​LA FE DE LA VIRGEN: MEDITACIÓN 2 

LA FE DE LA VIRGEN: MEDITACIÓN #2 Tomado del libro “Puntos breves de meditación sobre la vida, virtudes y advocaciones litúrgicas de la Santísima Virgen María” del Rev. Padre  Ildefonso Rodríguez Villar. Originalmente publicado en 1942.

Inmaculada Concepción

Inmaculada Concepción

1.° Oscuridad. — Dios ha querido rodear a la fe de una oscuridad en medio de su certeza e infabilidad, que la haga más meritoria. — La fe es cierta, con una certeza que se funda en el mismo Dios…, que no se engaña ni puede engañarnos; pero la fe es oscura…, muy oscura a veces…, tanto que nunca podremos, en esta vida, llegar a comprender las verdades que nos enseña. — Por eso, esas verdades se llaman misterios… El misterio es una verdad tan inaccesible a la razón humana, que no puede, sin la revelación divina, conocer siquiera su existencia…, y aún después de conocer por la revelación, su existencia, no puede llegar a penetrar lo que es en sí misma…, ni explicarse cómo puede ser así.
Todavía hay más… Es de tal clase la verdad revelada, que en ocasiones no sólo hemos de creer lo que no vemos…, sino lo contrario de

lo que vemos. — Recuerda el Dogma de la Eucaristía, donde todos los sentidos te aseguran la existencia del pan, que según la fe ya no existe, sino únicamente el Cuerpo y la Sangre de Cristo. — Éste es, sin duda, el

sacrificio más meritorio que nos exige la fe. — Si no fuera así, ¿dónde estaría el mérito?… ¿Sería meritorio creer lo que dios nos enseña si fueran cosas fáciles de entender…, de ver y comprobar con los sentidos o con la razón?.. Pues bien, mira ahora a María. — Tampoco a Ella la faltaron las grandes oscuridades que hicieron tan meritoria su fe…
2.° El Nacimiento. — Aparece Jesús como un niño en todo igual a los demás. — Sabía la Virgen que era el Hijo de Dios, pero… ¿qué

pruebas tenía delante?… Más bien todo lo contrario… Un niño pobre…, desvalido…,llorando igual que todos…, que no sabía hablar…, ni andar…, ni hacer nada por sí mismo…, teniendo  necesidad del sustento…, del cuidado…, del sueño, como los demás…; perseguido y abandonado por todos…, etc. ¿Todo esto eran

señales de divinidad?… ¿Pero el Hijo de Dios iba a nacer así? — El pesebre…, el portal…, los animales que le acompañan, ¿esto es digno de un Dios?… ¿Cómo es posible esto?… ¿No estará equivocada?… ¿No se habrá forjado una ilusión que no puede ser?…
3 ° En la vida oculta. — Así continúan en esta vida las oscuridades para María. — Jesús aparece como un pobre aldeanito…, ignorante, sin dar una sola muestra de su poder y de su sabiduría. — Más tarde será el obrero de un taller de carpintero, que tiene que pasar por ser un simple aprendiz, y poco a poco llegar, en el colmo de su perfeccionamiento… a ser ¡un oficial de carpintero!… ¡Vaya una carrera!… ¡y un puesto más lúcido para el Rey del trono de David!…, ¡para el Mesías prometido!…,

¡para el Hijo de Dios!
Y cuando el Niño se perdió, ¡qué oscuridades en medio de aquellas aflicciones que entonces atormentaron el corazón de María!… Tantas

fueron estas oscuridades, que aún después de encontrar al Niño, y escuchar sus palabras, dice el Evangelio que María no las entendió.
4.° En la vida pública. — Es cierto que en ella se ven detalles y luces claras de divinidad. — Pero a la vez, ¡qué oscuridades! — ¡Qué sombras por todas partes! El pueblo le cree y le sigue…, pero los sabios…, los sacerdotes y pontífices…, los fariseos y maestros de la Ley, le persiguen a muerte…, los discípulos y apóstoles, son gente

completamente ignorantes…, unos pobres hombres… al fin, ellos mismos se avergonzarán de haber sido apóstoles suyos y le dejarán… y le abandonarán y renegarán de Él. — Sus enemigos lograrán cogerle… y castigarle duramente… con castigos infamantes

y propios de esclavos, ladrones y gente vil…; las bofetadas…, las salivas…, los azotes…, la corona de espinas…, la Cruz… y en ella la

muerte, escarnecido…, deshonrado…, vencido por completo por sus enemigos. — ¿Éste es el Hijo de Dios?… Ellos mismos lo dicen: «Si

fuera Hijo de Dios bajaría de la Cruz», y triunfaría de todo y todos.
5.° Fe inquebrantable. — A pesar de todas estas cosas capaces de hacer vacilar a cualquiera…, María no duda ni un momento…, cree en la palabra del Ángel y en ella la voz de Dios que la revela quién ha de ser su Hijo… Adora los misterios sacrosantos y profundísimos de la

vida y de la muerte de Jesús…, trata de sondear las enseñanzas altísimas de su predicación… y aunque adornada de gracias especialísimas en el orden natural y en el orden sobrenatural… y a pesar de las revelaciones y luces tan extraordinarias que Ella sola recibió, no obstante, como criatura que es al fin, no puede llegar a comprender los insondables e infinitos abismos de la divinidad… y humildemente se abraza con la fe ciega, que la hace admitir gustosa y alegremente todo lo que Ella no ve y no comprende, dentro de los planes de la providencia divina. — Admira esta humildad tan simpática y tan natural de María en sus actos de fe, dispuesta en todo momento a dejarse guiar por la voluntad de Dios, y a someter y a

rendir su juicio con prontitud a la misma… y, finalmente su confianza Dios, que la hacía abandonarse en sus brazos, aunque no viera ni  entendiera a dónde… ni por dónde la llevaba.
6.° Nuestra fe. — Mira cómo así debe ser nuestra fe…, fruto de nuestra humildad…, de nuestra obediencia… y de nuestra confianza

en Dios. — Todos los pecados contra la fe, brotan de alguna de estas tres raíces…; la falta de estas virtudes explica la historia de todas las herejías contra la fe. — Acuérdate de esto, sobre todo, en las oscuridades ordinarias que acompañan a la fe, y en las extraordinarias que a veces Dios permite en las almas. — Si practicas esas virtudes a imitación de María, no dudes que triunfarás… No olvides tampoco esto en las dudas contra la fe que has de sostener… la soberbia…, la confianza en uno mismo…, el hábito de criticarlo todo y enjuiciarlo todo conforme a un criterio personalísimo…, es lo que ha cegado a muchos y les ha hecho perder la fe. — Pide a la Santísima Virgen, en esta lucha tan fuerte en nuestros días, que su ejemplo te enseñe… y te aliente para salir tu alma airosa y triunfante

de ella.

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