​LA CAÍDA DEL ÁRBOL O LA MUERTE DEL HOMBRE 

​LA CAÍDA DEL ÁRBOL O LA MUERTE DEL HOMBRE 

Sermón de San Bernardode Claraval


Caíga  al sur o hacia el norte, el árbol queda donde ha caído. El calor y  suavidad del sur suele tener en la Sagrada Escritura buenos augurios; en  cambio, del norte vienen todas las desgracias. Y en otro lugar se nos  dice que uno veía hombres y le parecían árboles.

 

Cuando la muerte corta el árbol, donde  cae allí queda. Dios te juzgará donde te encuentre. Y allí quedará de  manera invariable e irrevocable. En consecuencia, mire bien el árbol  antes de caer hacia dónde se inclina, porque una vez caído no volverá a  levantarse, ni siquiera a cambiar de postura. Y para saber hacia dónde  caerá el árbol, fíjate en las ramas. No lo dudes; de la parte donde  tenga más ramas  sea más frondoso, de aquella caerá al cortarlo.  Nuestras ramas son nuestros deseos, con los cuales nos abrimos al sur si  son espirituales, o al norte si son carnales. El cuerpo, que está en el  medio, nos indica cuáles son los más desarrollados: los que le inclinan  hacia su lado.

 

Nuestro cuerpo se halla entre el  espíritu al que quiere servir  los deseos carnales que atacan al alma, o  el poder de las tinieblas; se parece a un jumento codiciado por un  ladrón y por su amo. Por más que amenace o aceche el ladrón, si no logra  llevarse el jumento, el pobre campesino vence al ladrón mejor armado.  Lo mismo ocurre en nuestro caso; que el enemigo se enfurezca cuanto  quiera y se ensañena placer los malos deseos. Si el alma sigue en  posesión de su cuerpo es indudable que sale victoriosa si, como dice el  Apóstol, ha logrado que el pecado no reine en nuestro cuerpo mortal.  lo  confirma en otro lugar: Igual que antes cedisteis vuestro cuerpo como  esclavo a la inmoralidad y al desorden, para el desorden total, cededlo  ahora a la honradez, para vuestra consagración.
RESUMEN
Nuestra vida es como un árbol que un día  se partirá y se inclinará, sin remedio, hacia un lado o a otro. La  dirección de las ramas adelanta ya hacia dónde caerá el árbol. Si  logramos que el pecado no anide en nuestro cuerpo mortal (el árbol)  podremos resistir todos los embites.

​LA BENDICIÓN DE LAS CANDELAS Y ALIMENTOS EN EL DÍA DE SAN BLAS, 3 DE FEBRERO

​LA BENDICIÓN DE LAS CANDELAS Y ALIMENTOS EN EL DÍA DE SAN BLAS, 3 DE FEBRERO. 


San Blas es uno de los catorce Santos Auxiliadores, es decir aquellos a cuya invocación se atribuye desde antiguo una especial eficacia. Debió nacer en la segunda mitad del siglo III y era natural de Sebaste, en la provincia de Capadocia (que formaba parte de Armenia), donde estudió filosofía, aunque acabó decantándose por la medicina, que ejercía con gran ciencia y piedad, compadeciéndose de los enfermos necesitados. También se apiadaba de los animales, a los que curaba y que, como por instinto, acudían a él en busca de auxilio. Era tal su fama que fue elegido obispo de su ciudad natal. Habiendo el co-emperador Licinio, augusto en Oriente, desatado una cruel persecución contra los cristianos, Blas se retiró a la vida eremítica, viviendo en una caverna. Como a san Pablo ermitaño, los pájaros le llevaban su sustento y vivía rodeado de animales, a los que atendía y bendecía. Cierto día, durante una caza, acertaron a pasar por el paraje donde vivía el obispo de Sebaste los soldados del gobernador local, extrañados de no haber podido capturar ni una sola bestia (y es que todas se hallaban bajo la protección del hombre de Dios).
Capturado por la gente del gobernador, Blas fue conducido ante la presencia de éste. Por el camino una viuda se le acercó, pidiéndole que auxiliara a su hijo que se estaba ahogando al habérsele atragantado una espina de pescado. El santo obispo salvó al niño y obtuvo que un lobo restituyera un cerdo que había robado a la viuda dejándola sin sustento. El gobernador, una vez Blas estuvo ante él, le quiso obligar a sacrificar a los dioses, lo cual rechazó éste. Sometido a tortura y echado en una miserable prisión, la viuda a la que había socorrido le llevó pan y carne del cerdo para que comiera algo y una vela para alumbrar la tenebrosa mazmorra. Como se resistiera aún a renegar del cristianismo, el obispo fue mandado ahogar en un estanque cercano, pero al ser arrojado en él no se hundió. Entonces el gobernador lo mandó decapitar. Sucedía esto el año 316.
San Blas es especialmente invocado contra los males de garganta. En el día de su fiesta, el 3 de febrero, se bendicen en su honor y con una oración especial las candelas, las cuales, cruzadas, se ponen tocando la garganta a los fieles mientras se invoca sobre ellos la intercesión del santo para que se vean librados de las enfermedades y dolores de esa parte del cuello. También son bendecidos en el mismo día pan, vino, agua y frutos, es decir todo lo que puede ser deglutido y pasa por la garganta, para que el Señor nos libre de asfixiarnos o sofocarnos comiendo. La candela y el pan recuerdan los que dio la viuda a Blas cuando se hallaba en prisión. El culto de este santo se difundió en Europa desde el norte en los siglos XI y XI y se hizo muy popular, hasta el punto que el 3 de febrero llegó a ser día festivo. El Rituale Romanum trae los dos ritos de bendición relacionados con san Blas y que vale la pena que se los recordemos a nuestros sacerdotes. 
Fuente: costumbrario.blogspot.com

SIMBOLOS QUE SE ENCUENTRAN EN LA HOSTIA

Esta galería contiene 8 fotos

SIMBOLOS QUE SE ENCUENTRAN EN LA HOSTIA Una serie de fotos que muestran diversos símbolos que se encuentran en la Hostia. El monograma I.H.S o J.H.S, por ejemplo, es la abreviatura del Santísimo Nombre de Jesús en griego (ΙΗΣΟΥΣ = Iēsous). La abreviatura en griego es IHΣ (iota-eta-sigma). En latín, la “sigma” (Σ) fue sustituida … Sigue leyendo

​LAS VIRTUDES TEOLOGALES.

​LAS VIRTUDES TEOLOGALES. NATURALEZA DE ESAS VIRTUDES; SON CARACTERISTICAS DE LA CUALIDAD DE HIJOS DE DIOS. Tomado del libro “Jesucristo, Vida del Alma” del Beato Dom Columba Marmion, O.S.B


¿Qué son estas virtudes? Como oslo he dicho, son potencias para obrar sobrenaturalmente, fuerzas que nos hacen capaces de vivir como hijos de Dios y llegar a la eterna bienaventuranza.
El Concilio de Trento, cuando habla del aumento de la vida divina en nosotros, distingue, ante todas las cosas la fe, la esperanza y la caridad. Se llaman teologales porque tienen a Dios por objeto inmediato [Santo Tomás (I-II, q.112, a.1) indica otras dos razones de este término «virtudes teologales»; estas virtudes son otorgadas únicamente por Dios, y, de otra parte, sólo la Revelación divina nos las hace conocer]; por ellas podemos conocer a Dios, esperar en El, amarle de una manera sobrenatural, digna de nuestra vocación a la gloria futura y de nuestra condición de hijos de Dios. Estas son propiamente las virtudes del orden sobrenatural; de ahí su primacía y eminencia. Ved qué bien responden estas virtudes a nuestra divina vocación. ¿Qué se necesita, en efecto, para poseer a Dios?
Es menester, en primer lugar, conocerle; en el cielo ·de veremos cara a cara, y por eso seremos semejantes a El» (Jn 3,2), pero en la tierra no le vemos; únicamente por la fe en El y en su Hijo, creemos en su palabra y le conocemos con un conocimiento oscuro. Pero lo que nos dice de sí mismo, de su naturaleza, de su vida y de sus planes de Redención por su Hijo, eso lo conocemos con certeza, el Verbo, que está siempre en el seno del Padre, nos dice lo que ve, y nosotros le conocemos porque creemos lo que dice: «Nadie jamás ha visto a Dios; el Hijo Unigénito, que permanece en el seno del Padre, es quien nos le dará a conocer» (Jn 1,18). Este conocimiento de fe es, pues, divino, y por eso dijo Nuestro Señor que es «un conocimiento que procura la vida eterna». «En esto consiste la vida eterna, en conocerte a Ti, oh Dios verdadero, y a Jesucristo a quien nos enviaste» (ib. 17,3).
Por la luz de la fe, sabemos dónde está nuestra bienaventuranza; sabemos lo que «el ojo no ha visto, ni el oído oyó, ni el corazón sospechó, es decir, la hermosura y grandeza de la gloria que Dios reserva a los que le aman» (1Cor 2,9). Mas esta inefable bienaventuranza está por encima de la capacidad de nuestra naturaleza; ¿podremos, pues, llegar a ella? Sí, indudablemente; es más: Dios hace nacer en nuestra alma el sentimiento o la convicción interna de que estamos seguros de alcanzar este objetivo supremo, mediante su gracia, fruto de los méritos de Jesús y a pesar de los obstáculos que se opongan a ello. Podemos decir, con San Pedro: «Bendito sea Dios, el Padre de Nuestro Señor Jesucristo, que, según su gran misericordia, nos ha regenerado en el Bautismo, y nos dio esta viva esperanza de una herencia incorruptible que nos es reservada en los cielos» (1Pe 1,3; +2Cor 1,3).
Finalmente, la caridad, el amor, acaba esta obra de acercamiento a Dios mientras permanecemos en el mundo, en espera de poseerle en el otro; la caridad completa y perfecciona la fe y la esperanza, hace que experimentemos en Dios una real complacencia, que le antepongamos a todas las cosas, y deseemos manifestarle esa complacencia y preferencia por el cumplimiento de su voluntad. «La compañera de la fe, dice San Agustín, es la esperanza, es necesaria, porque no vemos lo que creemos y con ella no se nos hace insoportable la espera; luego viene la caridad, que aviva en nuestro corazón la sed y hambre de Dios e imprime en nuestra alma un deseo o impulso hacia El» (Sermo LIII). El Espíritu Santo ha infundido en nuestros corazones la caridad que nos mueve a clamar a Dios: ¡Padre, Padre! Es una facultad sobrenatural que hace que nos adhiramos a Dios, como a la bondad infinita que amamos más que a toda otra cosa. «¿Quién nos separará de la caridad de Cristo?» (Rom 8,35).
Tales son las virtudes teologales: admirables principios, potencias maravillosas para vivir de la vida divina, mientras moramos en la tierra. Lo mejor que podemos hacer para que sea una realidad nuestra cualidad de hijos de Dios y para caminar hacia la posesión de esta presencia eterna de la cual estamos llamados a participar con Cristo, nuestro hermano primogénito, es conocer a Dios tal como se ha revelado por Nuestro Señor Jesucristo, esperar en El y en la bienaventuranza que nos promete, por los méritos de su Hijo Jesús, y amarle sobre todas las cosas.

Dios nos ha dotado liberalmente con estas potencias pero no olvidemos que si bien nos son dadas sin nuestro concurso, no perseveran, no las conservamos ni las desarrollamos si no enderezamos a ello nuestros esfuerzos.
Es propio de la naturaleza y perfección de una potencia realizar el acto que le es correlativo (Santo Tomás, II-III, q.56, a.2; +I-II, q.55, a.2); una potencia que permaneciera inerte, por ejemplo, una inteligencia que jamás produjera un pensamiento, nunca alcanzaría el fin y, por consiguiente, la perfección que le es debida. Las facultades nos son dadas precisamente para que las ejercitemos.
Las virtudes teologales, aunque infusas, están sujetas a esa ley de perfeccionamiento, y si quedan inactivas padecerá un grave detrimento nuestra vida sobrenatural. De todos modos no son hijas del ejercicio, pues en este caso no serían infusas; y por esta misma razón sólo Dios puede acrecentarlas en nosotros. Por eso el Santo Concilio de Trento nos dice que solicitemos de Dios el aumento de estas virtudes (Sess. X, cap.18). Y en el Evangelio veis que los Apóstoles piden a Nuestro Señor les aumente la fe (Lc 17,5); San Pablo escribe a los fieles de Roma que está pidiendo a Dios haga abundar en ellos la esperanza (Rom 15,13); suplica igualmente al Señor que avive la caridad en el corazón de sus caros Filipenses (Fil 1,9).
A la oración, a la recepción de los sacramentos, conviene añadir la práctica de las mismas virtudes.- Si Dios es la causa eficiente del aumento de estas virtudes en nosotros, nuestros actos, hechos en estado de gracia, son la causa meritoria. Por los actos merecemos que Dios aumente en nuestras almas estas virtudes tan vitales; además, el ejercicio facilita en nosotros la repetición de estos actos. Este es un punto muy importante, puesto que esas virtudes son características y específicas de nuestra condición de hijos de Dios.
Pidamos, pues, con frecuencia a nuestro Padre celestial que las aumente en nosotros; digámosle, especialmente cuando nos acercamos a los sacramentos, en la oración, en la tentación: «Señor, creo en Ti, mas aumenta mi fe; eres mi única esperanza, mas afirma mi confianza, te amo sobre todas las cosas, pero acrecienta este amor, a fin de que nada busque fuera de tu santa voluntad…»

LA FE DE LA VIRGEN ​MEDITACIÓN 1

MEDITACIÓN 1: LA FE DE LA VIRGEN Tomado del libro “Puntos breves de meditación sobre la vida, virtudes y advocaciones litúrgicas de la Santísima Virgen María” del Rev. Padre  Ildefonso Rodríguez Villar. Originalmente publicado en 1942.

Inmaculada Concepción

Inmaculada Concepción

1.° ¿En qué consiste? — La Fe esencialmente consiste en creer una cosa sólo porque Dios nos la ha revelado. — Comprende la importancia y el mérito de esta definición. — No hay que creer porque lo entendamos o lo demostremos con evidencia, como sucede con las verdades humanas…, sino que hemos de someter nuestro juicio… y nuestro parecer… y nuestros sentidos… y nuestra razón misma…, a la palabra de Dios. — Él lo dice y ya basta para que creamos sin buscar ni desear más razón que esa. — ¡Qué humildad!…, ¡Qué sumisión!…¡Qué confianza en Dios supone el acto de fe! — Por eso tanto agrada al Señor…, por eso también tanto le ofende el pecado de incredulidad.
Piensa la injuria que se hace a una persona cuando dice algo y no se la cree… Sencillamente estamos dudando entonces de su veracidad y juzgamos o que nos engaña con malicia, o al menos se engaña y se equivoca en lo que dice. — Es decir, que cuando no creemos a alguien, es porque le tenemos por ignorante y no sabe lo que dice…, o por mentiroso, que trata de engañarnos.
Aplica esta regla al acto de fe divina, y comprende la enormidad del pecado y de la ofensa que para Dios supone el que el hombre tenga a Dios por ignorante o por mentiroso, y por eso no le crea. — ¡Qué horrible desvergüenza!… ¡Qué espantoso atrevimiento! — La fe, por tanto, es una virtud sobrenatural… infundida por Dios en el alma…, cuyo objeto es el mismo Dios. — Por eso se la llama virtud teologal…, que nos da a conocer a Dios no por medios humanos… ni con las luces de la razón, sino por la influencia de la divina gracia. — ¿Qué extraño, siendo esto la fe, que se encontrara en grado tan heroico en la Santísima Virgen? — Dios tuvo complacencia especial en infundir esta hermosísima virtud en su Madre Santísima… para que nos sirviera de modelo. — María cree siempre… con sencillez…, con confianza…, sin vacilaciones ni dudas, en la palabra de Dios.
2.° Un caso de fe. — Es fácil encontrar ejemplos de éstos en la vida de María. — Recuerda uno de ellos: el Ángel de la Anunciación pone a prueba su fe…, la dice de parte de Dios que concebirá y dará a luz un hijo… Ella, la Virgen, ¿podía ser Madre? — Naturalmente esto es Imposible… Sin embargo, no duda…, no vacila… En cuanto conoce la voluntad de Dios, cree en El y acepta todo lo que el ángel la dice. — Compara esta fe suya con la incredulidad de Zacarías… días antes que a Ella, se aparece el mismo ángel a Zacarías y le anuncia el nacimiento del Precursor. — Zacarías, duda…, no cree con firmeza al Ángel… y Dios le castiga…, le deja mudo. — Zacarías no tenía más razón para dudar, que su ancianidad… María tenía la de su virginidad. — A Zacarías se le anuncia un hijo que será el Precursor del Mesías… A María el mismo Mesías… y, sin embargo, Zacarías duda… y María cree.
Recuerda el caso maravilloso de la fe de Abraham. — Dios le dice que será padre de una gran descendencia… y para eso le anuncia un hijo,Isaac…, pero a la vez le manda que le sacrifique aquel hijo único que tiene… ¿Cómo se va a multiplicar su descendencia de este modo?… Abraham, no obstante, cree sin vacilar la palabra de Dios…, se dispone al sacrificio… y merece, por ello, ser llamado «Padre de los creyentes». Imagen es ésta de la fe de María… Dios la ha inspirado su voto…, único…, desconocido hasta entonces, de la virginidad. — Sabe que esto significa renunciar a la posibilidad de ser Madre del Mesías, que era el anhelo santo de todas las mujeres judías… María, por agradar a Dios, renuncia generosamente y se hace Virgen… Pero ahora el Ángel le anuncia su gloriosa maternidad, y María…, sin dudar ni vacilar…, pregunta si es esa la voluntad de Dios, y en cuanto la conoce, la abraza y cree firmemente todo lo que se la dice. — Ella no sabe cómo puede ser eso…, su razón choca con la unión de la virginidad y la maternidad…,pero somete su criterio…, su parecer…, su razón misma… y cree con irmeza y sencillez… ¡Qué fe más grande la de María!
3.° Consecuencias. — Si tuvierais fe, dice Cristo, traspasaríais los montes… La fe es la que hace los milagros. — En el Evangelio, el Señor parece que se recrea en hacernos ver que era la fe la que obraba los prodigios. — Así dice: «Vete, tu fe te ha salvado.» Y otras veces: «Sea como tú has creído.» En María, obró el milagro de los milagros…; su fe atrajo al Hijo de Dios, de los Cielos a su purísimo seno… Así lo dice Santa Isabel cuando la Visitación: «Bienaventurada Tú, porque has creído…» Así también sucederá en ti. — Una fe de esta clase, será en ti la fuente de las grandes bendiciones… y de las gracias extraordinarias del Señor. — Él las derrama abundantísimamente en el que de este modo en Él cree y en Él confía. — Pero comprende bien el valor de la fe de la Virgen y compárala con la tuya… ¿También imitas en esto a tu Madre?… ¿Es sencilla tu fe y crees firmemente no ya sólo los dogmas y verdades reveladas, sino todo lo que el Señor, de una o de otra manera, te dice?… ¿O eres de los que creen que es cosa de Dios, lo que les agrada… y desechan lo que les disgusta?
Dios te hablará, además, directamente a tu alma por medio de sus inspiraciones, y también te hablará por medio de tus Superiores y representantes suyos… ¿Los oyes y los crees? Y si los crees, ¿sabes someter tu voluntad y tu parecer propio al suyo…, aunque no entiendas el cómo ha de ser…, ni el por qué de lo que te dicen? — ¿Imitas a tu Madre en esta sumisión a lo que te dicen de parte de Dios y la aceptas… aunque te cueste…, aunque te humille? — Termina pidiendo a la Santísima Virgen una fe semejante a la suya, y una docilidad grande, cuando oigas la voz de Dios que te llama, para que le creas y le sigas en todo momento…, sin vacilar ni un instante.