La Ciencia del Engaño Político

Las recientes campañas políticas han tomado sesgos diferentes a lo antes acostumbrado. La vertiginosa evolución de los medios de comunicación ha generado nuevas y preocupantes maneras de presentación y promoción de candidatos y candidaturas. Los discursos y debates son sometidos por los analistas a exámenes muy acuciosos para descubrir mentiras y señalar ventajas. Se analiza metodológicamente quién miente más y cuáles son los artilugios que han usado, dando por resultado una moderna y aberrante “ciencia del engaño político”.

La elevación del engaño a nivel tan alto se debe a que los estudios sicológicos y sociológicos y las técnicas mediáticas han logrado leer e interpretar palabras, significados, contextos, gestos y conductas que revelan las profundidades del alma y lo torcido de las intenciones que suelen ocultarse al común de los mortales. Tal parece que el político de profesión tiene ahora que iniciarse y someterse a esta práctica tan abstrusa, pero que le rinde copiosos beneficios. Lo que antes era considerado como una mala y vergonzosa conducta, ahora se eleva a la categoría de “ciencia del mentir”.

Mentira y engaño van siempre aparejados. “La mentira consiste en decir falsedad con intención de engañar”, enseña san Agustín. Es un pecado contra la verdad y contra la justicia y su gravedad se mide por el mal que causa. Cuando se utiliza como medio e instrumento para conquistar el poder, la gravedad alcanza el máximo porque afecta a toda la comunidad. Mina la confianza y obstruye el bienestar social; por eso exige en conciencia la reparación.

En una violenta diatriba contra los judíos, Jesucristo denunció la mentira como obra del Diablo. Ellos  se gloriaban de tener por padre a Dios. Jesús les demuestra lo contrario. Son hijos del Diablo, porque no aceptan su palabra, que dice la verdad: El padre de ustedes es el Diablo y ustedes quieren cumplir sus deseos, matarme. Él era homicida desde el principio; no se mantuvo en la verdad, porque no hay verdad en él” (Jn 8, 14). El Diablo mintió, engañó a los primeros padres y así les causó la muerte. Es el homicida desde el principio, y está presente en todos los homicidios que se cometen; es el padre de la mentira y acompaña a todo el que miente.

En el libro del Apocalipsis, reaparece el Diablo bajo la figura del Dragón. Es la serpiente potenciada, ahora con alas. Repta en lo oscuro y por los aires lo corrompe todo. Así puede engañar a la humanidad entera. Su objetivo principal es separar a los hombres de Dios, alejándolos de Cristo y de la Iglesia. La mentira es su arma preferida, antesala de la muerte. Se le llama también el embaucador del mundo entero (Ap 20,8.10).

El Diablo priva a los poderosos del sentido correcto de la realidad, del sentido común. Son deficientes en humanidad. Pensemos en la “ideología de género”, que desconoce la naturaleza misma de las cosas y de las personas, y trata de reinventar a la naturaleza, al hombre y a las mismas instituciones que lo amparan. Inventan falsos derechos, emiten leyes arbitrarias y oportunistas y construyen un mundo líquido y anestesiado que se disuelve entre las manos. Se manipulan las cifras y las estadísticas, se cambia el significado a las palabras –se engaña- y el hombre queda como en el aire, llevado por todo género de doctrinas, y termina en el abismo que él mismo se construyó. Con la mentira y la violencia el Diablo nos está cobrando la factura de la fe católica que nos trajo Santa María de Guadalupe, nos advirtió el Papa Francisco.

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