MEDITACIONES Para la octava de Natividad hasta la Epifanía.

MEDITACIONES

Para la octava de Natividad hasta la Epifanía.

Meditación I

Del Nacimiento de Jesús.

(25 de diciembre)

 

El nacimiento de Jesucristo trajo una alegría general a todo el mundo.  El fue aquel Redentor deseado por tantos años y con tantos suspiros;  que por esto fue llamado el Deseado de las gentes,  y el deseo de los collados eternos.

Héle;  ya ha venido,  y ha nacido en una pequeña cueva.

Aquel gozo grande,  que el ángel anunció a los pastores,  hoy lo anuncia también a nosotros,  y nos dice:  Ecce evangelizo vobis gaudim magnun,  gozo que será para todo el pueblo;  porque hoy os es nacido el Salvador del mundo.

¡Que gran fiesta se hace en un reino cuando nace al monarca su primogénito! Pues,  mayor fiesta debemos hacer nosotros,  viendo nacido al Hijo de Dios que ha venido del cielo a visitarnos,  movido de las entrañas de su misericordia.

Nosotros estábamos perdidos,  y he aquí que Él ha venido a salvarnos: el Pastor ha venido a salvar a sus ovejuelas de la muerte,  dando su vida por amor de ellas.

El Cordero de Dios ha venido a sacrificarse por alcanzarnos la Divina Gracia,  y para hacerse nuestro libertador,  nuestra vida,  nuestra luz,  y aún nuestro alimento en el Santísimo Sacramento.

Dice san Agustín,  que por esto Jesucristo al nacer quiso ser puesto en el pesebre donde hallaban pasto los animales;  para darnos a entender,  que Él se hizo hombre a fin de hacerse Él mismo nuestra comida para la eternidad.

Jesús,  en efecto,  nace todos los días en el Sacramento por medio del sacerdote y de la consagración.  El altar es el pesebre,  y allí vamos nosotros a alimentarnos de sus carnes.  Alguno habrá que desee tener el santo Niño en los brazos,  como le tuvo el santo viejo Simeón;  pues cuando comulgamos nos enseña la fe que no solo en los brazos,  sí que dentro de nuestro pecho está aquel mismo Jesús que estuvo en el pesebre de Belén;  para esto Él ha nacido,  para darse todo a nosotros:  Parvulus natus est nobis,  et Filis datus est nobis.

Afectos y súplicas.

Señor,  yo soy la oveja que,  por andar tras de mis placeres y caprichos,  me he perdido miserablemente;  más Vos,  o Pastor y juntamente Cordero Divino,  sois aquel que habéis venido del cielo a salvarme,  sacrificándoos cual víctima sobre la cruz en satisfacción de mis pecados.

Si yo,  pues,  quiero enmendarme,  ¿qué debo temer? ¿Por qué no debo confiarlo todo de Vos,  mi Salvador,  que habéis nacido de intento para salvarme?  ¿Qué mayor señal de misericordia podías darme,  o Dulce Redentor mío,  para inspirarme confianza,  que daros Vos mismo?

Yo os he hecho llorar en el establo de Belén;  pero si Vos habéis venido a buscarme,  yo me arrojo confiado a vuestros pies;  y aunque os vea afligido y envilecido en ese pesebre,  rechinado sobre la paja,  os reconozco por mi Rey y Soberano.

Oigo ya esos vuestros dulces vagidos,  que me convidan a amaros,  y me piden el corazón.

Aquí le tenéis,  Jesús mío.  Hoy lo presento a vuestros pies;  mudadlo,  inflamadlo Vos,  que a este fin habéis venido al mundo,  para inflamar los corazones con el fuego de vuestro santo amor.

Oigo también que desde ese pesebre me decís: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón.  Y yo respondo: ¡Ah! Jesús mío! y si no amo a Vos,  que sois mi Dios y Señor,  ¿a quién he de amar? No,  amado Señor mío,  yo todo me entrego a Vos,  y os amo con todo el corazón.  Yo os amo,  yo os amo,  yo os amo.

¡Oh sumo bien,  oh único amor de mi alma!

Ea,  aceptadme por vuestro en este día y no permitáis que haya de dejar de amaros.

Reina mía,  María, os pido por aquel consuelo que tuvisteis la primera vez que mirasteis nacido a vuestro Hijo,  y le disteis los primeros abrazos,  intercedáis con Él,  para que me acepte por hijo,  y me encadene para siempre con el don de su santo amor.

 

Meditación II

Jesús nace niño.

(26 de diciembre)

 

Considera como la primera señal que dio el ángel a los pastores para hallar al Mesías recién nacido,  fue la de encontrarle en forma de niño:  Invenietis infantem pannis involutum.  “Y esto os servirá de señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre”. Lc. 2, 12.

La pequeñez de los niños es un grande atractivo de amor;  pero un atractivo mucho mayor debe ser para nosotros la pequeñez de Jesús,  que siendo un Dios inmenso,  se ha hecho chiquito por nuestro amor,  como dice San Agustín.

Adán compareció sobre la tierra en edad perfecta;  más el Verbo eterno quiso manifestarse infante,  para atraerse de esta manera con mayor fuerza de amor nuestros corazones.

Jesús no viene al mundo para infundir terror,  sí para ser amado;  y por eso en su primera aparición quiere hacerse ver tierno y pobre niño.

“Mi Señor es grande,  “y digno en gran manera de ser loado”,  decía san Bernardo;  pero viéndole después el Santo hecho pequeñito en el establo de Belén,  añadía exclamando con ternura:  Chiquito es el Señor,  y por ello muy digno de ser amado. 

 

¡Ah! Y quién considere con fe a un Dios niño llorar,  y dar vagidos sobre la paja en una gruta,  ¿cómo es posible que no le ame,  y no invite a todos a amarle como invitaba san Francisco de Asís: “Amemos al Niño de Belén: amemos al Niño de Belén? 

Él es infantito,  no habla,  sí que solo gime;   pero ¡Oh Dios! que aquellos gemidos son voces todas de amor,  con las que nos convida a amarle,  y nos pide el corazón.  Considero por otra parte que los niños se atraen los afectos también,  porque se estiman inocentes,  aunque nazcan manchados de la culpa original.

Más Jesús nace niño inocente,  santo,  sin mancha alguna.  Mi amado,  decía la sagrada Esposa,  es todo rubicundo por el amor,  y cándido por la inocencia,  puro de toda culpa,  elegido entre miles:  “Dilectus meus candidus et rubicundus,  electus ex millubus”.  “Mi amado es fúlgido y rubio, distinguido entre diez mil”. Cantar 5, 10.

Solo en este Niño halló el Eterno Padre sus delicias,  porque,  como dice san Gregorio,  solamente en este no halló culpa.  Consolémonos,  pues,  nosotros miserables pecadores,  porque este divino Infante ha venido del cielo a comunicarnos esta su inocencia por medio de su pasión.

Los méritos suyos,  si nosotros supiésemos estimarlos,  pueden mudarnos de pecadores en santos e inocentes;  pongamos en ellos nuestra confianza,  pidamos por los mismos al Eterno Padre siempre la gracia,  y lo alcanzaremos todo.

Afectos y súplicas

Eterno Padre,  yo miserable pecador,  reo del infierno,  no tengo que ofreceros en satisfacción de mis pecados;  os ofrezco,  pues,  las lágrimas,  las penas,  la sangre,  la muerte de este niño que es vuestro Hijo,  y por él os suplico piedad.

Si yo no tuviese este Hijo que ofreceros,  sería perdido,  no tendríais más que esperar de mí;  pero Vos para esto me lo habéis dado,  a fin de que ofreciéndoos los méritos suyos espere mi salvación.

¡Señor! Grande vuestra misericordia.  ¿Y qué mayor misericordia podía esperar,  que tener de Vos en don a vuestro Hijo,  por mi Redentor y por víctima de mis pecados?

Por amor,  pues,  de Jesucristo perdonarme todas las ofensas que os he hecho;  de las cuales me arrepiento con todo el corazón,  por haber ofendido a Vos,  bondad infinita. Y por amor de Jesucristo os pido la santa perseverancia.

¡Ah! mi Dios,  si yo os volviese a ofender después que me habéis esperado con tanta paciencia,  me habéis socorrido con tantas luces,  y me habéis perdonado con tanto amor,  ¿no merecería un infierno a propósito para mí?

¡Ah! Padre mío,  no me abandonéis.  Yo tiemblo al pensar en las traiciones que os he hecho: ¿cuánto veces he prometido amaros,  y después os he dado las espaldas?  ¡Ah!  Mi Criador,  no permitáis que tenga yo que llorar la desgracia di verme nuevamente privado de vuestra amistad.

No permitáis que me separe de Vos.  Lo repito y quiero repetirlo hasta el último aliento de mi vida;  y Vos dadme la gracia para siempre de repetiros esta misma súplica: Ne me parmittas separari a te.  Jesús mío,  mi amado niño,  encadenadme con vuestro amor.  Os amo,  y quiero siempre amaros.  No permitáis que yo tenga que separarme más de vuestro amor.

Amo también a Vos,  Madre mía;  amadme asimismo Vos.  Y si me amáis, es la gracia que me habéis de alcanzar,  que ya no deje más de amar a Dios.

 

Meditación III

De Jesús en fajas.

(27 de diciembre)

 

Figuraos de ver a María, que habiendo ya dado a Luz al Hijo, lo toma con reverencia entre sus brazos, y primeramente le adora como a su Dios; después le reprieta entre fajas: Le envolvió en pañales, dice Lucas; y esto mismo canta la Iglesia cuando dice: Ata la Virgen Madre los miembros envueltos en pañales.

He aquí Jesús niño, que obediente ofrece sus manecitas, ofrece los pies y se deja fajar. Pondera como cada vez que el santo Infante permitía fajarse, pensaba en las cuerdas con que debía un día ser preso en el huerto, y las que debían atarle a la columna, y en los clavos que habían de fijarle en la cruz.

Pensando de esta manera se ofrecía con la mayor voluntad a ser fajado, a fin de soltar nuestras almas de las cadenas del infierno. Constreñido Jesús por aquellas fajas, dirigido a nosotros nos invita a estrecharnos con él en los dulces lazos de amor; y vuelto al eterno Padre, le dice:

Padre mío, los hombres han abusado de su libertad, y rebelándose contra Vos, se han hecho esclavos del pecado; yo para pagar su desobediencia quiero ser sujetado y estrechado por estas fajas. Desde estas ligaduras, os ofrezco mi libertad a fin de que sea libertado el hombre de la esclavitud del demonio.

Acepto estad fajas; ellas me son amadas, porque son semejanza de los cordeles con los que desde ahora me ofrezco a ser un día atado y conducido a la muerte por la salvación de los hombres. Sí, las ligaduras de Jesús fueron las fajas saludables para curar las llagas de nuestra alma: Como vestidura de gloria te la vestirás, te la ceñirás cual corona de júbilo  – Vincula illius, alligatura salutaris.  Eccli VI, 31.

Pues qué, ¡Oh mi Jesús! ¿Vos habéis querido ser estrechado entre las fajas por mi amor? ¡Oh caridad! ¡Tú solo has podido hacer prisionero a mi Dios!  Y yo, Señor, ¿rehusaré dejarme ligar de vuestro santo amor? ¿Tendré en los sucesivo valor de desatarme de vuestras amables y dulces cadenas?¿Para qué? ¿Para hacerme esclavo del infierno? Señor, Vos estáis fajado en ese pesebre por mi amor; yo quiero estar para siempre ligado a Vos.

Decía Santa María Magdalena de Pazzis, que la faja que nosotros debemos tomar, es una firme resolución de estrecharnos con Dios por medio del amor, desasiéndonos al mismo tiempo del afecto a todo aquello que no es Dios.

A éste fin todavía parece que nuestro amante Jesús había querido dejarse, por decirlo así, ser atado y prisionero en el Santísimo Sacramento del altar bajo las especies en que se oculta, a fin de ver sus amadas almas hechas prisioneras de su Amor.

Afectos y súplicas.

Y ¿qué temor puedo yo jamás tener de vuestros castigos, o amado Niño, cuando os veo sujeto entre las fajas privándoos, por decirlo así, de poder levantar la mano para castigarme?

Vos en tal estado me dais a entender que no queréis afligirme, si yo quiero soltarme de las cadenas de mis vicios y unirme con Vos. Si, Jesús mío, quiero desatarme. Yo me arrepiento con toda el alma de haberme separado de Vos, sirviéndome malamente de aquella libertar que me habéis dado.

Vos me ofrecisteis otra libertad más bella, libertad que suelta de las cadenas del demonio, y me coloca entre los hijos de Dios.  Vos os habéis hecho aprisionar de estas fajas por amor mío; yo quiero ser también prisionero de vuestro grande amor.

¡Oh dichosas cadenas, oh hermosas insignias de salvación, que atáis las almas con Dios! Ea,   pues, estrechadle tanto, que no pueda en lo sucesivo separarse más del amor de este sumo bien, Jesús mío, yo os amo, a Vos me uno, a Vos doy todo mi corazón, toda mi voluntad.

No, que no quiero dejaros ya, amado Señor mío. ¡Oh mi Salvador! Que por pagar mis deudas quisisteis no solo ser apretado entre las fajas de María, sí que permitisteis ser atado por los verdugos cual reo, y así alado andar por las calles de Jerusalén, para ser llevado a la muerte cual corderillo inocente que va al matadero;

Vos, que quisisteis ser enclavado en la cruz, y no la dejasteis sino después de haber dejado en ella la vida. ¡Ah! No permitáis que yo haya de verme otra vez privado de vuestra gracia y de vuestro amor.

¡Oh María  que sujetasteis un día entre las fajas a este Hijo inocente, sujedtame a mi también pecador. Atadme a Jesús, a fin de que no me aparte jamás de sus pies:  a él viva siempre unido, y unido muera, para que tenga después la dicha de entrar en aquella patria bienaventurada, donde nunca podré, ni tendré temor de separarme de su santo amor.

 

Meditación IV

De Jesús que toma leche.

(28 de diciembre)

 

Fajado que fue Jesús, buscó y tomó leche de los pechos de María. La Esposa de los Cantares deseaba ver a su hermanito, que tomase leche de la madre: ¿Quién te me dará a ti, hermano mío, mamando los pechos de mi madre? Cant. VIII, 1

Esta Esposa lo deseó, pero no lo vió: nosotros sí que somos los que hemos tenido la suerte de ver al Hijo de Dios, hecho hombre y hermano nuestro, tomar leche del pecho de María.

¡Oh! ¡y qué espectáculo era al paraíso ver al Verbo divino, hecho niño, pendiente del pecho de una Virgen criatura suya! ¡Aquel que da el alimento a todos los hombres y a los animales de la tierra, se ha hecho tan débil y tan pobre, que tiene necesidad de un poco de leche humana para sustentar su vida!

Sor Paula, camaldulense, contemplando una figura de Jesús que tomaba el pecho, sentía de repente encenderse toda de un tierno y ardiente amor hacia Dios.

Poca era la leche con que se alimentaba Jesús, pues según que revelado a sor Mariana, franciscana, solamente tres veces al día María le daba de mamar. ¡Oh leche preciosa para nosotros, que debiste convertirte en sangre en las venas de Jesucristo, para hacer después de ella un baño de salud en el que fuesen lavadas nuestras culpas!

Ponderemos que aunque Jesús tomaba esta leche, era para sostener aquel cuerpo que quería dejarnos por nuestro alimento en la santa comunión. ¿Con qué, mi pequeñito Redentor, mientras Vos mamabais pensabais en mi? ¿pensabais cambiar esta leche en sangre, para derramarla después en vuestra muerte, y con tal precio rescatar mi alma, y aún alimentarla con el Santísimo Sacramento , que es leche saludable con la cual el Señor nos conserva en la vida de la gracia, según aquella sentencia de San Agustín que dice: “La leche vuestra es Cristo”

¡Oh Jesús mío! Permitid que yo también exclame con aquella mujer del Evangelio: Feliz vientre que te trajo y los pechos que mamaste” ¡Dichosa Vos, o Madre divina, que tuviesteis la suerte de dar leche al Verbo encarnado.

Ea, admitidme en unión de este grande Hijo a tomar de Vos la leche de una tierna y amorosa devoción a la infancia de Jesús, y a Vos, Madre mía amadísima. Os doy a Vos las gracias, o divino Infante, que os habéis hecho necesitado de leche, para manifestarme el amor que me tenéis.

Así lo dio el Señor a conocer a santa María Magdalena de Pazzis, cuando la dijo; que él por esto se había reducido a la necesidad de tomar leche, para dar a entender el amor que tiene a las almas redimidas.

 

 

Afectos y súplicas.

Oh mi dulce y amabilísimo Niño, Vos sois el pan del cielo que sustentáis a los Ángeles; Vos proveéis de comida a todas las criaturas; ¿cómo, pues, os habéis reducido a mendigar un poco de leche de una doncellita, para conservar la vida? ¡Oh amor divino! ¿Cómo has podido hacer tan pobre a un Dios, que haya tenido necesidad de pedir un tan corto alimento?

Más ya os comprendo, Jesús mío: Vos tomáis leche de María en ésa gruta, para ofrecerla después convertida en sangre a Dios sobre la cruz, en sacrificio y satisfacción de nuestros pecados. Dad pues oh María, dad toda la leche que podáis a ése Hijo, para que todos gocen del precioso líquido que ha de servir para lavar las culpas de mi alma, y para nutrirla después en la santa comunión.

¡Oh Redentor mío! Y ¿Cómo he podido yo saber esto y seros ingrato?

Pero vuestra bondad es mi esperanza. Esta me enseña que si yo quiero vuestra gracia, ella es mía. Me arrepiento oh sumo Bien, de haberos ofendido, y os amo sino a Vos, y a Vos solamente quiero amar.

Vos sois y habéis de ser siempre mi único bien, el único amor mío,  Mi Amado Redentor, dadme, os ruego, una tierna devoción a vuestra santa infancia, como la habéis dado a tantas almas, que pensando en vuestra niñez se olvidan de todo lo demás, porque no saben pensar más que en amaros. Es verdad que ellas son inocentes, yo pecador; pero Vos os habéis hecho niño para haceros amar también de los pecadores.

Yo he sido uno de ellos, más ahora os amo con todo el corazón y no deseo otra cosa que vuestro amor.

¡Oh María! Dadme Vos un poco de aquella ternura con la que dabais de mamar al infante Jesús.

 

Meditación V

De Jesús sobre la paja.

(29 de diciembre)

 

Nace Jesús en el establo de Belén.  Allí la pobre Madre no tiene ni lana, ni plumas, para preparar lecho al tierno Niño. En tal situación ¿qué hace María? Reúne un montoncito de paja dentro un pesebre, y sobre ella recostó al Hijo: Et reclinavit eum in proesepio.

Pero ¡Oh Dios! Que esta es cama muy dura y penosa para un infantillo recién nacido. Sus miembros son muy tiernos, y especialmente los de Jesús, formado con delicadeza especial por el Espíritu Santo, a fin de que fuese más sensible a las penas: motivo por el que se hizo muy dolorosa la  de un lecho tan duro.

Pena y oprobio; porque ¿hubo jamás hijo alguno, aún del hombre más plebeyo y olvidado, que fuese expuesto al nacer sobre la paja? Ella es el lecho propio de los animales, ¡y el Hijo de Dios no tiene otra sobre la tierra!

San Francisco de Asís, estando sentado un día a la mesa, oyó leer las sobredichas palabras del Evangelio: Y le reclinó en un pesebre, y al momento dice: ¿Cómo? Mi Señor está sobre la paja, ¿y he de estar yo sentado? Levantóse en seguida de su asiento, se echó en el suelo, y allí concluyó su pobre comida mezclándola con lágrimas de ternura, que derramaba al considerar lo que padeciera el niño Jesús estando recostado sobre cama tan dura.

Pero ¿porqué María, que tanto había deseado ver nacido a este Hijo, porqué la Señora que tanto le amaba, no le retenía entre sus brazos, en vez de ponerle a padecer sobre el pesebre?

Misterio es esto, dice santo Tomás de Villanueva: “Ni le hubiera colocado en tal lugar, si en ello no se obrase algún misterio”.

Muchos lo explican de diversos modos; pero más que todas les agrada la explicación de San Pedro Damiano, que dice: “Quiso Jesús, apenas había nacido, ser puesto sobre la paja, para enseñarnos la mortificación de los sentidos”.

El mundo estaba perdido por los placeres sensuales. Por los mismos se había perdido Adán y tantos descendientes suyos hasta aquel momento. Vino el Verbo eterno del cielo a enseñarnos el amor de padecer, y comenzó de niño a darnos lecciones, eligiendo para sí los más ásperos padecimientos que pudo sufrir un recién nacido.

De aquí, pues, fue que él mismo inspiró a la Madre dejase de tenerlo sobre su regazo, y lo recostase en aquel duro lecho, a sentir en mayor grado el frío de aquella gruta, y las punzadas de aquellas toscas pajas.

Afectos y súplicas.

¡Oh enamorado de almas! ¡Oh amable Redentor mío! Con qué ¿no os basta la pasión dolorosa que os espera, la muerte amarga que os está preparada sobre la cruz, sino que desde el principio de vuestra vida, desde niño ya queréis comenzar a padecer?

Sí, porque desde niño queréis  Vos comenzar a ser mi Redentor, y satisfacer a la divina justicia por mis pecados. Elegís por cama la paja, para librarme del fuego del infierno, en el que mil veces he merecido ser arrojado.

Lloráis, y dais vagidos producidos por el dolor que os causa tan penoso lecho, para alcanzarme con vuestras lágrimas el perdón de vuestro Padre.

¡Ah! Que estas vuestras lágrimas me afligen y consuelan! Me afligen por la compasión viéndoos niño inocente padecer tanto por delitos que no son vuestros; pero me consuelan mientras reconozco en vuestros dolores mi salvación, y el amor inmenso que me tenéis.

Más no quiero, Jesús mío, dejaros solo, a llorar y penar. Quiero también llorar yo, que únicamente debo hacerlo por los disgustos que os he dado. Yo que he merecido el infierno, no rehúso cualquier pena por recobrar vuestra gracia.

O mi Salvador, perdonadme, restituidme a vuestra amistad, haced que os ame, y después castigadme como queráis. Libradme de las penas eternas, y luego tratadme como os agrade. No os pido en esta vida placeres, porque no los merece quién ha tenido el atrevimiento de disgustaros a Vos, bondad infinita. Estoy contento de sufrir todas las cruces que Vos me enviaréis; pero, Jesús mío, quiero amaros.

¡Oh María! Vos que acompañasteis tan cumplidamente con vuestras penas las de Jesús, alcanzadme la virtud de sufrir las mías con paciencia. ¡Pobre de mí, si después de tantos pecados no padezco alguna cosa en esta vida! Y dichoso, si tengo la suerte de acompañar, padeciendo, a Vos, Madre mía dolorosa, y a mi Jesús siempre afligido y crucificado por mi amor.

 

Meditación VI

De Jesús que duerme.

(30 de diciembre)

 

Muy escasos y penosos eran los sueños del niño Jesús. Un pesebre era su cuna, de paja el lecho, de paja también la almohada. Con lo que frecuentemente era interrumpido el sueño de Jesús, por la dureza de aquella tormentosa camilla, y por el rigor del frío que hacía en aquella gruta.

No obstante, de cuando en cuando, vencida la naturaleza la necesidad, se dormía el precioso Niño entre aquellas penalidades. Pero los sueños de Jesús se diferenciaban mucho de los de los otros niños, a quienes  son útiles en cuanto a la conservación de la vida, mas no en cuanto a las operaciones del alma, mas no en cuanto a las operaciones del alma, porque esta, privada de los sentidos, no obra entonces.

No fueron así los sueños de Jesucristo: “Yo duermo y mi corazón vela” Cánticos V, 2.

Descansaba el cuerpo, pero velaba el alma, estando a Jesús unida la persona del Verbo, que no podía dormir ni ser soportada por los sentido.

Dormía el santo Niño, y mientras tanto pensaba en todas las penas que debía padecer por amor nuestro en toda su vida y en su muerte.

Pensaba en los trabajos que debía padecer, así en Egipto como en Nazareth, con una vida tan pobre y despreciada. Pensaba después particularmente en los azotes, en las espinas en las ignominias, los azotes, en las espinas, en las ignominias, en las agonías, y en aquella desolada muerte que había de padecer por fin sobre  la cruz.

Todo lo cual Jesús durmiendo lo ofrecía al Eterno Padre, para alcanzarnos el perdón y la salvación. Así que nuestro Salvador en tal estado merecía para para nosotros y aplacaba al Eterno Padre, de quién nos alcanzaba las gracias. Roguemos, pues, ahora que por el mérito de sus bienaventurados sueños nos libre del mortífero de los pecadores, quienes duermen miserablemente en la muerte del pecado, olvidados de su Dios y de su Amor.

Pidámosle que en cambio nos dé el feliz sueño de la Esposa de los Cantares, acerca de la que nos advierte el mismo: No levantéis ni hagáis despertar a la amada, hasta que ella quiera.

Tal es aquel sueño que Dios concede a las almas que ama; el cual no es otro, como dice San Basilio, sino un olvido total de todas las cosas, que se consigue cuando el alma se aparta de todo lo terreno, por atender sólo a Dios y lo que se dirige a su gloria.

Afectos y súplicas

Mi querido y santo Niño, Vos dormís, y ¡Oh! ¡Cuánto me enamoran esos vuestros sueños! Para los demás son figura de muerte, más en Vos son señal de vida eterna, pues que mientras descansáis, estáis mereciendo para mí la salvación eterna.

Vos dormís, pero vuestro corazón no duerme, si que piensa en padecer y morir por mí. Durmiendo Vos, pedís por mí y me estáis alcanzando de Dios el reposo eterno en el paraíso. Más antes que me llevéis, como espero, a descansar con Vos en el cielo, quiero que descanséis por siempre en mi alma.

En otro tiempo, Dios mío, yo os he desechado de mí, pero Vos. Con tanto llamar a la puerta de mi corazón, ahora con temores, luego con luces, después con voces de amor, confío que habréis entrado; porque siento una grande aversión de las ofensas que os he hecho, un arrepentimiento, que me causa un gran dolor, dolor de paz que me consuela, y me hace esperar habré sido perdonado por vuestra bondad.

Os doy gracias, Jesús mío, y os ruego que no os separéis jamás de mi alma. Ya sé que no os apartaréis si yo no os despido; más esta gracia os suplico, y os pido me ayudéis siempre a buscarla. No permitáis que vuelva a desecharos de mí. Haced que me olvide de todo, para pensar en Vos, que habéis pensado constantemente en mí y en mi bien.

Haced que yo os ame siempre en esta vida, hasta que mi alma unida con Vos, espirando en vuestros brazos descanse eternamente en vuestro seno, sin temor de perderos más.

¡Oh María, asistidme en vida; y asistidme en muerte, para que Jesús repose siempre en mí, y logre yo siempre descansar en Jesús.

 

Meditación VII

De Jesús que llora.

(31 de diciembre)

 

Las lágrimas del niño Jesús fueron muy diferentes de los otros niños que nacen.  Estos lloran por dolor,  Jesús no,  sí que llora por compasión de nosotros y por amor,  según san Bernardo.  Gran señal de amor,  es el llorar.  Esto precisamente decían los judíos,  luego que vieron al Salvador llorar en la muerta de Lázaro.  Ved cómo le amaba Jn. 11. 

Los mismo podían decir los ángeles,  mirando las lágrimas que derramaba Jesús niño:  Ecce quomodo amat Vos.  Ved cómo nuestro Dios ama a los hombres,  cuando por amor de ellos le vemos hecho hombre y niño llorando.  Lloraba Jesús,  y ofrecía al Padre sus lágrimas,  para alcanzarnos el perdón de los pecados.

Aquellas lágrimas,  dice san Ambrosio,  lavaron mis delitos.  Él con sus vagidos y lloros pedía piedad para nosotros condenados a muerte eterna;  y así aplacaba la indignación de su padre.  ¡Oh! Y cómo sabían las lágrimas de este Niño perorar en favor nuestro!

¡Oh! ¡cuán preciosos fueron ellas para Dios!

Entonces fue cuando el Padre hizo publicar por los ángeles,  que él ya hacia paz con los hombres,  y los recibía en su gracia:  Et in terra pax hominibus bonoe voluntatis.

Lloró Jesús por amor,  pero también por dolor,  al ver que tantos pecadores,  aún después de tantas lágrimas y sangre derramadas por la salud de ellos,  habían de seguir despreciando su gracia.

Ahora bien,  pues,  ¿quién será tan duro,  que viendo llorar a un Dios niño por nuestras culpas,  no llore el también,  y no deteste aquellos pecados que tanto han hecho llorar a éste amante Señor?

¡Ah!  No aumentemos más penas a este Niño inocente;  consolémosle sí,  uniendo nuestras lágrimas con las suyas;  ofrezcamos a Dios las lágrimas de su Hijo,  y roguémosle a que por ellas nos perdone.

Afectos y súplicas.

Niño mío amado,  ¿con qué mientras estabais llorando en la gruta de Belén pensabais en mí,  considerando desde allí mis pecados que eran los que os hacían llorar?  Y yo,  Jesús mío,  en vez de consolaros con mi amor y gratitud,  a vista de lo que habéis padecido por salvarme,  ¿he aumentado vuestro dolor y la causa de vuestras lágrimas?

Si menos hubiese yo pecado,  menos habríais Vos padecido.  Llorad,  pues,  llorad,  que tenéis razón de llorar,  viendo tanta ingratitud en los hombres a un amor tan grande.

Más ya que lloráis,  llorad aún por mí: vuestras lágrimas son mi esperanza.  Lamento los disgustos que os he dado,  Redentor mío,  los odio,  los detesto,  me arrepiento de ellos con todo el corazón.  Lloro por todos aquellos días infelices en que viví enemigo vuestro,  y privado de vuestra hermosa gracia;  pero mis lágrimas,  o Jesús mío,  ¿para qué servirán sin las vuestras?

Padre eterno,  yo os ofrezco las lágrimas de Jesús,  y por ellas os pido el perdón.  Vos,  Salvador mío,  ofrecedle todas las lágrimas que por mí derramasteis en vuestra vida,  y con ellas aplacadle por mí.  Os ruego todavía,  o amor mío,  que enternezcáis con estas lágrimas mi corazón y le inflaméis de vuestro santo amor.  ¡Ah! ¡Pudiera yo de hoy en adelante consolaros con mi amor,  tanto,  cuanto os he causado pena con mis ofensas!  Concededme,  pues,  o Señor,  que estos días que me restan de vida no los haga servir para disgustaros más,  sí solo para llorar el sentimiento que os he ocasionado,  y para amaros con todos los afectos de mi alma.

¡Oh María! Os suplico por aquella tierna compasión que tantas veces tuvisteis,  viendo llorar a Jesús,  me alcancéis un continuo dolor de las ofensas que yo ingrato os he hecho.

 

Meditación VIII

Del Nombre de Jesús.

(1 de enero)

 

El nombre de Jesús es nombre divino,  anunciado a María de parte de Dios por el arcángel san Gabriel;  y por esto dijo san Pablo,  que era nombre sobre todo nombre,  en el que solamente se halla la salvación.

Este nombre es comparado por el Espíritu Santo al aceite,  por la razón,  dice san Bernardo,  de que así como el aceite es luz y comida,  y también medicina;  así el nombre de Jesús es luz para el entendimiento,  alimento para el corazón y medicina para el alma.

Es luz para el entendimiento, pues con este nombre se convirtió el mundo,  sacándole de las tinieblas de la idolatría a la luz de la fe.  Nosotros que hemos nacido en estas regiones,  donde antes de la venida de Jesucristo todos nuestros antepasados eran gentiles,  seríamos aún tales,  si no hubiese venido el Mesías a iluminarlos.

¡Cuánto, pues,  debemos agradecer a Jesucristo el don de la fe!  Y ¿qué sería de nosotros en el África o en América,  entre herejes o cismáticos?  El que no cree,  está perdido;  y verosímilmente del mismo modo nos hubiésemos perdido nosotros.

Es también el nombre de Jesús el alimento que nutre nuestros corazones;  porque él nos recuera lo que Jesús ha hacho por salvarnos.  De aquí es que nos consuela este nombre en las tribulaciones,  nos da fuerza para andar por el camino de la salvación,  nos anima en las desconfianzas,  nos enciende para amar,  recordando lo que ha padecido nuestro Redentor por salvarnos.

Este nombre,  finalmente,  es medicina para el alma,  haciéndola fuerte contra las tentaciones de nuestros enemigos.

Tiembla el infierno,  y huye al invocar este santo nombre,  según aquello que dice el Apóstol:  En el nombre de Jesús se dobla toda rodilla de los que están en el cielo,  en la tierra y en los infiernos.  Filipenses 2, 10.

El que es tentado y llama a Jesús,  no cae,  y quién siempre le invocare no caerá y será salvo,  según la palabra del salmo:  Invocaré al Señor alabándole:  y seré salvo de mis enemigos. Sal. 18, 4

Y ¿quién,  que siendo tentado le ha invocado, se ha perdido jamás? Se pierde el que no le invoca en su ayuda,  o quién persistiendo la tentación deja de invocarle.

Afectos y súplicas.

¡Oh! Hubiese yo siempre invocado a Vos,  Jesús mío,  y nunca habría sido vencido por el demonio!  He perdido miserablemente vuestra gracia,  porque en las tentaciones me he descuidado de llamaros en mi ayuda.

Ahora lo espero todo de vuestro santo nombre.  Escribid,  pues,  o Salvador mío,  grabad en mi pobre corazón vuestro poderosísimo nombre,  para que teniéndolo allí impreso juntamente con el amor a Vos,  lo tanga siempre en la boca,  pronunciándolo en todas las tentaciones que me prepara el infierno,  para volver a verme su esclavo y separado de Vos.

En vuestro nombre encontraré yo todo bien.  Si fuese afligido,  el me consolará,  pensando cuánto os habéis afligido por mi amor.  Si me viese desconfiado por mis pecados,  él me dará valor,  recordándome que habéis venido al mundo para salvar los pecadores:  si fuese tentado,  vuestro nombre me dará fortaleza trayéndome a la memoria,  que más podéis Vos ayudarme,  que abatirme el infierno.  Si,  finalmente,  me hallase frio en vuestro amor,  él me dará fervor,  representándome cuánto Vos me habéis amado.

Jesús mío,  Vos sois y espero que siempre seréis el único amor mío.       Os doy todo mi corazón,  y a Vos solamente quiero amar,  y quiero invocaros cuanto más a menudo  podré.

Quiero morir con vuestro nombre en la boca,  nombre de esperanza,  nombre de salvación,  nombre de amor.

¡Oh María!  Si me amáis,  esta es la gracia que habéis de alcanzarme,  hacedme invocar siempre vuestro nombre y el de vuestro Hijo;  haced que ellos sean el respiro de mi alma,  y que los repita siempre en vida para repetirlos en el último aliento que tendré en la hora de la muerte.

Jesús y María,  ayudadme: Jesús y María,  yo os amo.

Jesús y María,  a Vos encomiendo mi alma.

 

Meditación IX

De la soledad de Jesús en el establo

(2 de enero)

 

Jesús,  al nacer,  quiso elegir para su retiro y oratorio el establo de Belén;  y a este fin dispuso que su nacimiento fuese fuera de la ciudad,  en una cueva solitaria,  para insinuar su amor a la soledad y al silencio.

Todo esto respira aquella gruta.  Entremos en ella,  y hallaremos a Jesús que calla recostado sobre la paja;  a María y José,  que le adoran y contemplan en silencio.

Fue revelado a sor Margarita del Santísimo Sacramento,  llamada la Esposa del niño Jesús,  que cuanto pasó en la gruta de Belén,  aún la visita de los pastores y la adoración de los santos Magos,  fue sin hablar palabra.

Esto que en los otros niños es impotencia,  en Jesucristo fue virtud.  No habla Jesús,  pero ¡Cuánto dice con su silencio!  ¡Oh! Dichoso el que se entretiene con Jesús,  María y José en ésta santa soledad del pesebre!  Los pastores con solo haber sido admitidos allí un poco de tiempo,  salieron todos inflamados de amor hacia Dios,  pues que no hacían otro,  sino alabarle y bendecirle.

¡Oh! ¡feliz aquella alma que se encierra en la soledad de Belén,  a contemplar la divina misericordia,  y el amor que Dios ha tenido y tiene a los hombres!

La llevaré a la soledad,  y hablarle a su corazón,  le dice el Señor por Oséas. Oseas 2, 14. Allí el Divino Infante no le hablará al oído,  si al corazón,  invitándola a amar a su Dios,  que tanto la ama.  Al ver la pobreza de aquel solitario,  que se está en una cueva fría,  sin fuego,  sirviéndose de un pesebre por cuna,  y de un poco de heno por lecho: al oír los vagidos,  al mirar las lágrimas de este inocente Niño,  y al considerar que Él es su Dios,  ¿cómo es posible pensar en otro que en amarlo? ¡Oh! ¡qué dulce retiro es para un alma que tiene fe el establo de Belén!

Imitemos también a María y José,  que inflamados de amor perseveran en contemplar al gran Hijo de Dios,  vestido de carne,  y sujeto a las miserias humanas;  el sabio,  reducido a un parvulito que no habla:  el grande,  hecho chiquito;  el excelso,  de tal modo abatido:  el rico,  hecho tan pobre;  el omnipotente,  débil;  en suma,  considerando la majestad divina oculta bajo la forma de un pequeñito niño despreciado y abandonado del mundo,  y que todo lo hace y padece,  para hacerse amable a los hombres,  ruégale que te admita en este santo retiro.

Enciérrate y permanece allí,  y no te separes más de él.  ¡Oh soledad! en la que Dios habla y conserva son sus amadas almas,  no como soberano,  sino como amigo,  hermano y esposo.

¡Oh! ¡qué paraíso conservar de solo a solo con Jesús niño en la grutilla de Belén!

Afectos y súplicas.

Carísimo Salvado mío,  Vos sois el Rey del cielo,  el Rey de los reyes,  el Hijo de Dios;  ¿cómo,  pues,  os veo en esta gruta abandonado de todos?  Yo no hallo otros que os asistan,  más que José y vuestra santa Madre.

Deseo venir también y unirme con ellos para haceros compañía.  No me despidáis.  Aunque lo merezco,  oigo,  sin embargo,  que Vos me invitáis con dulces voces al corazón.

Sí,  vengo,  mi amado Niño,  lo dejo todo por estarme a solas con Vos toda mi vida,  único amor de mi alma.  Insensato,  en el tiempo pasado os abandonado y dejado solo,  Jesús mío,  mendigando placeres miserables y envenenados de las criaturas;  pero ahora,  iluminado por vuestra gracia,  no deseo otro que estarme solitario con Vos,  que así queréis vivir en esta tierra.

¿Quién me dará alas como de paloma,  y volaré y descansaré? ¡Ah! ¡quién me diese el poder de huir de este mundo,  donde tantas veces he encontrado mi ruina,  huir y estarme siempre con Vos,  que sois el gozo del paraíso,  y el verdadero amante de mi alma! Ea,  pues,  Jesús mío,  por los méritos de vuestra soledad en la cueva de Belén,  dadme un continuo recogimiento interior,  a fin de que mi alma venga a ser una celdilla solitaria,  en la que yo no atienda más que a conversar con Vos,  consulte con Vos todos mis pensamientos,  todas las acciones;  a Vos dedique todos los afectos;  aquí siempre os ame,  y suspire por salir de la cárcel de éste cuerpo,  para ir a amaros cara a cara en el cielo.

Os amo,  bondad infinita,  y espero siempre amaros en el tiempo y en la eternidad.

¡Oh María! Vos que todo podéis,  rogadle que me encadene con su amor,  y no permita que yo haya de perder jamás su gracia.

 

Meditación X

De las ocupaciones del niño en el establo de Belén.

(3 de enero)

 

Dos son las principales ocupaciones de un solitario,  orar y hacer penitencia.  Ved, pies,  a Jesús,  que en la cueva de Belén nos da ejemplo de ellas.

En el pesebre,  elegido por su oratorio en la tierra,  no deja de rogar y de amor y de súplicas.  Antes de éste tiempo la Majestad divina,  si bien había sido adorada de los hombres y de los Ángeles,  no obstante nunca había recibido de estas criaturas aquel honor que le dio Jesús aún niño al adorarla en el establo donde nació.

¡Cuán bellos,  pues, y perfectos eran lo actos de amor que el Verbo encarnado dirigía al Padre en su oración!

El Señor había intimado a los hombres el precepto de amarle con todo el corazón y con todas las fuerzas;  pero este mandato jamás había sido cumplido perfectamente por ningún hombre.

Entre las mujeres,  la primera en llenarlo fue María,  y entre los varones el primero fue Jesucristo,  que lo ejecutó de una manera inmensamente mayor que María.  Fríos podrían decírselos Serafines respecto del amor de este santo Niño.

Aprendamos,  pues,  del mismo a amar a nuestro Dios como se debe,  y supliquémosle que nos comunique una centella de aquel amor purísimo con el cual amaba a su Divino Padre en el establo de Belén.

¡Oh! ¡y que bellos,  perfectos y caros eran a Dios los ruegos del infante Jesús!  Pedía en todo tiempo y momento al Padre,  y sus peticiones todas se dirigían en nuestro favor,  y por cada uno de nosotros.  Las gracias que cualquiera ha recibido del Señor,  como el ser llamado a la verdadera fe,  esperado a penitencia,  las luces,  el dolor de los pecados,  el perdón,  los santos deseos,  las victorias en las tentaciones,  y todos los otros actos buenos que hemos hecho y haremos de confianza,  de humildad,  de acción de gracias,  de ofrecimiento y de resignación,  todo nos lo ha alcanzado Jesús,  y todo ha sido efecto de las oraciones de Jesús.

¡Cuánto,  pues,  le debemos!  ¡Cuántas gracias debemos por ello darle,  y cuánto amarle!

Afectos y súplicas.

Amado Redentor mío,  ¡cuánto os debo! Si Vos no hubieseis pedido por mí,  ¿en qué estado de ruina me hallaría? Os doy gracias,  o Jesús mío;  vuestras súplicas son las que me han alcanzado el perdón de mis pecados,  y las mismas espero que me han de alcanzar la perseverancia hasta la muerte. Habéis rogado por mí,  y os lo agradezco con todo el corazón;  pero os pido que no dejéis de rogar.

Yo sé que Vos seguís también en el cielo siendo nuestro abogado,  y sé que continuáis en rogar por nosotros.  Seguid,  pues,  pidiendo,  pero pedid más particularmente por mí,  Jesús mío,  que tengo más necesidad de vuestras súplicas.

Yo espero que ya Dios me haya perdonado por vuestros méritos,  más así como tantas veces he caído,  así puedo volver a caer.  El infierno no deja ni dejará de tentarme para hacerme perder nuevamente vuestra amistad.

¡Ah!  Jesús mío,  Vos sois mi esperanza;  Vos me habéis de dar la fortaleza para resistir;  a Vos la pido,  y de Vos la espero.  No me contento solo con la gracia de no recaer;  quiero también la gracias de amaros muchísimo.  Se acerca mi muerte (Desconozco cuando sea mi muerte),  y si ahora yo muriese esperaría salvarme,  sí,  pero os amaría poco en el paraíso,  porque hasta ahora os he amado poco.

Quiero,  pues,  amaros mucho en la eternidad.  ¡Oh María,  madre mía,  rogad también por mí a Jesús:  vuestras súplicas todo lo pueden para con este Hijo que tanto os ama.  Vos tenéis tanto deseo de verle amado;  pedidle,  pues,  que me dé un grande amor hacia su bondad,  y que este amor sea constante y eterno.

 

Meditación XI

De la pobreza del niño Jesús.

(4 de enero)

 

¡Oh Dios! ¿Quién no compadecería si viese un príncipe hijo de un monarca,  nacido tan pobre,  que hubiese de albergarse en una cueva húmeda y fría,  sin tener lecho ni criados,  ni fuego,  ni ropas bastantes para calentarlo?  ¡Ah Jesús mío!  Vos sois,  pues,  el Hijo del Señor del cielo y de la tierra,  Vos sois el que en esta gruta no tenéis otra cosa que un pesebre por cuna,  paja por lecho,  y unos pobres pañales para cubriros.

Los ángeles están a vuestro rededor para alabaros,  pero en nada socorren vuestra pobreza.  Redentor mío,  cuanto más pobre sois más amable os hacéis,  habiendo a este fin abrazado tanta pobreza.

Si nacierais en una habitación regia,  si tuvieseis una cuna de oro,  si os asistiesen los primeros grandes de la tierra,  os atraeríais de los hombres mayor respeto,  pero menos amor.

Más ahora esta gruta en que os albergáis,  estos viles pañales que os cubren,  esta paja que os sirve de cama,  este pesebre que es vuestra cuna, ¡Oh! Y como atraen a Vos nuestros corazones,  siendo así que os habéis hecho tan pobre para haceros a nosotros mas amable!

“Cuanto por mi más abatido,  tanto para mí más amado”,  dice San Bernardo.

Os habéis hecho pobre,  para enriquecernos con vuestra pobreza,  según lo que nos enseña san Pablo:  Pues conocéis la generosidad de nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, por vosotros se hizo pobre a fin de que os enriquecierais con su pobreza. 2Cor. 8, 9. 

En efecto la pobreza de Jesucristo fue para nosotros una gran riqueza;  pues que ella nos mueve a adquirirnos los bienes del cielo,  despreciando los de la tierra.

¡Ah Jesús mío!  esta vuestra pobreza ciertamente ha llevado a muchos Santos a dejarlo todo,  riquezas,  honores y reinos para ser pobres con Vos.  Ea pues,  Salvador mío,  desprendedme también del afecto a los bienes de la tierra,  para que se hecho digno de adquirir vuestro santo amor,  y de esta manera poseer a Vos,  bien infinito.

Afectos y súplicas.

¡Oh!  pudiera deciros yo también,  santo Niño,  con vuestro amado San Francisco:  “Dios mío y todas las cosas”;  y con David; ¡Que hay para mí en el cielo?” y fuera de Ti ¿qué he querido sobre la tierra?  Dios de mi corazón,  y mi porción,  Dios para siempre.

¿Quién hay para mí en el cielo? Estando contigo no hallo gusto ya en la tierra.  Mi carne y mi corazón se consumen: ¡Roca de mi corazón, mi porción, Dios por siempre! Sal. 73m  25, 26

¡Ojalá fuese que de hoy en adelante yo no codiciase otra riqueza que la de vuestro amor;  y que este mi corazón no fuera ya dominado más de la vanidad del mundo,  sí que Vos sólo fueseis su único Señor,  pudiendo comenzar a decir:  “Dios de mi corazón,  mi porción,  Dios para siempre!”  ¡Miserable,  hasta aquí he buscado los bienes terrenos,  y ni he hallado más que espinas y hiel!  Mayor satisfacción me causa el hallarme ahora a vuestros pies,  para daros gracias y amaros,  que contento me han dado todos mis pecados.  Un solo temor me aflige,  y es que quizá no me habréis aun perdonado;  pero vuestras promesas de perdonar al que se arrepiente;  el veros hecho tan pobre por mi amor;  el sentirme llamado de Vos a amaros;  las lágrimas,  la sangre que habéis derramado por mí;  los dolores,  las ignominias,  la muerte amarga que por mí habéis sufrido,  me consuelan,  y me hacen esperar seguramente el perdón.  Y si todavía no me habéis perdonado,  decidme ¿Qué he de hacer? ¿Queréis que me arrepienta?  Yo me arrepiento,  pues,  con todo mi corazón de haberos despreciado,  Jesús mío.  ¿Queréis que os ame?  Os amo más que a mi mismo.  ¿Queréis que yo lo deje todo?

Sí,  todo lo dejo,  y a Vos solo me entrego,  y sé que Vos me aceptáis;  de otra manera yo no tendría ni arrepentimiento,  ni amor,  ni deseo de entregarme a Vos.  Pues que me doy a Vos y me aceptáis,  no permitáis que este amor entre Vos y yo haya jamás de disolverse.

Madre mía,  María,  alcanzadme que yo ame siempre a Jesús,  y sea amado siempre de Jesús.

A Aquí,  en el día de la vigilia de la Epifanía,  se repite la meditación puesta en el Número V ubicada en la página número 12.

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