JESÚS SE TRANSFIGURÓ ANTE ELLOS

 

JESÚS SE TRANSFIGURÓ ANTE ELLOS

Tomado de “La Transfiguración Eucarística” de San Pedro Julián Eymard

Hermosa es ciertamente la fiesta de la Transfiguración de Jesús en el Tabor. Digamos algunas palabras sobre sus relaciones con la transustanciación. Todos los misterios tienen alguna relación con la Eucaristía; y es que la Eucaristía los completa a todos. Todos se refieren a la Eucaristía, y toca a la gracia descubrir lo que hay de eucarístico en los misterios, para alimentar con ello la devoción al Santísimo Sacramento.

Nuestro Señor elige a tres de sus discípulos y se traslada con ellos a una elevada montaña para manifestar su gloria, la gloria que Él oculta humillado en su carne. Iba a prepararlos contra el escándalo de su pasión, a mostrarles quién era real y verdaderamente.

Observad cómo la Eucaristía se instituye también sobre una montaña, la de Sión, de muy otra celebridad que el Tabor. Jesús tenía cierta predilección por los montes: en ellos realizó varios de los actos mas importantes de su vida. No le satisfacen los terrenos bajos…, aptos para producir miasmas y engendrar enfermedades. La tierra es para los que sobre ella se arrastran: por eso a las almas que quiere distinguir con especial amor las atrae hacia sí, elevándolas sobre las cosas de la tierra. La segunda transfiguración es más amable que la primera y de mucha mayor duración. Se verifica en la presencia de todos los apóstoles. La primera ocurrió al aire libre…, porque la gloria tiene necesidad de extenderse; la segunda, que es todo amor, tiene lugar en secreto y nuestro Señor la concentra para hacerla más poderosa. Cuando se quiere demostrar el afecto que se tiene a un amigo, se lo abraza. La caridad que nace del celo por la salvación de las almas se extiende cuanto puede para hacer el bien al mayor número posible de ellas. El amor del corazón se concentra en el corazón y allí se le tiene como aprisionado para hacerlo más fuerte. Se reúnen sus rayos como en una lente…, como hace un óptico cuando prepara su cristal para reunir en un punto todos los rayos y todo el calor de la luz. Nuestro Señor se comprime, por decirlo así, en el pequeñísimo espacio de la Hostia, y así como se produce un gran incendio aplicando el foco ardiente de una lente sobre las materias inflamables, así la Eucaristía hace levantar llamas sobre aquellos que la reciben, abrasándoles en su fuego divino.

En el Tabor, Jesús se transfigura mientras ora. Sus vestiduras se volvieron blancas como la nieve y su rostro resplandeciente como el sol; no se podía sufrir tal esplendor. Jesús ostenta su gloria para dar a entender que su cuerpo, aunque tan flaco, al parecer, es el cuerpo de un Dios; esta transfiguración, por consiguiente, se verifica de dentro hacia fuera; Jesucristo dejó escapar al exterior un rayo de aquella gloria que ocultaba por un milagro perpetuo.

Pero Jesús no vino a darnos lecciones de gloria. Por eso la visión del Tabor pasa prontamente y apenas dura un instante.

La transfiguración sacramental se hace de fuera hacia adentro, y mientras en el Tabor Jesús rasgó el velo que ocultaba su divinidad, aquí, por el contrario, comprime y aún oculta su propia humanidad; la transfigura en una apariencia de pan, hasta el punto que ni parece Dios, ni hombre, ni practica acto alguno exterior. Jesucristo se queda como sepultado y las especies sacramentales vienen a ser el sepulcro de su poder. Con la humildad vela su humanidad tan amable y tan bella; de tal manera se une a los accidentes que parece el sujeto de ellas: el pan y el vino hanse convertido en el cuerpo y la sangre del Hijo de Dios. ¿Le veis en esta transfiguración de amor y de humildad? Aunque esté oculto tras de una nube, sabemos que el sol existe, Jesús es siempre Dios y hombre perfecto, pero escondido por detrás de esa niebla del pan y del vino. Así como en el primer milagro todo fue glorioso, aquí todo es amable. No se le ve, ni se le toca; pero allí está con todos sus dones. El amor, la gracia y la fe penetran a través de los velos y reconocen sus rasgos divinos. El alma ve por la fe y creer es verdaderamente ver.

Quisieran algunos ver a Jesús en el Santísimo Sacramento con los ojos del cuerpo…; pero si los apóstoles no pudieron resistir el esplendor de un solo rayo de su gloria, ¿qué ocurriría ahora? El amor no sabe transfigurarse más que en bondad, humillándose, achicándose y anonadándose. ¿Dónde hay más amor, en el calvario o en el Tabor? Comparad y decidme luego si es el Tabor o el calvario el que ha convertido al mundo. El amor rehúsa la gloria, la oculta y desciende. Esto es lo que hizo el Verbo cuando se encarnó, cuando subió al monte calvario, y ahora lo verifica más profundamente en la Eucaristía. En vez de lamentamos debiéramos dar gracias a Dios porque no renueva ya su Tabor. Los apóstoles, temblorosos, yacía en tierra y todas las palabras que salían de la boca divina eran bastante para aniquilarlos. ¡Los apóstoles apenas si se atrevían a hablar a Nuestro Señor! ¡Aquí en cambio se le habla y no se le teme, porque podemos aplicar nuestro corazón al suyo y sentir su amor!

Además, la gloria, cuando menos, nos perturba el juicio. ¡Ved cómo divaga San Pedro! Hasta ha perdido el buen sentido. ¡Habla de reposo y de felicidad en tanto que Jesucristo se ocupa de sus sufrimientos y de su muerte! ¡San Pedro no se acordaba ya de sus obligaciones!

Si nuestro Señor nos manifestase su gloria, no querríamos separarnos de Él. ¡Estaríamos tan bien allí! Fue necesario que el Padre celestial diese una lección a San Pedro y le recordase que Jesucristo era su Hijo, a quien debían seguir por todas partes hasta la muerte. Tened presente que cuando se educa al hombre con mucho mimo y regalo, su educación no resulta ni buena ni sólida, y el niño a quien se prodigan excesivas caricias, no llega nunca a ser hombre de gran corazón. Por esto, la transfiguración eucarística no se verifica en el regocijo y la gloria, sino en la humillación y en secreto; la gloria le seguirá después.

En la transfiguración eucarística no se ve a Moisés ni a Elías, porque nada tienen que hacer allí. La Eucaristía no es para ellos; pero los doce apóstoles, que serán legisladores y los profetas del nuevo pueblo de Dios, sí que toman parte en ella. Allí está la Santísima Trinidad, aunque su operación es invisible. Legiones de ángeles adoran a ese Verbo de Dios reducido a un estado tan próximo a la nada. Allí estábamos nosotros, todos nosotros…, Jesús ha consagrado nuestras hostias en su voluntad y en su presciencia. É1 las ha contado y nosotros, por orden suya, os las damos.

Observad ahora cómo la oración de un corazón sencillo y recto siempre es escuchada, aunque no lo sea en cuanto al modo como nosotros lo habíamos imaginado. Pedro había pedido quedarse en la montaña. ¿Se lo negó Jesús? No, no hizo más que retardar la gracia que imploraba. En la Eucaristía ha instalado Jesús su tienda entre nosotros y para siempre, y de esta manera podemos habitar con Él en el Tabor eucarístico. No es ésta una tienda que se levanta y se transporta continuamente día por día. Es una casa que Él construyo y nosotros la habitamos día y noche. Nosotros hemos conseguido más de lo que pedía San Pedro.
“Señor, cuán bueno es que estemos aquí”. Bien sabéis vosotros venir aquí cuando sentís alguna pena o cuando os atormenta alguno dolor, y Jesucristo Sacramentado es siempre el buen samaritano que os consuela. Él desahoga su corazón en el vuestro, os espera y os trata, no como a gente extraña, sino como a amigos y como a Hijos de familia.

¿No os ha dicho el Padre celestial: “He aquí mi Hijo muy amado “? Efecto de un amor incomprensible, nos ha dado a su Hijo. Nos lo ha dado en Belén, en el calvario y, sobre todo, nos lo ha dado para siempre en el cenáculo. Jesús, por su parte, se entrega al mismo tiempo. El Padre lo engendra cada día y nos lo da a cada uno de nosotros. ¡Escuchémoslo!

Amemos y miremos con singular afecto esta fiesta de la transfiguración. Es una festividad del todo eucarística. Venid a esta bendita montaña donde se transfigura Jesucristo; pero no vengáis a buscar la felicidad sensible ni la gloria, sino las lecciones de santidad que da con su anonadamiento. Venid, sí, y hacer que vuestro amor y abnegación os transfigure en Jesucristo Sacramentado, esperando el día en que os transfiguréis en Jesucristo glorioso en el cielo

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