LA SOLEDAD DE MARÍA

+ SÁBADO SANTO +


LA SOLEDAD DE MARÍA Meditación #69 tomado del libro “Puntos breves de meditación sobre la vida, virtudes y advocaciones litúrgicas de la Santísima Virgen María” del P.  Ildefonso Rodríguez Villar
1º Jesús muerto en brazos de su Madre. -Imagínate aquel cuadro. -Pendiente de la Cruz el cadáver de Cristo…, lleno de largos manchones de sangre cuajada cubierto de heridas…, material -mente deshecho sin belleza ni hermosura…, ni casi figura humana…; labios exangües…, ojos sin vida…; aquello no es más que eso, ¡un cadáver!… y es ¡¡el Hijo de Dios!!, ¡qué misterio!
A los pies de la Cruz, un grupo de almas buenas, llora sin cesar. -Grande, muy grande es su dolor…, pero ¿cómo comparado con el de aquella Madre que llora la pérdida de su Hijo… ¡Pobre Madre!… ¿Qué va a hacer ahora sin su hijo? -Quizá, en medio del dolor, comenzó a preocuparla la sepultura de su Hijo…, pero, ¿cómo y dónde?…, ¿si Ella no tenía sepultura, ni medios para comprarla?…; ¿si sus amigos se habían ocultado unos… y otros se habían hecho enemigos?… ¿Adónde acudir?… ¿Quién bajará a su Jesús de la Cruz?… ¡Qué consuelo en medio de su pena, cuando ve a aquellos santos varones que van a cumplir este piadoso oficio!… ¡Qué agradecimiento no guardaría Ella en su corazón!
Y, efectivamente, con gran cuidado le bajan de la Cruz y depositan el santo Cuerpo, en brazos de Ma­ría. -Póstrate en espíritu junto a esa Madre, y medita con Ella ¿porque qué meditación haría la Virgen entonces? ¿Cómo iría recordando ante la vista de aquel Cuerpo, todos y cada uno de los tormentos de la Pasión? – -Ahora recordó todo lo pasado…, las escenas de Belén…, los idilios de Nazaret…, los días felices en que Ella cuidaba de su Hijo, como ninguna madre lo ha podido hacer. Ahora entendió de una vez, lo que significaba la espada de Simeón, que toda la vida! -llevó atravesada en su Corazón. -Ahora comprendió lo que era ser Madre nuestra… ¡Madre de los pecadores!, que así habían puesto a su Hijo… Y ¿a esos precisamente iba Ell4 -a amar?… ¿A esos querer como a hijos, cuando así habían hecho sufrir a su Jesús? ¡Oh, qué dolorosa maternidad!… Y, sin embargo, besando, una a una aquellas heridas, iría repitiendo:«Soy la esclava del Señor…, hágase en mí tu divina voluntad».
Haz tú esta piadosísima meditación con Ma­ría…, vete con Ella quitando aquellas espinas una a una…, con mucho cuidado, como si aún sufriera, con ellas Jesús… Limpia aquellos ojos y aquel rostro afeado con tantas salivas… y sangre… toca aquellas manos y pies agujereados… y besa, besa aquel costado abierto… y no apartes tus ojos de aquel corazón que se ve por la herida, sin vida…. sin latir…, sin movimiento…, pero no sin amor… y en cada herida, recuerda tus pecados… y mira lo que has hecho con ellos.
2º Él santo entierro. -Los santos varones Nicodemus y Arimatea, juntamente con las piadosas mujeres y la Santísima Virgen, comenzaron a ungir y vendar aquel cuerpo sacrosanto. -Contempla este embalsamamiento y mira cuán amorosa y delicadamente, van limpiando aquellas heridas y ungiéndolas con bálsamo y perfumes… Tal vez la Santísima Virgen se reservó limpiar y ungir la sagrada cabeza… y Ella misma cubriría aquel rostro divino con el más fino lienzo… ¡Qué dolor el suyo al echar su última mirada sobre aquel rostro que Ella sabía de memoria!… ¡Cuánto se había embelesado contemplándolo!
Y así dispuesto el cadáver, es conducido a la sepultura. -Forma parte de aquella tristísima procesión, que ya casi de noche, acompaña por última vez el Cuerpo de Cristo… ¡Cómo iría la Santísima Virgen! ¡Qué penoso es el momento de arrancar el cadáver de una persona querida, de casa para llevarlo a enterrar!… ¡Qué camino tan largo y, al mismo tiempo tan corto, el que hay que recorrer en el entierro! -Por una parte, se desea llegar cuanto antes y acabar de una vez con aquel tristísimo momento… por otra, se teme llegue el instante de la separación total., del último adiós… ¡Cuál sería el sufrimiento del corazón de aquella Madre en estos momentos!
Y cuando ya, colocado en el sepulcro, fue la piedra cerrando la entrada y ocultando el santo cuerpo, ¿quién podrá explicar lo que pasaría entonces por el alma de la Virgen?… Ahora sí que se quedó definitivamente sin Hijo… ¿Quién la arrancaría de aquel lugar si Ella no podía vivir sin Él? -Tampoco tengas tú prisa en marcharte… Detente muy despacio, y allí ante el sepulcro de tu Jesús, en compañía de la Virgen tu Madre, piensa en el término de todas las cosas que es el sepulcro. -Cristo quiso pasar por esa humillación, para servirnos de ejemplo en nuestra muerte y sepultura.
Pero no, no es humillante la muerte, si es como la de Cristo…, ni lo es el sepulcro, aunque el cuerpo se deshaga entre gusanos, si es semejante al de Jesús. -¡Muerte gloriosa!…. ¡sepulcro dichoso el de las almas santas!… ¿Por qué no aspirar a eso?
Recuerda, además, que diariamente sepultas a Jesús en tu corazón… y no olvides que su sepulcro quiso que fuera nuevo…, limpio…, y donde nadie, sino Él, fuera colocado. -Compara y examina estas, circunstancias, para que veas si así es tu corazón. -Piensa si en él, encuentra Jesús aquellos aromas y perfumes de virtudes, simbolizados en los que ungieron su cuerpo y con los que ahora especialmente Él quiere regalarse en tu alma… y pide a la Santísima Virgen, sea Ella la que supla tu pobreza miserable, y te enseñe a guardar y a sepultar, mientras dure tu vida., a Jesús en tu corazón…, para que nunca su presencia falte en él…
3º La vuelta del Calvario. -Él Salvador quedó allí en el sepulcro descansando…, pero Ma­ría no podía descansar, ni sosegar… se consideraba sola…, huérfana…, desamparada y desterrada…, sin familia…, sin hogar… y así, acompañada de aquellas almas piadosas, pero sintiendo en su corazón la frialdad de la más espantosa soledad, emprendió el regreso hacia su morada.
Todos los que la acompañaban, con el corazón encogido, pensaban, sin embargo, en el corazón destrozado de aquella Madre, que se volvía sola…, ¡sin su Hijo! -Sigamos con Ella este camino de dolor.
Ha vuelto a subir al Calvario para emprender el regreso… ¿Qué sentiría a vista de la Cruz desnuda vacía…, manchada de la sangre de un Dios? Mírala arrodillarse ante ella y abrazarla… y adorarla.
Ya no es instrumento del suplicio…, ya no es algo odioso…, horrible…, maldito. -Va en ella el árbol de la vida, del que se ha desprendido, ya maduro el fruto de salvación… Es la llave del Cielo…, es la espada que vencerá a todos los enemigos de Cristo, que a sus pies irán a estrellarse…, es el arma de combate de todos los cristianos…, es la locura de todos los santos, que no podrán vivir sin ella, ni lejos de ella… sino subidos…, abrazados…, crucificados en ella es, en fin, la balanza donde se pesarán las acciones de todos los hombres y la causa y razón de su condenación o de su salvación. -¡Oh Cruz bendita!… ¡Oh Cruz divina!… ¡Qué requiebros amorosos la diría la Santísima Virgen!… ¡Cómo se desahogaría en dulcísimas lágrimas y en abrazos tiernísimos con ella! -Abrázate tú también y enamórate de aquella Cruz, regada con la sangre de Cristo y las lágrimas de la Madre. -Que sea para ti, como decía San Pablo, tu mayor gloria y bienaventuranza.
Y levantándose, continuó su camino… ¡Qué recuerdos al llegar a la ciudad maldita…, la ciudad deicida!… Sus calles manchadas aún de la sangre de su Hijo… ¡Cuántas veces se postraría a besarla!… ¡Cómo iría recordando todos los pasos de la pasión!… Aquí las caídas…, allí la calle de la Amargura, donde le encontró…; más lejos, donde salió con la Cruz a cuestas…; entre sombras, el palacio de Herodes, donde le trataron como a un loco…, y más allá el de Pilato…, la plaza donde gritaba la muchedumbre…, el balcón del Ecce Homo…, el patio de la flagelación… ¡¡Pobre Madre!! -¡Cómo iría recorriendo uno a uno estos pasos! -Acompaña muchas veces a la Virgen en esta devota meditación, y ten mucho gusto en hacer muy bien el Santo Via-Crucis con frecuencia y acompañando a la Santísima Virgen… Ella es tu modelo en esta hermosa devoción…

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