​“Pidan y Dios les dará.” (Mateo 7, 7)

“Pidan y Dios les dará.” (Mateo 7, 7)


¡Qué magnífica promesa! Jesús nos dice en forma inequívoca que Dios nos concederá cualquier cosa que le pidamos en oración, si lo hacemos con fe e insistencia. Dios es sumamente generoso y está constantemente dando sin límite; pero al mismo tiempo, quiere que aprendamos a pedir, buscar y llamar a la puerta. ¿Por qué? ¿Será porque le gusta vernos luchar para conseguir su gracia? ¡No, en absoluto! Es porque sabe que en el proceso de pedir con persistencia y confianza, aprendemos a derribar las barreras de la incredulidad, la desconfianza y el desánimo.
Cuando tú le pides algo a Dios, ¿lo haces con persistencia o pronto te das por vencido? ¿Te parece que Dios no ha contestado tus oraciones? Es normal pensar así; a todos nos parece que a veces Dios no nos responde con la rapidez o claridad que quisiéramos. Pero cuando una respuesta se demora en llegar, hemos de recordar que Dios ve hasta la eternidad; nosotros apenas vemos algo del aquí y ahora.
Todo padre o madre sabe que para la formación del carácter de sus hijos es útil que ellos aprendan a resolver sus propias dificultades reconociendo qué es lo que conviene y lo que necesitan hacer. También es cierto que nuestro Padre celestial no desea “mimarnos”, dándonos bienes demasiado pronto ni otorgándonos cosas que a la larga nos resultarán perjudiciales.
Tomemos en serio lo que Jesús nos dice. Si perseveramos, Dios contestará todas nuestras peticiones, con respuestas que a veces son sutiles o que se van revelando a través del tiempo; o bien, pueden ser inesperadas y presentarse de repente. Pero de cualquier manera que lleguen las respuestas, hemos de tener la seguridad de que podemos presentarle nuestras necesidades al Señor y él nos responderá como un Padre que nos ama; es decir, dándonos aquello que realmente nos ayude a crecer más espiritualmente.
Lo que más quiere nuestro Padre es nuestra salvación. Por eso, de lo que podemos estar seguros es que, sea lo sea que Dios decida concedernos, sus bendiciones serán muy superiores a cualquier cosa que hayamos pedido o imaginado.
“Padre eterno, que siempre colmas a tus hijos de grandes bendiciones, sabemos que estás dispuesto a darnos todo lo que realmente necesitamos en esta vida. Que toda la familia de tu Pueblo te dé gracias y te alabe ahora y por siempre. Amén.”

P Carlos G Rosales

​MEDITACIONES PARA LA CUARESMA: SÁBADO DESPUÉS DE CENIZA  

MEDITACIONES PARA LA CUARESMA: SÁBADO DESPUÉS DE CENIZA  

Tomado de “Meditaciones para todos los días del año – Para uso del clero y de los fieles” del Rev. Padre Andrés Hamon, cura de San Sulpicio


RESUMEN PARA LA VÍSPERA EN LA NOCHE

Meditaremos mañana: 1° En la santidad del tiempo de Cuaresma; 2° En los medios de santificar este tiempo.

    

—Tomaremos en seguida la resolución: 1º De guardar mejor nuestro corazón y nuestros sentidos contra el pecado y la disipación; 2° De dedicarnos en este tiempo a la reforma del defecto que sea más importante corregir en nosotros. Nuestro ramillete espiritual serán las palabras de San Pablo: “Llegado es el tiempo favorable, llegado es el día de la salvación”.

    

MEDITACIÓN DE LA MAÑANA

      

Transportémonos en espíritu al desierto, donde Jesús pasa cuarenta días y cuarenta noches. Contemplémosle abismado delante de la majestad de Dios, su Padre, postrado de rodillas, a menudo con su rostro en tierra, derramando su alma, ya en adoraciones, homenajes y acciones de gracias, ya en súplicas, para obtener de su Padre misericordia en favor de los pobres pecadores y agregando a sus súplicas, hechas con lágrimas en los ojos, una mortificación incomparable, pues en estos cuarenta días no bebe ni come, no tiene otra cama que las rocas y la tierra desnuda, ni otro abrigo que la bóveda celeste. Rindámosle en este estado nuestros homenajes de adoración, de admiración, de reconocimiento y de amor.

     

PUNTO PRIMERO – SANTIFICACIÓN DEL TIEMPO DE CUARESMA

Desde luego, Nuestro Señor nos lo enseña con su ejemplo. Aunque su vida fue siempre eminentemente santa, le da durante estos cuarenta días un carácter exterior de santidad completamente especial. 1° PASA SUS DÍAS EN RETIRO; en lo cual quiere decirnos que pasemos nosotros un santo recogimiento, condición necesaria para oír a Dios en el fondo del corazón, estudiarle y conocerle, amarle y gozarle; y al mismo tiempo, con un espíritu de reflexión, condición no menos necesaria para conocernos a nosotros mismos y reformarnos; 2º PASA ESTE TIEMPO EN ORACIÓN, para decirnos que debemos ser más fieles en nuestros ejercicios de piedad y orar más y con más fervor; 3° SE SOMETE EN ESTE TIEMPO A LA MORTIFICACIÓN MÁS RIGUROSA, para hacernos comprender que es necesario, durante la Cuaresma, morir a la sensualidad y a los goces y placeres, aceptar las privaciones impuestas por la Iglesia y hacer verdadera penitencia. De esta suerte Nuestro Señor con su ejemplo nos enseña la santidad del tiempo de Cuaresma; y esta enseñanza del Salvador está confirmada con la de la Iglesia. Pues ¿por qué esas predicaciones más frecuentes, esos ejercicios religiosos más numerosos? ¿Por qué esas privaciones obligatorias, sino para decirnos que es necesario santificar esos días por la penitencia? ¡Oh! ¡Bendita sea la Iglesia por esta enseñanza! En el transcurso de la vida olvidamos tan fácilmente la penitencia, que tenemos gran necesidad de que cada año se nos hable de ella, porque nos es indispensable, sea para expiar nuestros pecados, sea para evitar las recaídas, a las cuales nuestra debilidad nos lleva infaliblemente. A estas enseñanzas sobre la obligación de pasar santamente la santa Cuaresma, añádese una razón poderosa, sacada de los grandes misterios de la pasión y resurrección del Salvador, para los cuales la Cuaresma sirve de preparación, pues el fruto de estos misterios debe ser la muerte a nosotros mismos y una vida nueva toda en Dios y por Dios; estos misterios sólo producirán estos frutos en nosotros, si la Cuaresma es verdaderamente santa. Recibiremos la abundancia de gracias agregadas a su celebración, si llegamos bien dispuestos al fin de la santa Cuaresma; pero, por el contrario, no tendrá esto lugar, si tenemos la desgracia de pasar días tan santos en la disipación y la irreflexión, en la cobardía y la tibieza. Comprendamos bien la santidad de este tiempo y la necesidad de pasarlo mejor, si cabe, que los tiempos ordinarios del año.

       

PUNTO SEGUNDO – MEDIOS DE SANTIFICAR LA CUARESMA

1° Es necesario dedicarnos más a la perfección de nuestras acciones ordinarias durante estos santos días, hacer mejor nuestra oración y demás ejercicios espirituales, emplear mejor nuestro tiempo y vigilar más nuestras palabras; dar a cada una de nuestras acciones una perfección mayor y ofrecérselas a Dios en unión de la penitencia de Jesús en el desierto, en expiación de nuestros pecados y de los pecados de todo el mundo.

    

2º Es necesario ser puntual en el ayuno y abstinencia que prescribe la Iglesia, o si no se puede o se ha obtenido dispensa, es necesario suplirlos por la mortificación interior, haciendo ayunar la voluntad por el espíritu de abstinencia y de privación; el carácter, por una suavidad siempre igual; el paladar, por la privación de ciertas sensualidades de ninguna manera necesarias; los ojos, por la modestia de las miradas; todo el cuerpo, por la modestia de la postura y del andar; del interior, en fin, por la supresión de pensamientos inútiles, imaginaciones vanas, deseos desordenados por los cuales el corazón se deja llevar, si no se le sujeta, Estas mortificaciones no hacen mal ni a la cabeza ni al pecho, y hacen gran bien al alma.

   

3° Es necesario sobrellevar de buena gana las cruces que Dios nos envía, como las enfermedades, el soportar los caracteres, defectos y voluntades contrarias.

    

4° En fin, nos es necesario determinar un defecto especial que trataremos de reformar durante la Cuaresma. Este es, dice San Crisóstomo, el mejor de todos los ayunos, porque sus frutos son durables, no solamente por todo el año, sino hasta la eternidad. ¿Estamos bien resueltos a abrazar estos diversos géneros de mortificación? Tengamos valor para decidirnos.

​LA CENIZA

LA CENIZA Tomado del libro “La Flor de la Liturgia” del Rev. Padre Andrés Azcárate, O.S.B.  Seguido por “O Sol Salutis, Intimis”, himno de Laudes para el Tiempo de Cuaresma. 


 La ceniza es símbolo de la caducidad de la vida y de todo lo material, y, por lo mismo, de dolor, de penitencia, de arrepentimiento, de gran aflicción. En la Biblia la expresión “cubrirse de ceniza y de cilicio” es sinónimo de amarga penitencia y de muy gran duelo. Todos estos significados entraña la ceniza, que la Iglesia bendice e impone a los cristianos al comienzo de la Cuaresma. En una de las oraciones de la bendición del Miércoles de Ceniza se dice expresamente que se la recibe sobre las cabezas “en señal de la humildad cristiana y como prenda del perdón que se espera”, que es, precisamente, lo que la Iglesia quiere expresar con ese rito.
O SOL SALUTIS, INTIMIS
O sol salutis, intimis,

Jesu, refulge mentibus,

Dum, nocte pulsa, gratior

Orbi dies renascitur.
Dans tempus acceptabile,

Da lacrimarum rivulis

Lavare cordis victimam,

Quam laeta adurat caritas.
Qua fonte manavit nefas,

Fluent perennes lacrimae,

Si virga poenitentiae

Cordis rigorem conterat.
Dies venit, dies tua,

In qua reflorent omnia:

Laetemur et nos, in viam

Tua reducti dextera.
Te prona mundi machina,

Clemens, adoret, Trinitas,

Et nos novi per gratiam

Novum canamus canticum.
TRADUCCIÓN EN ESPAÑOL
Jesús, sol de salvación,

Brilla en nuestro interior

Cuando, vencida la noche,

Nace un nuevo día para el mundo.
Ya que nos das un tiempo de gracia,

Danos también ríos de lágrimas,

Para lavar la ofrenda del corazón

Que presenta con gozo la caridad.
Hoy brotarán lágrimas sin fin

De la fuente de nuestros pecados,

Pues la vara de la penitencia,

Quiebra el corazón endurecido.
Llega el día, llega tu día,

Y todas las cosas se renuevan:

Alegrémonos también nosotros,

Vueltos al buen camino por tu diestra.
El universo mismo, de rodillas,

Te adora, Trinidad clemente,

Y nosotros, renovados por la gracia,

Cantaremos un cántico nuevo.

​LA CAÍDA DEL ÁRBOL O LA MUERTE DEL HOMBRE 

​LA CAÍDA DEL ÁRBOL O LA MUERTE DEL HOMBRE 

Sermón de San Bernardode Claraval


Caíga  al sur o hacia el norte, el árbol queda donde ha caído. El calor y  suavidad del sur suele tener en la Sagrada Escritura buenos augurios; en  cambio, del norte vienen todas las desgracias. Y en otro lugar se nos  dice que uno veía hombres y le parecían árboles.

 

Cuando la muerte corta el árbol, donde  cae allí queda. Dios te juzgará donde te encuentre. Y allí quedará de  manera invariable e irrevocable. En consecuencia, mire bien el árbol  antes de caer hacia dónde se inclina, porque una vez caído no volverá a  levantarse, ni siquiera a cambiar de postura. Y para saber hacia dónde  caerá el árbol, fíjate en las ramas. No lo dudes; de la parte donde  tenga más ramas  sea más frondoso, de aquella caerá al cortarlo.  Nuestras ramas son nuestros deseos, con los cuales nos abrimos al sur si  son espirituales, o al norte si son carnales. El cuerpo, que está en el  medio, nos indica cuáles son los más desarrollados: los que le inclinan  hacia su lado.

 

Nuestro cuerpo se halla entre el  espíritu al que quiere servir  los deseos carnales que atacan al alma, o  el poder de las tinieblas; se parece a un jumento codiciado por un  ladrón y por su amo. Por más que amenace o aceche el ladrón, si no logra  llevarse el jumento, el pobre campesino vence al ladrón mejor armado.  Lo mismo ocurre en nuestro caso; que el enemigo se enfurezca cuanto  quiera y se ensañena placer los malos deseos. Si el alma sigue en  posesión de su cuerpo es indudable que sale victoriosa si, como dice el  Apóstol, ha logrado que el pecado no reine en nuestro cuerpo mortal.  lo  confirma en otro lugar: Igual que antes cedisteis vuestro cuerpo como  esclavo a la inmoralidad y al desorden, para el desorden total, cededlo  ahora a la honradez, para vuestra consagración.
RESUMEN
Nuestra vida es como un árbol que un día  se partirá y se inclinará, sin remedio, hacia un lado o a otro. La  dirección de las ramas adelanta ya hacia dónde caerá el árbol. Si  logramos que el pecado no anide en nuestro cuerpo mortal (el árbol)  podremos resistir todos los embites.

​LA BENDICIÓN DE LAS CANDELAS Y ALIMENTOS EN EL DÍA DE SAN BLAS, 3 DE FEBRERO

​LA BENDICIÓN DE LAS CANDELAS Y ALIMENTOS EN EL DÍA DE SAN BLAS, 3 DE FEBRERO. 


San Blas es uno de los catorce Santos Auxiliadores, es decir aquellos a cuya invocación se atribuye desde antiguo una especial eficacia. Debió nacer en la segunda mitad del siglo III y era natural de Sebaste, en la provincia de Capadocia (que formaba parte de Armenia), donde estudió filosofía, aunque acabó decantándose por la medicina, que ejercía con gran ciencia y piedad, compadeciéndose de los enfermos necesitados. También se apiadaba de los animales, a los que curaba y que, como por instinto, acudían a él en busca de auxilio. Era tal su fama que fue elegido obispo de su ciudad natal. Habiendo el co-emperador Licinio, augusto en Oriente, desatado una cruel persecución contra los cristianos, Blas se retiró a la vida eremítica, viviendo en una caverna. Como a san Pablo ermitaño, los pájaros le llevaban su sustento y vivía rodeado de animales, a los que atendía y bendecía. Cierto día, durante una caza, acertaron a pasar por el paraje donde vivía el obispo de Sebaste los soldados del gobernador local, extrañados de no haber podido capturar ni una sola bestia (y es que todas se hallaban bajo la protección del hombre de Dios).
Capturado por la gente del gobernador, Blas fue conducido ante la presencia de éste. Por el camino una viuda se le acercó, pidiéndole que auxiliara a su hijo que se estaba ahogando al habérsele atragantado una espina de pescado. El santo obispo salvó al niño y obtuvo que un lobo restituyera un cerdo que había robado a la viuda dejándola sin sustento. El gobernador, una vez Blas estuvo ante él, le quiso obligar a sacrificar a los dioses, lo cual rechazó éste. Sometido a tortura y echado en una miserable prisión, la viuda a la que había socorrido le llevó pan y carne del cerdo para que comiera algo y una vela para alumbrar la tenebrosa mazmorra. Como se resistiera aún a renegar del cristianismo, el obispo fue mandado ahogar en un estanque cercano, pero al ser arrojado en él no se hundió. Entonces el gobernador lo mandó decapitar. Sucedía esto el año 316.
San Blas es especialmente invocado contra los males de garganta. En el día de su fiesta, el 3 de febrero, se bendicen en su honor y con una oración especial las candelas, las cuales, cruzadas, se ponen tocando la garganta a los fieles mientras se invoca sobre ellos la intercesión del santo para que se vean librados de las enfermedades y dolores de esa parte del cuello. También son bendecidos en el mismo día pan, vino, agua y frutos, es decir todo lo que puede ser deglutido y pasa por la garganta, para que el Señor nos libre de asfixiarnos o sofocarnos comiendo. La candela y el pan recuerdan los que dio la viuda a Blas cuando se hallaba en prisión. El culto de este santo se difundió en Europa desde el norte en los siglos XI y XI y se hizo muy popular, hasta el punto que el 3 de febrero llegó a ser día festivo. El Rituale Romanum trae los dos ritos de bendición relacionados con san Blas y que vale la pena que se los recordemos a nuestros sacerdotes. 
Fuente: costumbrario.blogspot.com

​LAS VIRTUDES TEOLOGALES.

​LAS VIRTUDES TEOLOGALES. NATURALEZA DE ESAS VIRTUDES; SON CARACTERISTICAS DE LA CUALIDAD DE HIJOS DE DIOS. Tomado del libro “Jesucristo, Vida del Alma” del Beato Dom Columba Marmion, O.S.B


¿Qué son estas virtudes? Como oslo he dicho, son potencias para obrar sobrenaturalmente, fuerzas que nos hacen capaces de vivir como hijos de Dios y llegar a la eterna bienaventuranza.
El Concilio de Trento, cuando habla del aumento de la vida divina en nosotros, distingue, ante todas las cosas la fe, la esperanza y la caridad. Se llaman teologales porque tienen a Dios por objeto inmediato [Santo Tomás (I-II, q.112, a.1) indica otras dos razones de este término «virtudes teologales»; estas virtudes son otorgadas únicamente por Dios, y, de otra parte, sólo la Revelación divina nos las hace conocer]; por ellas podemos conocer a Dios, esperar en El, amarle de una manera sobrenatural, digna de nuestra vocación a la gloria futura y de nuestra condición de hijos de Dios. Estas son propiamente las virtudes del orden sobrenatural; de ahí su primacía y eminencia. Ved qué bien responden estas virtudes a nuestra divina vocación. ¿Qué se necesita, en efecto, para poseer a Dios?
Es menester, en primer lugar, conocerle; en el cielo ·de veremos cara a cara, y por eso seremos semejantes a El» (Jn 3,2), pero en la tierra no le vemos; únicamente por la fe en El y en su Hijo, creemos en su palabra y le conocemos con un conocimiento oscuro. Pero lo que nos dice de sí mismo, de su naturaleza, de su vida y de sus planes de Redención por su Hijo, eso lo conocemos con certeza, el Verbo, que está siempre en el seno del Padre, nos dice lo que ve, y nosotros le conocemos porque creemos lo que dice: «Nadie jamás ha visto a Dios; el Hijo Unigénito, que permanece en el seno del Padre, es quien nos le dará a conocer» (Jn 1,18). Este conocimiento de fe es, pues, divino, y por eso dijo Nuestro Señor que es «un conocimiento que procura la vida eterna». «En esto consiste la vida eterna, en conocerte a Ti, oh Dios verdadero, y a Jesucristo a quien nos enviaste» (ib. 17,3).
Por la luz de la fe, sabemos dónde está nuestra bienaventuranza; sabemos lo que «el ojo no ha visto, ni el oído oyó, ni el corazón sospechó, es decir, la hermosura y grandeza de la gloria que Dios reserva a los que le aman» (1Cor 2,9). Mas esta inefable bienaventuranza está por encima de la capacidad de nuestra naturaleza; ¿podremos, pues, llegar a ella? Sí, indudablemente; es más: Dios hace nacer en nuestra alma el sentimiento o la convicción interna de que estamos seguros de alcanzar este objetivo supremo, mediante su gracia, fruto de los méritos de Jesús y a pesar de los obstáculos que se opongan a ello. Podemos decir, con San Pedro: «Bendito sea Dios, el Padre de Nuestro Señor Jesucristo, que, según su gran misericordia, nos ha regenerado en el Bautismo, y nos dio esta viva esperanza de una herencia incorruptible que nos es reservada en los cielos» (1Pe 1,3; +2Cor 1,3).
Finalmente, la caridad, el amor, acaba esta obra de acercamiento a Dios mientras permanecemos en el mundo, en espera de poseerle en el otro; la caridad completa y perfecciona la fe y la esperanza, hace que experimentemos en Dios una real complacencia, que le antepongamos a todas las cosas, y deseemos manifestarle esa complacencia y preferencia por el cumplimiento de su voluntad. «La compañera de la fe, dice San Agustín, es la esperanza, es necesaria, porque no vemos lo que creemos y con ella no se nos hace insoportable la espera; luego viene la caridad, que aviva en nuestro corazón la sed y hambre de Dios e imprime en nuestra alma un deseo o impulso hacia El» (Sermo LIII). El Espíritu Santo ha infundido en nuestros corazones la caridad que nos mueve a clamar a Dios: ¡Padre, Padre! Es una facultad sobrenatural que hace que nos adhiramos a Dios, como a la bondad infinita que amamos más que a toda otra cosa. «¿Quién nos separará de la caridad de Cristo?» (Rom 8,35).
Tales son las virtudes teologales: admirables principios, potencias maravillosas para vivir de la vida divina, mientras moramos en la tierra. Lo mejor que podemos hacer para que sea una realidad nuestra cualidad de hijos de Dios y para caminar hacia la posesión de esta presencia eterna de la cual estamos llamados a participar con Cristo, nuestro hermano primogénito, es conocer a Dios tal como se ha revelado por Nuestro Señor Jesucristo, esperar en El y en la bienaventuranza que nos promete, por los méritos de su Hijo Jesús, y amarle sobre todas las cosas.

Dios nos ha dotado liberalmente con estas potencias pero no olvidemos que si bien nos son dadas sin nuestro concurso, no perseveran, no las conservamos ni las desarrollamos si no enderezamos a ello nuestros esfuerzos.
Es propio de la naturaleza y perfección de una potencia realizar el acto que le es correlativo (Santo Tomás, II-III, q.56, a.2; +I-II, q.55, a.2); una potencia que permaneciera inerte, por ejemplo, una inteligencia que jamás produjera un pensamiento, nunca alcanzaría el fin y, por consiguiente, la perfección que le es debida. Las facultades nos son dadas precisamente para que las ejercitemos.
Las virtudes teologales, aunque infusas, están sujetas a esa ley de perfeccionamiento, y si quedan inactivas padecerá un grave detrimento nuestra vida sobrenatural. De todos modos no son hijas del ejercicio, pues en este caso no serían infusas; y por esta misma razón sólo Dios puede acrecentarlas en nosotros. Por eso el Santo Concilio de Trento nos dice que solicitemos de Dios el aumento de estas virtudes (Sess. X, cap.18). Y en el Evangelio veis que los Apóstoles piden a Nuestro Señor les aumente la fe (Lc 17,5); San Pablo escribe a los fieles de Roma que está pidiendo a Dios haga abundar en ellos la esperanza (Rom 15,13); suplica igualmente al Señor que avive la caridad en el corazón de sus caros Filipenses (Fil 1,9).
A la oración, a la recepción de los sacramentos, conviene añadir la práctica de las mismas virtudes.- Si Dios es la causa eficiente del aumento de estas virtudes en nosotros, nuestros actos, hechos en estado de gracia, son la causa meritoria. Por los actos merecemos que Dios aumente en nuestras almas estas virtudes tan vitales; además, el ejercicio facilita en nosotros la repetición de estos actos. Este es un punto muy importante, puesto que esas virtudes son características y específicas de nuestra condición de hijos de Dios.
Pidamos, pues, con frecuencia a nuestro Padre celestial que las aumente en nosotros; digámosle, especialmente cuando nos acercamos a los sacramentos, en la oración, en la tentación: «Señor, creo en Ti, mas aumenta mi fe; eres mi única esperanza, mas afirma mi confianza, te amo sobre todas las cosas, pero acrecienta este amor, a fin de que nada busque fuera de tu santa voluntad…»

​LA COMUNIÓN

​LA COMUNIÓN Tomado de los escritos del Beato Santiago Alberione 


«Mens impletur gratia». La comunión sea completa, unión de cuerpo y de corazón, unión de voluntad y de mente: pensar como Jesús, razonar inspirados por la fe, juzgar según la mente divina, sea en lo natural, sea en lo sobrenatural. «La acción del don celeste, Señor, tome posesión de nuestras mentes y de nuestros cuerpos».
La fe es unificante y transformante. Nos une a Dios, verdad infinita, haciéndonos entrar en comunión con el pensamiento divino, en vistas de conocer a Dios como él se ha revelado en la creación y en la encarnación del Hijo. «Por la fe, la luz de Dios se hace luz nuestra; la sabiduría de Dios, sabiduría nuestra; la ciencia de Dios ciencia nuestra; la mente de Dios mente nuestra; la vida de Dios vida nuestra» (Gay).114

Hay una virginidad de mente y de fe, que se guarda como la pureza de los sentidos.

No basta una comunión sólo de cuerpo o sólo de corazón o sólo de voluntad, sino en primer lugar de mente; hemos de unirnos con nuestra más noble facultad a la mente de Jesús, para tener con él una sola mentalidad. «Es el ser superior el que asimila al inferior». «Señor, llénanos de tu luz», pide la Liturgia.
La primera parte de la redención obrada por Jesucristo concierne a la mente: predicó su Evangelio. Esta redención se aplica a cada uno que, detestando toda falsedad, se hace semejante a Jesucristo en la mentalidad. Ello es fruto de nuestra comunicación con él. En la comunión Jesús sana también las enfermedades de la mente: «Surga resanada la mente», para vencer la ignorancia, la irreflexión, la negligencia, la torpeza, la superstición, el prejuicio, etc. Jesús pensará dentro de nosotros: «Cristo vive en mí» [Gál 2,20]. Y bien, la vida intelectual es la primera y más necesaria.
Los actos de preparación y agradecimiento son:
Adorar a Jesús, Verdad, Camino y Vida, presente en el altar; por tanto el acto de fe y la aceptación del Evangelio y de la doctrina de la Iglesia, con la condena de toda doctrina contraria;

detestar cualquier pensamiento y acto contra la fe, las virtudes cristianas y religiosas, haciendo también propósitos de imitar a Jesucristo;

confianza y esperanza en obtener un amor más vivo a Jesucristo, al Evangelio, a la Iglesia; esperanza de obtener el verdadero celo por la gloria de Dios y por las almas.
Si sólo se excitase en nosotros el amor, o la imitación de Jesucristo, nuestra comunión no sería integral, y se obtendrían menores frutos.

Hay que inculcar la comunión integral, para que, como ruega la Iglesia, «aproveche para defensa de alma y cuerpo».

Por qué los católicos no pueden quedar silenciosos ante el «Silencio» de Scorsese

Por qué los católicos no pueden quedar silenciosos ante el «Silencio» de Scorsese

La película de Scorcese es una trágica negación de la gracia de Dios en un mundo que la necesita. En estos días en que los católicos están siendo martirizados, los católicos necesitan saber que Dios nunca calla. Nunca serán puestos en una situación donde Dios se traicione.

John Horvart II – 20/01/17 12:36 PM

«Pero al que me negare delante de los hombres, también lo negaré delante de mi Padre que está en los cielos» (Mateo 10:33)

En la historia de la Iglesia, muchos mártires murieron por la Fe. A partir de San Esteban el Protomártir, poco después de la Resurrección, fueron los primeros en ser recordados, venerados por su testimonio público y elevados a los altares con el título de santo. También están los que negaron la fe bajo presión. Han sido olvidados y enterrados en los oscuros recovecos de la historia.

El mundo moderno tiene un problema con los mártires. La gente no puede entender la gloria de su testimonio de Cristo. El hombre moderno preferiría encontrar alguna justificación detrás de la decisión angustiada de aquellos que niegan la fe.

Tal es el caso de la última película de Martin Scorsese «Silencio». Es una historia sobre esta segunda categoría de no mártires – de quienes Nuestro Señor dijo: «Pero el que me negare delante de los hombres, también lo negaré ante mi Padre Que está en los cielos »(Mateo 10:33)

Curiosamente, las primeras revisiones de «Silencio» han sido negativas -incluso por medios liberales hostiles a la Iglesia. El consenso es que el intento de Scorsese de proponer para la admiración general a uno que negó externamente la fe ha fracasado.

Tal vez sea porque la naturaleza humana encuentra tales negaciones desagradables. Incluso los talentos del director, los efectos especiales de Hollywood y la publicidad en los medios de comunicación no pueden superarlo. El tortuoso intento de Scorsese de justificar a su atormentado protagonista resulta tedioso y poco convincente.

Autoridad Docente de Hollywood

El «silencio» se basa en una novela 1966 del mismo nombre por el autor japonés Shusaku Endo. La trama gira en torno al personaje de ficción de un sacerdote jesuita portugués en Japón del siglo XVII en el momento de una violenta persecución anticatólica. La película representa una «lucha de fe» en la que el sacerdote debe elegir entre la vida de su rebaño y su fe. Frente a sus pruebas, encuentra que Dios calla ante sus súplicas, de ahí el título de la película. Finalmente, el mismo Cristo rompe el silencio al decir interiormente al sacerdote que puede negar la fe al exterior pisoteando su imagen para salvar a su rebaño.

Una historia tan superficial, tan contraria a todas las enseñanzas de la Iglesia, normalmente no representaría una amenaza para los católicos que son firmes en su fe. Sin embargo, Hollywood ha asumido trágicamente el papel de una autoridad magisterial para incontables católicos americanos. Así, la principal lección enseñada por la película -que negar la fe a veces puede ser algo justificado e incluso deseado por Dios- representa un peligro para los muchos no catequizados que podrían confundir el guion de Hollywood con las Escrituras. Cualquier silencio sobre «Silencio» puede ser mal interpretado como consentimiento.

No es el caso de analizar la película o explorar su complicada trama y sub tramas. Tales películas no son nada nuevo; son simplemente medios para reforzar ciertas premisas falsas que socavan la Fe. Es mucho mejor dirigirse a las premisas falsas mismas y, sobre todo, a las malas interpretaciones del martirio en la modernidad.

El martirio es derrota

La primera falsa premisa es la suposición moderna de que la vida es el valor supremo. Esta es una premisa terrible ya que si no hay valores dignos de morir por ellos entonces no hay una razón real por la que valga la pena vivir. En un mundo materialista que adora la vida y su disfrute, el martirio representa el fracaso. Los que renuncian a la fe y al martirio son ganadores. Los que no lo hacen son perdedores.

El mensaje de relatos ficticios como «Silencio» es que la vida debe ser adorada en tal grado que hasta Dios debe ser hecho cómplice de inspirar la apostasía que salva la vida de los fieles. Sin embargo, tales relatos son realmente ficción; Ignoran la realidad histórica de lo que sucedió.

El registro histórico

El registro histórico de los mártires japoneses es uno de los más gloriosos en la historia de la Iglesia. Es una reprensión ardiente de la idolatría de la modernidad por la vida. Decenas de miles sufrieron o murieron a manos de crueles verdugos. Si las historias son necesarias para inspirar a los autores, que los escritores hablen del valor, el heroísmo y la constancia de estos mártires japoneses, jóvenes y viejos, hombres y mujeres, religiosos y laicos, que alegremente dieron sus vidas por Cristo y ganaron para sí la corona de la eterna gloria. Si es necesario encontrar villanos para las historias, encuéntreselos en los crueles gobernadores y jueces que condenaron a los cristianos a la muerte.

En 1776, San Alfonso de Ligorio escribió el libro Victorias de los Mártires, que tiene una larga sección que cuenta historias increíbles de los mártires japoneses. Habla de una cristiana japonesa llamada Ursula, por ejemplo, que al ver a su esposo y a dos niños martirizados, gritó: «¡Seas alabado, Dios mío! Por haberme rendido digna de estar presente en este sacrificio, ahora concédeme la gracia de tener una parte de su corona.» Ella y su hija menor fueron decapitadas.

De hecho, cualquier sacerdote que salvara la vida de su rebaño renunciando a su fe sería injuriado por los fieles japoneses tanto por su negación como por privar al rebaño de la corona del martirio.

Si hay silencio en el «Silencio» de Scorcese, es ese silencio que ignora el coraje intrépido y la alegría sobrenatural de los mártires y misioneros japoneses cuyo testimonio era tan superior que sus enemigos fueron derrotados por sus argumentos y recurrieron a matarlos. Su martirio fue su victoria, no su derrota.

Los actos no tienen significado

Una segunda premisa es que los actos externos no tienen sentido. Los actos significan lo que la persona determina que sea. Tal premisa es típica del pensamiento postmoderno que «deconstruye» los actos de su significado y contexto naturales.

Así, cualquier beneficio o inspiración puede justificar un acto que signifique la negación de la Fe, ya que los actos no tienen un significado fijo. De hecho, el tema de la película envuelve la negación exterior con las buenas intenciones de la preocupación del protagonista por la seguridad de su rebaño.

Una vez más, esto muestra un profundo malentendido de la idea del martirio. La palabra mártir en sí significa testigo – una manifestación externa de Fe a los demás. La interpretación posmoderna de los dilemas del mártir cuestiona la idea de que puede haber testigos que están tan firmemente convencidos de las verdades de la religión católica que con gusto sufren la muerte en lugar de negarla. La «meta-narrativa» de los grandes hechos de los mártires ya no es valorada. Incluso la idea de la verdad es relativa. Todo debe ser reducido al nivel de la experiencia personal.

Una vez más, tal interpretación es contraria a la realidad histórica centrada en la noción de verdad objetiva. Los que persiguen a la Iglesia odian esta verdad y la ley moral enseñada por Cristo y Su Iglesia. Odian especialmente el testimonio público dado por los cristianos porque este testigo los denuncia por sus pecados y maldad. Todo lo que pedían a sus víctimas era un signo exterior de negación. Por esta razón, los perseguidores a menudo preferían obligar a los cristianos a negar la Fe más que quitarles la vida.

Históricamente, es por eso que aquellos que persiguen a la Iglesia están siempre dispuestos a ofrecer honores, oficios y beneficios a quienes renuncian a la fe. Siempre darán a los cristianos una excusa para dejar de ser testigos. Esto incluye aquellas «buenas intenciones» para disminuir los sufrimientos de la familia, los parientes y los compañeros cristianos. Sin embargo, esto es sólo un pretexto. De hecho, lo que quieren destruir es el testigo que los persigue y los llama a la virtud. Quieren que los cristianos renegados hagan pública su negación para desalentar el testimonio de los demás.

Afortunadamente, sus esfuerzos son a menudo frustrados por la constancia de los cristianos fieles que mueve a otros a la conversión. No entienden el encomio de Tertuliano de que «la sangre de los mártires es la semilla de la Iglesia» (Apologeticus, capítulo 50).

El Dios del Silencio

La premisa falsa final viene de una comprensión naturalista del mundo en la cual la gente no entiende cómo Dios trabaja en las almas. El mundo secular asume que la posición natural de Dios es la del silencio. Cuando los escritores seculares se ven obligados a imaginar la acción de Dios sobre sus personajes, lo retratan como un asunto puramente personal basado en sentimientos y emociones inconsistentes y fuera de la lógica de la ley divina.

Este es quizás el mayor malentendido de la Fe. Los autores modernos crean su propio dios del silencio y sus creyentes fuera de la vida de la gracia.

Tal combinación conduce a caracterizaciones absurdas como la de «Silencio». El martirio no puede basarse en la emoción o el sentimiento, ya que implica renunciar al mayor don natural del hombre: la vida. Esto es algo tan difícil que lograrlo está más allá de la fuerza humana. El martirio debe implicar la gracia, que ilumina el intelecto y fortalece la voluntad para permitir que los cristianos hagan lo que está más allá de la naturaleza humana. La gracia de Dios nunca permitiría que una persona negara a Cristo delante de los hombres.

Martirio – El fruto de la gracia

Por eso San Alfonso afirma que es una cuestión de fe que «los mártires deben su corona al poder de la gracia que recibieron de Jesucristo; porque es él quien les da la fuerza para despreciar todas las promesas y todas las amenazas de los tiranos y soportar todos los tormentos hasta que hayan hecho un sacrificio completo de sus vidas».

San Agustín afirma además que los méritos de los mártires consisten en ser efectos de la gracia de Dios y de su cooperación con la gracia.

En otras palabras, Dios no puede estar en silencio ante el martirio como afirma la película «Silencio» de Scorcese. Su justicia no permitirá que una persona sea tentada más allá de la capacidad de resistir. Está íntimamente involucrado en aquellos que enfrentan el martirio. Él les da la gracia, una participación creada en la vida divina misma. Afrontar el martirio sin gracia es imposible. Mientras Dios puede permitir las pruebas, Él nunca es silencioso.

Los católicos no pueden permanecer silenciosos

Y es por eso que los católicos fieles no pueden permanecer en silencio ante el «Silencio» de Scorcese. La película de Scorcese es una trágica negación de la gracia de Dios en un mundo que la necesita. En estos días en que los católicos están siendo martirizados, los católicos necesitan saber que Dios nunca calla. Nunca serán puestos en una situación donde Dios se traicione. Siempre estará allí cuando sea necesario.

La cosmovisión secular es tan estrecha de mente y asfixiante, pero por desgracia tan frecuente. La obsesión actual con el propio yo impregna la cultura hasta la exclusión de Dios. No es de extrañar que tantos piensen que hay «silencio» en el otro lado del martirio. Es en gran parte porque encuentran vacío en sus propias vidas. No pueden imaginar la acción de Dios y Su gracia.

En medio de la frenética intemperancia de los tiempos, las agitadas multitudes irónicamente no buscan a Dios donde siempre se encuentra-en el silencio de sus propias almas.

 

John Horvart II

Traducido por Néstor Martínez

Publicado originalmente en Return to order

¿CÓMO GANAR EL CIELO EN NUEVE MESES?.

​¿CÓMO GANAR EL CIELO EN NUEVE MESES?

(Mañana Dios mediante es primer viernes de mes aprovecha esta oportunidad)


Devoción de los nueve viernes dedicados al Sagrado Corazón.

 

*”Yo te prometo, en la excesiva misericordia de mi Corazón, que mi amor omnipotente concederá a todos aquellos que comulguen nueve Primeros Viernes de mes seguidos, la gracia de la penitencia final: No morirán en desgracia mía, ni sin recibir sus Sacramentos, y mi Corazón divino será su refugio en aquél último momento.”*
Eso le dijo el Sagrado Corazón de Jesús a Santa Margarita María de Alacoque (cuyo cuerpo permanece incorrupto a pesar de los 330 años transcurridos), el 16 de junio de 1675. Ver Catecismo: punto 478 y 2669
Aprovechemos las innumerables gracias que Jesús concede a quienes desagravian su Sagrado Corazón los primeros Viernes de mes.
*Las Doce Promesas del Sagrado Corazón*
1. Les daré todas las gracias necesarias para su estado de vida.

2. Les daré paz a sus familias.

3. Las consolaré en todas sus penas.

4. Seré su refugio durante la vida y sobre todo a la hora de la muerte.

5. Derramaré abundantes bendiciones en todas sus empresas.

6. Los pecadores encontrarán en mi Corazón un océano de misericordia.

7. Las almas tibias se volverán fervorosas.

8. Las almas fervorosas harán rápidos progresos en la perfección.

9. Bendeciré las casas donde mi imagen sea expuesta y venerada.

10. Otorgaré a aquellos que se ocupan de la salvación de las almas el don de mover los corazones más endurecidos.

11. Grabaré para siempre en mi Corazón los nombres de aquellos que propaguen esta devoción.

12. Yo te prometo, en la excesiva misericordia de mi Corazón, que su amor omnipotente concederá a todos aquellos que comulguen nueve Primeros Viernes de mes seguidos, la gracia de la penitencia final: No morirán en desgracia mía, ni sin recibir sus Sacramentos, y mi Corazón divino será su refugio en aquél último momento.
Condiciones para ganar esta gracia:
1. Recibir la Sagrada Comunión durante nueve primeros viernes de mes de forma consecutiva y sin ninguna interrupción (obviamente, sin estar en pecado mortal, por ejemplo, por faltar a la Misa dominical). Se sugiere confesión con intención de reparar las ofensas al Sagrado Corazón.
2. Tener la intención de honrar al Sagrado Corazón de Jesús y de alcanzar la perseverancia final.
3. Ofrecer cada Sagrada Comunión como un acto de expiación por las ofensas cometidas contra el Santísimo Sacramento.
ORACIÓN PARA DESPUÉS DE CADA UNA DE LAS COMUNIONES DE LOS NUEVE PRIMEROS VIERNES
Jesús mío dulcísimo, 

que en vuestra infinita y dulcísima misericordia

prometisteis la gracia de la perseverancia final a los que comulgaren en honra de vuestro Sagrado Corazón nueve primeros viernes de mes seguidos,

acordaos de esta promesa 

y a mi, indigno siervo vuestro que acabo de recibiros sacramentado con este fin e

intención, 

concededme que muera detestando todos mis pecados,

creyendo en vos con fe viva, esperando en vuestra inefable misericordia y amando la bondad de vuestro amantísimo y amabilísimo

Corazón. 

Amén.
ORACIÓN FINAL PARA TODOS LOS VIERNES
Jesús mío, os doy mi corazón, os consagro toda mi vida, en vuestras manos pongo la eterna suerte de mi alma y os pido la gracia especial de hacer mis nueve primeros Viernes con todas las disposiciones necesarias para ser partícipe de la más grande de vuestras promesas, a fin de tener la dicha de volar un día a veros y gozaros en el cielo. Amén.
ORACIONES PARA LOS NUEVE VIERNES
PRIMER VIERNES
Yo te prometo, en el exceso de la misericordia de mi corazón, que mi amor omnipotente concederá a todos los que comulguen los primeros viernes de mes, durante nueve meses consecutivos, la gracia de la penitencia final, y que no morirán en mi desgracia, ni sin recibir los Santos Sacramentos, asegurándoles mi asistencia en la hora postrera.
¡Oh buen Jesús, que prometisteis asistir en vida, y especialmente en la hora de la muerte, a quien invoque con confianza vuestro Divino Corazón! Os ofrezco la comunión del presente día, a fin de obtener por intercesión de María Santísima, vuestra Madre, la gracia de poder hacer este año los nueve primeros viernes que deben ayudarme a merecer el cielo y alcanzar una santa muerte. 

Amén.
Oración Final: Jesús mío, os doy mi corazón…

Oración para después de la Comunión: Jesús mío dulcísimo,…
SEGUNDO VIERNES
Les daré todas las gracias necesarias a su estado.
Jesús misericordioso, que prometisteis, a cuantos invoquen confiados vuestro Sagrado Corazón, darles las gracias necesarias a su estado: os ofrezco mi comunión del presente día para alcanzar, por los méritos e intercesión de vuestro Corazón Sacratísimo, la gracia de una tierna, profunda e inquebrantable devoción a la Virgen María.
Siendo constante en invocar la valiosa providencia de María, Ella me alcanzará el amor a Dios, el cumplimiento fiel de mis deberes y la perseverancia final. 

Amén.
Oración Final: Jesús mío, os doy mi corazón…

Oración para después de la Comunión: Jesús mío dulcísimo,…
TERCER VIERNES
Pondré paz en las familias. Bendeciré los lugares donde se venera la imagen de mi Corazón.
Jesús amantísimo, que prometisteis bendecir las casas donde se venera la imagen de vuestro Sagrado Corazón, yo quiero que ella presida mi hogar; os ofrezco la comunión del presente día para alcanzar por vuestros méritos y por la intercesión de Vuestra Santa Madre que todos y cada uno de los miembros de mi familia conozcan sus deberes; los cumplan fielmente y logren entrar en el cielo, llenas las manos de buenas obras.
¡Oh Jesús, que os complacéis en alejar de nuestro hogar las disensiones, las enfermedades y la miseria! Haced que, vuestra vida sea una no interrumpida acción de gracias por tantos beneficios. Amén.
Oración Final: Jesús mío, os doy mi corazón…

Oración para después de la Comunión: Jesús mío dulcísimo,…
CUARTO VIERNES
Seré su consuelo en todas las tribulaciones.
Jesús mío, que prometisteis consuelo a cuantos a Vos acuden en sus tribulaciones: os ofrezco mi Comunión del presente día para alcanzar de vuestro Sagrado Corazón y del Corazón Inmaculado de vuestra Madre Santísima la gracia de venir al Sagrario a pedir fuerza y consuelo cuantas veces me visiten las penas. ¡Oh Jesús, oh María, consolad y salvad a los que sufren! ¡Haced que ninguno de sus dolores se pierda para el cielo! 

Amén.
Oración Final: Jesús mío, os doy mi corazón…

Oración para después de la Comunión: Jesús mío dulcísimo,…
QUINTO VIERNES
Derramaré copiosas bendiciones en todas sus empresas.
Jesús mío, que prometisteis bendecir los trabajos de cuantos invoquen confiados Vuestro Divino Corazón: os ofrezco la comunión del presente día para alcanzar por vuestra Santísima Madre la gracia de que bendigáis mis estudios, mis exámenes, mi oficio, y todos los trabajos de mi vida.
Renuevo el inquebrantable propósito de ofreceros cada mañana al levantarme, y por mediación de la Santísima Virgen, las obras y trabajos del día…, y de trabajar con empeño y constancia para complaceros y alcanzar en recompensa el cielo. 

Amén.
Oración Final: Jesús mío, os doy mi corazón…

Oración para después de la Comunión: Jesús mío dulcísimo,…
SEXTO VIERNES
Los pecadores hallarán en mi Corazón un océano de misericordia.
Sagrado Corazón de Jesús, siempre abierto a los pecadores arrepentidos: os ofrezco la comunión del presente día para alcanzar por vuestros méritos infinitos y por los de vuestra Santísima Madre la conversión de cuantos obran mal. Os suplico, ¡buen Jesús!, inundéis su corazón de un gran dolor de haberos ofendido. Haced que os conozcan y os amen. Dispensadme la gracia de amaros más y más y en todos los instantes de mi vida, para consolaros y reparar la ingratitud de quienes os olvidan. 

Amén.
Oración Final: Jesús mío, os doy mi corazón…

Oración para después de la Comunión: Jesús mío dulcísimo,…
SÉPTIMO VIERNES
Las almas tibias hallarán fervor. Las almas fervorosas llegarán presto a la perfección.
Sin vuestro auxilio, Jesús mío, no podemos avanzar en el camino del bien. Señor, por mediación de la Virgen María, os ofrezco la comunión de este día para que avivéis en mi alma el amor a vuestro Corazón Sagrado y concedáis este amor a cuantos no lo sienten. Ayudado de vuestra divina gracia lucharé, Señor, para que cada semana, cada mes, avance un poco en la virtud que más necesito.

Amén.
Oración Final: Jesús mío, os doy mi corazón…

Oración para después de la Comunión: Jesús mío dulcísimo,…
OCTAVO VIERNES
Daré a cuantos trabajan por la salvación de las almas el don de ablandar los corazones más endurecidos.
Sagrado Corazón de Jesús, que prometisteis inspirar a los que trabajan por la salvación de las almas aquellas palabras que consuelan, conmueven y conservan los corazones; os ofrezco mi comunión de hoy para alcanzar, mediante la intercesión de María Santísima, la gracia de saber consolar a los que sufren y la gracia de volver a Vos, Señor, a los que os han abandonado.
¡Dulce Salvador mío, concededme y ayudadme a salvar almas! ¡Son tantos y tantos los desgraciados que empujan a los demás por el camino del vicio y del infierno! Haced, Señor, que emplee toda mi vida en hacer mejores a los que me rodean y en llevarlos conmigo al cielo. 

Amén.
Oración Final: Jesús mío, os doy mi corazón…

Oración para después de la Comunión: Jesús mío dulcísimo,…
NOVENO VIERNES
Guardaré recuerdo eterno de cuanto un alma haya hecho a mayor gloria de mi Corazón. Los que propaguen esta devoción tendrán su nombre escrito en mi Corazón, de donde no será borrado.
Os ofrezco, Jesús mío, la Comunión del presente día para alcanzar la gracia de saber infundir en el alma de cuantos me rodean ilimitada confianza en vuestro Corazón Divino. Dadme cuanto necesito para llevar a Vos a los que luchan, a los que lloran, a los caídos, a los moribundos. Y dignaos, ¡oh Jesús!, escribir hoy mi nombre en vuestro Corazón y decir a los ángeles que rodean vuestro Tabernáculo: Este nombre es el de un devoto que, amándome mucho, quiere consolarme del olvido e ingratitud de tantos hombres.

Amén.
Oración Final: Jesús mío, os doy mi corazón…

Oración para después de la Comunión: Jesús mío dulcísimo,…