuelto a amaros otra vez.  Sí,  Padre mío,  yo os amo,  y quiero siempre amaros.  ¡Ah! Padre mío,  ahora que he conocido el amor que me habéis tenido,  y la paciencia con que me habéis sufrido tantos años,  no me fío de vivir más sin amaros.

 Dadme un grande amor,  que me haga siempre llorar los disgustos que he dado a Vos,  Padre mío,  tan bueno,  y me haga siempre arder de amor hacia un Padre tan amante.

 Padre mío,  yo os amo,  yo os amo. 

¡Oh María!  Dios es mi Padre,  y Vos sois mi Madre.  Todo lo podéis con Dios,  ayudadme,  alcanzadme la santa perseverancia y su santo

amor. 

 

 

 

Meditación VII

Enviando Dios su Hijo en semejanza de carne de pecado,  aun del pecado condenó al pecado en la carne.

Deus Filium suum milens in similitufrm carnis peccati,  el de pecado damnavit peccalum in carne.

(4 de diciembre)

 

Considera el humilde estado a que quiso abatirse el Hijo de Dios,  no solo quiso tomar la forma de esclavo,  sí que de esclavo pecador.  Por cuya razón escribió san Bernardo: 

“No solo quiso tomar la  condición de siervo,  para sujetarse a otro,  el que era Señor de todas las cosas;  si que era el Santo de los Santos.  A este fin quiso vestirse de aquella misma carne de Adán,  que había sido inficionada del pecado;  y si bien no contrajo su mancha,  tomó sobre si nada menos que todas las miserias que la naturaleza humana había contraído en pena del pecado. 

Nuestro Redentor,  para alcanzarnos la salvación,  se ofreció voluntariamente al Padre a satisfacer por todas nuestras culpas.  El Padre le cargó de todas nuestras maldades;  y he aquí al Verbo Divino,  inocente,  purísimo,  santo helo cargado desde niño de todas las iniquidades,  de las blasfemias,  sacrilegios,  fealdades y delitos de los hombres,  hecho por amor nuestro el objeto de las divinas iras en razón del pecado,  por el que se había obligado a pagar a la Divina justicia. 

Así que,  tantas fueron las maldiciones que tomó sobre sí Jesucristo,  cuantos fueron y serán los pecados mortales de todos los hombres.  Venido que hubo al mundo,  desde el principio de su vida se presentí al Padre cual reo y deudor de todas nuestras maldades;  y como tal,  fue condenado a morir ajusticiado y maldecido sobre la cruz: 

El peccato damnavit peccatum in carne.  ¡Oh Dios! si el eterno Padre hubiese sido capaz de dolor   ¿Qué mayor pena hubiera experimentado,  que la de verse obligado a tratar como reo,  y reo el más malvado del mundo,  a aquel Hijo inocente,  su amado,  que era tan digno de su amor?  Ecce Homo,  parece que el eterno Padre diga a todos nosotros,  mostrándonoslo en el establo de Belén. 

 

“Este pobre niño que veis,  o hombres,  puesto en un pesebre de bestias,  recostado sobre la paja,  sabed que este es mi Hijo amado,  que ha venido a cargar con vuestros pecados y vuestras pena;  amadle,  pues porque es muy digno de vuestro amor,  y os tiene muy obligados a amarle”.

Afectos y súplicas.

¡Ah!  Mi Señor inocente,  espejo sin mancha,  amor del eterno Padre,  no os pertenecían los castigos y maldiciones;  tocaban,  si,  a mi pecador.  Pero Vos habéis querido manifestar al mundo este exceso de amor,  sacrificando vuestra vida para alcanzarnos el perdón y la salvación,  pagando con vuestras penas las que nosotros merecíamos. 

Alaben y bendigan todas las criaturas vuestra misericordia y bondad infinita.  Yo os doy gracias por parte de todos los hombres;  pero especialmente por mí,  ya que habiéndoos ofendido yo más que los otros,  habéis sufrido también más por causa mía las penas a penas a que os sujetasteis.  Maldigo mil veces aquellos indignos placeres míos,  que os han costado tantos dolores. 

Mas,  ya que habéis dado el precio de mi rescate,  haced que no sea perdida para mí la Sangre que por mi amor habéis derramado.  Yo tengo dolor de haberos despreciado,  amor mío,  pero os lo pido mayor.  Hacedme conocer el mal que os he hecho en ofenderos,  mi Redentor y mi Dios,  que habéis padecido tanto por obligarme a amaros. 

Os amo,  bondad infinita,  pero deseo amaros más: quisiera amaros o Jesús mío,  haceos amar de mí y de todos,  que bien lo merecéis.  ¡Ah! Iluminad a los pecadores que no os quieren conocer,  o no os quieren amar;  hacedles entender que es lo que habéis hecho por amor a ellos,  y el deseo que tenéis de su salvación.  María Santísima,  rogad a Jesús por mí,  por mí y por todos los pecadores;  alcanzadnos luz y gracia de amar a vuestro Hijo,  que tanto nos ha amado…

 

 

 

                                              Meditación VIII

Deus autem,  qui dives est in misericordia,  propier nimiam charitatem suam qua dilexil nos,  el cum essemus mortui peccatis,  convivificavil nos Christo (EF.  2, 4, 5)

(5 de diciembre)

 

Mas,  Dios,  que es rico en misericordia,  por su extremada caridad con que nos amó,  aun cuando estábamos muertos por los pecados,  nos dio vida juntamente con Cristo.

Considera que la muerte del alma es el pecado;  pues que este enemigo de Dios nos priva de la Divina Gracia,  que es la vida del alma. 

Nosotros,  miserables pecadores,  por nuestras culpas estábamos ya todos muertos y condenados al infierno.  Dios,  por el inmenso amor que tenía a nuestras almas,  quiso volvernos la vida,  y ¿Qué hizo? Envió a la tierra a su Unigénito,  para que muriese,  a fin de que el mismo nos recobrase la vida con su muerte. 

Con razón,  pues, el Apóstol llama a esta obra de amor,  extremada caridad.  Si,  porque ni pudiera jamás esperar el hombre porque no pudiera jamás esperar el hombre recibir de un modo tan amoroso la vida,  si recibir de un modo tan amoroso la vida,  si Dios no hubiese hallado esta manera de redimirle para siempre,  eterna redemptione inventa Hb. 9, 12.  Estaban todos los hombres muertos,  y no había redención para ellos.  Pero el Hijo de Dios,  por las entrañas de su misericordia,  viniendo del cielo,  oriens ex alto,  nos ha dado la vida;  y por esto justamente llama el Apóstol a Jesucristo nuestra vida.  He aquí a nuestro Redentor,  que vestido ya de carne y hecho niño nos dice:    He venido para que tengan vida y la tengan en abundancia  Jn 10, 10.   Á este fin vino a tomar sobre si la muerte,  para darnos la vida.  Razón es,  pues,  que nosotros vivamos solamente para aquel Dios que se ha dignado morir por nosotros: razón es que Jesucristo sea el únido señor de nuestro corazón,  ya que ha derramado su sangre,  y dado la vida para ganárselo;  porque,  como dice san Pablo: Por esto murió Cristo y resucitó,  para ser Señor de muertos y de vivos. Rm 14, 12  ¡Oh Dios para cautivarse su amor,  rehusé después amarle;  y renunciando a su amistad,  quiera hacerse voluntariamente esclavo del infierno?

Afectos y súplicas

¡Con qué,  Jesús mío!  Si Vos no hubieseis aceptado y sufrido  la muerte por mí,  yo habría quedado muerto en mi pecado,  sin esperanza de salvarme,  y de poder ya más amaros!

Pero después que con vuestra muerte me habéis alcanzado la vida,  yo de nuevo la he perdido voluntariamente tantas veces,  volviendo a pecar!  Vos habéis muerto por ganar mi corazón,  y yo rebelándome contra Vos,  lo he hecho esclavo del demonio.  Os he perdido respeto,  y he dicho no queremos por mi Señor.  Todo es verdad;  más lo es también que Vos no queréis la muerte del pecador,  sí que se convierta y viva;  y por esto habéis muerto por darnos la vida.  Yo me arrepiento de haberos ofendido. 

Redentor mío amado, y Vos perdonadme por los méritos de vuestra pasión; dadme vuestra gracia; dadme aquella vida que me habéis adquirido con vuestra muerte, y de hoy en adelante dominad plenamente en mi corazón.

 No, no quiero que sea más dueño el demonio; él no es mi Dios, no me ama, nada tampoco ha padecido por mí. Por lo pasado, no ha sido verdadero señor de mi alma, sino ladrón; Vos solo, Jesús mío, sois mi verdadero dueño, que me habéis criado, y redimido con vuestra sangre; Vos solo me habéis amado, y amado tanto. Razón es, pues, que sea solamente vuestro en el tiempo que me resta de vida.

Decid qué es lo que queréis de mí, que todo quiero hacerlo. Castigadme como os plazca, yo todo lo acepto. Ahorradme solo el castigo de vivir sin vuestro amor, haced que os ame, y después disponed como queráis de mí.

María Santísima, refugio y consuelo mío, recomendadme a vuestro Hijo. Su muerte y vuestra intercesión son toda mi esperanza.

 

 

 

MEDITACIÓN IX

Nos amó y se entregó a si mismo por nosotros.

Dilexit nos, et tradidit semelipsum pro nobis. (Ephes. V, II).

(6 de diciembre)

 

Considera como el Verbo eterno es aquel Dios infinitamente feliz en sí mismo; de manera que su felicidad no puede ser ya más grande, ni la salvación de todos los hombres podía aumentarla, ni disminuirla cosa alguna. Y con todo, ha hecho, y padecido tanto por salvar a nosotros miserables gusanos, que si su bienaventuranza (dice santo Tomás) hubiese dependido de la del hombre, no habría podido padecer ni sufrir más. Quasi sine ipso beatus esse non posset.

Y en verdad, si Jesucristo no pudiera haber sido bienaventurado sin redimirnos ¿cómo hubiera podido humillarse más de lo que se ha humillado, hasta tomar sobre sí nuestras enfermedades, los abatimientos de la infancia, las miserias de la vida humana, y una muerte tan cruel e ignominiosa?

Solo un Dios era capaz de amar con tanto exceso a nosotros miserables pecadores, que éramos tan indignos de ser amados. Dice un devoto autor, que si Jesucristo nos hubiese permitido pedirle las pruebas más grandes de su amor, ¿quién jamás se habría atrevido a demandarle que se hiciese niño como nosotros, que se vistiese de todas nuestras miserias, y además fuese el más pobre entre todos los hombres, el más vilipendiado y el más maltratado, hasta morir por manos de verdugos y a fuerza de tormentos sobre un infame patíbulo, maldecido y abandonado de todos, hasta de su mismo Padre que desampara el Hijo, por no dejarnos sepultados en nuestras ruinas?

Pero lo que nosotros no nos habríamos ni aun atrevido a pensar, el Hijo de Dios lo pensó, y lo ha ejecutado.

Desde niño se ha sacrificado por nosotros a las penas, a los oprobios y a la muerte. Dilexit nos, el tradidit semetipsum pro nobis.

Nos ha amado, y por amor se nos ha dado así mismo, a fin de que ofreciéndole por víctima al Padre en satisfacción de nuestras deudas, podamos por sus méritos alcanzar de la bondad divina cuantas gracias deseemos: víctima más estimada al Padre, que si le fuesen ofrecidas las de todos los hombres, y de todos los Ángeles. Ofrezcamos, pues, nosotros siempre a Dios los méritos de Jesucristo, y por ellos pidamos y esperemos todo bien.

Afectos y súplicas.

¡Jesús mío! demasiada injusticia haría yo a vuestra misericordia y a vuestro amor, si después que me habéis dado tantas muestras del afecto que me tenéis, y de la voluntad de salvarme, desconfiase de vuestra piedad y amor.

¡Mi amado Redentor! Yo soy un pobre pecador, pero a estos habéis venido Vos a buscar, según aquello que dijisteis: No he venido a llamar los justos, sí los pecadores. Soy un pobre enfermo, pero a estos habéis venido a curar. Estoy perdido por mis pecados, más a tales perdidos habéis venido a salvar, porque el Hijo del Hombre vino a salvar lo que había perecido.  Mt 18, 11

¿Qué puedo temer, pues, si quiero enmendarme y ser vuestro? Solamente debo temer de mí y de mi debilidad; Pero esta mi debilidad y pobreza debe aumentarme la confianza en Vos, que habéis protestado ser el refugio de los pobres, y escuchar sus deseos.

Esta gracia, pues, os pido, Jesús mío, dadme confianza en vuestros méritos, y haced que por ellos siempre me encomiende a Dios. Padre eterno, salvadle del infierno, y antes del pecado por amor de Jesucristo. Por los méritos de este Hijo dadme luz para seguir vuestra voluntad: dadme fuerza contra las tentaciones; dadme el don de vuestro santo amor. Y sobre todo os suplico me deis la gracia de pediros siempre que me ayudéis por amor de Jesucristo, el cual ha prometido que Vos concederéis cuanto os pidiéremos en su nombre. Si de esta manera continúo pidiéndoos, ciertamente me salvaré;   pero si no lo hago así, me perderé seguramente.

María santísima, alcanzadme esta gracia suma de la oración de perseverar encomendándome a Dios y también a Vos, que alcanzáis de Dios cuanto queréis.

 

 

 

Meditación X

Virum dolorum et scientem infirmitatem. (Isai. LIII, 3).

Varón de dolores y que sabe de trabajos.

(7 de diciembre)

 

Así llamó el profeta Isaías a Jesucristo, el hombre de dolores; sí, porque este hombre fue engendrado para padecer, y desde niño comenzó a sufrir los mayores dolores que jamás habían sufrido los otros.

El primer hombre Adán tuvo algún tiempo en que gozó en esta tierra las delicias del paraíso terrenal. Pero el segundo Adán, Jesucristo, no tuvo momento alguno de su vida que no estuviese lleno de afanes y agonías;

habiéndole ya afligido desde niño la vista funesta de todas las penas é ignominias que debía padecer en su vida, y especialmente después en su muerte, sumergido en una tempestad de dolores y oprobios; como ya predijo David por aquellas palabras: He llegado a alta mar, y la tempestad me vio anegado. “Y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz”.  Flp. 2, 8.

Jesucristo desde el vientre de María aceptó la obediencia dada a el por el Padre, acerca de su pasión y muerte: Facius  obediens usqve ad mortem; pues que desde el vientre de María previó los azotes, y ofreció a estos sus carnes: previó las espinas y ofrecióles su cabeza: previó las bofetadas y ofreció sus mejillas: previó los clavos y ofreció las manos y los pies: previó la cruz y ofreció su vida.

De aquí fue, que nuestro Redentor desde la primera infancia, en todos los momentos de su vida padeció un continuo martirio, y este le ofreció sin cesar por nosotros al eterno Padre.

 Pero lo que más le afligió fue la vista de los pecados que debían cometer los hombres, aun después de su penosa redención.

Conocía bien con su luz divina la malicia de todos los pecados, y para quitarlos venia al mundo; mas viendo además un número grande que se habían de cometer después, esto dio mayor pena al corazón de Jesús, que las penas que han padecido y padecerán todos los hombres de la tierra.

Afectos y súplicas.

Dulce Redentor mío, ¿cuándo será que yo comience a ser agradecido a vuestra bondad infinita? ¿Cuándo comenzaré a reconocer el amor que me habéis tenido, y las penas que por mí habéis sufrido? Hasta aquí en vez de amor y gratitud os he dado ofensas y desprecios.

¿Deberé, pues, seguir siempre viviendo ingrato a Vos, Dios mío, que nada habéis excusado por conquistaros mi amor? No, Jesús mío, no ha de ser así. Yo quiero en los días que me restan de vida seros agradecido, y Vos me habéis de ayudar.

 Si os he ofendido, vuestras penas y vuestra muerte son mi esperanza. Vos habéis prometido perdonar al que se arrepiente. Yo me arrepiento con toda el alma de haberos despreciado. Cumplid vuestra palabra, amor mío, perdonadme. Oh mi amado Niño, en ese pesebre os contemplo clavado ya en la cruz que tenéis presente y aceptáis por mí.

Infante mío crucificado, os diré, yo os doy gracias y os amo. Vos sobre esa paja, padeciendo por mí, y preparándoos ya para morir por mi amor, me convidáis y mandáis que os ame diciendo: Amarás al Señor tu Dios. Y yo no deseo otro que amaros. Ya, pues, que de mí queréis ser amado, dadme todo el amor que de mí exigís. El amor hacia Vos es don vuestro, y el don más grande que podéis hacer a un alma.

 Aceptad, o Jesús mío, por amante vuestro un pecador que tanto os ha ofendido. Vos habéis venido del cielo a buscar las ovejuelas perdidas: buscadme, pues, que yo no busco a otro que a Vos.

Queréis mi alma, y ella no quiere a otro que a Vos. Amáis a quien os ama diciendo: Diligentes me delego. Yo os amo, amadme también Vos, y si me amáis, atadme a vuestro amor, y atadme de manera que no pueda separarme más de Vos. María madre mía, ayudadme.

Sea también vuestra gloria ver amado a vuestro Hijo de un miserable pecador, que antes tanto le ha ofendido.

 

 

 

MEDITACION XI

Llevó sobre si nuestras maldades.

Iniquitates nostras ipse portavit. (Isai. LIII).

(8 de diciembre)

 

Considera como el Verbo divino, haciéndose hombre, no solo quiso tomar la figura de pecador, sino que también cargar sobre si todos los pecados de los hombres, y satisfacer por ellos como si fuesen propios, es decir, como si los hubiese cometido.

Ahora pensemos de aquí en qué opresión y angustia debía hallarse el Corazón del Niño Jesús, que ya se había cargado con todos los pecados del mundo, viendo que la justicia divina pedía de él una plena satisfacción.

Conocía bien la malicia de todo pecado, cuando con la luz de la divinidad que le acompañaba comprendía inmensamente, más que todos los hombres y todos los Ángeles, la infinita bondad de su Padre, y el mérito infinito que tiene para ser respetado y amado.

 Después veía a las claras delante de sí innumerables pecados de los hombres, por los que debía él padecer y morir. Hizo ver el Señor una vez a santa Catalina de Génova la fealdad de una sola culpa venial; y a tal vista, fue tan grande el espanto y el dolor de la Santa, que cayó desmayada en tierra.

¿Qué pena seria, pues, la de Jesús niño, al verse luego que vino al mundo presentado ante el inmenso cúmulo de maldades de todos los hombres, por las cuales debía satisfacer? «Ya entonces, dice san Bernardino de Sena, tuvo conocimiento de cada culpa «en particular de todos los hombres.»

Por esto añade el cardenal Hugo, que los verdugos le atormentaron exteriormente crucificándole; pero nosotros interiormente pecando; y más afligió al alma de Jesucristo cada pecado nuestro, que afligió a su cuerpo la crucifixión y la muerte. He aquí, pues, la recompensa que ofreció a este divino Salvador cualquiera que se acuerde de haberle ofendido con pecado mortal.

Afectos y súplicas.

Mi amado Jesús, yo que hasta ahora os he ofendido, no soy digno de gracia; mas por el mérito de aquellas penas que padecisteis y ofrecisteis a Dios a la vista de todos mis pecados, satisfaciendo por ellos a la justicia divina, hacedme participante de la luz con que Vos entonces conocisteis su malicia, y de aquella aversión con que los detestasteis.

Porque ¿se habrá de verificar, oh mi Salvador, que yo soy verdugo de vuestro corazón todos los momentos de vuestra vida, y aún más cruel que cuantos os crucificaron? ¿Y que esta pena la he renovado y acrecentado siempre que he vuelto a ofenderos?

 Señor, Vos habéis muerto ya para salvarme; pero no basta para esto vuestra muerte, si yo de mi parte no detesto sobre todo mal y no tengo verdadero dolor de las ofensas que os he hecho. Mas este dolor también me lo habéis de dar Vos, que lo dais a quien os lo pide.

Yo os lo pido por el mérito de todas vuestras penas que padecisteis en esta tierra: dádmelo tal, que corresponda a mi malicia.

 Ayudadme, Señor, a hacer este acto de contrición: Eterno Dios, sumo e infinito bien; yo miserable gusano he tenido el atrevimiento de perderos el respeto, y despreciar vuestra gracia. Yo detesto sobre todo mal y aborrezco la injuria que os he hecho; me arrepiento de ello con todo el corazón, no tanto por el infierno que he merecido, cuanto porque que he ofendido vuestra infinita bondad.

Espero por los méritos de Jesucristo que me perdonaréis, y espero también con el perdón la gracia de amaros.

Os amo, oh Dios digno de infinito amor, y siempre quiero repetiros, yo os amo, yo os amo, yo os amo, y como os decía vuestra amada santa Catalina de Génova estando al pie de vuestra cruz, de la misma manera yo que estoy á vuestros pies quiero deciros:

«Señor mío, no más pecados, «no más pecados.» No, Jesús mío, que Vos no merecéis ser ofendido, sí que solamente merecéis ser amado. Redentor mío, ayudadme.

Madre mía María, socorredme, no os pido otra cosa que vivir amando a Dios en esta vida que me resta.

 

 

 

MEDITACION XII

 

Mi dolor está siempre delante de mí. Salmo 38, 18

Dolor meus in conspectu meo Semper. 

(9 de diciembre)

Considera como todas las penas e ignominias que Jesús padeció en su vida y muerte,  todas las tuvo presentes desde el primer instante de su vida;  y todas ellas comenzó desde niño a ofrecerlas en satisfacción de nuestros pecado,  principiando desde entonces a hacer de Redentor.  El mismo reveló a un siervo suyo,  que desde el primer momento de su vida hasta la muerte siempre padeció;  y padeció tanto por los pecados de cada uno de nosotros,  que si hubiese tenido tantas vidas cuantos son los hombres,  tantas veces habría muerto de dolor,  a no haberle conservado Dios la vida,  para padecer más. 

¡Oh! ¡y qué martirio tuvo siempre el amante corazón de Jesús,  al ver todos los pecados de los hombres!  Dice Santo Tomás que este dolor de Jesucristo en conocer la ofensa del Padre,  y el daño que del pecado debía después provenir a las almas de él mismo amadas,  sobrepujó al dolor de todos los pecadores contritos,  aún de aquellos que murieron de puro dolor.  Si,  porque ningún pecador ha amado jamás a Dios y a su propia alma tanto,  cuanto Jesús amaba al Padre y a nuestras almas.  De aquí es,  que aquella agonía padecida por el Redentor en el huerto a la vista de todas nuestras culpas,  de cuya satisfacción se había encargado,  la padeció ya desde el vientre materno: Pobre soy yo,  y en trabajos desde mi juventud Sal. 87.  Así por boca de David predijo de sí nuestro Salvador,  que toda su vida debía ser un continuo padecer.  De esto deduce san Juan Crisóstomo,  que nosotros no debemos afligirnos de otra cosa que del pecado;  y que así como Jesús por los pecados nuestros fue afligido en toda su vida;  así nosotros que los hemos cometido,  debemos tener un continuo dolor,  acordándonos de haber ofendido a un Dios que tanto nos ha amado.

 Santa Margarita,  no más,  basta,  el Señor ya te ha perdonado.  ¡Cómo! Respondió la Santa;  ¿Cómo pueden serme bastantes las lágrimas derramadas y el dolor por aquellos pecados que afligieron a mi Jesús durante toda su vida?

Afectos y súplicas.

Ved,  Jesús mío,  a vuestros pies el ingrato,  el perseguidor que os ha  tenido afligido toda vuestra vida.  Pero os diré con Ezequías:  Más tú has librado mi alma de que no pereciese,  echaste tras tus espaldas todos mis pecados Isaías 38.

Yo os he ofendido,  os he traspasado con tantos como son mis pecados;  mas Vos no habéis rehusado cargaros de todas mis culpas;  yo espontáneamente he arrojado mi alma a arder en el infierno cuantas veces he consentido en ofenderos gravemente,  y Vos,  a costa de vuestra sangre,  no habéis dejado de librarla y procurar no quedase perdida.  Amado Redentor mío,  os doy gracias.  Quisiera morir de dolor pensando que he maltratado tanto vuestra bondad infinita.  Amor mío,  perdonadme,  y venid a tomar posesión de todo mi corazón.  Habéis dicho que no os desdeñaréis de entraros a quién os abre,  y estaros en su compañía Ap. 3, 20.  Si en algún tiempo yo os he desechado,  ahora os amo,  y no deseo otro que vuestra gracia.  Ved la puerta que está abierta,  entrad luego en mi pobre corazón,  pero entrad luego para no salir nunca.  Él es pobre,  más entrando lo haréis rico.  Yo seré rico,  siempre que os poseyere a Vos,  sumo bien. 

O Reina del cielo,  Madre dolorosa de Hijo dolorido,  también yo os he sido motivo de pena,  habiendo Vos participado de una gran parte de los dolores de Jesús. 

Perdonadme sin embargo,  Madre mía y alcanzadme la gracia de seros fiel,  ahora que espero haya vuelto ya Jesús a mi alma.

 

 

 

 Meditación XIII

Con bautismo es menester que yo sea bautizado: ¿y cómo me angustio hasta que se cumpla?

Baptismo habeo baptizari;  et quomodo coarclor usque dum perficiatur

(10 de diciembre)

 

Considera como Jesús padeció desde el primer momento de su vida;  y todo lo padeció por amor nuestro.  Él no tuvo en toda su vida otro interés después de la gloria del Padre,  que nuestra salvación. 

Como Hijo de Dios,  no tenía necesidad de padecer para merecerse el paraíso.

Cuanto sufrió de penas,  de pobreza y de ignominias,  todo lo aplicó para merecernos la salvación eterna.  Así,  pudiendo salvarnos sin padecer,  quiso tomar una vida de dolores,  pobre,  despreciado y desamparado de todo alivio,  con una muerte la más desolada y amarga que jamás había sufrido mártir o penitente alguno;  solo por darnos a entender la grandeza del amor que nos tenía,  y por ganarse nuestros afectos. 

Vivió treinta y tres años,  y vivió suspirando porque se acercase la hora del sacrificio de su vida,  que deseaba ofrecer para alcanzarnos la divina gracia y la gloria del paraíso. 

Este deseo le hizo decir: Con bautismo es menester que yo sea bautizado;  ¿y cómo me angustio hasta que se cumpla?  Deseaba ser bautizado con su propia sangre,  no para lavar sus pecados,  siendo él inocente y santo,  sí los de los hombres,  a quienes tanto amaba.  Nos amó,  y nos lavó en su sangre,  dice san Juan. Ap. 1, 5.

¡Oh exceso del amor de un Dios,  que todos los hombres y todos los Ángeles no llegaron jamás a comprenderle y alabarle cuanto basta!  Pero lamentase san Buenaventura al ver la grande ingratitud de los hombres a tan grande amor,  y se admira que nuestros corazones no se rasguen por la fuerza del amor de Dios.  Se maravilla en otro lugar el mismo Santo de ver a un Dios padecer tantas penas,  gemir en un establo,  pobre en un taller,  desangrado sobre una cruz,  en suma,  afligido y atribulado en toda su vida por amor de los hombres;  y ver luego a estos no arder de amor por este Dios tan amante,  y aun tener valor de despreciar su amor y su gracia.  ¡Oh Dios! ¿Cómo es posible comprender que os hayáis reducido a tanto padecer por los hombres,  y que haya de estos quienes ofendan tanto a Vos?

Afectos y súplicas

Amado Redentor mío,  entre estos ingratos que han pagado vuestro inmenso amor,  vuestros dolores y vuestra muerte con disgustos y desprecios,  mirad a mí,  que soy uno de ellos. ¡Oh mi Jesús amado! ¿Cómo viendo Vos la ingratitud que había de usar,  pudisteis amarme tanto,  y resolveros a padecer tantos desprecios y penas por mí?  Más no quiero desesperarme.  El mal está ya hecho. 

 Dadme,  pues,  Señor,  aquel dolor que me habéis merecido con vuestras lágrimas,  pero que sea  un dolor igual a mi iniquidad.  Corazón amoroso de mi Salvador tan afligido y desconsolado un tiempo por amor mío;  y ahora tan ardiente,  mudadme el corazón,  dadme otro que compense los disgustos que os he causado,  un amor que iguale mi ingratitud.  Ya me siento con un gran deseo de amaros,  y os doy gracias porque vuestra piedad me ha trocado el corazón.  Aborrezco sobre todo mal las ofensas que os he hecho;  las detesto,  las miro con horror.  Estimo ahora más vuestra amistad,  que toda riqueza y todo reino.  Deseo complaceros cuanto puedo.  Os amo,  o amable infinito;  mas veo que este mi amor es demasiado escaso.  Aumentad Vos la llama,  dadme más amor;  porque el vuestro debe ser correspondido con otro mucho mayor por mí,  que tanto os he ofendido,  y que en vez de castigos he recibido de Vos tan especiales favores.  ¡Oh sumo bien! No permitáis que yo viva más tiempo ingrato a tantas gracias que me habéis hecho.  Moriré por amor de Vos:  diré con san Francisco,  que os habéis dignado morir por amor mío. 

María,  esperanza mía,  ayudadme,  rogad a Jesús por mi.

 

 

 

MEDITACION XIV

Qué provecho hay en mi sangre, si desciendo a la corrupción?

Quæ utilítas in sanguine meo, dum descendo in corruptionem? (Psalm. XXIX, 10).

(11 de diciembre)

 

¿Qué provecho hay en mi sangre, si desciendo a la corrupción?

Quæ utilítas in sanguine meo, dum descendo in corruptionem? (Psalm. XXIX, 10).

Reveló Jesucristo a la venerable Águeda de la Cruz, que estando en el seno de María, la que mayor dolor le causó entre todas las penas, fue ver la dureza de los corazones de los hombres, que habían de menospreciar después de su redención las gracias que había venido a derramar sobre la tierra.

Y este sentimiento, bien pronto lo expresó él mismo por boca de David en las palabras del salmo arriba puestas, comúnmente entendidas por los santos Padres, según las explica san Isidoro; y es como sigue: Dum descendo in corrupiionem, esto es, cuando desciendo a tomar la naturaleza humana tan corrompida de vicios y de pecados, Padre mío, parece que dijera el Verbo divino, yo voy á vestirme de carne, y luego a derramar toda mi sangre por los hombres; pero ¿qué provecho habrá en ella?

La mayor parte de los hombres no harán caso de esta mi sangre, y seguirán ofendiéndome como si nada hubiese yo hecho por su amor.

Esta pena fue aquel cáliz amargo del cual pidió Jesús al eterno Padre le librase. ¡Qué cáliz! ver tanto desprecio de su amor! Esto le hizo aun clamar sobre la cruz: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?  Mt. 27,  46.

Reveló el Señor á santa Catalina de Sena, que el desamparo de que se lamentó era el ver que su Padre había de permitir que su pasión y su amor hubieran de ser desestimados de tantos hombres por quienes moría. Esta misma pena, pues, atormentaba a Jesús niño en el seno de María, al mirar desde allí tanta costa de dolores, de ignominias, de sangre y de una muerte cruel y afrentosa, con tan poco fruto.

Vio ya entonces el santo Infante aquello que decía el Apóstol de muchos, o más bien la mayor parte, los cuales habían de hollar la sangre del Hijo de Dios, tenerla por vil y profanarla, ultrajando la gracia que esta misma sangre les adquiría Hbr. 10, 29.

Pero si hemos sido del número de estos ingratos, no desesperemos. Jesús al nacer viene ofreciendo la paz a los hombres de buena voluntad, como hizo anunciarlo por los Ángeles:                              et ín terra pax hominibus bonæ voluntatis.

Mudemos, pues, nuestra voluntad, arrepintiéndonos de nuestros pecados, y proponiendo amar a este buen Dios; así hallaremos la paz, esto es, la amistad divina.

 

Afectos y súplicas

Amabilísimo Jesús mío, ¡cuánto os he hecho padecer aun en vuestra vida! Vos habéis derramado la sangre por mí con tanto dolor y con tanto amor; y hasta aquí ¿qué fruto habéis sacado de mí? desprecios, disgustos y ofensas.

Pero, Redentor mío, yo no quiero afligiros más; espero que en lo venidero vuestra pasión hará fruto en mí con vuestra gracia, la cual veo me asiste ya. Habéis padecido tanto, y habéis muerto por mí para que os amase; quiero, pues, amaros sobre todo bien; y por daros gusto, estoy pronto a sacrificar mil veces la vida.

 

Padre eterno, yo no tendré atrevimiento de comparecer delante de Vos a pediros ni perdón ni gracia; mas vuestro Hijo me dice, que cualquiera gracia que pida en nombre suyo, me la concederéis.

 Os ofrezco, pues, los méritos de Jesucristo, y antes os pido en nombre del mismo un perdón general de todos mis pecados; os pido la santa perseverancia hasta la muerte, y sobre todo os pido el don de vuestro santo amor, que me haga vivir siempre según vuestra voluntad divina.

En cuanto a la mía, yo estoy resuelto a elegir antes mil muertes, que ofenderos, a amaros con todo el corazón, haciendo cuanto pueda por complaceros; más para ¡todo esto os pido y de Vos espero la gracia de ejecutarlo!

Madre mía, María, si Vos rogáis por mí estoy seguro. Rogad, rogad, y no ceséis jamás de rogar si no me veis mudado y reducido como

Dios me quiere.

 

 

 

MEDITACION XV

Hallaréis al Niño echado en un pesebre.

Invenietis infantem positum in prasepio. (Luc. II, 12)

(12 de diciembre)

 

Contemplando la santa Iglesia este gran misterio y este gran prodigio de aparecer un Dios nacido en un establo, toda admirada exclama: ¡Oh grande misterio, y admirable Sacramento! que los animales viesen al Señor nacido recostado en un pesebre.

Para contemplar con ternura y amor el nacimiento de Jesús, debemos pedir al Señor que nos dé una fe viva; porque si entramos sin fe en la gruta de Belén, no experimentarémos más que un afecto de compasión, al ver un niño reducido a un estado tan pobre, que naciendo en el corazón de invierno, es reclinado en un pesebre de bestias, sin fuego y en medio de una fría cueva.

Pero si entramos con fe, y vamos considerando qué exceso de bondad y de amor ha sido el que un Dios haya querido reducirse a comparecer pequeñito infante, estrechando entre las fajas, colocado sobre la paja, que gime, que tiembla de frío, que no puede moverse, que tiene necesidad de leche para vivir, ¿cómo es posible que cada uno de nosotros no se sienta atraído, y dulcemente obligado a dar todos sus afectos a este Dios niño, que se ha reducido a tal estado para hacerse amar?  Dice San Lucas, que los pastores después de haber visitado a Jesús en el establo, se volvieron glorificando y loando a Dios por todas las cosas que habían oído y visto. Lc. 2, 20.  

¿Que habían visto? No otro que un pobrecito niñito tiritando de frio, sobre unas pocas pajas; mas por cuanto estaban iluminados de la fe, reconocieron en aquel infante el exceso del amor divino;  del cual inflamados iban después alabando y glorificando a Dios en la contemplación de haber tenido la suerte de ver un Dios anonadado y desmayado por amor de los hombres. Exinanivil semelipsum.

Afectos y súplicas.

¡Oh amable, oh mi dulce Niño! Aunque os miro tan pobre sobre esa paja, yo os confieso y os adoro por mi Señor y Creador.

Comprendo ya quién os ha reducido a estado tan miserable; ha sido el amor que me habéis tenido. Acordándome, pues, Oh Jesús mío, de la manera que en lo pasado os he tratado, y de las injurias que os he hecho, me maravillo como habéis podido soportarme.

¡Malditos pecados! ¿qué habéis hecho? Me habéis hecho llenar de amargura el corazón de este mi enamorado Señor. Ea, pues, mi amado Salvador, por los dolores que sufristeis, y por las lágrimas que derramasteis en el establo de Belén, dadme lágrimas, dadme un gran dolor que haga llorar toda mi vida los disgustos que os he ocasionado. Dadme amor hacia Vos, pero un amor tal que compense las ofensas que os he hecho. 

Os amo, mi chiquito Salvador, os amo, Dios niño y amor mío, mi vida y mi todo. Os prometo de aquí en adelante no amar a otro que a Vos. Ayudadme con vuestra gracia, sin la que nada puedo.

María, esperanza mía, Vos alcanzáis cuanto queréis de este Hijo, alcanzadme su santo amor. Madre mía, escuchadme.

 

 

 

Meditación XVI

Sacaréis aguas con gozo de las fuentes del Salvador.

Haurietis aquas un Gaudio de fontubus Salvatoris,  (Is. XIII, 3)

(13 de diciembre)

 

Considera las cuatro fuentes de gracias,  que nosotros tenemos en Jesucristo contempladas por san Bernardo.  La primera fuente es de misericordia,  en la que nosotros podemos lavarnos de todas las suciedades del pecado.   Está fuente se formó para nosotros con lágrimas y con la sangre del Redentor;  el que,  como dice san Juan,  nos amó y nos lavó de nuestros pecados en su sangre. Ap 1, 5.

La segunda fuente es de paz y consuelo en nuestras tribulaciones,  pues el mismo Jesucristo nos dice;  Invócame en el día de la tribulación y yo te consolaré.  Qui sitit veniat ad me.  Jn 7,  37. 

Quien pruebe las aguas de mi amor desdeñará para siempre las delicias del mundo,  y se satisfará enteramente después,  cuando entrare en el reino de los bienaventurados;  pues que el agua de mi gracia le elevará de la tierra al cielo.  Jn 4, 13.

Así también la paz,  que Dios de a las almas que le aman,  no es la que ofrece el mundo en los placeres sensuales,  que dejan en el alma más amargura que paz.

La que Dios de,  sobrepuja a todos los deleites de los sentidos:  Pax quoe exuperat omnem sensum.  ¡Dichosospues,   los que desean esta fuente divina!  La tercera fuente es de devoción.

¡Oh!  Y cómo se hace devoto,  y pronto a ejecutar las voces de Dios,  y crecer siempre en la virtud,  quien a menudo medita cuánto ha hecho Jesucristo por nuestro amor!

El será como el árbol plantado en la corriente de las aguas:  Erit tamquam lignum quod plantatum est secus decursus aquarum.  La cuarta fuente es de amor.  Quien medita los padecimientos y las ignominias de Jesucristo sufridas por nuestro amor,  no es posible que deje de sentirse inflamado de aquel fuego santo que ha venido a encender en la tierra;  según aquellas palabras de David:  En mi meditación se inflamará el fuego.  Sal. 1, 3. 

Con lo que va dicho se verifica cumplidamente que el que se aprovecha de estas dichosas fuentes que nosotros tenemos en Jesucristo,  sacará siempre de ellas aguas de gozo y de salvación:  Haurietis aquas in Gaudio de fontibus Salvatoris. 

Afectos y súplicas

¡Oh mi dulce y amado Salvador,  cuánto os debo!  Cuánto me habéis obligado a amaros,  habiendo hecho por mí lo que no habrá hecho un hijo por su padre,  ni un siervo por su señor!  Sí,  Vos me habéis amado más que otro alguno;  rezón es que yo os ame sobre todos los otros.  Quisiera morir de dolor al pensar que Vos habéis aceptado por amor mío la muerte más dolorosa e ignominiosa que puede padecer un hombre;  y ¡tantas veces yo he despreciado vuestra amistad!  ¡Cuántas veces me habéis perdonado,  y he vuelto a ofenderos!  Pero vuestros méritos son mi esperanza.         

Ahora aprecio más vuestra gracia,  que todos los reinos de la tierra.  Yo os amo,  y por amor vuestro acepto toda pena,  toda muerte. 

Y si no soy digno de morir por mano de verdugo para daros gloria,  al menos acepto voluntariamente aquella muerte que me tenéis destinada;  y la acepto en el modo y en el tiempo que Vos dispongáis.  Madre mía,  María,  alcanzadme el vivir siempre y morir amando a Jesús.

 

 

 

Meditación XVII

Nacerá para vosotros el sol de justicia,  y la salud bajo sus alas.

Orietur vobis sol justilice,  et sanitas in pennis ejus. 

(Malach. 4, 2)

(14 de diciembre)

 

Vendrá vuestro Médico,  dice el Profeta,  a sanar los enfermos,  y vendrá veloz como ave que vuela,  y cual sol que al asomar en el horizonte envía al momento su luz al otro polo. 

Pero he aquí que ya ha venido.  Consolémonos,  pues,  y démosle gracias,  dice san Agustín,  porque ha bajado hasta el lecho del enfermo,  quiere decir,  hasta tomar nuestras carne;  puesto que nuestros cuerpos son los lechos de nuestras almas enfermas. 

Los otros médicos,  por mucho que amen a los enfermos,  solo ponen todo su cuidado por curarlos;  pero ¿quién por sanarlos toma para sí la enfermedad?

 Jesucristo solo,  ha sido aquel médico que se ha cargado con nuestros males,  a fin de sanarlos.  No ha querido mandar a otro,  sino venir Él mismo a practicar este piadoso oficio,  para ganarse nuestros corazones.  Ha querido con su misma sangre curar nuestras llagas,  y con su muerte librarnos de la muerte eterna,  de que éramos deudores.  En suma,  ha querido tomar la amarga medicina de una vida continuada de penas,  y de una muerte cruel,  para alcanzarnos la vida y labrarnos de todos nuestros males.  El cáliz que me ha dado el Padre ¿no lo tengo de beber?  Decía el Salvador a Pedro.  Jn. 18, 11.  Fue,  pues,  necesario,  que Jesucristo abrazase tantas ignominias para sanar nuestra soberbia: abrazase una vida pobre para curar nuestra codicia: abrazase un mar de penas,  hasta morir de puro dolor,  para sanar nuestro deseo de placeres sensuales.

Afectos y súplicas.

Sea siempre loada y bendita vuestra caridad,  Redentor mío.  Y ¿qué seria de mi alma tan enferma,  y afligida por tantas llagas,  si no tuviese a Vos,  Jesús mío,  que me podéis y queréis sanar?  ¡Ah! Sangre de mi Salvador,  en ti confío;  lávame y sáname:  Me arrepiento,  amor mío,  de haberos ofendido.  Vos para manifestarme el amor que me tenéis,  habéis llevado un vida tan atribulada,  y sufrido una muerte tan amarga!… Yo quisiera manifestaros también mi amor;  mas ¿qué puedo hacer miserable enfermo y tan débil?

¡Oh Dios de mi alma!  Vos podéis curarme,  y hacerme santo,  pues sois todopoderoso.  Encended en mí un gran deseo de daros gusto.  Renuncio a todas mis satisfacciones por agradaros,  Redentor mío,  que merecéis ser complacido a toda costa.  ¡Oh sumo Bien!  Yo os estimo y os amo sobre todo otro bien;  haced que os ame,  y que os pida siempre vuestro amor.  Hasta aquí os he ofendido,  y no os he amado porque no he solicitado vuestro amor. 

Este busco ahora,  y os pido la gracia de buscarlo siempre.  Oídme por los méritos de vuestra Pasión.

¡Oh madre mía,  María!  Vos estáis siempre dispuesta para oír a quien os ruega;  Vos amáis a quien os ama.  Yo os amo, pues,  Reina mía;  alcanzadme la gracia de amar a Dios,  y nada más os pido. 

 

 

 

MEDITACION XVIII

El que aun a su propio Hijo no perdonó, sino que lo entregó por todos nosotros.  Rom. 8, 32.

Qui proprio Filio suo non pepercit, sed pro nobis omnibus tradidit illum.

(15 de diciembre)

 

Considera que habiéndonos dado el eterno Padre a su mismo Hijo por mediador, por abogado cerca de él mismo, y por víctima en satisfacción de nuestros pecados, nosotros no podemos ya desconfiar de alcanzar de Dios cualquiera gracia que le pidamos, valiéndonos del medio de un tal intercesor: ¿Cómo no nos donó con este Redentor todas las cosas? añade san Pablo. ¿Qué cosa nos negará ya Dios, no habiéndonos negado a su Hijo? Ninguna de nuestras súplicas merece ser oída ni atendida del Señor; porque no somos dignos de gracias, sí es de castigo por nuestros pecados; pero ciertamente merece ser oído Jesucristo que intercede por nosotros, y ofrece todos los padecimientos de su vida, su sangre y su muerte.

No puede negar cosa alguna el Padre a un Hijo tan amado, que le ofreció un precio de infinito valor. Él es inocente, y aunque paga a la divina justicia es para satisfacer nuestras deudas; y su satisfacción es infinitamente mayor que todos los pecados de los hombres. No sería justo que pereciese un pecador, el cual se arrepiente de sus culpas, y ofrece a Dios los méritos de Jesucristo, quien las ha satisfecho por él sobreabundantemente. Démosle, pues, gracias a Dios, y esperémoslo todo en los méritos de Jesucristo.

Afectos y súplicas.

No, mi Dios y mi Padre, no puedo ya desconfiar de vuestra misericordia; no puedo temer que me neguéis el perdón de todas las ofensas que os he hecho, y que no me deis todas las gracias que necesito para salvarme, cuando me habéis dado a vuestro Hijo a fin de que os lo ofrezca por mí. Vos puntualmente para perdonarme y hacerme merecedor de vuestras gracias, me lo habéis donado y me mandáis que os le ofrezca, y que por sus méritos espere mi salvación.

 

Yo os ofrezco, pues, los merecimientos de vuestro hijo Jesús, y por ellos espero la gracia que repare mi debilidad, y todos los daños que me he acarreado con mis pecados.

Me arrepiento, bondad infinita, de haberos ofendido; yo os amo sobre todas las cosas, y de hoy en adelante os prometo no amar a otro que a Vos; pero éste mi propósito ¿de qué servirá, si Vos no me ayudáis? Por el amor de Jesucristo dadme la santa perseverancia y vuestro amor; dadme, luz y fuerza para seguir en todo vuestra santa voluntad. Fiado en los méritos de vuestro Hijo, espero que me oiréis.

María, madre y esperanza mía, también os suplico por amor del mismo Jesucristo que me alcancéis estas gracias. Madre mía, escuchadme.

 

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