Mujer ¿Por qué lloras? Gozo y tristezas del creyente en la civilización de la acedia 4

Mujer ¿Por qué lloras? Gozo y tristezas del creyente en la civilización de la acedia
Autor: Horacio Bojorge

Capítulo 3: Acedia y martirio

En la obra anterior traté de la acedia de los perseguidores, de los perseguidos y de Satanás como instigador de la persecución. Allí queda dicho que el Príncipe de este mundo es el tercer personaje que interviene en el martirio. En realidad es él el principal antagonista de los mártires. Es él el que inspira y azuza a los perseguidores. Él, el que pretende ‘corromper el pensamiento y el sentir’ del cristiano; y el que, cuando no ha logrado hacer apostatar al cristiano, previendo el triunfo del mártir, trata de impedir o de postergar la hora del martirio. Deseo completar la presentación de ese aspecto martirial con la doctrina de los Santos Padres acerca de la acedia demoníaca y en particular en la obra poético-teológica de Aurelio Prudencio. Quiero también agregar un par de pinceladas a los otros dos temas: acedia de los perseguidores y de los perseguidos, que completan el cuadro de la obra anterior.

1. El pecado demoníaco

Dijimos que los Santos Padres al referirse al archipecado del Ángel malo, se dividen al explicarlo, los unos como soberbia y los otros como envidia o acedia. La acedia – que es envidia o sea tristeza por el Bien que es Dios, y que implica la soberbia de afirmar el querer propio contra la Voluntad divina – es el mejor de los nombres para el pecado del Ángel malo, del cual deriva luego el de nuestros protoparientes. Así lo define el libro de la Sabiduría: “Por acedia del diablo entró la muerte en el mundo y la experimentan (tanto la acedia como la muerte) los que le pertenecen.” (Sabiduría 2,24; ver también 6,23 y 7,13)

Así lo afirma también muy tempranamente Clemente Papa y tras él Justino y Teófilo de Antioquía. San Ireneo ha sido llamado ‘el arquitecto de la doctrina sobre la envidia primigenia del diablo.’ A partir del siglo III la patrística se bifurca. Los Padres occidentales, Tertuliano y Cipriano mantienen fundamentalmente la doctrina plasmada en Ireneo. La escuela de Alejandría se aparte de la doctrina ireneana. A partir de entonces la teoría de la envidia primigenia del diablo pierde terreno progresivamente hasta desaparecer. La inflexión comienza en Orígenes y prosigue con Clemente Alejandrino. Según Orígenes, el pecado del diablo fue la soberbia. Basilio, Gregorio Nazianceno, Jerónimo, Agustín, harán triunfar definitivamente la teoría origenista del pecado diabólico como soberbia y sepultarán la doctrina tradicional culminada en Ireneo.

Conviene señalar que, con este cambio de interpretación, la acedia dejaba de verse en primer lugar como un misterio del espíritu, una ceguera del alma, una tristeza, y tendía a moralizarse: una desobediencia soberbia, una pereza culpable. Se introducía un deslizamiento desde el misterio de la fe a la esfera moral. Comenzaba así un corrimiento en la noción de acedia que aún hoy nos afecta.

San Juan Crisóstomo decía: “Como se pasa del amor al odio, así puede pasarse del odio al amor.” Eso sucede cuando se experimenta la voluntad divina como opuesta y dañosa para la propia. Por diversos caminos se vuelve siempre a la lucha entre los apetitos de la carne y los del espíritu, de que nos ocupamos en el libro anterior. Pero el misterio de la acedia no puede explicarse en términos puramente morales. Es un misterio de orden espiritual.

2. La acedia del Demonio, según Aurelio Prudencio

El poeta cristiano Aurelio Prudencio se hace eco en sus obras de la doctrina común en la Iglesia de los primeros siglos acerca de la envidia del demonio y de su rol en las persecuciones. Para Prudencio, la historia de la salvación, no sólo en las situaciones de martirio sino también en las luchas de la vida ordinaria del cristiano, es una serie de confrontaciones entre la envidia destructiva del demonio y la gracia salvadora de Dios.

En su obra Peristéfanon el combate de los mártires reactualiza la victoria que alcanzó Cristo, mediante su pasión y resurrección, sobre la envidia del demonio.

Los diversos martirios que Prudencio celebra en los himnos del Peristéfanon, son modelos que el poeta destaca para inspirar y animar a los cristianos del común, que están empeñados en el combate de la vida cristiana: modelos que han de inspirarlos para vivir una vida virtuosa, ennoblecida, digna de redimidos que rechazan las tentaciones.

En Peristéfanon 13, Cipriano aparece deseando el martirio, que le abriría las puertas del Paraíso, y manifiesta su temor de que la envidia de Satanás disuada al juez y le arrebate la gloria. Prudencio usa una expresión tradicional en la Iglesia de su época, para referirse a la envidia de Satanás: la envidia del tirano, o la envidia tiránica. Para Prudencio y para la Iglesia de su época, el demonio era el más cruel y osado de los tiranos. En su obra Hamartigenia, en la que trata del origen del pecado, Prudencio presenta la caída original como una revolución de Satanás contra la legítima autoridad divina. Induciendo a Adán a pecar, el Enemigo usurpó el poder de Dios sobre el hombre y el poder del hombre sobre la creación, e instaló su tiranía. En cuanto las autoridades romanas oprimían y perseguían injustamente al pueblo de Dios, actuaban como tiranos, inspirados por la envidia del Tirano.

Comentando el martirio de San Cipriano, San Agustín afirma que el demonio hablaba por la boca del juez sin que éste comprendiera lo que estaba diciendo. En efecto, el juez trataba de impedir la muerte de Cipriano, con lo que impedía su coronación.

En atención a los fieles a los que quiere confortar y edificar, Prudencio presenta a Cipriano como ejemplo de fidelidad a las promesas del bautismo y de firmeza en no volverse atrás hacia la vida supersticiosa y pecadora de su pasado pagano. La envidia tiránica, cobrando forma de clemencia acediosa, pretende precisamente eso, hacerlo volver atrás. Pero Cipriano quiere dar ejemplo de fortaleza a toda su grey y Jesús le concede la gracia de convertirse en un conductor de mártires (dux cruoris); en un maestro de la espiritualidad martirial, creíble y autorizado porque practicó lo que predicaba.

Era ésta una segunda motivación que tenía la envidia de Satanás para postergar y eludir su martirio. El martirio de Cipriano no sólo le abría al mismo obispo las puertas del cielo, sino que dejaba un ejemplo influyente y un modelo de conducta virtuosa para las generaciones venideras de creyentes. Siguiendo el ejemplo de Cipriano, muchos cristianos comunes vencerían las tentaciones de la carne con las que el tirano envidioso trata de encadenarlos a este mundo efímero.

En Peristéfanon 7, Prudencio, a raíz del martirio del obispo Quirinio, subraya que el martirio es una gracia que hay que implorar a Dios, pues el demonio trata de impedirla cuando ve al mártir decidido a morir.

Prudencio expone esta doctrina no sólo en atención a las situaciones de martirio, sino en atención a la lucha de los fieles en su vida ordinaria, mostrándoles que tanto el martirio como los heroísmos que exige la vida cristiana, han de comprenderse enmarcándolos en el vasto contexto de la historia bíblica de la salvación, en cuyo origen está la envidia satánica, la cual sigue operando en sus tentaciones.

3. Aborrecido aroma de Dios

Otro autor en el que encontrábamos testimoniada la acedia del demonio como protagonista de la persecución y el martirio era San Justino. Este – como vimos – les reprochaba a los paganos el injusto trato que inferían a los cristianos y lo atribuía a instigación de los demonios.

Es común en los Apologistas cristianos la observación de que la persecución es algo tan irracional que no tiene explicación humana: “La carne aborrece y combate al alma, sin haber recibido de ella agravio alguno, sólo porque le impide disfrutar de los placeres; también el mundo aborrece a los cristianos, sin haber recibido agravio de ellos, porque se oponen a sus placeres […] los judíos los combaten como a extranjeros y los gentiles los persiguen y, sin embargo, los mismos que los aborrecen no saben explicar el motivo de su enemistad.”

En numerosos Padres y Apologistas se expresa este pensamiento acerca de la acedia del demonio y de los perseguidores con la imagen del perfume aborrecido.

Justino, como vimos, argumentaba afirmando que los cristianos, como lo dice su nombre, son ungidos y por eso perfumados con un perfume divino. Por esta unción con el óleo de Cristo, San Pablo les llama a los cristianos “buen olor de Cristo.”

San Agustín alega esta expresión paulina cuando comenta el combate de los mártires. Pero nos interesa destacar aquí en qué sentido lo hace: mostrando cómo ese aroma de la virtud cristiana pone en evidencia la acedia de los perseguidores: “Somos buen olor de Cristo en todo lugar… siempre somos buen aroma; para unos olor de vida para la vida, y para otros, olor de muerte para la muerte. Este perfume da vigor a los que aman y mata a los que no ven. En efecto, si los santos no resplandeciesen, no aparecería la envidia de los impíos. El olor de los santos comenzó a sufrir persecución; pero, al igual que los frascos de perfume, cuanto más los rompían, tanto más se difundía su aroma.” Y en otro lugar exhorta: “no seas acedioso y el buen olor no te causará la muerte.”

4. Burla y persecución

He aquí un testimonio que complementa lo dicho en En mi sed me dieron vinagre, acerca de la burla como forma de persecución, de martirio y de apostasía.

En otros tiempos “cuando se atacaba la religión se la atacaba como una cosa seria. Pero el siglo XVIII la atacó con la risa. La risa pasó de los filósofos a los cortesanos; de las academias a los salones; subió las gradas del trono; y se la vio en los labios del sacerdote; tomó asiento en el santuario del hogar doméstico, entre la madre y los hijos. ¡Y de qué, pues, gran Dios! ¿de qué se reían todos? ¡Se reían de Jesucristo y del Evangelio! ¡Y era la Francia!” exclama el P. Lacordaire, O.P. en su Sermón del 14-02-1841 en la Catedral de Nôtre Dame de Paris, con motivo de la restauración de la Orden de Predicadores en Francia. Y el predicador continúa: “¿Qué hará Dios? […] Dios podía dejarla perecer, como dejó perecer tantos otros pueblos por las faltas que habían cometido. No quiso hacerlo; y resolvió salvarla por una expiación tan magnífica como grande había sido su crimen. La dignidad real estaba envilecida: Dios le devolvió su majestad llevándola al cadalso. La nobleza estaba envilecida: Dios le devolvió su dignidad llevándola al destierro. El clero estaba envilecido: Dios le devolvió el respeto y la admiración de los pueblos, permitiendo que fuese despojado y muriese en la miseria…”

5. Del diario de Perpetua: La lucha de los amores.

Quiero reparar aquí lo que considero una omisión en el libro anterior, reproduciendo un fragmento del diarioo memorias de la prisión de la mártir Perpetua. Se trata de una página única en la historia de la literatura cristiana. En nuestra obra anterior la glosábamos. Y concluíamos así: “La muerte por la espada le llegó a Perpetua cuando ya había mortificado y ofrecido a Cristo el sacrificio de sus mayores afectos, a Quien, puesta a prueba por el Demonio, había demostrado amar más que a los suyos; más que a su esposo, que a su padre y a su hijo”. He aquí fragmentos del propio relato de Perpetua:

“Mi padre, consumido de pena, se cercó a mí con la intención de derribarme, y me dijo: Compadécete, hija mía, de mis canas; compadécete de tu padre, si es que merezco ser llamado por ti con el nombre de padre. Si con estas manos te he llevado hasta esa flor de tu edad, si te he preferido a todos tus hermanos, no me entregues al oprobio de los hombres. Mira a tus hermanos, mira a tu madre y a tu tía materna; mira a tu hijito, que no ha de poder sobrevivirte. Depón tus ánimos, no nos aniquiles a todos, pues ninguno de nosotros podrá hablar libremente si a ti te pasa algo. Así hablaba como padre, llevado de su piedad, mientras me besaba las manos y se arrojaba a mis pies y me llamaba, entre lágrimas, no ya su hija, sino su señora. Y yo estaba transida de dolor por él, pues era el único de toda mi familia que no había de alegrarse de mi martirio… Otro día… apareció mi padre con mi hijito en brazos, y me arrrancó del estrado suplicándome: Compadécete del niño chiquito. Y el procurador Hilariano… dijo: Ten compasión de las canas de tu padre, ten consideración de la tierna edad del niño. Sacrifica por la salud de los emperadores. Y yo respondí: No sacrifico… Y como mi padre se mantenía firme en su intento de derribarme, Hilariano dio orden de que se le echara de allí, y aún le dieron de palos. Yo sentí los golpes a mi padre como si a mí misma me hubieran apaleado. Así me dolí también por su infortunada vejez… Como el niño estaba acostumbrado a tomarme el pecho y estar conmmigo en la cárcel, envié al diácono Pomponio a reclamárselo a mi padre. Pero mi padre no lo quiso entregar, y por quererlo así Dios, ni el niño echó ya de menos los pechos ni yo sentí más hervor en ellos.”

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