Meditaciones para los días de la octava de la epifanía.

Meditaciones para los días de la octava de la epifanía.

Meditación I

De la adoración de los Magos.

(5 de enero)

 

Nace Jesús pobre en un establo;  y si bien le reconocen los Ángeles del cielo,  los hombres de la tierra lo dejan abandonado.  Solos unos pocos pastores vienen a visitarle.  Más el Redentor quiere comenzar ya a comunicar la gracia de su redención,  y por esto se manifiesta primero a los gentiles que le conocían menos.

Á este fin ilumina por medio de una estrella a los santos Magos,  para que vengan a adorar a su Salvador.  Este fue el principio y lo sumo de los favores hechos a nosotros,  el llamamiento a la fe,  al que siguió el de la gracia,  de la cual los hombres estaban privados.

Ved los Magos,  que sin tardanza se ponen en viaje;  la estrella los acompaña hasta la cueva en donde está el santo Niño.  Llegado que hubieron,  entran,  y ¿qué hallan?

Encuentran una pobre doncella y un pobre niño cubierto de míseros pañales,  sin nadie que le corteje y asista.  Pero ¡ah! Que al entrar en aquella gruta los santos viajeros,  sienten un gozo nunca experimentado;  sienten el corazón hacia aquel amado Niño que ven;  aquellas pajas,  aquella pobreza,  aquellos vagidos de su pequeñuelo Salvador,  ¿oh para los corazones iluminados!

El Niño les muestra un rostro alegre,  y esta es la señal del afecto con que los acepta entre las primeras prendas de la redención.  Miran después los santos Reyes a María,  la cual no habla.

Permanece en silencio;  más en su rostro bienaventurado que respira la dulzura del paraíso los acoge expresiva,  y les da las gracias de haber venido los primeros a reconocer a su Hijo,  que era para ellos su soberano.

Contemplad como ellos le adoran,  aunque en silencio por reverencia,  le honran como a su Dios al besarle los pies,  y ofrecen sus dones de oro,  de incienso y de mirra.

Adoremos nosotros son los santos Magos a nuestro pequeñito Rey Jesús y ofrezcámosle todos nuestros corazones.

Afectos y súplicas.

Amable Niño,  aunque yo os mire en esa cueva, reclinado sobre la paja, tan pobre y despreciado,  la fe sin embargo me enseña que Vos sois mi Dios bajado del cielo por mi salvación.

Os reconozco,  pues,  y os confieso por mi supremo Señor y mi Salvador;  pero no tengo que ofreceros.

No tengo oro de amor,  habiendo amado a las criaturas y a mis caprichos,  sin amaros a Vos,  bien infinito.

No tengo incienso de oración,  porque he vivido miserablemente olvidado de Vos.

No tengo mirra de mortificación,  cuando por no privarme de mis placeres he disgustado tantas veces vuestra bondad infinita.

¿Qué cosa,  pues,  os ofreceré?  Os ofrezco este un corazón sucio y pobre cual es;  aceptadlo y mudadlo.  Vos a este fin habéis venido al mundo para lavar los manchados afectos de los humanos corazones,  y así trocarlos de pecadores a santos.

Dadme el oro de vuestro santo amor;  dadme el espíritu de la santa oración;  dadme el deseo y la virtud de mortificarme en todas las cosas que os desagradan.  Yo resuelvo obedeceros y amaros,  pero Vos sabéis mi debilidad;  dadme la gracia de seros fiel.

Virgen Santísima,  Vos que acogisteis con tanto cariño y consolasteis a los santos Magos,  acoged también y consoladme,  que vengo ahora a visitar y a ofrecerme a vuestro Hijo.

Madre Mía,  en vuestra intercesión confío muchísimo.  Recomendadme a Jesús,  a Vos entrego mi alma y mi voluntad.  Ligadla por siempre al amor de Jesús.

 

Meditación II

De la presentación de Jesús al templo.

(6 de enero)

 

Llegado el tiempo en que María,  según la ley,  había de ir a purificarse al templo,  y presentar Jesús al Divino Padre,  ved que se dirige allá juntamente con José.

Este toma las dos tortolillas que debían ofrecerle;  y María toma su amado Niño,  toma el Divino Corderito para ir a sacrificarle,  en señal de aquel gran sacrificio que un día este mismo Hijo había de consumar sobre la cruz.

Considerad como la santa Virgen entre ya en el templo: hace la oblación de Jesús por parte del género humano,  y dice: He aquí,  o eterno Padre,  vuestro amado Unigénito,  que es vuestro Hijo,  y también mío;  yo os le ofrezco como víctima de vuestra Divina Justicia para aplacaros con los pecadores.  Aceptadla,  o Dios de misericordia,  tened piedad de nuestras miserias;  por amor de éste Cordero Inmaculado recibid en vuestra gracia a los hombres”.

Agregase a la oblación de María la de José;  y el santo Niño dice también: “Aquí me tenéis,  Padre mío,  a Vos consagro toda mi vida: me habéis enviado al mundo para salvarlo con mi sangre.  Hela,  y a mí todo;  a Vos me ofrezco por el rescate del linaje humano.”

Se entregó a sí mismo por nosotros,  ofrenda y hostia a Dios. Ef. 5, 2

Ningún sacrifico fue jamás tan acepto a Dios,  cuanto lo fue este que le hizo entonces su amado Hijo,  víctima y sacerdote desde niño.  Si todos los hombres y todos los Ángeles hubiesen ofrecido sus vidas,  no hubiera sido ciertamente su oblación tan apreciable a Dios como lo fue esta de Jesucristo,  pues que en este solo ofrecimiento al eterno Padre recibió un honor infinito y una satisfacción infinita.  Habiendo pues,  Jesús ofrecido la vida al Eterno Padre por nuestro amor,  justo es que nosotros le ofrezcamos también la nuestra,  y todo lo que somos.  Esto es lo que él mismo desea,  como significó a la beata Ángela de Foligno diciéndole: “Yo me he ofrecido por ti,  a fin de que tú te ofrezcas por mí”.

Afectos y súplicas.

Eterno Padre,  yo miserable pecador,  reo de mil infiernos,  hoy me presento a Vos.  Dios de infinita majestad,  y os ofrezco mi pobre corazón;  pero ¡Oh, Señor! ¿Qué corazón os ofrezco?  Uno, que no ha sabido amaros,  antes bien os ha ofendido tanto,  y os ha hecho traición tantas veces;  pero ahora os lo ofrezco arrepentido,  y resuelto de volver a amaros a toda costa y obedeceros en todo.

Perdonadme,  y  atraedme todo a vuestro amor.  Yo no merezco ser escuchado,  más bien lo merece vuestro Hijo,  quién aún niño se ofrece a Vos en sacrificio por mi salvación.

Este Hijo y su sacrificio por mi salvación.  Este Hijo y su sacrificio os ofrezco,  y en él pongo todas mis esperanzas.  Os doy gracias,  Padre mío,  porque le habéis enviado a la tierra a sacrificarse por mí.

Os doy gracias,  o Verbo encarnado,  Cordero Divino que os ofrecisteis a la muerte por mi alma.  Os amo,  carísimo Redentor,  y sólo a Vos quiero amar,  ya que fuera de Vos no hallo quién por salvarme haya ofrecido y sacrificado su vida.

Me hace llorar al ver que con los demás he sido agradecido,  y solo con Vos he sido ingrato;  pero Vos no queréis mi muerte,  sino que me convierta y viva.

Sí,  Jesús mío,  a Vos vuelvo,  y me arrepiento con todo el corazón de haberos ofendido,  y de haber ofendido a un Dios que se ha sacrificado por mí.

Dadme la vida;  ella la empleará en amaros a Vos,  sumo bien: haced que os ame y nada más os pido.

María,  madre mía,  Vos ofrecisteis entonces en el templo a este Hijo también por mí.  Volvedle a ofrecer ahora,  y rogad al eterno Padre que por el amor de Jesús me acepte por suyo.

Y Vos,  Reina mía,  recibidme por Hijo vuestro y perpetuo siervo.  Si yo soy vuestro siervo,  lo seré igualmente de vuestro Hijo.

 

Meditación III

De la huida de Jesús a Egipto

(7 de enero)

 

Aparece el Ángel a José en sueños,  y le da a saber que Herodes andaba buscando a Jesús para quitarle la vida,  por lo que le dice:  Levántate y toma el Niño y a su Madre,  y huye a Egipto. Mt. 2.

He aquí,  pues,  que apenas ha nacido Jesús,  y es perseguido ya de muerte.  Herodes es figura de aquellos miserables pecadores,  que tan luego como ven renacido en su alma a Jesucristo por el perdón,  le persiguen de nuevo a muerte volviendo al pecado:  “Buscan al Niño para perderle”.  José obedece prontamente a la voz del ángel,  y avisa de ello a la santa Esposa.  Toma los pocos instrumentos de su oficio que podía llevar,  y que habían de servirle para procurar en Egipto el sustento a su pobre familia.  María a la vez reúne un pequeñito arado de pañales para el uso del santo Niño,  y después se dirige al aposento,  se arrodilla ante todas cosas delante de su tierno Infante,  le besa los pies,  y después con lágrimas de ternura le dice:  ¡Oh Hijo mío!  apenas habéis nacido y venido al mundo para salvar a los hombres,  ya estos mismos os buscan para quitarlos la vida.  Dicho esto lo toma,  y siguiendo ambos Esposos en llorar,  sierran la puerta,  y en la misma noche se ponen en camino.  Ve considerando las ocupaciones de estos santos peregrinos en tal viaje.  Todas las conversaciones son de su amado Jesús, de su paciencia y de su amor,  aliviándose de esta manera en las penas e incomodidades de tan largo camino.

¡Oh cuán dulce es padecer a vista de Jesús que padece!

Acompáñate también tú,  alma mía,  dice san Buenaventura,  con estos tres santos y pobres desterrados,  y compadécelos en esta peregrinación que hacen tan fatigosa,  larga y sin comodidad.  Ruega a María que te conceda llevar en tu corazón a su Hijo Divino.

Considera cuánto debería padecer,  especialmente en aquellas noches que había de pasar en el desierto de Egipto.  La desnuda tierra les serviría de lecho al aire libre y frío.  Llora el Niño por dolor.  Lloran María y José por compasión.  ¡Oh fe santa!  y ¿quién no llorara al ver un Hijo de Dios,  que,  hecho chiquito,  pobre y abandonado,  huye por un desierto para librarse de la muerte?

Afectos y súplicas.

Mi amado Jesús,  Vos sois el Rey del cielo,  más ahora os veo Niño,  andando errante sobre la tierra;   decidme ¿qué andáis buscando? Yo os compadezco cuando os miro tan pobre y humillado,  pero más al veros tratado con tanta ingratitud por aquellos mismos a quienes habéis venido a salvar.

Vos lloráis,  pero lloro también yo por haber sido uno de tantos que en el tiempo pasado os han despreciado y perseguido.  Pero sabed que ahora aprecio más vuestra gracia que todos los reinos del mundo;  perdonadme,  Jesús,  mío,  todos los malos tratamientos que os he hecho,  y permitid que así como María os llevaba en brazos cuando huía a Egipto,  del mismo modo os lleve yo siempre en el corazón durante el viaje de mi vida presente a la eternidad.  Amado Redentor mío,  muchas veces os he desechado de mi alma,  pero ahora espero que hayáis vuelto a poseerla.

¡Ah! Estrechadla,  pues,  a Vos con las dulces cadenas de vuestro amor.  Yo no quiero apartaros más de mí,  pero temo ¡quién sabe,  si tendré que abandonaros de nuevo,  como lo he hecho anteriormente! ¡Oh mi Señor! Hacedme primero morir que yo haya de usar esta nueva y horrenda ingratitud.

Os amo,  bondad infinita,  y así quiero siempre repetir,  yo os amo,  yo os amo,  yo os amo;  y de esta manera diciendo siempre espero también morir.

¡Ah Jesús mío!  Vos sois muy bueno,  muy digno de ser amado;  haceos,  pues,  amar,  haceos pues amar de tantos pecadores que os persiguen;  dadles luz,  hacedles conocer el amor que les habéis tenido y el amor que os merecéis,  pues que andáis prófugo por la tierra,  Niño tierno y pobre,  llorando,  temblando de frío y buscando almas que quieran amaros.

¡Oh María!  ¡Oh santa Virgen! ¡Oh Madre amada y compañera de los padecimientos de Jesús,  ayudadme Vos a llevar y conservar siempre en mi corazón a vuestro Hijo en la vida y en la muerte.

 

Meditación IV

De la mansión de Jesús en Egipto

(8 de enero)

 

Eligió Jesús la mansión de Egipto en la niñez por hacer una vida más dura y despreciada.  Según san Anselmo y otros escritores,  habitó la sagrada familia en Heliópolis.

Vamos contemplando con san Buenaventura la vida que llevó Jesús en Egipto por el tiempo que allí estuvo.  La casa era muy pobre,  porque era muy escaso el alquiler que podía pagar san José: pobre es la cama;  pobre es la comida;  pobre es en suma su vida,  mientras apenas allegan para el sustento diario con los trabajos de sus manos,  viviendo además en un país donde son desconocidos,  sin parientes,  sin amigos y despreciados.

Vive sí en gran pobreza esta familia;  pero ¡oh cuán bien ordenadas se hallan las ocupaciones de estos tres habitantes!  El santo Niño no pronuncia palabra alguna,  pero habla con el corazón palabra continuamente,  ofreciendo a su Padre celestial todos los padecimientos y momentos de su vida por nuestra salvación.  María tampoco habla,  pero a vista de aquel precioso Infante contempla el divino amor y la gracia que le ha hecho de haberle elegido por madre suya.

José trabaja en silencio,  y a vista del Divino Niño arde en afectos dándole gracias de haberle elegido por compañero y custodio de su vida.  En esta casa María quita la leche a Jesús;  antes lo alimentaba con el pecho,  ahora lo alimenta con la mano.  Lo tiene en su regazo,  toma de la horterilla un poco de pan deshecho con agua,  y después lo lleva a la sagrado boca del Hijo.

En esta casa prepara María el primer vestidillo al Niño,  y llegado el tiempo deja las fajas y comienza a poner

selo.  En la misma casa comienza Jesús a andar y hablar.

¡Ah! Adoremos aquellos primeros pasos que dio el Verbo encarnado,  y las primares palabras de vida eterna que profirió.  ¡Oh pasos!  ¡Oh palabras balbucientes! ¡Ah,  pequeños servicios de Jesús,  cuánto herís e inflamáis los corazones de los que le aman y os consideran! ¡Un Dios andar temblando y cayendo! ¡un Dios balbuciendo! ¡Un Dios hecho débil que no puede emplearse en otro que en haciendas de la casa,  que no puede levantar un palo,  si su peso es superior a las fuerzas de un niño!  ¡Ah,  fe santa,  ilumínanos a este buen Señor que por amor nuestro se ha reducido a tantas miserias.  Dícese que al entrar Jesús en Egipto cayeron todos los ídolos de aquellas regiones.  Roguemos,  pues,  a Dios que nos haga amar de corazón a Jesús,  porque en aquella alma donde entra el amor al mismo,  caen todos los ídolos de los afectos terrenos.

Afectos y súplicas.

O santo Niño,  que os estáis en ese país de bárbaros,  pobre,  desconocido y despreciado,  yo os reconozco por mi Dios y Salvador,  y os doy gracias de todas las humillaciones y padecimientos que sufristeis en Egipto por mi amor.

Con aquella vida me enseñasteis a vivir como peregrino en esta tierra,  dándome a entender que no es esta mi patria,  sí el paraíso que Vos vinisteis a adquirirme con vuestra muerte.

¡Ah,  Jesús mío,  yo os he sido ingrato porque he pensado poco en  lo que habéis hecho y padecido por mí.  Cuando yo pienso que Vos,  Hijo de Dios,  habéis llevado una vida tan atribulada,  pobre y descuidada,  ¿cómo es posible que vaya buscando holguras y bienes de la tierra?

Ea pues,  Redentor mío,  hacedme vuestro compañero,  admitidme a vivir unido siempre con Vos en este mundo,  para que después vaya a amaros en el cielo hecho vuestro compañero eterno.

Dadme luz,  aumentad mi fe.  ¿Para qué riquezas? ¿para que placeres? ¿para que dignidades? ¿para que honores? Todo es vanidad y locuras.  La única riqueza,  el único bien es poseeros a Vos,  bien infinito.  ¡Dichoso quien os ama! Yo os amo,  pues Jesús mío,  y no busco a otro que a Vos.

Me queréis,  y yo os quiero también.  Si tuviera mil reinos,  todos los renunciaría por las vanidades y placeres de este mundo,  ahora los detesto y me duelo de ello.  Mi amado Salvador,  de hoy en adelante Vos habéis de ser mi único contento,  el único amor,  mi único tesoro.

María Santísima,  rogad a Jesús por mí;  rogadle que solo me haga rico de su santo amor y nada deseo.

 

Meditación V

De la vuelta de Jesús de Egipto.

(9 de enero)

 

Muerto Herodes,  y después del destierro de siete años (según la opinión común de los Doctores),  en los que habitó Jesús el Egipto,  apareció de nuevo el ángel a San José,  y le mandó que tomase el santo Niño y la Madre y volviese a la Palestina.

Consolado san José con este aviso,  fue a participarlo a María.  Más antes que partiesen los santos Esposos,  corteses como eran,  se despidieron de los que en aquel país se habían honrado con su amistad.  Después José recoge los pocos instrumentos de oficio,  María su aradito de pañales,  y tomando de la mano al Divino Niño emprenden el regreso,  llevándolo en medio de los dos.

Considera san Buenaventura que este viaje fue más fatigosos a Jesús que el de su huida;  pues que ahora hacía ya crecido,  y no podían llevarlo José y María en brazos a largos trechos.  Por otra parte el santo Niño en aquella edad no era aún apto para andar grandes distancias;  así que fue necesario en tal viaje que Jesús se parase a menudo y reposase por el cansancio.

Pero José y María,  bien anduviesen,  bien descansasen,  siempre tenían puestos los ojos y el pensamiento en el amado Niño que era todo el objeto de su amor.

¡Oh cómo marcha recogida en esta vida aquella alma feliz que tiene delante de su vista el amor y los ejemplos de Jesucristo!  Los santos viajeros interrumpen de cuando en cuando el silencio con algún santo razonamiento,  pero ¿con quién hablan? y ¿de qué hablan?  No hablan sino con Jesús y de Jesús. Quien tiene a Jesús en el corazón,  no habla más que con Jesús y de Jesús.

Considera también la pena que debería padecer nuestro pequeñito Salvador en las noches de este viaje,  en el cual no tuvo por lecho el regazo de María,  como sucedió a la ida,  sino la desnuda tierra;  y por comida no tuvo ya la leche,  sino un poco de pan demasiado duro a su tierna edad.

Fue también visiado duro a su tierna edad.  Fue también visiblemente afligido de la sed en aquel desierto,  en el cual los hebreos habían tenido tanta necesidad de agua que fue el preciso un milagro para socorrerlos.  Contemplemos,  pues,  y adoremos con amor todos estos padecimientos de Jesús niño.

Afectos y súplicas. 

Amado y adorado Niño,  Vos volvéis a vuestra patria,  pero ¿a dónde? ¡Oh Dios! ¿A dónde regresáis? ¿A dónde venís?  Venís a aquel lugar en el que vuestros paisanos os preparan desprecios en vida,  y después azotes,  espinas,  ignominias y cruz en la muerte.

Todo estaba ya presente,  o Jesús mío,  a vuestros Divinos ojos,  y Vos venís voluntariamente a encontrar aquella pasión que os predisponen los hombres.

Pero,  Redentor mío,  si Vos no hubieseis venido a morir por mí,  no podría yo ir a amaros en el paraíso,  debiendo estar para siempre alejado de Vos.

Vuestra muerte ha sido mi salvación.  Mas ¿cómo es que yo,  aún después de vuestra muerte,  despreciando la gracia que con ella me adquiristeis me he condenado de nuevo al infierno?  ¡Ah!  Conozco ser poco un infierno para mí.  Pero Vos me habéis esperado para perdonarme,  y ya arrepentido detesto todos los disgustos que os he dado.

Ea pues,  Señor,  libradme de las penas eternas.  ¡Ah! Miserable de mí,  si otra vez me condenase! ¡qué tormento tan grande seria el remordimiento de haber considerado ya,  y gustado en mi vida el amor que habéis tenido!  No tanto el fuego del infierno,  cuanto el recuerdo de vuestro amor,  o mi Jesús,  sería mi pena.

Vos habéis venido al mundo a fin de encender el fuego vuestro santo amor;  de este fuego quiero ser abrasado, y no de aquel que me tendría para siempre separado de Vos.

Repito,  pues,  Jesús mío,  libradme del infierno,  porque en él no os puedo amar.

O María,  madre mía,  por todas partes oigo decir y predicar que aquellos que os aman y confían en Vos no se condenan si quieren enmendarse. Yo os amo,  Señora mía,  y en Vos confío,  quiero enmendarme. ¡Oh María! Pensad en librarme del infierno.

 

Meditación VI

De la morada de Jesús en Nazaret.

(10 de enero)

 

Regresado que hubo san José a la Palestina,  supo que Arquelao reinaba en la Judea en lugar de Herodes su padre;  por lo que temió ir allá,  y avisado en sueños marcho a Nazaret,  y allí fijó su permanencia en una pobre casa.  ¡Oh casita afortunada de Nazaret! Yo te saludo y te adoro.  Vendrá un tiempo en que serás visitada de los primeros príncipes de la tierra;  hallándose los peregrinos en tu recinto no se saciarán de derramar lágrimas de ternura,  al pensar que dentro de tus pobres paredes pasó cuasi toda su vida el Rey del paraíso.  En esta casa habitó el Verbo encarnado el resto de su niñez y de su juventud.  Y ¿cómo vivió?  Vivió pobre y despreciado de los hombres,  haciendo el oficio de simple muchacho,  y obedeciendo a María  y José: Bajó con ellos y vino a Nazaret, y vivía sujeto a ellos. Lc 2, 51.

¡Oh Dios,  qué ternura causa el considerar que en aquella pobre casa el Hijo de Dios vive de sirviente!  Ahora va a tomar agua,  luego abre y cierra el taller,  después se ocupa en los ínfimos servicios de la limpieza y aseo del aposento unas veces recoge los fragmentos de madera para el fuego,  y otras trabaja ayudando a José en sus labores.

¡Oh pasmo! ¡Ver a un Dios que obedece,  un Dios que sirve de criado! ¡Oh pensamiento que debiera hacernos arder de un amor santo hacia un Redentor que se ha reducido a tal bajeza para hacerse amar de nosotros!  Adoremos todas estas acciones serviles de Jesús,  porque eran todas divinas.  Adoremos,  sobre todo,  la vida escondida y despreciada que hizo Jesucristo en la casa de Nazaret.

¡Oh hombres soberbios! ¿cómo podéis ambicionar el hacer figura y ser honrados en el mundo viendo a nuestro Dios que gasta treinta años de vida en un estado pobre,  oscuro y desconocido,  para enseñarnos el retiro y la vida humilde y oculta?

Afectos y súplicas.

¡Ah! Mi adorado Niño,  yo os miro como ínfimo criado trabajar y sudar de fatiga en ese taller tan pobre! Comprendo ya que Vos servís y trabajáis por mí.  Pero así como Vos empleasteis toda vuestra vida por amor mío,  haced que yo del mismo modo emplee la vida que me resta por amor vuestro.  No miréis,  Señor,  mi vida pasada;  aquella para mí,  y para Vos,  ha sido vida de dolor y de llanto,  vida desordenada,  vida de pecados.  Ea pues,  permitidme que os acompañe en los días que me quedan a trabajar con Vos y padecer en el taller de Nazaret,  y morir después con Vos en el Clavario abrazando aquella muerte que me tenéis destinada.  Mi precioso Jesús,  amor mío,  no permitáis que yo os deje más,  y os abandone,  como he hecho hasta aquí.

Vos,  Dios mío,  oculto,  desconocido y despreciado,  padeciendo en un taller con tanta pobreza,  y yo gusano vil he andado buscando honores y placeres;  y por ellos ¡Oh Dios! me he separado de Vos,  sumo bien!  No,  Jesús mío,  yo os amo,  y porque os amo no quiero más verme separado de Vos.  Renuncio todo por verme separado de Vos.  Renuncio todo por unirme a Vos. Redentor mío,  escondido y olvidado.  Más me llena vuestra amistad y gracia,  que satisfacciones me han dado todos los gustos y vanidades de la tierra,  por los que yo miserable os he dejado.

¡Padre eterno!  por los méritos de Jesucristo estrechadme con Vos por el don de vuestro santo amor.

Virgen Santísima,  ¡feliz Vos que hecha compañera de vuestro Hijo en la vida pobre oculta,  supisteis haceros tan semejante a vuestro Jesús!  Madre mía,  haced que también yo al menos por este poco de vida que tendré me haga semejante a Vos y a mi Redentor.

 

Meditación VII

Jesús crecía en sabiduría y en edad.

(11 de enero)

 

El evangelista san Lucas hablando de la permanencia de Jesús en Nazaret dice:  Y Jesús crecía en sabiduría y en edad,  y en gracia delante de Dios y de los hombres. Lc. 2, 52

Así como Jesús iba creciendo en edad,  así crecía en sabiduría;  no porque con los años fuese adquiriendo mayor conocimiento de las cosas,  como nos sucede a nosotros,  pues que desde el primer momento de su vida Jesús estuvo lleno de toda la ciencia y sabiduría divina,  “estando escondidos en él todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia,  según San Pablo”,

Pero se dice que crecía,  porque iba con la edad siempre manifestando más su sublime sabiduría.  Del mismo modo se entiende también que Jesucristo crecía en gracia delante de Dios y de los hombres;  pues en cuanto Dios,  aunque todas sus acciones divinas no le hiciesen más santo,  ni le aumentasen mérito,  estando desde el principio en su plenitud;  no obstante las operaciones del Redentor eran por sí todas suficientes para acrecentarle la gracia y el mérito.  Crecía además en la gracia delante de los hombres,  aumentándose su hermosura y amabilidad.

¡Oh,  y como se mostraba siempre más precioso Jesús y más amable en su juventud,  haciendo conocer de cada día más las bellas cualidades por las que debía ser amado!  ¡Con qué alegría el santo jovencito obedecía a María y a José! ¡Con qué recogimiento de espíritu trabajaba!  ¡Con qué  parsimonia y modestia se alimentaba!  ¡Con qué compostura hablaba!  ¡Con qué dulzura y afabilidad conversaba con todos!  ¡Con qué devoción oraba!

En suma,  toda acción,  toda palabra,  todo movimiento de Jesucristo enamoraba y hería el corazón de cuantos le contemplaban,  y especialmente de María y de José que tuvieron la dicha de tenerle siempre al lado.

¡Oh,  u cómo estaban los santos Esposos siempre atentos a contemplar y admirar todas las operaciones,  las palabras y los gestos de aquel Hombre Dios!

Afectos y súplicas

Creced,  pues,  amado Jesús,  creced por mí.  Creced para enseñarme con vuestros divinos ejemplos todas las virtudes.  Creced para consumar el gran sacrificio sobre la cruz,  del cual depende mi salvación eterna.

¡Ah!  Haced,  o mi Señor,  que yo también crezca siempre en vuestro amor y en vuestra gracia.  ¡Miserable de mí,  que hasta aquí he crecido siempre en ingratitud hacia Vos,  que tanto me habéis amado!  En adelante haced que suceda todo lo contrario;  Vos sabéis mi debilidad y habéis de darme luz y fuerza.  Hacedme conocer las bellas prendas que tenéis para ser amado.  Sois un Dios de infinita hermosura y bondad,  que no habéis reusado bajar a esta tierra y haceros hombre por nosotros,  llevando una vida humilde y penosa,  terminándola después con una muerte cruel.

Y ¿Dónde podíamos encontrar un objeto más amable y más amante que Vos?  ¡Insensato!  En el tiempo pasado no he querido conoceros,  y por esto os he perdido.  De ello os pido perdón,  lo detesto con toda el alma,  y resuelvo ser todo vuestro.  Pero Vos ayudadme;  recordadme siempre la vida trabajosa y la muerte amarga que habéis sufrido por mi amor.

Dadme,  pues,  luz y dadme fuerza.  Cuando el demonio me presente algún fruto vedado,  hacedme fuerte para despreciarlo;  no permitáis que por cualquier vil y momentáneo interés os pierda yo,  bien infinito.

Os amo,  Jesús mío,  muerto por mí;  os amo,  bondad infinita;  os amo,  enamorado de mi alma.  María,  Vos sois mi esperanza;  por vuestra intercesión confío amar de hoy en adelante para siempre a mi Dios,  y de no amar a otro que a Dios.

 

Meditación VIII

De la pérdida de Jesús en el templo.

(12 de enero)

 

Refiere san Lucas capítulo 2,  que María y José iban todos los años a Jerusalén en el día de la Pascua,  y llevaban consigo al niño Jesús.

Era,  pues,  costumbre (según el venerable Beda)  entre los hebreos hacer este viaje al templo (a lo menos a la vuelta),  yendo los varones separados de las mujeres;  y los niños iban según les parecía en compañía o de los padres o de las madres.

El Redentor,  que tenía entonces doce años,  se quedó en aquella solemnidad por tres días en Jerusalén,  creyendo María que iba el Niño con José,  y este que iba con María,  existimantes illum ese in comitalu.  Jesús empleó todo aquel tiempo en honrar a su eterno Padre con ayunos,  vigilias y oraciones.  Si tomó algún poco de comida dice San Bernardo,  debía procurársela mendigando,  y si tomó un poco de reposo no tuvo otro lecho que la desnuda tierra.  Llegada la tarde,  y reunidos José y María en su casa,  no hallaron a Jesús,  por lo que afligidos comenzaron a buscarlo entre los parientes y los amigos.

Últimamente volviendo a Jerusalén,  al tercero día le hallan en el templo que disputaba con los doctores;  los cuales pasmados admiraban las preguntas y respuestas de aquel gran Niño.

Al verlo María le dice: Hijo, ¿por qué lo has hecho así con nosotros?  Mira como tu Padre y yo angustiados te buscábamos…

No hay en esta tierra pena semejante a la que experimenta un alma que ama a Jesús si teme que se haya alejado de él por cualquier falta suya.  Esta fue la pena que tanto afligió a María y José en aquellos días,  temiendo acaso por su humildad,  como dice el devoto Lanspergio,  que se hubiesen hecho indignos de guardar un tan gran tesoro.  De aquí fue que al verlo María,  para darle a entender su dolor,  le dice de aquella manera,  y Jesús responde: ¿No sabíais que en las cosas que son de mi Padre me conviene estar?

Aprendamos de tal misterio dos documentos.  El primero,  que debemos dejar a todos,  amigos y parientes,  cuando se trata de procurar la gloria de Dios.  El segundo,  que Dios se hace hallar de quien le busca,  conforme aquellas palabras de Jeremías: “Bueno es el Señor para el alma que le busca.” Jeremías 14,  22

Afectos y súplicas.

¡Oh María!  Vos lloráis porque habéis perdido unos pocos días a vuestro Hijo.  Él se ha alejado de vuestra vista,  pero no de vuestro corazón.  ¿No conocéis,  Señora,  que aquel puro amor con el cual le amáis le tiene ciertamente unido y estrechado con Vos?  ¿Y sabéis también que el que ama a Dios no puede dejar de ser amado del mismo,  que dice yo amo a los que me aman?  ¿Qué teméis,  pues?  ¿Por qué lloráis? Dejad que llore yo,  habiendo perdido a Dios tantas veces por mi culpa desechándolo de mi alma.  ¡Ah Jesús mío!  ¿Cómo he podido ofenderos a ojos abiertos,  sabiendo que os perdía con el pecado?  Pero Vos no queréis que desespere,  sino que alegre el corazón que os busca.

Si en el tiempo pasado os he dejado,  amor mío,  ahora os busco,  ni quiero a otro que a Vos.  Y para que posea vuestra gracia,  renuncio todos los bienes y gustos de la tierra,  renuncio también a mi vida.  Vos habéis dicho que amáis a los que os aman.  Yo os amo,  pues;  amadme Vos.  Aprecio más vuestro amor que el ser dueño de todo el mundo.  Jesús mío,  yo no quiero perderos más,  pero no puedo fiarme de mí,  en Vos confío,  Ea pues,  estrechadme con Vos y no permitáis que me haya de separar más de Vos.

¡Oh María,  Vos me habéis hecho hallar a Dios,  a quien perdí algún tiempo,  alcanzadme asimismo la santa perseverancia,  para lo cual también os digo con san Buenaventura:  En ti,  Señor,  esperé,   jamás seré confundido;  In te,  Domine,  speravi,  non confundar in oeternum.

Ejemplo del niño Jesús.

 

En las crónicas cistercienses (día 24 de noviembre) se refiere,  que viajando en la noche de Navidad cierto monje de Brabante,  al pasar por un bosque sintió un gemido como de niño recién nacido;  se acercó hacia donde oía la voz,  vio un hermoso infantito en medio de la nieve,  que temblando todo de frío lloraba.

Movido a compasión el religioso,  enternecido se desmontó prontamente de su cabalgadura,  y aproximándose al niño dice: ¡Oh hijito mío!  ¿Cómo te hayas aquí tan abandonado en medio de ésta nieve,  a llorar y morir?  Y entonces oyó que le respondía: ¡Ay de mí! ¿Y cómo puedo dejar de llorar mientras me veo abandonado de todos,  y que ninguno me recoge ni tiene compasión de mí?   Y dicho esto desapareció el  niño,  dándose a entender que él era el Redentor,  quién con tal visión quiso reprender la ingratitud de los hombres,  los cuales viéndolo nacido en una gruta por amor de ellos,  le dejan llorar sin que un aún lo compadezcan.

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